martes, 22 de diciembre de 2009

La Navidad y el reencuentro


Querido amigo,

Estas van a ser unas Navidades muy distintas a las de los últimos años. Para empezar no hemos tenido que atravesar la Mar Océana, que dijera Cristóbal Colón, para estar con nuestra familia. Aunque tampoco la vamos a sobrevolar de vuelta para reencontrarnos con nuestros seres queridos de aquella parte del Planeta.

Este año no hemos tenido que plantearnos si comprar los regalos para traerlos a España o si comprarlos aquí para llevar algo de vuelta. No, estas Navidades ni siquiera pensamos en regalos. A mi particularmente hasta me molesta la idea de recibir regalos. Ya sabes que conmigo es muy difícil acertar, pero este año el error está garantizado. A estas alturas tampoco nos hemos planteado enviar christmas a nadie, ni tampoco los hemos recibido, salvo el de Isidoro Alvarez, presidente de El Corte Inglés, que es todo un caballero y tiene una burocracia que no falla nunca.

Estas Navidades no vamos a tener que andar de casa en casa de los familiares, como en las fechas previas tampoco hemos andado de casa en casa de los amigos para despedirnos hasta el año que viene. Este año aquí ya estamos muy vistos. Ya no somos los familiares que vienen de América por Navidad, sino los que vinieron para quedarse y aquí siguen. Hemos perdido el exotismo y con él sus privilegios, los cuales, dicho sea de paso, no extraño en absoluto.

Este año la Navidad a mi me suena como algo lejano que nada tiene que ver con nosotros y que mejor que pase, rauda y veloz, sin que la notemos. Porque el simple hecho de verla venir fíjate lo que me está provocando, mi estimado amigo.

Estas Navidades no vamos a celebrar el reencuentro con la familia mientras degustamos un buen jamón ibérico. Ni tampoco vamos a celebrarlo de vuelta en Costa Rica, bien con un vaso de Old Parr en la mano, bien saboreando una taza de humeante café tico. Estas Navidades van a ser diferentes precisamente por eso, mi querido amigo, porque no va a haber reencuentro. Y déjame decirte que sin reencuentro no hay Navidades, al menos para nosotros.

Muchos abrazos y próspero año nuevo,

Paco A.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Los grupos y la elegancia


En buena teoría, el hombre es uno de los pocos mamíferos que no necesita de un conjunto de individuos para vivir. Así, las cabras, las cebras o los bisontes viven en manada, de forma que el grupo los protege en su devenir por el mundo. El lobo también necesita de la manada, pero mayormente para salir a cazar y sabotear así la protección colectiva de sus presas. El hombre, aunque vive en sociedad, que es la que lo provee de toda una serie de ventajas frente a la vida en solitario, no requiere de un grupo relativamente reducido de los de su especie para protegerse o cazar… o sí.

Porque la realidad dista mucho de certificar esa capacidad individual -o individualista- que posee el ser humano. Necesitamos de la manada porque somos esclavos de ese sentimiento consistente en formar parte de un grupo, como las cabras o los bisontes. No es por protección frente a los depredadores, sino frente a la soledad y a mundo en general que nos miraría con los ojos raros si no nos pudiese clasificar.

La pertenencia a una tribu significa, en primer lugar, identificación. Así, por ejemplo, se puede pertenecer a la tribu pija del poblado. Para ello hay que exteriorizar una serie de formas y comportamientos propios de la misma. Ayer tuve oportunidad de acudir a un mercadillo benéfico, lugar en el cual se aglutinan los miembros de este clan, mucho más numeroso de lo pueda imaginarse. “¿Has pasado por el puesto de Cuqui –nótese la ausencia del uso de la k-, tiene unos bolsos de Loewe ideales?”, le comenta una amiga, ataviada con los ropajes propios de la tribu, a otra igualmente vestida para la ocasión. “Pues yo le comprado a Juanchi la pulsera del equilibrio en el puesto de Piluca, porque me dijo Fefi que a Toti le había venido genial para volver a jugar pádel”, responde la segunda.

Formar parte de una tribu no es óbice para que los individuos cuenten luego con un grupo más reducido al que pertenecer: la pandilla o pandi. En este caso ya no son sólo los usos y costumbres, sino que la vida cotidiana se ve dirigida en cierta medida por el colectivo del que se es miembro. La pandilla condiciona ciertos aspectos de la vida del individuo, principalmente el tiempo de ocio. De esta forma uno no tiene que verse en la obligación de pensar por sí mismo: la manada lo hace por uno.

“¿Dónde vamos a ir el fin de semana?”, le pregunta el marido a su esposa el miércoles por la noche. “No sé, tengo que hablar con la peña, pero creo que el sábado íbamos a alquilar una casa en la sierra”, es la respuesta. Evidentemente ese “tengo que hablar con la peña”, significa “lo tenemos más que hablado desde la semana pasada”. La clave está en la impersonalización y en que no se cierra la puerta al individuo para que proponga o discrepe, lo cual no va a suceder porque vendría a contravenir los fundamentos de la pertenencia a la pandi.

Evidentemente, ser parte de una comunidad de este tipo tiene innumerables ventajas. Para empezar se reducen los riesgos de cometer errores. Sobre todo porque como uno no elige, tampoco es responsable de la elección. Además, si se siguen las reglas no escritas acerca de la vestimenta o las costumbres de la piara, difícilmente podrá el individuo salirse de los estándares ideales. Ideales para la tribu, se entiende. Un ejemplo lo tenemos en la indumentaria de los varones de la tribu pija. Sólo hay que llevar las prendas must del momento: el chaquetón Belstaff negro ajustado por encima de la cintura, el polo de manga larga con grandes letras –da igual lo que ponga mientras se incorporen claramente las palabras “Polo Team” y la marca sea Hackett o La Martina- y las zapatillas que parecen zapatos, mayormente por el color.

Aunque el ejemplo empleado sea el de un grupo concreto y de un alto grado de aceptación por el gran público, no olvidemos que hay infinidad de tribus, incluso aquellas que se anuncian como alejadas de cualquier aspecto relacionado con la vida en sociedad, que siguen el mismo patrón de comportamiento. El rebaño es rebaño, sea de ovejas, búfalos o jevis.

Como ya se ha dicho aquí, la individualidad es uno de los valores más apreciados de la elegancia. Vivir en sociedad conlleva aceptar ciertas normas y convivir con los de nuestra misma especie. Otra cosa diferente es seguir el dictado de los demás por el mero hecho de pertenecer a un determinado grupo de individuos con los que, a poco que nos paremos a reflexionar, nos separan más cosas de las que nos unen.

martes, 1 de diciembre de 2009

La justicia y la elegancia


Todo parece indicar que las personas hemos empezado a perder capacidades básicas propias de la vida en sociedad. Como ya se ha dicho por aquí, los gobernantes han tirado la toalla en materia de educación, así que lo que nos recetan son leyes que rigen cada uno de los pasos de nuestra vida cotidiana, desde el uso del teléfono móvil hasta cómo y cuándo podemos tomar un baño en la playa.

Pero si vamos un poco más lejos, comprobamos que no sólo se nos dictan leyes que encorsetan nuestras actividades públicas, sino que las privadas también se ven sujetas a la continua revisión por parte de la justicia. Todo esto con el agravante de que lo hacemos por voluntad propia.

En cierta medida a lo que estamos asistiendo, casi sin darnos cuenta, es a una judicialización permanente, no ya de la función pública, la cual no parece tener más mecanismo de control que el que impone el Poder Judicial, sino de la propia vida privada. Quién más y quién menos tiene un asunto en vías de resolución en sede judicial. Incluso empieza a ser síntoma de categoría social ir afirmando por ahí cosas como "es que le he puesto un pleito a fulano porque me debía cinco mil euros". Viste mucho eso de tener abogado. Además al letrado se le tiene que tratar en posesivo: "Mañana tengo reunión con mi abogado", más aún cuando son varios: "Mis abogados le van a poner una demanda al pavo este que se va a cagar", con perdón.

Esto tener muchos abogados y llevar a juicio a todo el mundo empieza a mostrar síntomas de moda. Una suerte de tendencia que pasa por ir recetando juicios o amenazas de pleito como método de entendimiento entre los individuos. "O haces lo que yo quiero o te pongo una denuncia", parece ser la consigna que corre de boca en boca sin caer en la cuenta de que se trata de un recurso de última instancia y no una práctica habitual de entendimiento entre las personas.

Dicho de otra forma, ir poniendo juicios a todo el que nos saluda, o nos deja de saludar, no es elegante. Lo realmente elegante, amén de inteligente, es llegar a acuerdos. Aunque quizá de tanto ver al famoseo engrandecerse por la vía del juicio nos creemos que es lo lógico, lo moderno. "Si Belén Esteban va de juzgado en juzgado, yo no voy a ser menos", es la motivación de algunos. Más aún ahora que vemos a miembros de la aristocracia -mayormente a los aristócratas de braguetazo- demandando a sus semejantes. Entonces ya hasta tiene que ser elegante eso de pleitear continuamente.

Ya el mítico alcalde jerezano, Pedro Pacheco, certificó hace años aquello de "la justicia es un cachondeo". Ahora lo único que estamos es asistiendo a la entrega de nuestra capacidad para llegara a entendimientos, negociar o incluso convivir. Por eso queremos dejar en manos de un tercero, especialista en interpretar leyes, las decisiones que no queremos o no podemos tomar, cuando no lo que buscamos es algún tipo de revancha o resarcimiento contra el prójimo.

Ayer me contaba una amiga que ha sido demandada diecisiete veces en un mes por su antigua pareja. Yo me inclino a pensar que lo que pretenden este tipo de individuos es recuperar en el juzgado lo que no fueron capaces de conseguir en la casa... o en la cama.

jueves, 19 de noviembre de 2009

La tacañería y la elegancia


Aunque no lo crea el amable lector, la crisis que padecemos genera situaciones de cierta alegría para determinados individuos. Un ejemplo claro de lo que digo lo podemos observar en los tacaños, es decir, en esos individuos que hacen de su mezquindad un modo de vida. Cuando todo es alegría y bonanza a los avaros les cuesta trabajo esconderse. Sin embargo, en plena crisis, campan a sus anchas, aunque igualmente se les puede identificar.

Los tacaños ahora se quejan con la misma o más profusión, aunque tengan la cuenta bancaria repleta, que los individuos que sufren dificultades para llegar a final de mes. Creen que no se nota que lo hacen por deformación, pero se les ve venir. En primer lugar porque esbozan una leve sonrisa cuando afirman eso de "es que la cosa está muy mala y no se puede ir tirando el dinero", o aquello otro de "hay que mirar hasta el último céntimo".

En segundo lugar porque lo dicen justo en el momento de ir a pagar. En ese doloroso trance, el avaro saca tímidamente las monedas del bolsillo o mira la cuenta con detenimiento antes de que le dé el aire a su billetera, dependiendo del importe a intentar que pague otro. Durante esa misma situación el no-ruin, pero arruinado, saca la cartera y el exiguo billete para hacer frente a su parte, cuando no para intentar invitar. La diferencia se nota. Cuando no tiene más remedio que hacer frente a la cuenta, al tacaño le entra la prisa. Quiere pagar e irse rápido, como el que comete un pecado y no quiere que se note o pretende olvidarlo pronto.

Pero hay grados de tacañería, costumbre que, en sí misma, no tiene porqué significar falta de elegancia, siempre que se lleve con cierto disimulo y sin sacarla mucho a pasear. El grado supremo, como vengo diciendo, sale a flote a cuenta de esto de la crisis. Conocedor de la situación económica del personal, el ruin se mueve como pez en el agua en busca de la ganga, de la ventaja, en definitiva. Así, el tacaño aprovecha las circunstancias de la contraparte para hacer ofertas temerarias, con el claro objetivo de aprovecharse de la debilidad en la posición negociadora del otro.

Lo he vivido en primera persona. Algunos piensan que no atravesar una buena situación económica es sinónimo de gangas que hay que explotar con fruición. De ahí que haya que soportar ofertas de lo más imaginativo que no tienen empacho en camuflarse de ayudas, cuando, en realidad, no son más que intentos de sacar ventaja de las aguas revueltas. Todo es ganancia, porque si la oferta es aceptada él gana, si no es aceptada queda como que sólo pretendía hacer un favor. ¡Menudo favor!.

El avaro, el ruin, el tacaño, no sólo está superando con tranquilidad la crisis, sino que la está disfrutando. Mucho ojo con ellos.

viernes, 6 de noviembre de 2009

El aborto, ese gran desconocido


Imagino que muchos de nosotros tenemos una idea predefinida acerca del perfil de las mujeres que abortan en nuestro país. Yo la tenía. Pero en plena polémica sobre la modificación de la ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo -¡tremendo eufemismo!- se me ocurrió leer un informe que publica el Ministerio de Salud en el que aparecen las estadísticas del aborto en España. Algunas son muy significativas, al menos para desmontar mi apriorismo acerca de este asunto.

En torno al 63 por ciento de las mujeres que abortan están empleadas o perciben una pensión. Más del 50 por ciento de las que abortaron en 2008 tienen al menos un hijo. Tiene guasa el detalle del epígrafe: "Número de hijos que viven actualmente". A lo mejor es porque un 33 por ciento ya habían abortado antes, algunas cinco o más veces, el 0,70 por ciento. Sin estudios un 3 por ciento, mientras que las universitarias alcanzan el 14 por ciento. Un 24 por ciento están casadas, aunque sólo un 13 por ciento declaran no tener pareja.

El 88 por ciento de los abortos se practicaron antes de la semana 13 de embarazo. Mientras que hubo un 12 por ciento que se produjeron a partir de la semana 13 que parece ser la frontera científica de la humanidad. Traducido en números unos 14.000 fetos fueron eliminados cuando, según la Ministra de Igual da, ya eran seres humanos. El 97 por ciento de los abortos se realizaron para "preservar la salud de la madre".

Casi el 90 por ciento se practicaron en centros privados. Un 45 por ciento de la que abortaron tenían nacionalidad española. En 10 años, España ha pasado de 6,52 abortos por cada 1.000 mujeres a 11.78. Desde que gobierna Rodríguez Zapatero se ha incrementado un 36 por ciento el número de abortos, de 85.000 a 116.000.

Esos datos pueden no significar nada. Para mi dicen mucho. Yo soy partidario del aborto. Desde que leí el libro Freakonomics me convencí de que es mejor para la sociedad que determinados individuos no tengan hijos. Ahora bien, considero que el aborto es una decisión extrema para una mujer o una pareja. Para tomar esa decisión seguramente pesan con fuerza argumentos económicos y no creo que deba obligarse a que una mujer tenga un hijo para luego entregarlo en adopción simplemente porque no tiene cómo mantenerlo.

A la luz de los datos, mucho me temo que el aborto se ha convertido en una suerte método anticonceptivo dado que está claro que, en España, practicarlo es libre. Por eso no me puedo creer esa vergonzosa excusa que lanzan desde el Gobierno afirmando que esta ley pretende evitar que una mujer o un médico puedan ser encarcelados por practicar un aborto. Entre otras cosas porque eso nunca ha sucedido. Pero más patética aún es la actitud de las Juventudes Socialistas que no se sonrojan cuando dicen que esta ley pretende que haya "cero abortos". ¿Desaparecería el consumo de marihuana si este fuese despenalizado?.

Si de verdad se quiere reducir el número de abortos lo que hay que hacer es orientar a las mujeres -o a las parejas- que tienen que tomar esa decisión. Apoyarlas psicológica y quizá económicamente, pero nunca industrializar el aborto como parece que es la tendencia que esta ley quiere consolidar.

sábado, 17 de octubre de 2009

El Óscar de la Paz


No todas las disciplinas de la ciencia, el arte o la cultura están contempladas en los premios Nóbel. Pero quizá por el prestigio universal del que gozan los galardones de la academia sueca, existen premios internacionales que son considerados los nóbel de su categoría. Por ejemplo al premio Pulitzer se le considera el Nóbel de Periodismo, así como el Prizker viene a ser el Nóbel de Arquitectura.

Esta tendencia parece que va a formar parte del pasado, toda vez que a lo largo de los últimos años el premio Nóbel de la Paz ha sido concedido, en demasiadas ocasiones, más por relevancia mediática internacional que por la labor a favor de tan noble fin realizada por el perceptor del galardón. De este modo vamos a tener que empezar a llamar a esta distinción sueca anual el Óscar de la Paz, en vista de que el componente propagandístico parece pesar bastante entre los insignes miembros del jurado.

Ya cuando en 1992 se concedió el premio a Rigoberta Menchú, básicamente por la publicación de una biografía, basada en conversaciones mantenidas con Elisabeth Burgos, que fue la que la escribió, el Comité Noruego del Noble dio muestras de su debilidad por los fenómenos mediáticos. Poco después se comprobó que la denominada autobiografía de la Menchú estaba plagada de “inexactitudes”, por no decir que era más propia del género novelesco.

Luego llegó el premio por el video de denuncia-ficción de Al Gore, más propio de Michael Moore que de un candidato presidencial estadounidense. Como sabrán los lectores, la única verdad incómoda de la película de Gore era que los datos –presuntamente científicos- y efectos especiales que se mostraban en la cinta eran más falsos que las naves de Star Wars. A partir del nóbel Al Gore recorrió el planeta en avión privado recogiendo galardones y dando conferencias, dando así un claro ejemplo de lo que le importa el cambio climático.

Pero la palma se la lleva este nuevo galardón mediático para el flamante presidente de los Estados Unidos. Barrack Hussein Obama no ha tenido ni siquiera que escribir un libro, ni que filmar una película para ser acreedor del Óscar de la Paz. Obama sólo ha tenido que dar unas cuantas ruedas de prensa más o menos afortunadas hablando de paz, desarme nuclear y “una nueva era en las relaciones internacionales”, la cual aún no sabemos en qué consiste. A no ser que este nuevo eufemismo consista en certificar el estancamiento de las guerras en Irak y Afganistán.

De lo que podemos estar seguros es de lo poco que ha hecho este señor en su corto plazo de mandato por llevar la paz al patio trasero estadounidense. Me refiero concretamente a la nula intervención de la Administración Obama en el conflicto hondureño. Aparte de cuatro gestos aislados, el golpe hondureño no ha ocupado ni veinte minutos en la agenda del hombre que presuntamente ha trabajado más por la paz en nuestro planeta a lo largo del último año. Todo un ejemplo de que este galardón huele más a superproducción hollywoodense que a la tozuda realidad de un mundo en crisis.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Cuando hacerse los trajes a medida no es suficiente


Hay quien piensa e incluso dice que mi tocayo Francisco Camps y su fiel escudero Ricardo Costa son dos tipos elegantes. No sé si lo piensan o lo dicen porque aparentan vestir bien o porque todos hemos sabido que se hacen los trajes a medida. En el caso de Camps que se los haga a medida es, en mi humilde opinión, paradójico. Lo digo porque, además de quedarle bastante anchos casi todos, el corte es idéntico a un simple traje de confección, es decir, hecho en serie.

Costa va más allá. Aunque se esfuerza por darle toques personalizados a sus trajes, el resultado es más bien ramplón. Las costuras parece que le van a estallar, sobre todo en la parte de la conjunción entre la espalda y las mangas, en donde ese intento porque parezca que tiene la espalda más ancha resulta ridículo.

No, definitivamente estos dos no son nada elegantes. Menos aún en sus formas prepotentes y chulescas. Sonríen y sonríen ante las cámaras cuando se sientan en sus escaños en el parlamento valenciano, pero no se ríen tanto en la intimidad de la lectura de los diarios nacionales a primera hora de la mañana. Porque este tema ya no es aquella cuestión de los trajes que entresacaron en El País, sino que se va ampliando y la sombra de la duda es tan alargada que si Rajoy no interviene rápido la vía de agua en el PP va a ser insostenible.

A nosotros los andaluces todos estos tejemanejes nos resultan muy familiares. Por eso nos repugna tanto el espectáculo que estamos viendo ahora en Valencia, aunque no venga del mismo partido que hace y deshace aquí a sus anchas y con casos mucho más palmarios y sin investigar por la policía ni la fiscalía. Pero no seré yo el que calle ahora lo que otros ni siquiera se atreven a susurrar cuando la corrupción viene del partido al que votan fielmente.

Tampoco me sirve a mi esta ceremonia del victimismo que han emprendido algunos para salvar los muebles. Si se piden responsabilidades políticas y judiciales hay que hacerlo siempre y en todo lugar. Si la justicia no investiga la subvención a la hija de Manuel Chaves, no seré yo el que se agarre a este argumento para pedir silencio en la causa contra el PP valenciano. Eso sí, reitero que en Andalucía no se ha abierto ni una sola comisión parlamentaria de investigación por un caso de corrupción desde que el PSOE manda, es decir, desde que existe la democracia.

Sé que otros muchos se agarran a eso de que esta noticia llega en un momento clave: negociación de Presupuestos “Siderales” del Estado, subida de impuestos incluida y Ley del Aborto “Libre”, entre otros temas que terminarán por dilapidar la poca credibilidad de un Gobierno tocado. En otras palabras, que esto va a servir para acallar al PP. Sin embargo hay dos hechos que me hacen pensar que esto es diferente. Primero porque ya no es un solo medio, sino un clamor que no distingue colores. El Mundo, El Confidencial y otros medios poco sospechosos de connivencia con el partido en el poder han venido publicando ramas de esta trama, llegando más lejos que el propio diario que sacó el tema de los trajes. El segundo punto que me llama la atención es el runrún que en el propio PP hay.

Esta es una oportunidad de oro para Mariano Rajoy y su equipo para demostrar si este PP es una alternativa real, no sólo en materia de gestión económica, sino para dirigir una sociedad en la que la elegancia parece ser sinónimo de hacerse un traje a medida.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Las fotos y la elegancia. Un comentario de urgencia.


Hace tiempo que sabemos, al menos en este blog, que a la familia Rodríguez Espinosa le gusta hacerse fotos con gente famosa. Sin embargo, ahora hemos conocido que esta afición no conoce límites.

Como si de la visita al Papa se tratase, los Rodríguez Espinosa se han ido a visitar a los Obama, los cuales, a la sazón, vienen a ser como los santos pontífices de la progresía mundial. Claro que a estos el viaje se lo hemos pagado entre todos, con nuestra ilimitada solidaridad impositiva. Lo que espero que no hayamos que tenido que pagar es el vestuario elegido para la ocasión por los vástagos -esta palabra no tiene femenino... por ahora- de nuestro amado líder.

Porque hay que tener mal gusto para dejar que las hijas de uno vayan vestidas de esa guisa en tan magna ocasión. Aunque yo puedo estar equivocado y lo lógico es que uno vaya al Vaticano y su hijo de 12 años vaya con la equipación oficial del Rayo Vallecano. "Es que el niño es muy fanático del equipo del barrio", le dice el padre de la criaturita a Benedicto XVI, que no se entera de nada y sonríe mientras le ordena a la guardia suiza que saquen a aquellos impresentables del Vaticano lo antes posible.

Algo así debió suceder en el Metropolitan. Los Obama sonreían, quizá demasiado, mientras les hacían la foto con las niñas del presidente de... ¿Transilvania?. La verdad es que la cosa tiene poca gracia. ¿Qué imagen proyectamos como país si las hijas de nuestro máximo mandatario van vestidas como fantoches en un acto oficial?. ¿Acaso se puede confundir lo público y lo privado hasta el punto de hacernos creer que esta foto puede considerarse "normal"?. Y por continuar con las grandes incógnitas, ¿por qué Sonsoles eligió también el negro?, ¿por qué no lo acompañó con unos implantes de pelo largo liso con mechón blanco incluido para redondear el total look Adams que parecía ser la intención de los Rodríguez Espinosa?.

Entre esto y la revelación cósmica, que diría la Pajín, con la que nos premió Rodríguez al afirmar que "la culpa de la crisis es del cambio climático", uno empieza a pensar que el vestuario de las niñas lo eligió el propio padre, previa ingestión de algún tipo de psicotrópico.


La foto es de aquí.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La religión y la elegancia


Creo haber afirmado en diversas ocasiones en este mismo espacio que vivimos en una sociedad compleja. Tremendamente compleja. Tanto que parece que estamos siendo capaces de superar miles de años de nuestra Historia como especie y nos acercamos a una civilización sin la existencia de religión. Al menos sin que el hecho religioso colectivo tenga valor alguno.

Ejemplos de este experimento no han faltado, ni faltan, en nuestro mundo de hoy. Recordemos la abolición de lo religioso que proclamaron los regímenes comunistas en el Este de Europa, con la Unión Soviética a la cabeza. Bajo la máxima marxista que dictamina “la religión es el opio del pueblo” se eliminó la educación religiosa, se proclamó la enseñanza laica –la misma que hoy proclaman muchos admiradores del marxismo-leninismo- y ahí están los resultados. Eliminados los prejuicios morales del cristianismo y derribado el muro de Berlín, surgen las consecuencias del laicismo de estado: “el dinero es el opio del pueblo”, no hay más que mirar qué tipo de sociedades han quedado sobre los escombros de las dictaduras marxistas.

Curiosamente ninguno de los iluminados políticos ni de sus mamporreros mediáticos que hoy nos recetan laicismo educativo, cuando no anticlericalismo radical, parecen haber caído en la cuenta de aquello. Tampoco el público en general que se deja llevar por esta corriente fácil de la negación religiosa –entono el mea culpa otra vez-, al mismo tiempo que piden una mejor educación en valores para las nuevas generaciones. Como si los principios y los valores los explicasen en clase de matemáticas o de inglés, como si tuviésemos que exigir al profesor de conocimiento del medio que nuestro hijo no se dedique a insultar a sus compañeros durante el recreo. Quizá este sea el motivo por el que queremos huir de la religión, porque no queremos lastres ni remordimientos. Porque preferimos exigir al sistema antes que responsabilizarnos de lo que ocurre en nuestra sociedad.

Me resulta especialmente chocante escuchar estos días a los mismos que promueven que se deje a los hijos elegir cuando sean adultos si quieren o no religión en sus vidas, quejarse de los valores en los que se está educando a las generaciones que vienen. Me parece absolutamente lamentable que los mismos que tratan de cercenar cualquier síntoma de tendencia religiosa pública, se pregunten el motivo por el que los jóvenes adolescentes de nuestro país no respetan ni a sus padres. Por eso es por lo que prohibir está tan de moda, porque preferimos las leyes a los principios y la coacción policial a la moral.

Ahora lo moderno es ser agnóstico, cuando no renegar claramente de las creencias y los símbolos religiosos que nos han visto crecer. Claro que si hay que celebrar algún evento BBC (bodas, bautizos y comuniones), no les quepa duda a los lectores de que superaremos los convencionalismos antirreligiosos para hacerlo en sede apostólica. Porque una boda que se precie de verdad tiene que ser oficiada en los altares, generalmente platerescos, de nuestra vilipendiada Iglesia Católica, no en los juzgados o en la sala de plenos del ayuntamiento, con ese toque grisáceo que siempre los impregna.

Sin embargo, corren tiempos cargados de incertidumbre y en los que las personas necesitan agarrarse a la fe, esa que tanto molesta a algunos, para seguir adelante. Por eso estoy convencido de que la tendencia que con tanto ahínco han defendido las figuras públicas del progresismo y otros sucedáneos de la democracia, se está invirtiendo. La religión, con moderación, sin fanatismos, sin supersticiones arcaicas ni actitudes antediluvianas, va camino de convertirse en el asidero moral de nuestra sociedad.

lunes, 31 de agosto de 2009

La incertidumbre y la elegancia


En mayor o menor medida, casi todos estamos viviendo momentos de incertidumbre. Si la crisis es global, la incertidumbre es local. Muy local, muy personal. Sobre todo porque se siente tan cercana que no cabe la lectura grandilocuente a la que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación. Incluso los que menos afectados están por los acontecimientos, dado el carácter intocable de sus empleos, están viviendo horas de incertidumbre. Ni ellos tienen muy claro el motivo, pero se quejan como el que más, no vaya a ser que pierdan su condición de desgraciaditos oficiales del barrio.

La incertidumbre suele llegar avisando, pero siempre nos agarra desprevenidos. Mayormente porque el ser humano no se cree ese refrán que reza algo así como “cuando veas las barbas del vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. Así que una vez dentro llega la zozobra. Por eso hay que estar siempre preparado para lo peor y esperarse lo mejor. Frase genial que no sé dónde leí en cierta ocasión, pero que he hecho mía con el tiempo. Los norteamericanos a esto le llaman ponerse en el worst case scenario, frase fundamental -que a mi personalmente me fascina- para todos aquellos que quieran seguir subidos al tren de los idiomas hasta en los momentos más amargos.

Lo peor de la incertidumbre es que es más pasiva que activa. En otras palabras, la incertidumbre crece conforme las noticias menguan. El correo electrónico que no llega o la llamada que no se produce, por ejemplo, son los casos más claros de lo que digo. Por eso aquello de anticiparse a las crecidas del río se hace cada vez más necesario. Dicho de otra forma, es como echarse a culjanter por necesidad.

Claro que a lo mejor, si nos fijamos, si miramos a nuestro alrededor con una mirada un poco más perspicaz, puede que cualquiera de nosotros podamos resolver una situación de incertidumbre que afecta a otra persona. No hay más que descolgar el teléfono o que contestar el correo electrónico. Sí, ese que hemos marcado como no leído aunque lo hemos leído tres veces y no nos atrevemos a contestar por no dar una mala noticia. En estos días que vivimos, casi peor que una mala noticia es la ausencia de noticias, porque la consecuencia inmediata de esa dilación frívola es más incertidumbre.

Ante la incertidumbre no cabe más que la reacción seria y sensata. Viviendo en la incertidumbre se llega a comprobar que hay un sustrato que permanece, inamovible como una roca y sobre el cual se podrá siempre edificar. ¡Ay, de los cimientos arcillosos que nos impone la sociedad!. Por eso, mucho más allá de la queja, del llanto o del victimismo, lo que cabe es mirar hacia delante, seguir siendo el mismo y comprobar en primera persona de qué madera se está fabricado. De camino, algunos separamos el grano de la paja, que no es poca. Lo demás son zarandajas y perdón por ponerme serio a la vuelta de estas no-vacaciones.

miércoles, 5 de agosto de 2009

La complejidad y la elegancia. Una reflexión veraniega.


Si miramos a nuestro alrededor, o leemos unas cuantas de las últimas entradas de este blog, caeremos en la cuenta de lo complejo que vamos haciendo este mundo en el que vivimos. No sé si a mayor complejidad más elegancia. A mi la verdad es que las grandes complicaciones relojeras nunca me apasionaron, aunque parecen ser el no-va-más de la elegancia en lo que a marcadores de tiempo se refiere.

Como observábamos con el vocabulario, todo ser ha complicado un poco a la hora de querer definir las cosas. Hay que dar una vuelta de tuerca para decir lo que se quiere sin que parezca exactamente lo que se dice. “He pasado las vacaciones en un resort estupendo en una isla y estaba todo el día en el spa dándome masajes de vinoterapia”, comenta alguien por ahí, sin el menor atisbo de ridículo. Se ve que decir "he veraneado en Marbella" ya no es tan glamuroso.

Lo mismo ocurre con la oleada prohibicionista que nos asola. Toda la vida hemos tenido playas, luego llegaron las banderas de colores, los socorristas, las motos de agua y unos carteles enormes en la entrada de la playa que nos anuncia lo que se puede hacer y lo que no. Si se incumple por ejemplo con el mandato de respetar el color de la bandera, en algunos lugares incluso imponen una multa. Rizando el rizo.

Con Belén Esteban veíamos otro ejemplo de lo compleja que se ha vuelto nuestra existencia. Varias decenas de personas viven de exponer públicamente su vida o de opinar sobre la de otros como ellos. Cientos aspiran a ganarse así el sustento. Ahora ya no sientan cátedra los sesudos expertos en cuestiones tan lejanas como economía, física o medicina, sino los adelantados comentaristas de la vida semipública de un sector cada vez más numeroso de población. ¿No es enrevesado?.

Ahora que nos vamos, o hemos vuelto, de disfrutar de unos días alejados del mundanal ruido de la rutina –algunos buscan complejas aventuras de verano quizá para no tener que pensar, sólo gastar adrenalina- quizá lo mejor que podamos hacer sea reflexionar un poco acerca de todo esto, o de aquello de más allá, si el lector lo estima más oportuno. Porque este tiempo de soslayo, de veraneo, en definitiva, puede ser un excelente momento para mirar con otros ojos todo aquello que vemos a diario y ni siquiera nos atrevemos a poner en duda.

A lo mejor ha llegado el momento de que nos olvidemos de todas estas complicaciones y busquemos la elegancia a través de la sencillez, que no es más que un puñado de principios –o valores, como ustedes quieran-, de los cuales nos hemos apartado siguiendo una estela difusa que no nos lleva a ningún sitio. Puede ser que tengamos que volver la vista atrás para ver con nitidez hacia delante y comprobar que son el sentido común, la libertad y la responsabilidad los únicos faros que necesitamos entre tanto ruido de fondo, tanta grande complication y tanto cantamañanas con un micrófono delante. Habrá que darle vueltas al tema.

jueves, 23 de julio de 2009

La terminología y la elegancia (breve glosario)


Parece ser una costumbre muy extendida entre ciertas personas con alguna relevancia pública esta de adornarse con fruición en el lenguaje. No hablo solamente de introducir algún que otro anglicismo, cuando no una palabra o expresión en inglés, sino de realizar ciertos giros sobre dichas palabras o expresiones para hacerlas más grandilocuentes, más pretendidamente elegantes.

Ocurre en todos los campos de la vida, desde la economía hasta la moda, pasando por la política, sobre todo en esta última. Así, nos encontramos con que palabras o expresiones que toda la vida han sido empleadas de un modo generalmente aceptado, pero ahora son condenadas al ostracismo merced a la utilización que algunos iluminados hacen de ellas.

Veamos aquí unos ejemplos, por sectores de actividad, de transformación de los términos.

Política

- Servicio de recogida de basura = Area de Medio Ambiente
- Concejalía de Tráfico = Area de Movilidad
- mitin = acto público
- mitin-fiesta = encuentro solidario
- negociar para aprobar una ley = diálogo
- negociar para aprobar los presupuestos al precio que sea = talante

Economía

- crisis económica = desaceleración de las variables macro
- paro galopante = empeoramiento coyuntural de los datos del mercado laboral
- despido masivo = Expediente de Regulación de Empleo (ERE para que suene aún mejor)
- estar hasta el cuello de deudas = excesivo apalancamiento financiero (o leverage, para los que más despuntan)

Moda

- modelito = outfit
- persona fanática de la moda = fashion victim
- persona fanática de la moda sin un duro = seguidora del imperio de Amancio Ortega
- persona fanática de la moda sin un duro pero con un blog = coolhunter

Otros ámbitos

- terrorista = activista
- terrorismo = activismo, lucha armada
- aborto = interrupción voluntaria del embarazo
- equipo de fútbol = entidad deportiva (galáctica en su caso)
- ateo = apóstata
- peón de albañil = auxiliar de construcción
- enfermera/o = técnico sanitario de grado medio
- barrendero = profesional del medio ambiente
- policía municipal = responsable de movilidad urbana
- botellón = concentración juvenil de dudosa legalidad
- botellón protagonizado por homosexuales = Día del Orgullo Gay

Y así va fraguándose nuestro lenguaje cotidiano. Si bien, en realidad todos estos términos no se emplean coloquialmente. ¿Acaso alguien va por ahí diciendo "Fulanito tiene un excesivo apalancamiento financiero"?. Pues no, lo que se suele decir es algo así como "Fulanito le debe a todo el que se levanta por la mañana". Aunque algunos sí que, en su intento de alcanzar la elegancia por la vía de la grandilocuencia, van afirmando por ahí cosas como "es que yo soy profesional del medioambiente y ayer tuvimos que hacernos cargo de los deshechos sólidos urbanos arrojados con motivo del Día del Orgullo Gay". Mucho ojo.

martes, 21 de julio de 2009

Los orígenes del outfit

Como todos los amantes del bloguerismo fashionista saben, un modelito se denomina outfit en el argot. Aunque sobre esto ya hemos hablado largo y tendido en este blog, la verdad es que uno no termina de encajar la cosa, ni tampoco había yo accedido a la simiente de tal término y su rápida difusión, cual fuego de rastrojo en plena canícula, como la que venimos sufriendo.

Un rayo de luz apareció y un servidor tuvo acceso, nada más y nada menos, que al primigenio outfit, a la primera exhibición publico/privada del modelito. Así que, sin más dilación, procedo a compartirlo con el amable lector, además en un formato novedoso para este espacio: en vídeo.




En realidad este vídeo me lo ha enviado alguien que se declara seguidora de mi blog y que debe trabajar en Tiempo BBDO, la agencia que hace el anuncio y que tan certeramente ha trasladado a un anuncio de fabada, interpretado por una anciana, esta tendencia de las fashion victims.

miércoles, 1 de julio de 2009

Zelaya, Chávez y la democracia de ida y vuelta


Considero absolutamente condenables los métodos antidemocráticos empleados para usurpar la Presidencia del Gobierno de Honduras a Manuel Zelaya. Creo que hasta ahí la comunidad internacional de forma abrumadora está de acuerdo. Ahora bien, igualmente me parece un poco precipitada y poco ajustada a la realidad la respuesta de esa misma comunidad internacional ante el nombramiento de un nuevo Gobierno en Honduras. Me explico.

De entrada, aunque estoy convencido de que la legislación hondureña puede iniciar un proceso de destitución presidencial sin necesidad de que medien las armas, parece evidente que Zelaya estaba, como se dice popularmente, jugando con fuego. La convocatoria de una consulta popular, al más puro estilo chavista, para prolongar su mandato no contaba con el respaldo constitucional necesario. Sin embargo, contraviniendo el rechazo de los demás poderes del estado de derecho, el depuesto gobernante se empeñó en poner en marcha un proceso electoral absolutamente ilegal al que luego, desbancado y en suelo costarricense, denominó “encuesta”.

Si nos retrotraemos un poco más en el tiempo, vemos que esta “encuesta” ha sido el desencadenante de una continuada actuación política poco acorde con esa democracia que ahora pretende abanderar Zelaya y sus compinches bolivarianos. Recordemos que Manuel Zelaya es elegido para gobernar su país como candidato del Partido Liberal de Honduras (PLH). Hasta donde me alcanza el entendimiento, lo de “liberal” casa bastante mal con el socialismo hacia el que giró repentinamente este personaje. Para que lo entiendan mejor les diré que el PLH se afilia a la Internacional Liberal, a la cual pertenece Convergencia Democrática de Cataluña, por ejemplo.

Esto nos lleva a certificar el profundo rechazo popular que Manuel Zelaya venía cosechando, principalmente entre sus votantes los cuales, a todas luces, se sentían engañados. La misma aversión que parece sentir un importante número de hondureños hacia una posible vuelta del desbancado líder.

En este sentido, no estaría de más que, como advierto al principio de estas líneas, la comunidad internacional se tome un poco más en serio este asunto y consulte a los innumerables diplomáticos destacados en Honduras, cuál es la realidad del apoyo popular hacia el nuevo Gobierno instaurado tras el golpe. Porque pudiera ser que un regreso fallido de Zelaya, resultase mucho más peligroso que esta transición que va a vivir Honduras a lo largo de los próximos meses. Recordemos que, a día de hoy, no se ha producido ni una sola baja humana por causa de este incidente, de acuerdo con lo que nos vienen reportando puntualmente las agencias internacionales que operan en el país.

No podemos decir lo mismo del episodio que hace menos de un mes se vivió en Irán. Parece ser que aquí la comunidad internacional, salvando las diferencias, ha preferido guardar silencio ante la sangrienta represión contra los civiles que se han manifestado contra el pucherazo electoral. El cual, por cierto, el propio régimen iraní ha reconocido pero ha menospreciado, para gran regocijo de los que ahora, en el caso de Honduras, se rasgan las vestiduras y pretenden dar lecciones de democracia.

Con este panorama, se me antoja que esto de la “democracia” es un término que empieza a estar al vaivén de los intereses del momento. Sobre todo para aquellos políticos de comprobado pasado golpista y contrastada vocación dictatorial, a cuyo rebufo no ha dudado en situarse Manuel Zelaya, desafortunadamente para el pueblo hondureño que es el que está pagando las consecuencias.

miércoles, 24 de junio de 2009

Verano, pantalones pirata y elegancia


Llega el verano y con él esa manía del despelote físico y moral a la sombra de la canícula. Que haga calor algunos, muchos, lo confunden con poder ir enseñando vergüenzas o con la posibilidad de ascender a los altares ese confuso término que es la comodidad, tan alejada de la elegancia.

El personal no entiende que las calles de Madrid, Granada, Valencia o Ciudad Real no son ese idílico destino al que algunos, muchos, se trasladan al son de la oferta y al dictado de la revista dominical de turno. No, estimado lector, Madrid no es la Rivera Maya y Ciudad Real no es Guanacaste. Tampoco el aeropuerto de El Prat son los fiordos noruegos, como ya se ha dicho aquí antes.

Pero llega el verano e inexorablemente sale del armario el pantalón pirata, la chancla de piel y la bandolera, zurrón, morral, buchaca o como quiera llamársele a ese adminículo que cuelga cruzado del hombro de la masa masculina. Si se le pregunta al interfecto usuario seguro que te cuenta las ventajas de llevar semejante horterada. Que si es muy cómodo para llevar el móvil, que si puedes meter el ipod –la mayoría de estos no han visto uno es su puñetera vida, sino que llevan algún reproductor de esos que regalan con una caja de galletas en el supermercado- y las más peregrinas razones para justificar lo injustificable. Y me voy a explicar.

En primer lugar, para colgar el móvil ya existen unas funditas diseñadas al efecto que se cuelgan del cinturón. No, no es que yo sea partidario de su uso, pero si es por comodidad, de sobra cumplen el cometido y, en vista de lo poco que le importa al usuario del zurrón la elegancia, a todas luces parece que la fundita estilo revólver es la opción ideal para el móvil. En segundo lugar, porque la buchaca tiene sus predecesores que por orden cronológico son la mariconera y la riñonera. La primera se descartó por las nuevas generaciones toda vez que ya su nombre era excesivamente peyorativo, sin hablar de su poco predicamento entre los colectivos sociales de diverso espectro.

Quizá sea la riñonera el más firme precursor del bolsito cruzado masculino. Así que, en realidad, este pretendidamente moderno accesorio no es más que una versión remozada de la riñonera “Montajes Alcázar”, que tanto furor causó hace apenas una década. En otras palabras una ordinariez que muchos negarán haber usado dentro de unos años.

Sin embargo, el paroxismo se alcanza cuando observamos el pantalón pirata del usuario de la riñonera versión 2.0. Se trata de una prenda llena de bolsillos la más puro estilo Coronel Tapioca, o más bien Quechua, dado que este tipo de personal rehúye de lugares tan pijos como el primero. Y aquí llega la pregunta clave: con todos los bolsillos y departamentos que tienen los pantalones pirata, tan necesarios por otra parte para completar el total look garrulo solidario, ¿para que narices necesitan el morral?.

lunes, 15 de junio de 2009

Los derechos y la elegancia


Imagino que el amable lector habrá comprobado como, de un tiempo a esta parte, a los ciudadanos nos bombardean en los medios de comunicación masiva anunciándonos una gran cantidad de nuevos derechos adquiridos. Desde el derecho a comprar en un supermercado mejor, hasta el de usar unas gafas de marca. Algunos son más limitados, como el del increíble champú que nos permite atraer a los individuos del sexo contrario como si de moscas se tratase, pero otros no se andan con zarandajas y nos exponen claramente eso de “porque tienes derecho a una vida mejor”. Previo pago, eso sí.

Casi todos estos nuevos derechos tienen esa desventaja: que hay que pagar por ellos. Porque en realidad todos estos derechos no son más que opciones del libre mercado, los cuales ya existían sin que ningún artista famoso tenga que concedérnoslos graciosamente. Otros ni pagando se pueden conseguir. Como esa agencia de viajes que nos da derecho a tener vacaciones, por una módica cantidad, claro está, pero resulta que el jefe no nos otorga más días libres. Rizando el rizo encontramos derechos que se nos conceden de forma encadenada. “Porque tienes derecho a una vivienda a tu medida”, pero ¿y a la hipoteca?. De eso mejor no hablamos, ese es otro negociado.

Imagino que los expertos en publicidad han encontrado aquí todo un filón y a mi me da la espina de que el mismo es producto de esta ilusión de sociedad que nos alberga. Una ilusión que consiste en hacernos creer que nuestros derechos son ilimitados y las obligaciones nulas. Los políticos han contribuido mucho a todo este fenómeno. Nos hablan de derechos por aquí y por allá, haciéndonos creer que no tenemos obligaciones. Pero a poco que nos fijemos un poco veremos que, en realidad, son más las cargas que los beneficios.

Tenemos que pagar impuestos sin excepción. Estamos obligados a inscribirnos en los registros oficiales, a no ser que queramos dejar de disfrutar de ninguno de los servicios públicos, los cuales también nos dicen que son derechos. Aunque, hablando de estos servicios, resulta que sobre ellos no tenemos ningún derecho más allá que el de tomarlos o dejarlos. ¿Se puede elegir libremente el colegio de nuestros hijos?, ¿podemos elegir el médico que queremos que nos atienda?. La respuesta a estos dos interrogantes, por ejemplo, es afirmativa, pero no va más allá de un kilómetro a la redonda y si uno se sale de él lo tienen que pagar, es decir, pagarlo doble.

Para corregir lo limitado de nuestros derechos reales –y no me refiero a los que se inscriben en el registro de la propiedad- parecen haberse creado esos otros derechos de quita y pon. Estos supuestos derechos de corto recorrido que no van más allá de la libertad de elección de la marca de dentífrico, o de la posibilidad de algunos colectivos para saltarse a la torera hasta la patria potestad.

lunes, 25 de mayo de 2009

Los personajes y la elegancia: Belén Esteban


Hoy no les voy a contar las excelencias del estilo maruja del siglo XXI de la ex de Jesulín. Ni siquiera voy a comentar su vestido de Carolina Herrera -¿sabe doña Carolina que su prêt-a-pôrter ya lo usa hasta la Esteban?-, color hello kitty, como mandan los cánones de la temporada, mis queridas blogueras fashionistas. Creo que poner la palabra elegancia en la misma frase que Belén Esteban es un acto de heroicidad que yo no voy a perpetrar, a no ser que vaya precedida de perdida o de un rotundo no. Ya saben que a mi no me gustan los consensos.

A lo que voy es al grado de toxicidad, por no decir de descomposición, en el que se encuentra nuestra sociedad, cuando observo cómo personajes como este pueden manipular a los ciudadanos. La semana pasada, mientras intentaba glosar sobre mis gustos literarios, tenía encendido el televisor en el preciso instante en que entrevistaban a esta señora -fíjense en su insistencia en publicar ella sigue casada-. Acababa de celebrarse la primera comunión de su hija y el motivo de la entrevista era el encuentro con su anterior esposo, Jesulín de Ubrique.

Conforme avanzaba la rueda de preguntas de los habituales periodistas, iba dándome cuenta de cómo, esa señora con nariz de boxeador sonado, ojeras de yonqui y boca de rape, otrora máximo exponente de la horterada patria, se ha transfigurado en una madre coraje adorada por el público en general. Sí, estimado lector, una madre coraje en toda regla que nos relata cómo ha tenido que pagar ella el convite de la comunión de su hija, amén de lo digna que estuvo en su encuentro con el progenitor de la misma. No sé si este magno cambio de rumbo se debe a la necesidad de héroes que sufre mi país o a la capacidad de la interfecta para causar con su rencor personal la empatía de las masas consumidoras de este tipo de vanidades.

No crean que me importa mucho que el personal se enfervorice con este tipo de personajes, sino más bien con su facilidad para sustraerse de lo fundamental. Recordemos que esta señora, que ahora nos da lecciones televisivas de cómo sacar adelante a una hija ella sola, vive del cuento de su primer matrimonio, amén de la pensión alimenticia -no pequeña, por cierto- que su descubridor para la masa le tiene que pasar religiosamente todos los meses. A todas luces debiera ser ella la que le enviase al torero de Ubrique un porcentaje de todo lo que gana por ir aireando su vida y la de su antiguo marido, sobre la cual opina sin el menor atisbo de vergüenza.

No, no es que Belén Esteban sea la única que vive del cuento. España está llena de ex: maridos, mujeres, grandes hermanos, triunfitos y toda una pléyade de personas que, a falta de mayores capacidades profesionales y, por el momento, sin cabida en la política, ganan un buen dinero por contar su vida o la de los demás en televisión. Son toda una clase social emergente que nos ofrecen ese circo patético sin el cual muchas personas no pueden ya ni vivir, y no me refiero a los propios periodistas, cuyo nivel intelectual ha descendido a baremos sólo comparables con los de los seres vivos unicelulares, categoría aún pendiente de revisión por el Ministerio de Igualdad, Corte y Confección. A esa pujante clase pertenece la protagonista de hoy, con el agravante de querer contarnos que ella es una trabajadora incansable, cuyos denodados esfuerzos apenas le dan para celebrarle la primera comunión a su hija con un ambigú medianamente digno.

Una de dos, o esta señora maneja la propaganda personal mejor que el mismísimo Rodríguez Zapatero, o este país necesita una lobotomía colectiva. Aunque la verdad es que no sé si ambos supuestos son excluyentes.

domingo, 17 de mayo de 2009

Los libros y la elegancia


No sé si realmente a alguien puede interesarle lo que yo leo o dejo de leer. La cuestión es Yose me ha invitado a una de estas cadenas blogueras que tanto detesto y no he podido vencer la tentación de adherirme. Borreguilmente, lo sé.

Actualmente estoy leyendo:
El tigre que no está de M. Blastland y A. Dilnot. Un libro muy interesante y que hace bueno aquello de los tres tipos de mentiras: las pequeñas, las grandes y las estadísticas.

Un libro que nunca terminaré:
Los pilares de la Tierra de Ken Follet. La primera y la última vez que se me ocurrió abrir un best seller. Un ladrillo, nunca mejor dicho.

Un libro que tengo pendiente por terminar:
Historia de la forma urbana de A.E.J. Morris. He leído trozos y es un libro interesantísimo, pero hay que tener paciencia y mucha concentración para leerlo, lo cual a mi me falla.

Un libro que me decepcionó:
¿Quién se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson. Una memez –palabra de la que deriva “meme”- como la copa de un pino. Eran otros tiempos y ese lo iban regalando por todos lados.

Un best seller que no tengo el más mínimo interés de leer:
No leo ese tipo de literatura. Me cansa, me aburre y me parece una verdadera pérdida de tiempo, en mi caso. Respeto mucho al que le gusta este tipo de literatura, por llamarla de algún modo.

Un libro que me gustaría que me regalasen:
La Historia del Arte de Ernst Gombrich; y De Colón a Bolívar, de Salvador de Madariaga, está descatalogado.

Un libro que me emocionó:
La peste de Albert Camus. La novela de Camus es muy buena, porque sus ensayos son demasiado densos.

Un libro pendiente que seguro que leeré algún día:
La Biblia. Lo he intentado dos veces.

Un libro que me gustaría volver a leer:
Trilogía de Madrid de Francisco Umbral. Fue el primer libro que leí del maestro y a partir de ahí todo cambió; El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, todo un descubrimiento.

Un libro que recomendaría:
Muchos, muchísimos. Me ha gustado mucho Fueras de serie de Malcom Gladwell que es el último que he leído. Espero recomendar el mío un día de estos.

Un libro que me sorprendió:
Cómo ser libre de Tom Hodgkinson. Me cambió la forma de ver muchas cosas, aunque desafortunadamente uno vuelve a caer en la rutina.

Me gustaría que se uniesen a esta cadena Eva, aunque espero que no ponga libros en ruso; Raquel, a ver qué libros ha conseguido gratis total y Venti, que tiene que estar bastante leído.

miércoles, 13 de mayo de 2009

100 eran 100


A lo mejor alguien esperaba que yo hoy hablara sobre el debate del estado de la nación, de las ayudas a la compra de coches o a la deducción por compra de vivienda habitual. Lo siento. Hoy, como el maestro Umbral, voy a hablar de mi libro. Mejor dicho, voy a hablar de mi blog. Porque del resto, de la actualidad y de la realidad efímera, ya están comentando los demás bastante.

Esta es mi entrada número cien. Así, con letra. Porque los números ya los conocemos todos. Ya cansan los números. Como hartan los políticos ineptos y vividores. Y digo entrada porque entre los cien, hay algún que otro post que es como a mis amigos blogueros les gusta llamar a esto de escribir en Internet. El resto, como ya se ha dicho aquí antes, son artículos.

Casi cien artículos sobre lo divino y lo humano. Sobre economía, sobre política, pero sobre todo sobre esta sociedad nuestra, por llamarla de algún modo. Sobre esta decrepitud de convivencia a la que llamamos sociedad y que, algunos, incluso se atreven a llamarla democracia. Sobre este borreguismo desilustrado al que los cursis llaman sociedad de la información, cuando debieran denominarla manada de adocenados. Así, sin comillas ni cursiva.

Cien reflexiones que han dejado impasible a más de uno y mudo a más de dos. Los impasibles se fueron, los mudos siguen ahí. Lo sé. Gracias. Gracias a todo el que haya querido leer más de dos líneas, se haya atrevido o no a contradecirlas, aunque hoy lo de contradecir no está tan de moda como debiera. Porque la moda es vestirse de moradito, usar smartphone y quejarse todo el día. A la espalda, eso sí.

Hoy reniego de este centenar que no llega a impronta. Porque eso es otra cosa, como uno va aprendiendo con el paso de los años. Pero sobre todo lo aprende con el paso de las personas. Esas, nosotros, sí que dejamos impronta. Hoy mismo lo he comprobado. No el debate de ayer, ni la crónica del mismo. Por eso este cien lo regalo, lo vendo, lo traspaso.

Parafraseando al genial Pablo Carbonell: "Esto que estás leyendo es tuyo, es para ti. No defraudes a Hacienda y decláralo".

jueves, 7 de mayo de 2009

La vanidad y la elegancia


Sin vanidad no existiría la elegancia. Sin un poquito de amor propio nadie puede ser elegante. Así de rotundo y concreto es esto. La vanidad, como el sentido de autoprotección, viene por defecto en todos lo seres humanos y sin ella no podríamos poner de manifiesto nuestra propia individualidad.

No nos olvidemos de que la vanidad la encontramos por todos lados. Porque vanidosa es Victoria Beckham, que no sabe que modelito se va a poner, pero vanidoso es igualmente cualquier joven de tendencia comunistoide que se deja la barba, se pone una camiseta del Ché y tiende a no lavarse demasiado para que, con el agua, sus firmes valores leninistas no se diluyan.

Ahora bien, como casi todo en la vida, en la moderación está la virtud y el exceso de vanidad suele ser fiel compañero de la falta de elegancia. Lo veíamos cuando hablábamos de la metrosexualidad o del lujo. Cuando la gente confunde quererse a uno mismo con que los demás lo quieran por lo que tiene y no por lo que es. Eso imagino que ya lo intuía el amable lector. Por eso no voy a ahondar más en la proporcionalidad inversa de la vanidad y la elegancia. En definitiva, que a más vanidad, una vez que se superan ciertos límites, menos elegancia.

De lo que yo quiero hablar es de la vanidad que se oculta tras el llanto, el sollozo, la queja, la abnegación. Esa vanidad que no percibimos como tal pero que es la peor de las formas que puede adoptar, amén de la menos elegante de todas. Ahora bien, que esté disimulada no quiere decir que no se prodigue, tanto o más, que la vanidad directa.

Todos tenemos un amigo, un conocido o un familiar aficionado al lamento. Su vida es la queja continua por su situación personal o las condiciones de la misma. Aunque si lo analizamos con objetividad veremos que seguramente viven mejor que el resto de los mortales, con la gran diferencia de lo poco que nos quejamos los demás y el continuo dolor que los acompaña a ellos.

En este sentido los familiares ochatresistas nos suelen aportar los mejores y más valiosos ejemplos. A pesar de que tienen empleos inamovibles, horarios y vacaciones cercanas a las de nuestros hijos y sueldos más que aceptables, la vida los trata con desdén.

Sus jefes suelen ser ogros que suplen con mala leche la incapacidad para despedirlos, sus salarios apenas suben el IPC y no les dejan tomarse todos los puentes. Tragedias irremediables que no continúo narrando porque seguramente el amable lector puede completar estas líneas con ejemplos mucho más ilustrativos.

Otros vanidosos que se esconden bajo los ropajes de la abnegación son muchos de los personajes públicos que dedican su vida a causas diversas. Desde la investigación del mono malayo, hasta la construcción de escuelas en los arrabales de Mumbai, que es como ahora se llama a la Bombay de toda la vida. Bajo apariencia harapienta, estos mártires del siglo XXI nos muestran lo sacrificado de sus vidas e incluso arrastran a los suyos a vivir bajo los estándares propios del que da su vida por una causa, se sobreentiende que justa.

Sin ir más lejos el otro día escuché que Vicente Ferrer, fundador de una ONG que lleva su nombre siempre va vestido exactamente igual. Esto, que podría parecer algo normal, resulta que no es una cuestión trivial, dado que encontrar idéntica tela para las camisas que lleva vistiendo desde hace décadas no es nada fácil. No importa mientras le logre el objetivo de hacer creer que lleva con la misma indumentaria treinta años.

En ambos casos, de lo que hablamos, no se lleven a engaño, es de vanidad pura y dura. Dar pena a sabiendas y con fruición no es más que una forma de llamar la atención del prójimo, con los mismos o peores objetivos que el aficionado al autobombo.

Porque como decía mi estimado Salvador Moreno Peralta, insigne arquitecto malagueño y escritor incomprendido, “entre el sahumerio y el flagelo, me quedo con el primero porque, aunque atufa, por lo menos no salpica”.

miércoles, 29 de abril de 2009

Obama, Bruni y la familia Rodríguez. Una fotografía de la España de la pandereta


En la pasada campaña electoral ya vimos cómo el PSOE tiraba de su infinita lista de “intelectuales de la izquierda” para lanzar un video apoyando la candidatura de Rodríguez Zapatero. Desde la nueva líder intelectual del “movimiento”, Pilar Bardem, a la cual casi premian poniéndole su nombre a una calle de Sevilla, hasta los comunistas de toda la vida como Pilar Cuesta y Víctor Manuel Sánchez, Ana Belén y Víctor Manuel para los no iniciados.

En esta ocasión, no sabemos si porque no los han llamado o porque muchos no se quieren señalar demasiado, no vaya a ser que en menos de un año cambien las tornas, la estrella rutilante de la campaña electoral no es otro que el mismísimo presidente de los EE UU, Barack Obama. El nuevo amigo de Rodríguez se ha convertido, por arte de magia audiovisual, en el máximo baluarte de un PSOE a la deriva.

Y es que ZP quiere ser como Obama. Su amigo del alma, con el que apenas ha compartido unos minutos en cuatro cumbres. Un amigo que no nos llama para las reuniones del G20, pero que habla muy bien de nuestro AVE y de lo maravilloso que es el jamón de Guijuelo y el lechazo. ¡Ah no!, ese es otro negro, es el de CSI que, como Obama, también hace campaña interna, pero para promocionar Castilla León.

Sonsoles Espinosa, la esposa de ZP, que no la primera dama, también quiere darse su pequeño baño de internacionalidad mediática. Por eso ha invitado a Carla Bruni a almorzar. Algo insólito en los viajes de los jefes de estado, aunque imaginamos que será una nueva costumbre de los actuales moradores de Moncloa y mañana la invitada será Lina Moreno, esposa del presidente colombiano Alvaro Uribe.

La verdad es que no creo que a la esposa de Uribe le vayamos a dar los españoles el mismo seguimiento que le hemos dado a los modelitos de la Bruni. Como tampoco veo a Sonsoles almorzando con la primera dama de Colombia. Porque las primeras damas de Latinoamérica a la esposa de ZP le importan un pimiento, como demostró en la Cumbre Iberoamericana de Salamanca. A Sonsoles le interesa hacerse la foto con la Bruni tanto como a su marido hacérsela con Obama. Lo demás son obligaciones del cargo, como dejó bien claro a los presentes en aquella cumbre.

Y así vamos forjando nuestra fama de país de pandereta. Nos engrandecemos como papanatas universales que hacen la ola a una señora y cuya intelectualidad pelea por verla de cerca en la cena oficial de La Zarzuela. Lo cual es bastante normal cuando el presidente del Gobierno da codazos por fotografiarse con Obama y su esposa con Carla Bruni. Hasta Curro Romero faltó a la "Noche del pescaito" en Sevilla para ver a la Bruni de cerca.

lunes, 27 de abril de 2009

Los colores y la elegancia


No, no es que haya colores elegantes y colores que no lo son. Aunque quizá el amarillo, en general y salvo para complementos muy concretos, sea el más despiadado de los colores a la hora de llevarlo puesto. Lo que sí hay son colores que están, o se ponen, de moda y colores que no. Colores que hay que llevar, sean con look total, que viene ser algo así como ir de los pies a la cabeza con el mismo color o combinación de ellos, o simplemente en prendas aisladas. Sin él la vida carece de sentido más allá del fondo de armario.

Porque la moda, o las modas, tienen siempre un contrapunto de borreguismo que, incluso sus más fieles seguidores, no llegan a considerar en toda su extensión.

Corría el año 2003 cuando el endiosado Tom Ford se sacó de la manga un color verde oscuro para vestir a Nicole Kidman de cara a su desfile procesional en la ceremonia de los Oscar. Un verde que no llegaba a botella pero que tampoco era claro. Si la memoria no me falla, porque tampoco me voy a poner a buscarlo en Google, era su penúltima colección para Yves Saint Laurent Rive Gauche. Además del vestido sacó zapatos del mismo color, blusas y alguna que otra prenda.

El color de marras pasó sin pena ni gloria. La Kidman fue alabada y vituperada por partes iguales y Tom Ford se largó a descansar y luego a crear su propia marca. Para la temporada de otoño-invierno de 2007 las firmas de prêt-à-porter inopinadamente empiezan a sacar al mercado todo tipo de prendas del color que Ford empleó para aquel vestido. Se convirtió en el color de moda y eso que su “invención” había sido tres o cuatro años antes.

Ahora nuevamente vuelve a ponerse de moda un color. Aunque en esta ocasión quizá menos encasillado que el verde de Tom Ford. Me refiero al morado. Aunque a lo mejor debería llamarle berenjena. Para mujer o para hombre, el morado apagado, entre capote de torear y vestido de Hello Kitty es el color que arrasa esta temporada. Las tiendas de ropa rápida lo han invadido todo del moradito apagado de turno y el personal lo ha acogido con gusto. El otro día en una actividad a la que asistí me encontré a una señora enfundada de los pies a la cabeza, medias incluidas, en el color de la temporada. Desde luego llamaba la atención, pero no creo que por lo que a ella le hubiese gustado.

Esto de los colores, como digo al principio, no es que sea elegante o no. Lo importante, como siempre, es si se quiere ser parte de la manada o ir por libre. En mi caso, si ven un caballero medianamente bien vestido por la calle y piensan que podría ser yo, si lleva alguna prenda moradita hello kitty, descártenlo de inmediato.

martes, 21 de abril de 2009

La república y la elegancia


Los que me han leído algo a lo largo de estos años, sabrán que yo me siento republicano. Simplificándolo todo, creo que los ciudadanos tenemos derecho a elegir libremente quién es nuestro jefe de estado. Nada más y nada menos. Además, por complicar un poco la cosa, pienso que debe respetarse el papel histórico jugado por Juan Carlos de Borbón y dejar que el hombre reine hasta que él lo considere oportuno. A partir de ahí elecciones.

Imagino que a muchos, esta declaración de intenciones mía les ha sorprendido, dado que uno es “reformista liberal”, es decir de derechas pero a la izquierda del eje Losantos-Aguirre, y esto de ser republicano suena muy a izquierdista. No me extraña y de eso quiero hablarles.

Este fin de semana en no pocas localidades españolas se ha celebrado el “Día de la República”. Al más puro estilo del mitin-fiesta carrillista, aquellos eventos que tantos bolos generaron para la familia San José Cuesta, conocidos popularmente como Víctor Manuel y Ana Belén, pero con más fiesta que mitin y, mayoritariamente, patrocinados con el dinero de los impuestos.

En el caso del municipio en el que vivo, tan excelso evento se desarrolló en el paseo marítimo. Día soleado aunque ventoso pero propio para el solaz de la familia a la orilla del mar. Allí se encontraban los republicanos oficiales con su escenario y su barra –libre, por cierto-. No eran más de treinta. Uniformados ellos con barba más o menos descuidada, ellas con pendiente en la nariz. La kufiya imprescindible y unisex.

Al calimocho público lo acompañaban algunas viandas que no logré distinguir en mi fugaz paso por el cónclave. Ondeaban dos banderas con franja morada y escudo al uso. ¡Qué importante es la simbología en esta España mía, esta España nuestra!. Los carteles de Izquierda Unida pedían la firma a fieles y transeúntes “por el empleo”. Como si por firmar en una hoja le estuviera uno dando trabajo a los que engrosan las listas del paro. Una firma, un puesto de trabajo.

Una pareja de músicos amenizaba el mitin-fiesta. No, no eran los San José Cuesta, que esos ya por menos de 60.000 euros no se levantan por la mañana. Éxitos de ayer y de siempre que encontraron su punto álgido en la interpretación de Comandante Ché Guevara, del inefable Silvio Rodríguez, que algunos bailaron al estilo pasodoble. Tampoco faltaban las camisetas con la estampa del líder guerrillero. Y yo me pregunto, ¿qué tiene que ver el Ché con la república española?.

Simbología de una tribu a la que yo pertenezco sin ser parte de ella, dado que lo de “republicano” no es más que una excusa, un vil subterfugio para todos estos vividores trasnochados. ¿Por qué se llaman “republicanos” cuando lo que quieren decir es “comunistas”?. Será que al colectivo en cuestión también le llegan las modas y ahora, además de usar la kufiya y el pendiente en la ceja, le gusta autodenominarse “republicano”. Porque lo de “comunista” está demodé.

sábado, 18 de abril de 2009

¿Y los paraísos sociales?


Me ha provocado auténtico estupor la constatación de que la única medida real y efectiva tomada en el seno del denominado G20, haya sido la de publicar una lista de países denominados “paraísos fiscales”. Una lista negra de estados soberanos a los que se amenaza con sanciones si no se pliegan a los deseos informativos de los grandes países del planeta.

Paradojas. Mayor perplejidad me ha producido ver que Costa Rica se encuentra en esa lista. Resulta paradójico que Reino Unido, Francia u Holanda puedan poner marchamos de opacidad a terceros cuando ellos son los que inventaron este tipo de refugios. Véase la pléyade de islas caribeñas aún bajo su control que resultan ser verdaderos paraísos, no solo por sus playas de arena blanca, sino por lo liviano del control financiero y fiscal de ella. Sin ir más lejos, no son pocos los ciudadanos costarricenses que acuden a dichas islas, no para dorar su piel bajo el sol, sino para depositar en ellas sus ahorros o el fruto de transacciones comerciales. Paradojas del mundo contemporáneo.

Tampoco Obama puede sacar pecho al respecto, dado que el estado de Delaware es, de facto, un auténtico paraíso fiscal en el que se puede crear una sociedad en treinta minutos y con acciones al portador. Tampoco hace falta ser estadounidense, ni tan siquiera residente para tal trámite. Desconoce- mos por qué este estado norteamericano no se encuentra en la lista negra.

Lo anterior ya resulta suficientemente esclarecedor del doble –y equivocado– rasero que han aplicado en el G20 para tomar la decisión y poner nombres a países que ni tan siquiera pueden defenderse, dado que no se encuentran representando en tan mediático foro. Sin embargo, lo más dramático es comprobar lo interesados que están los países más desarrollados del mundo en erradicar los paraísos fiscales –los ajenos, claro está– con tal de aumentar la recaudación de sus maltrechas arcas públicas, pero lo poco que les importan los verdaderos paraísos del siglo XXI: los paraísos sociales.

Costa Rica, por poner el ejemplo más cercano, es un país reconocido internacionalmente, para lo bueno y para lo malo, por su sistema de seguridad social. Lo cual interesa bastante poco, dado que de lo que se trata es de perseguir cualquier atisbo de evasión impositiva, no de evitar la invasión de productos fabricados en países que institucionalmente deploran la protección social de los trabajadores. Esto último dista mucho de ser lo que ocurre en Costa Rica.

‘Dumping’ social. Todo esto tiene su lógica si consideramos que uno de los países más destacados del G20 es el mayor paraíso social del mundo. Me refiero a China, en donde es el propio Estado el que patrocina la ausencia de garantías sociales con tal de inundar el mundo entero con sus productos. Gracias a esta política de dumping social masivo es como China se ha convertido en un país imbatible en lo que a fabricación a bajo coste se refiere.

Por poner un ejemplo claro y rotundo, China se ha comido al sector textil mundial, desde el que producía en países desarrollados, hasta el que existía –queda algo, pero desaparecerá– en países en vías de desarrollo como Honduras, Vietnam o Marruecos. No se puede competir contra un coloso que tiene la firme decisión de acabar con cualquier competidor y al que, cultural e institucionalmente, le importan poco los derechos de sus ciudadanos.

Para colmo este paraíso social tiene carta de naturaleza como país respetado entre los grandes del planeta. Con este panorama creo que no debería extrañarme tanto por las resoluciones del G20. ¡Muerte a los paraísos fiscales! ¡Larga vida a los paraísos sociales!.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 17 de abril de 2009.

miércoles, 15 de abril de 2009

Los periódicos y la elegancia


Una de las grandes ventajas que hemos descubierto con el maravilloso mundo del Internet es que tenemos acceso a una fuente casi infinita de información. Mayormente de información fresca, de noticias, de actualidades efímeras de esas que tanto llenan nuestra vida en sociedad. Ahora ya no hay que ir al quiosco a comprar la prensa diaria. La prensa entra por la rendija de la conexión a la Red de Redes -¡menuda cursilada!- de nuestro hogar o de la oficina.

¡Qué equivocados estamos!. De nuevo confundimos variedad, o mejor dicho cantidad, con calidad. Nos conformamos con los titulares digitales de tres o cuatro diarios cibernéticos –unos versión del físico y otros nacidos al calor de la “sociedad de la información”- en lugar de entretenernos con la lectura sosegada y extensa de un solo periódico. Porque parece que lo elegante es decir que se han leído cuatro o cinco medios en lugar de uno sólo pero bien leído.

Nada más lejos de la realidad. Si la lectura de un diario ya es un acto de manipulación consentida en un noventa por ciento de los casos, el repaso de los titulares digitales es la constatación de lo poco que le interesa al individuo contemporáneo detenerse a pensar en la veracidad de lo que lee.

Los periódicos digitales son el extremo de la manipulación mediática a la que estamos sometidos a diario y desde todos los medios. Uno abre la página en cuestión y sólo ve un compendio seleccionado de aquello que le quieren vender. Es como si del periódico impreso uno sólo leyese la portada. Sí, yo sé que se puede entra en el desglose de la noticia, pero sigue siendo incompleta.

Textos reducidos que no cansen al “espectador”, dado que la fatiga visual en la pantalla supera a la que provoca leer el medio impreso. Porque los visitantes de los medios digitales tienen más de espectadores que de verdaderos lectores. ¿Cuántos artículos completos leemos y cuántas veces simplemente pasamos de largo llevándonos en la retina el titular?. ¿Cuántas personas se habrán quedado en el primer párrafo de este artículo ante la perspectiva de tener que leer en la pantalla toda una columna?.

El periódico impreso es otra cosa. Empezando por el acto religioso de adquirirlo en el quiosco o recogerlo de la puerta de la casa, como hacía yo en mi Costa Rica querida, impregnándose de ese tumulto de sapiencia que es el olor a tinta sobre papel. Continuando por el repaso detallado de los titulares, no sólo los de la portada, y finalizando con la lectura reposada de nuestra columna favorita.

El periódico impreso llega a detalles mayores y está salpicado de muchas más imágenes de las que caben en una pantalla. Por no hablar de las viñetas, verdaderas obras de arte muchas de ellas. Deleite de unos, los lectores, y cabreo monumental de otros, los protagonistas.

Leer el periódico en la sala de espera, en el autobús, en el metro, en la cafetería, es mucho más elegante que ponerse a mirar la diminuta pantalla del cacharro electrónico de moda, intentando “informarse” de lo que otros quieren que sepamos o dejemos de saber. Sin pretensiones, sin idas y venidas digitales, pasando las páginas cadenciosamente y leyendo los entresijos de la actualidad. Esos avatares que mañana por la mañana serán pasado, pero quedan ahí, impresos, aunque ya sólo sirva para limpiar los cristales o para embalar la vajilla de loza(*).

(*) Desembalando el juego de café de la abuela me encuentro lo siguiente: 30 de diciembre de 2007. El Mundo, Tribuna: “Cómo afrontar la crisis económica mundial”.

sábado, 28 de marzo de 2009

Los personajes y la elegancia: Carme Chacón


Carmencita Chacón nació en un pueblo de Barcelona en el seno de una familia humilde de origen andaluz. De esos andaluces que se vieron obligados a mudarse a Cataluña por culpa de Franco. Sí, por aquella manía del caudillo de favorecer a Cataluña y a las provincias Vascongadas, otorgándoles todas las ayudas necesarias para que se convirtiesen en las primeras regiones industrializadas de la piel de toro. Paradojas de nuestra patria.

Los padres de Carmencita celebraron mucho la muerte de Franco. Lo ha dicho ella, que se acuerda perfectamente de la fiesta íntima a la que acudió con cuatro años de edad el día de oficialmente nos dijeron que Franco había muerto. La precocidad progresista de nuestra protagonista no encuentra parangón.

Aquello la marcó mucho. Tanto que con dieciocho años ya estaba alistada en las Juventudes Socialistas, momento en el que, sin duda, se le cayó la “n” del nombre de pila, aunque todavía no le llamaban “Carma”, eso vino más tarde. Cuatro años después ya era concejala en Esplugas de Llobregat. Pero Carmencita era una joven ambiciosa y Esplugas se le quedaba pequeño.

De concejala a diputada nacional y de ahí a formar parte del núcleo íntimo de Rodríguez. Ministra no sólo para cumplir con aquello de la paridad, sino para retomar las riendas del Ministerio de la Vivienda, el primero de los inventos derrochadores e inútiles que inauguraron esta época gubernamental de golpes de efecto. Ahora, Carmencita, “Carma” para los entendidos, es Ministra del Aire, o algo así. No llegó a tiempo para lo del Vogue, así que ahora se está desquitando por entregas.

A mi me gusta Carma. Es como la Barbie pero en versión política. Tenemos la Carma ministra, acompañada por su asistente, una mujer capitán del ejército; la Carma militar, con su chaquetón de camuflaje en los destinos más inhóspitos, en los cuales, por cierto, nunca se queda a dormir; la Carma televisiva, que graba las comparecencias por si no les da tiempo a los medios a llegar a la comparecencia de turno; la Carma diputada, con semblante compungido y enfadada con Rajoy, con esa cara de enfado que ponen las mujeres cuando el cónyuge les habla mal de la familia.

Carmencita no escatima en vestuario. Siempre va vestida para la ocasión. Asesores no le faltan y el atrezo corre por cuenta de los Presupuestos Generales del Estado. Son las ventajas de la cartera ministerial. Claro que estas líneas pueden sonar muy machistas y si no que le pregunten a Trinidad Jiménez, otra que tal baila, pero con menos fondo de armario y bastante peor peluquero, o estilista, o como se llame ahora eso, que nuestra protagonista.

Claro que tendríamos que preguntarnos qué es lo verdaderamente machista, porque a mi a lo mejor me podría parecer más vejatorio para las mujeres esta imagen que nos pretende transmitir Carmencita. A mi lo de la Chacón me recuerda a la narración de los pases de modelos de los tiempos posfranquistas, yo de los franquistas, la verdad, no me acuerdo tan bien como Carma: “Una colección pensada para la mujer moderna. Una mujer que trabaja, que pisa firme, que sabe lo que quiere”.

Pero es que vivimos en los tiempos de la imagen, como ya se ha dicho aquí. Lo que vale es la foto. Probar el rancho de los soldados y que lo registren las cámaras. Del resto ya se encargan los medios.