viernes 16 de mayo de 2008

Personajes y elegancia: Sarah Jessica Parker


Me viene llamando poderosamente la atención como Carrie Bradshaw, conocida ahora como Sarah Jessica Parker, o su acrónimo SJP –vendrá la marca de ropa, al tiempo-, se ha convertido en un icono para las mujeres de toda una generación. Me refiero a la mía, que no es la de la propia Carrie -cerca de una década nos distancia-. Todo debe proceder del salto a la fama de SJP gracias a la serie Sex & The City, traducida al español de España como Sexo en Nueva York, papel por el que le otorgaron nada menos que cuatro Globos de Oro.

La persona se ha transfigurado en personaje y el personaje se convertido en persona real. ¿Dónde acaba SJP y dónde comienza Carrie?. Por mucho que se haya resistido SJP no es nadie sin su personaje. Alguna comedia romántica de medio pelo es lo que luce en su currículo desde el final de la serie.

Carrie/Sarah sigue atrayendo poderosamente la atención de cientos de miles de mujeres en el mundo a pesar del cierre televisivo. Esa fealdad disimulada con ropajes y complementos de lujo trae de cabeza a innumerables féminas enamoradas del personaje/actriz. Se agolpan en las filas de los cines para acudir a ver de primerísima mano la película/desfile que acaba de estrenar este icono posmoderno. Esta secuela de la serie transformada en objeto de culto a Carrie/Sarah promete grandes éxitos de taquilla.

Los maridos y novios acudirán junto a sus esposas y novias sin poner reparos, porque secretamente van a contemplar la voluptuosidad de Samantha (Kim Cattrall), que es la que de verdad interesa al género masculino heterosexual. Hago esta observación porque entre el género masculino homosexual la que gusta es Carrie/Sarah, mayormente por sus rasgos cuasi travestidos. A los hombres que estamos fuera del circuito homosexual Carrie/Sarah nos resulta fea, incómoda de contemplar, por mucho que se cambie de modelito, vaya al gimnasio o pase por el quirófano para corregir los rigores de la edad.

Yo imagino que la fascinación femenina por esta señora viene de su capacidad para obviar esta fealdad por medio de esa cosa que llamamos “estilo”, que no es más que vestir acertadamente y la mayoría confunde con vestir caro. Básicamente la cualidad de Carrie/Sarah es esa: usar muchos y variados conjuntos de precio exorbitado. En otras palabras, ¿quién quiere mirar a la cara a una señora feísima que viste con los modelos que salen o saldrán en las revistas de moda?. Mi aplauso y mi admiración por tal logro.

A lo que me rehúso es a aceptar que SJP sea un icono de la elegancia de nuestros tiempos. Aunque de entrada podamos pensar que se trata de una persona con cierta distinción, buen gusto y naturalidad, en realidad no es así. Para mi esta señora viene a representar todo lo que yo vengo denunciando aquí: la moda, el lujo, las marcas, los logos, etc. En realidad no es más que una actriz que está aprovechando sabiamente las debilidades de esta sociedad de consumo en la que nos alberga. Es un icono, sí pero de la feria de vanidades en la que hemos convertido nuestra existencia.

Ahora comprendo la fijación de las treintañeras por Carrie/Sarah. Profesional liberal, presuntamente, deseada por hombres atractivos y poderosos, sin ser tan zorra como Samantha, ni tan puritana como Charlotte (Kristin Davis), ni tan fea como Miranda (Cynthia Nixon); cambia de modelo –todos ellos de reputadísimas marcas- tres veces al día y se exhibe en los más lujosos bares y restaurantes de Manhattan. Todo un modelo de vida. ¿Qué más se puede pedir?.

sábado 10 de mayo de 2008

Los uniformes y la elegancia


Existen en nuestra sociedad una gran cantidad de segmentos de población que se ven obligados a vestir uniforme, consecuencia de su actividad laboral, académica o deportiva. Así, nos encontramos con los cuerpos de seguridad y defensa. Militares, policías nacionales, municipales, autonómicos, etc. Son el clásico ejemplo del uniforme, el cual sirve para identificar a los que ejercen su empleo protegiendo al resto de los ciudadanos, velando por el cumplimiento de la legislación o defendiendo al país, entre otros.

Otros ejemplos los encontramos en el deporte, el mundo de la hostelería, que nada tiene que ver con la restauración, por cierto, los colegios o las líneas aéreas. La cuestión es que millones de personas visten de uniforme en el desarrollo de sus actividades cotidianas.

No quiero yo aquí realizar un ensayo sobre el uniforme como identificador de las personas en el ejercicio de su profesión, lo cual creo que es una necesidad básica de la sociedad, máxime cuando existe tanta confusión entre el término “libertad” y el de la “individualización”. Dicho de otra forma, afortunadamente existen los uniformes, porque en caso contrario nos costaría mucho delimitar quiénes son los policías y quiénes los delincuentes o quién es el turista y quién la azafata, lo cual ya ocurre en algunos casos, pero eso es harina de otro costal.

Ahora bien, fuera de esa uniformidad necesaria por razón del oficio, creo los uniformes no existen. Hay personas que piensan que vestir de una determinada forma para ir al trabajo es lo mismo que usar uniforme, pero no es así. Por ejemplo, existen no pocas profesiones en las que los hombres utilizan el traje y la corbata para trabajar. Pero eso no significa que haya que ir vestido de uniforme, como afirman muchas personas, seguramente desconocedoras de la diferencia entre vestir de forma adecuada y utilizar uniforme.

Volvamos al caso del traje y la corbata. No podemos dejar de lado el hecho de que muchas personas que visten así lo hacen por obligación. Se sienten incómodos, extraños, casi aprisionados por la corbata. Los reconocemos rápidamente. Se quitan la chaqueta a la primera de cambio en cuanto entran al restaurante o, incluso, acuden a almorzar dejando la citada prenda en la oficina. Otros se aflojan el nudo de la corbata y/o prescinden del botón superior de la camisa. Seguro que al amable lector no le faltan ejemplos de lo que digo o de otras prácticas rematadamente poco elegantes de los forzados usuarios del traje y la corbata.

Los hay en todos los estratos sociales y en todas las profesiones. En los bancos, hay cajeros que debajo de la camisa –generalmente monocolor- se atisba la camiseta de manga corta, algunas de ellas con estampaciones tipo: “Ahorra agua, bebe cerveza” y otras simpáticas ocurrencias juveniles que nos podrían llegar a sospechar acerca de la seguridad de entregar una importante suma de dinero a una persona con semejante atuendo. Igualmente hemos visto a ministros con el cuello de la camisa tres tallas superior al que necesitaban, lo cual es un problema de los altos y los bajos y que se corrige haciéndose uno las camisas a medida. Supongo que eso es mucho pedir.

No sé si los casos mencionados, dentro del ejemplo del traje y corbata, son una mayoría o una excepción, no creo que haya estadísticas del tema, pero se me antoja que son muchos. Precisamente todos éstos son los que han impuesto esa creencia de que lo suyo es un uniforme. Nada más lejos de la realidad. Algunos vestimos así por convicción. No vestimos de uniforme porque nadie nos lo ha impuesto y elegimos, casi siempre cuidadosamente, lo que nos ponemos. No nos sentimos iguales al resto porque existen diferencias abismales entre nuestra indumentaria y la de los demás. Aunque la principal diferencia está en la forma de llevarla.

Por tanto, hemos de concluir aseverando que los uniformes que nos pretenden endilgar definitivamente no existen sino en la mente de los que quieren continuar vistiéndolos a diario. Una vez más la elegancia perdida.

domingo 4 de mayo de 2008

La edad y la elegancia


La elegancia no entiende de edades. Se puede ser muy elegante con setenta años y un verdadero esperpento de persona a esa edad a la cual llamamos poéticamente “la flor de la vida”: los veintitantos años. La juventud no es sinónimo de elegancia, como no lo es la ropa de moda, por mucho que se empeñen los autodenominados “profesionales” del gremio con sus consejos de saldo y sus mezclas de prendas del todo a cerosesenta con complementos de marcas endiabladamente caras. Me atrevería a decir que de los dieciocho a los treinta la elegancia brilla por su ausencia, dado que el cerebro humano aún no está lo suficientemente curtido como para diferenciar entre ser parte de la manada y ser uno mismo, que es al fin y al cabo todo esto de la elegancia. Aunque visto lo visto últimamente y después de lo que aquí se va a glosar a lo mejor lo que procede es afirmar justamente lo contrario: rebasada la barrera de los treinta y pico, el cerebro sufre lesiones irreversibles que nos obligan a convertirnos en parte de la tropa grisácea que cubre las ciudades del denominado “Primer Mundo”.

A pesar de ello existen una infinitud de personas obsesionadas con aparentar que tienen diez, quince, veinte o treinta años menos de los que dice su partida de nacimiento. Es lógico. La televisión, las revistas, las vallas publicitarias nos machacan diariamente con cuerpos y caras perfectas de hombres y mujeres de ese rango de edad o que parecen encontrarse en esa “flor de la vida”. Insisto en lo que “parecen”, porque las personas con cierto nivel de fama y poder adquisitivo se esfuerzan física y económicamente por mantener edades post-adolescentes, incluyendo la tenencia de parejas en ese segmento poblacional.

La cirugía estética es el maná de la eterna juventud de nuestros tiempos. Uno va a determinados eventos sociales y se sorprende del porcentaje de señoras y señores que pasan por el quirófano para quitarse unas arrugas o para reparar lo que la fuerza de la gravedad ha puesto en el sitio que le corresponde, amén de los implantes capilares que se notan a kilómetros. En cualquier caso, esto de los retoques no es exclusivo de los que buscan la juventud perdida, porque lo más común en esto del bisturí consiste en el intento de generar algo que nunca existió: pechos, traseros, labios o pómulos. La ciencia al servicio del hombre. El hombre al servicio de la vanidad.

La vestimenta es lo que más espanta de los que no aceptan la edad que tienen. Como las señoras sesentonas que van al banco con la indumentaria del gimnasio, como la que me encontré el otro día -tan maquillada ella- con sus pantalones elásticos verde fosforito. O las minifalderas tipo Ana Obregón a las que no se sabe muy bien quién les habrá dicho que lucen unas piernas “estupendas”. El género masculino, a pesar de que se dice que los hombres mejoramos con la edad, igualmente nos obstinamos en ocultar los rigores del paso del tiempo vistiendo ridículas camisetas ajustadas o vaqueros rotos con zapatillas deportivas. Por no hablar de esas estrellas de rock que, superados los sesenta, continúan luciendo las mallas y otros abalorios más propios del armario de un indio arapahoe que de una persona de la tercera edad.

La excusa perfecta para justificar toda esta búsqueda de la juventud a cualquier precio, que en ocasiones llega a lo que se conoce como Complejo de Peter Pan, la encuentran todos éstos por medio del tópico “la edad está en el espíritu”. A mi me parece muy bien que la gente se sienta joven a pesar de lo que diga su fecha de nacimiento, lo que no me parece de recibo es que esta “juventud espiritual” sea la coartada para hacer el ridículo públicamente. Con esa fácil y tan políticamente correcta afirmación, algunas personas se arrogan la potestad de pisotear la elegancia. Los espiritualmente adolescentes incluso despiertan admiración entre el personal en no pocas ocasiones.

Cher, Madonna, la castiza Marujita Díaz o la ya citada Ana Obregón, bióloga para más señas, son algunos ejemplos de lo que vengo a decir. Seguramente el amable lector coincidirá conmigo respecto a la deplorable imagen que ofrecen los aquí citados en lo que a huida de su edad real se refiere. Confío en que su juicio sea igualmente crítico con los que se sienten jóvenes de espíritu dentro de su círculo de familiares y amigos.

Una cosa es sentirse joven, otra bien diferente es creérselo y lo peor es intentar parecerlo.

lunes 28 de abril de 2008

Los blogs y la elegancia


Empecemos dejando las cosas claras. Busquemos alguna luz, que ladraba Santiago Auserón. ¿Qué es un blog?. Un blog es el intento cibernético de trascender más allá del escritorio, del cubículo, de la mesa camilla, del internet-café. El blog es el instrumento de individualización de la masa. Porque nos guste o no somos masa. Una masa con derecho a columna periodística virtual. Pero una masa al fin y al cabo.

A mi no me gusta hablar de “bitácora”. Me suena a barco. Los barcos zarpan, pero esto de la escritura en la red nunca zarpa. Es el barco en continua navegación. No tiene puerto. Claro que el navegante virtual tampoco sale nunca del puerto. Vive anclado a la mesa camilla, al cubículo, al escritorio, al mostrador de atención al cliente. Desde ahí, desde la seguridad del embarcadero seco, la masa se reivindica. Atrincherado en el anonimato y en la infinitud de la red, con la ventaja de no tener que seguir ni la gramática ni la ortografía, el improvisado escritor se siente único, exclusivo, diferente. Elegante al fin y al cabo. Tremenda falacia.

La terminología del ramo es de lo más extraña. En mi caso no tengo por costumbre “postear”, eso se lo dejo a los especialistas. A los que ponen postes o mi carnicero que corta magistralmente la carne. Y es que uno no tiene facilidad para escribir post, así que lo que hace es escribir artículos e intentar que tengan cierto sentido, sin más pretensión. Los que postean suelen ser esos que tienen blogs de anecdotarios y curiosidades de su vida cotidiana, siempre salpicados de agradecimientos, cadenas –memes para los amigos- y premios de saldo.

Otros que postean mucho son los del estilo callejero. En el argot dirían “street style”, infinitamente más fashion, ¡dónde va a parar!. Son una turba de imitadores que van con la cámara en el bolsillo haciendo fotos a la gorda de la oficina de enfrente en el polígono industrial de turno –sí, esto lo he copiado-, centro comercial si es fin de semana. Luego postean las fotos y las interpretan: “la actitud, lo importante es la actitud”. Concuerdo plenamente. La actitud ante la vida de una persona que se dedica a ir haciendo fotos a las gordas del barrio para luego colgarlas en el blog propio es lo importante, la reflexión de fondo, vamos.

Otra variante mucho más divertida de estos blogs consiste en hacerse uno mismo las fotos con distintos modelitos y exhibirlas. Se me antoja que esta versión es más auténtica. El autor alimenta su ego sin más dilación ni parapeto. Valentía no les falta, aunque suelen saltar con red, la de dirigirse a una parroquia fiel, de la que hablaremos más adelante.

Mención especial requieren los comentarios. Sin comentarios los blogs no tendrían sentido. Hace mucho frío en ese mundo enorme que es la red y, aunque la intención del individuo sea reivindicarse como tal por medio del blog, la verdad es que saber que se nos lee y se opina al respecto de lo que decimos hace que se sienta un poco el calor del acogimiento ajeno. En otra palabras, la individualidad continua siendo importante pero menos.

Pero los comentarios son un arma de doble filo. La inmensa mayoría de los comentaristas son otros escritores de blogs. De éstos, no pocos, comentan buscando visitas para sus propios sitios, no nos engañemos. Otros comentan por cortesía. Por ese extraño sentimiento de amistad internaútica que nos fuerza a entrar en los blogs conocidos y dejar una huella, seguramente esperando reciprocidad. Y así nacen pequeñas comunidades de aficionados al tema, las cuales, súbitamente, empiezan a ser lo que realmente da sentido al blog.

En ese momento, cuando el blog deja de ser expresión individual para convertirse en objeto colectivo, todo cambia irreversiblemente. El instrumento de individualización se transfigura en un lugar común, en un escritorio compartido, en una familia con los pies bajo la mesa camilla. Ya no hay necesidad de ser único, exclusivo, diferente, sino de agradar al grupo, de ser políticamente correcto, de sentirse parte de algo que no se sabe muy bien qué es. Ya tenemos red bajo el trapecio.

A lo mejor estaba yo confundido en la declaración de intenciones y, en realidad, un blog es un escape a la soledad. Menos elegante todavía, o sea.

sábado 19 de abril de 2008

La cortesía y la elegancia


Parece de una obviedad aplastante que cualquier persona que pretenda ser elegante-o a lo mejor no es intencional- ha de mostrarse cortés en su vida cotidiana. Sin embargo, hoy la cortesía no está de moda. No, no lo está. Por tanto es más que probable que, bajo el prisma de muchos de los calificadores oficiales de la elegancia, la cortesía no puntúe a la hora de establecer listas o de realizar comentarios acerca de los personajes que se nos insinúan en los medios como modelos de elegancia. Igualmente posible resulta que algún lector piense que no estoy en lo cierto y que la cortesía es un valor imperecedero. Pero no confundamos este sustantivo que nos ocupa con el protocolo o con la simple simpatía comercial al uso.

Hoy lo que se nos queda de cortesía es esa sonrisa profident que lucen los empleados de los grandes almacenes. Esa misma que uno llega a extrañar cuando acude a una cadena de ropa rápida, cuyos empleados son dobladores de género, más que otra cosa. Reponedores de supermercado uniformados con los trapos de la última colección. Pero esa es la moda y, evidentemente, lo que vale es el precio. Las sonrisas no están incluidas. Las que sonríen mucho son las vendedoras de tarjetas de crédito de los pasillos del centro comercial. Esas que te colocan la tarjeta y se van a fumar al baño. Si te cruzas allí con ellas ni siquiera te saludan. La sonrisa de cierre de operación es lo que algunos entienden como cortesía infinita.

En otros ámbitos del mundo económico/laboral ocurre lo mismo. Yo tuve un compañero de trabajo y techo durante unos meses que desbordaba simpatía con todo aquel que ostentaba un rango jerárquico superior al suyo. Se deshacía en elogios hacia todo el que podía ayudarle de algún modo en su prometedora carrera profesional. Ese mismo individuo era incapaz de saludar a los vecinos del edificio en el que habitábamos. Los vecinos ante él eran una especie de no-personas, no existían, ni los miraba. Cuando yo saludaba al vecino de turno éste, después de devolverme el saludo, volvía la mirada hacia mi compañero esperando un "Buenos días" que nunca llegaba. El tipo sentía cierta superioridad sobre todas aquellas señoras de clase media con las que compartíamos ascensor. Probablemente fueran las camisas a medida y las corbatas caras las que le permitían marcar la diferencia.

Y es que cuando la presunta cortesía va por barrios y clases sociales, la cosa no es lo que parece. Aquí, en Costa Rica, la gente es bastante más cortés que en España. Se cede mucho el sitio en las filas y los autobuses a las señoras embarazadas, a las que van con bebés y a los ancianos. Las personas se saludan preguntando con presunto interés por la salud y por la familia y las despedidas van acompañadas de los mejores deseos. El matiz llega cuando los interlocutores pertenecen a diferentes estratos socio-económicos. La cortesía se convierte en arrogancia o, simplemente, en ignorancia, como en el caso del anteriormente mencionado: las personas parecen no existir.

La vida veloz, de urgencias, de actualidades permanentes nos fuerza igualmente a olvidar la cortesía. No hay más que comprobar como son ahora las comunicaciones escritas. El correo electrónico es frío, distante, a la par que eficiente, directo. Así que la cortesía epistolar ha muerto en pos de la concreción y la rapidez. Los blackberries y iphones han llevado esto al extremo. Sus poseedores están todo el día recibiendo y contestando correos, básicamente a golpe de monosílabos: “Si”, “No”, “OK”, “Hablamos”. Murieron aquellas expresiones corteses que nos enseñaron a usar para empezar una carta: “Espero cuando recibas la presente toda tu familia y tú os encontréis bien”. Hasta suena cursi.

Dicho lo anterior resulta que la cortesía ya no es lo que era. Ahora todo queda reducido a la corrección y la frialdad protocolarias o a la eficiencia digital, cuando no a la simple simpatía políticamente correcta de los tratos comerciales, o esos buenos modales de salón que se exhiben en los aledaños de la corte. Esa corte en la que muchos habitan dentro de sus trabajos o en los círculos sociales de turno. Fuera de ahí, al populacho, a la canalla obrera, mejor ignorarla.

La cortesía le sale de dentro al hombre elegante. No la utiliza con carácter discriminatorio. Tampoco la asfixia por razones comerciales. Ni abandona los hábitos corteses por culpa de la eficiencia.

Ahí está gran parte de esa elegancia. Esa que se ha perdido.

miércoles 9 de abril de 2008

La cantidad y la elegancia


Casi siempre un artículo tiene como desencadenante un acontecimiento que sucede en la vida de su autor. Una anécdota. Una conversación. Algo que provoca una reflexión que va más allá de la simple ocurrencia, del mero suceso, del puntual cruce de frases.

La semana pasada, como consecuencia de la vorágine laboral/empresarial en la que me encuentro sumido, tuve que acompañar a un señor a conocer una zona costera de Costa Rica, Guanacaste. Nos alojamos en un conocido hotel –ahora se le llama resort, mucho más elegante- de bandera española. Nuestras habitaciones eran estándar y, caminando hacia el restaurante, al pasar por la zona del pretencioso royal service del hotel, le indiqué a mi acompañante el detalle de la superior categoría de aquellos otros dormitorios de alquiler. Sin dudarlo un instante, exclamó: “¿Y esas son más grandes?”.

Ahí reside toda la enjundia de la vida, en el tamaño. ¿Para qué quiere uno un cuarto más grande que el ya desmesurado dormitorio con dos camas de matrimonio, salón, ktichenette y terraza, cuando lo que estás es todo el día tumbado en la playa o la piscina, o bien dedicado a las estúpidas actividades recreativas propias del lugar?. Seguramente para contarlo a los amigos. Pero no, las habitaciones del royal service, para gran decepción de mi invitado no son más grandes, sino más pequeñas pero mejores y con más servicios. Lo cual me lleva a pensar que los que se hospedan en ellas no son conscientes de la merma en metros cuadrados que sufren a cambio de un mayor precio. En caso contrario a lo mejor hasta se dedicarían a presentar quejas ante tal agravio comparativo.

Pero nuestra sociedad es así. Queremos cantidad. No hay más que darse una vuelta por los EE UU y ver esas enormes tazas de café que sirven para el desayuno. Invariablemente el líquido se queda frío después de unos minutos en ese recipiente de un tamaño comparable al de la palangana con la que Jesús lavó los pies de sus apóstoles. Ni que decir tiene que pedir dos platos en muchos restaurantes del Imperio del Mal Gusto puede ser un suicidio gástrico.

Esto de la cantidad va mucho más allá del tamaño de las raciones de los restaurantes. Todos estamos abocados a caer en la trampa del “más es más”, esto es, de tener más cosas para sentirnos más elegantes. De ahí el éxito de las cadenas de ropa rápida. Muchos piensan que tener más ropa es signo de elegancia. Así, que se precipitan a los modernos mercadillos en donde la última moda se amontona a precios irrisorios con idéntica calidad -a la del precio, quiero decir-. Hay que llenar el armario como sea. Ir vestido igual dos días seguidos es un pecado mortal en la sociedad en la que vivimos. Nos creemos que los que nos rodean se acordarán mañana de la camisa que llevamos hoy y que se van a reír mucho de que la usemos al día siguiente.

Lo mismo ocurre en las casas. Gracias a los ikeas y similares ya no falta un detalle de decoración en casa de nadie. Los que acaban de comprar o alquilar un piso saben de lo que hablo. No hay más que ir a ese horrible almacén, en donde venden más tonterías que en el rastro de los apaches, y por una relativamente módica suma el joven hipotecado llena la escueta casa de todo tipo de muebles y abalorios domésticos. Curiosamente estas tiendas promueven esa extraña tendencia decorativa que se conoce como minimalismo. Lo minimalista no consiste en buscar el mínimo número de objetos, sino el mínimo número de colores para decorar, a saber: blanco, beige, negro y/o wengé.

Al final uno mira cualquier rincón de su casa y se da cuenta de la cantidad de objetos que posee. En su mayor parte inútiles. Nos sirvieron para llenar un espacio vital seguramente ya ocupado, para calmar una ansiedad creada por algún anuncio, para cubrir una necesidad inventada y momentánea. Ahora forman parte del decorado, son un número más.

Esto de la cantidad lleva a pensar a muchas personas que teniendo más objetos son mejores, tienen más éxito, son más elegantes. Como dijo Wallis Simpson, duquesa que fue de Windsor, “nunca se es lo suficientemente rica ni se está lo suficientemente delgada”. Pues eso.

sábado 1 de marzo de 2008

El arte y la elegancia


Cuando hablábamos aquí acerca de las diferencias existentes entre tener mucho dinero y ser elegante, hicimos un catálogo abreviado de comportamientos y posesiones que figuran en el imaginario del denominado nuevo rico. La relación quedó limitada por el espacio. Por eso creo que es conveniente señalar que otro de los grandes factores que indican el nivel de éxito alcanzado en la vida por algunas personas, sobre todo en determinados círculos, es la posesión de un buen número de obras de arte.

Para ilustrar esta declaración de intenciones, voy a relatar una pequeña anécdota. Hace relativamente poco tiempo, en uno de esos descensos al mundo de los negocios, las empresas y la rutina mercantilista que hay que realizar por imperativo de las necesidades mundanales, tuve oportunidad de ver cómo se fraguaba el posicionamiento de una marca de lujo. Los expertos en el tema empezaron a vislumbrar que, para atraer a los clientes potenciales, había que “establecer una clara diferenciación de los valores asociados al producto” (sic). Entonces, en esa tormenta de ideasbrainstorming, para los amigos-, alguien dijo que había que relacionar el producto en cuestión con el mundo del arte. ¿Por qué?. Por varios motivos.

Se considera, realizando una generalización absolutamente falaz, que las personas interesadas en el arte tienen una sensibilidad “especial” para apreciar determinado tipo de “experiencias en el uso y disfrute del producto”. Además resulta más fácil llegar a ese público al buscar medios relacionados con el arte para presentarles el producto. Pero lo más importante era que la gente que gasta dinero en arte es porque tiene otras necesidades cubiertas y, por tanto, se le supone un poder adquisitivo elevado.

En resumidas cuentas, se llegó a una conclusión con forma de verdad socialmente absoluta: “si compras arte es porque tienes mucho dinero”.

Después de aquella reunión me di cuenta de que la idea que inicialmente yo tenía del tema no sólo era cierta, sino que era reconocida internacionalmente. Así que he ido revisando los perfiles de las personas que conozco que gastan dinero en pintura y escultura -que no es lo mismo que arte- para reafirmarme en lo que aquí se viene diciendo: una cosa es tener dinero y otra ser un amante del arte.

Porque esto del arte se confunde bastante con la decoración. Lo cual nos lleva a confirmar lo tramposo de esa sensibilidad que se les atribuye a los que compran cuadros. A mi me rechinan los tímpanos –entre otras cosas- cada vez que escucho “es que ese cuadro en el salón no nos queda bien”, o eso otro de “esa escultura quedaría genial encima de la chimenea”. Entonces llega el punto álgido de la trama artístico-decorativa, es el preciso momento en que se emite la frase clave de la sensibilidad: “Ese cuadro parece que está pintado para la pared”. Estoy convencido de que el artista en su estudio, no dejaba de pensar en la pared del salón del nuevo rico de turno mientras perpetraba su obra.

Esto del arte es muy de enseñarlo, muy de refrendarlo con el público en general. No tanto como el coche o el reloj, pero siempre se encuentra, al menos, la ocasión para hacer referencia a la compra: “es que tengo que pasar a recoger unos cuadros de (póngase el nombre de un pintor más o menos conocido, si es desconocido a continuación vendrá la explicación de la categoría –y, veladamente, el precio- del mismo) que me he comprado”, puede ser una buena aproximación al tema ante la concurrencia.

Otros son más honestos y hablan claramente de “inversión” cuando se refieren a la compra de un elemento artístico. En este caso, a la hora de elegir resulta muy útil aquel consejo que un marchante de arte le ofreció una vez a un amigo mío: “compra lo que a ti te guste”. ¿Adivinan el motivo?. ¿No?. El gusto del común de los mortales es bastante uniforme: “si a ti te gusta es muy probable que le guste a mucha más gente y a la hora de venderlo será más fácil”, le confió el especialista.

Pero en general el comprador de arte para lucimiento personal o inversión apuesta por valores seguros. Nada de estridencias fuera de lo estéticamente correcto. Hace unas semanas tuve ocasión de presenciar la obra de una pintora costarricense medianamente desconocida, Sofía Ruiz. Sus obras son de un dramatismo inquietante. Una de ellas mostraba a una mujer con cara angustiada portando un niño en sus brazos con la cabeza torcida y los ojos muy abiertos. No quedaba claro si el bebé estaba vivo o no. Simplemente impresionante. Evidentemente el cuadro no gustaba a nadie. “¿Dónde lo pongo?”, se preguntaban todos los que lo contemplaban. Espero que acabe en un museo es lo mínimo que se merece esa obra.
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