miércoles, 25 de abril de 2018

Las redes sociales nos están matando

“Lo estaba pasando tan bien que se me olvidó subir ´stories´”. Palabras textuales de una egoblogger en su propio muro de feisbuk. El lector no sabrá si reír o llorar, pero quizá debamos preguntarnos a nosotros mismos si no hemos llegado a tal punto de estulticia. Las redes sociales están acabando con nosotros, no sólo con los que pretenden hacer negocio vendiendo la vida propia en vivo, sino con los que invertimos la mejor parte de nuestro tiempo en ellas.

Algunos expertos afirman que las redes son la nueva droga. Cada like hace que nuestro organismo libere dopamina, la molécula de la felicidad. Es rápido y efectivo. Subimos una foto y llegan las reacciones, los comentarios, los seguidores. La dopamina llega como cuando recibimos un mensaje de amor o un aumento de sueldo. Pero como cualquier droga necesitamos más. Al principio una docena de interacciones es suficiente para alegrarnos la mañana, pero después queremos más. Más likes, más comentarios, más fologüers. 

La vida real se hace ajena. Hay que estar revisando el teléfono contínuamente. Los que nos rodean no importan, sea una fiesta, un almuerzo o una reunión de trabajo. Sean nuestros compañeros de trabajo, nuestra familia o nuestros amigos. No interesan. El mundo virtual es inmensamente más interesante que cualquier atisbo de realidad que nos rodea, porque nos otorga dopamina.

Placer instantáneo y gratuito. O no tan gratuito. Esa desconexión de lo real se paga. Las relaciones se deterioran. Incluso nuestro organismo se resiente. Lo inmediato lo domina todo. Tenemos que tuitear esto, postearaquello, repostear–ojalá fuera el transitivo de hacer repostería- lo de más allá.

Hace 10 años, casi nada, comentábamos en este mismo espacio que los blogs eran mentira. Parecían el intento individualista por trascender más allá del escritorio para muchos, pero acababan siendo algo sin sentido sino tenían una buena acogida entre el grupo de afines. Incluyéndome, por supuesto. 

Ahora las redes sociales reproducen ese mismo efecto, de forma exponencial. Esa es la gran mentira: exponencial. Nunca seremos exponenciales, sólo las cifras globales lo son. Ni tan siquiera las marcas se han percatado de la falacia. Los influencers no son nadie, pero viven o se alimentan de esa enfermedad de la que muchos somos víctimas sin darnos cuenta. Un perrito ladrando a la fotografía de Donald Trump tiene más viewsque cualquier egoblogger de comarca en todos los stories de su vida.

Buscamos tener influencia más allá de nuestra casa, nuestra oficina o nuestro círculo de amigos a cambio de mermar nuestra vida y desatender lo que más debería importarnos. Buscamos una salida, una huida, un paso al vacío cibernético y exponencial. A la vez que nos olvidamos de lo mundano, lo cercano, lo real. Nos están matando.

lunes, 27 de febrero de 2017

El nuevo vehículo de los cuarentones

Hoy voy a introducirme de nuevo en el interesantísimo tema del análisis del comportamiento social, es decir, de las cosas que hace el personal porque se pone de moda o, como se viene diciendo ahora: lo que es cool. En esta ocasión tocaré un tema sensible. Se trata de la crisis que los hombres sufrimos en el entorno de los cuarenta años. Lo que en el argot trendy viene llamándose midlife-crisis.

Al cumplir los cuarenta –o cuarenta y tantos, porque no es un número exacto- los hombres sentimos que ya no somos jóvenes y atractivos. Así, comenzamos a buscar cómo volver a ser interesantes y modernos.

A algunos les da por la actividad física desmedida. Los casos de lesiones de todo tipo se multiplican, no porque a partir de los cuarenta el cuerpo ya no sea el mismo, sino porque nos da por hacer más ejercicio del que habíamos hecho nunca antes. Un tío con 45 años que no ha hecho en su vida más deporte que el levantamiento de vidrios en locales autorizados para el expendio de bebidas alcohólicas, no puede pretender ser triatleta.  Se va a lesionar seguro. 


Otros combinan lo anterior con la compra de un vehículo de corte juvenil. Con el boom del ladrillo, la compra de descapotables de alta gama en España se disparó entre los mayores de cuarenta años. La correlación entre la compra de estos vehículos y el divorcio era cercana al cien por cien. Dicho de otro modo: Divorcio = Mercedes SLK.

En Costa Rica el fenónemo también se ha visto traducido en la venta masiva de otro tipo de vehículos: los pickups, conocidos en España en mi época como rancheras. Los cuarentones optan aquí por esos coches inmanejables que confieren al usuario un aire juvenil. Recordemos que en el pickup uno puede llevar la tabla de surf o la bicicleta de montaña, accesorios que no pueden faltar en esta etapa de la vida.

¿Qué no tiene bicicleta o tabla de surf?. No importa, nadie conoce ese dato. Lo que queda claro es que si uno tiene una ranchera es porque tiene una vida muy activa. Como cuando rondábamos los veinte.  De hecho este tipo de vehículos son propios de veinteañeros que los compran –los suele comprar papi- precisamente para dar ese tipo de impresión a las chicas de su edad: son aventureros, hombres de acción… y con dinero.


La cuestión es que cada mañana, cuando llevo a mi hija al colegio, me trago una procesión de padres en plena midlife-crisis conduciendo sus rancheras impecables. Todas en tonos metalizados, y ni rastro de barro, arena o cualquier otro tipo de suciedad. Al fin y al cabo son señores que no pueden ir con el coche sucio por la calle. Que nadie se lleve a equívoco.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Disfrazarse nunca fue una moda

Ya se ha glosado aquí sobre la pequeña línea que separa lo sublime de lo ridículo. Una línea que últimamente se traspasa con demasiada frecuencia. Sobre todo por estos lares mesoamericanos que me albergan. Las pasarelas criollas se llenan de esperpentos que buscan una extraña mezcla entre lo moderno y la tradición post-colombina. Disfraces, al fin y al cabo.

Como siempre sucede con estas supuestas tendencias, el apoyo endogámico es brutal. ¿Cómo no dar like y comentar la ocurrencia de la egoblogger de turno que mezcla unos zapatos dorados con una bufanda con los vivos colores de los manteles que venden en los mercadillos de Antigua Guatemala?. ¿Cómo no se le ocurrió antes a Tom Ford semejante genialidad?.

Seamos sinceros, a nadie se le ocurre salir a la calle un día cualquiera con semejantes disfraces.
Esos outfit no son para ir a la oficina o a tomar un café en la boulangerie orgánica de la esquina. Estos modelitos son propios para grandes eventos, como la fashion week de turno. Quizá esta proliferación de las fashion week de barrio sea la culpable de esta avalancha de creadores, egobloggers y fologüers en general, que buscan en ellas el refugio de la excusa para el exhibicionismo. Porque al final este invento de hacer un desfile anual en cada barrio -para sacar dinero- fuerza el surgimiento de la creatividad mal enfocada.

Alguien tiene que parar esta oleada de esperpentos en forma de vestimentas. La otra alternativa es centrar este tipo de acontecimientos en fechas más propicias: carnavales y jalogüin. Ahí, entre la confusión de las festividades, todos esos outfits pueden encontrar su sentido. En el entorno adecuado y sin causar la hilaridad del público en general. El problema es que en esas fechas tan señaladas, con el timeline de instagram lleno de selfies de disfraces, la creatividad pueda quedar en un segundo plano.