jueves, 18 de diciembre de 2008

Esa elegante invasión anglosajona

No hay que ser excesivamente observador para darse cuenta de cómo el idioma inglés nos invade. Pero no solo es una invasión aceptada, sino que el uso indiscriminado de la lengua británica es un síntoma de clase y elegancia en Costa Rica.

En el mundo de los negocios determinadas palabras dejan de tener sentido como tales si no se escriben o pronuncian en inglés: “leasing”, “cash-flow”, “pay-back”, etc, son términos que prácticamente no tienen un equivalente en nuestra lengua materna. Quizá estos casos tengan su justificación en cierta medida dado que la globalización nos empuja a su empleo sin solución de continuidad.

Lo que no tiene razón de ser alguna es el empleo de palabras o expresiones en inglés sin que exista una causa evidente y menos aún teniendo nuestro idioma una riqueza tan sólida como para tener que cambiar “lleno” por “full”, o “bye” por “adiós”. Por usar dos de los ejemplos más extendidos y flagrantes de lo que comento.

Mucho menos comprensible es encontrarse a dos personas cuya lengua materna es el español y viven en un país de habla hispana conversando total o parcialmente en inglés. Eso definitivamente no es nada elegante, por mucho que en los clubes de rancio abolengo sea de uso extendido, aceptado y aplaudido. Imagino que detrás de ese tipo de comportamientos no hay más que un fútil afán de demostrar la habilidad para comunicarse en otro idioma, lo cual no es más que un indicativo de falta de seguridad y de cursilería.

Ese debe ser el motivo por el que muchas veces uno tiene que escuchar una retahíla absurda en inglés en medio de una conversación en español: que los demás vean lo cosmopolita que es uno porque puede hilar una sentencia completa en otro idioma.

“El fin de semana estuvimos en New York –hay que hacer sonar fuerte la “k”, para que se note el acento cuasibilingüe– y vieras que el Black Weekend estaba full de gente supercool ”, le decía una señora a una amiga en una cafetería. En realidad lo que quería decir la señora es que estuvo comprando de rebajas, pero dicho así uno se la imagina codeándose con las celebrities –otra palabreja clave– gringas de turno.

A mí no me interesa lo más mínimo si mi interlocutor es capaz de comunicarse a la perfección con cualquier hijo de la Gran Bretaña. Lo que pretendo es entenderlo y que me entienda en el idioma que ambos heredamos de nuestros antepasados, incluyendo todas las aportaciones, más o menos afortunadas, que hemos recibido de la cultura anglosajona.

Claro que yo puedo estar totalmente confundido y es mucho más elegante soltar cuatro palabras en inglés de vez en cuando, porque de ahí se desprende que el que las pronuncia tiene una vasta cultura internacional. Como aquel muchacho de Siquirres, cantón al que yo tengo mucho aprecio, por cierto, que tras quince días en los “Estados” –nótese que no se acompaña del adjetivo “Unidos”, dado que lo in es decirlo como los gringos–, al ver a su padre que fue a recogerlo al aeropuerto, no pudo contener las lágrimas y gritar con los brazos abiertos: “¡fathersss!”.

A mí no me cabe la menor duda de que, en muchas ocasiones, este tipo de cosmopolitas “espanglishablantes” en realidad ocultan serias carencias para comunicarse en su propio idioma con cierto nivel. Estoy realmente convencido de que los elegantes pseudobilingües no son capaces de escribir más de cuatro líneas en español sin cometer alguna falta de ortografía. Ejemplos no me faltan, pero no quiero herir más sensibilidades.


Publicado en La Nación de Costa Rica el 15 de diciembre de 2008.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Esa falsa españolidad


En América Latina existe una absolutamente falsa idolatría hacia lo español. El personal aquí, en líneas generales y tras una cortina de amor infinito hacia lo español, todavía guarda un profundo resentimiento hacia todo lo que viene de la Madre Patria. Es lo que yo denomino el complejo criollo, sobre el cual he glosado en alguna ocasión. Los españoles que conquistaron América dejaron un muy mal sabor de boca y no pocos vástagos, los cuales hoy vilipendian a sus antepasados creyendo que son los nuestros.

Sin embargo, uno que vive de este lado de la Mar Océana no deja de sorprenderse de la filiación que aparentemente despierta España entre los locales. Para empezar todos tienen algún antepasado español. “El abuelo de mi madre era español. De Zaragoza”. Lo cual a uno le da bastante igual, para ser muy sincero. “Yo no lo conocí, pero mi mamá pasaba el día hablando de España”, continua el falso filo-español. ¡Qué suerte!, ¿no les parece?.

En segundo lugar llega el relato del viaje de rigor a España. Medio bromeando, pero lanzando una fuerte carga de profundidad, comentan despectivamente nuestra forma de hablar. “¡Puez que no vaz a comprar ezas uvaz!”, le dijo el tendero a la señora que no dejaba de manosear el género. Los latinoamericanos no se enteran de que nosotros no usamos la zeta para todo, con lo cual no saben diferenciar y nos llaman, en privado, por supuesto, “zopetas”.

La verdad es que nosotros hablamos muy “golpeado”, que dicen aquí, como regañando todo el tiempo. No contamos con esa dulzura criolla en el hablar. Todo es melodía cantadita, aunque encierre el mayor de los desdenes. Y claro, queramos o no les choca que les hablen claro y directo cuando toda la vida se han dirigido a ellos de forma suave y pausada, sin decir lo que hay que decir, sino dejándolo entrever entre elogios envenenados.

La gastronomía patria también da mucho juego. “Mi mamá hacía una torta española deliciosa que le enseñó a hacer su abuela, que era española”. Lo que no le enseñó es que se llama tortilla de patatas, porque aquí la tortilla es otra cosa y tampoco se dice “patata”, sino “papa”. “Pero donde comimos riquísimo fue en Madrid, en la plaza Mayor. Nos comimos unas tapas, como ustedes les llaman a las boquitas, deliciosas”. Sí, estimado lector español, la “tapa” no cruzó el charco, se vio modificada por diferentes vocablos: pasapalo, boquita, boca, botana… Lo de la plaza Mayor, creo que huelga comentarlo.

La cuestión es que la admiración por la cocina española no se refleja en los hábitos alimenticios de estos confines. Sobre todo en Mesoamérica, en donde lo que se come son arroz y frijoles, frijoles con arroz y arroz revuelto con frijoles, aparte de algo de pollo y tortillas de maíz. La “torta española” es considerada un manjar, al igual que el gazpacho o las croquetas, y los embutidos que, aunque presuntamente deseados, realmente nadie los come por la mala fama que tiene la carne de cerdo por estos lares.

Juan Carlos de Borbón, al igual que el resto de su familia, es muy admirado a lo largo de América Latina. Las señoras siguen sus pasos por medio del sempiterno “Corazón, corazón”, que se retransmite por medio del canal internacional de Televisión Española, porque “yo siempre tengo puesta la televisión de ustedes”. Que digo yo que si fuera mía ya la habría vendido hace tiempo.

Aunque todo esta españolidad nos parezca muy entrañable, la realidad de las cosas es que, en cuanto uno se da la vuelta uno es el “españolete” y le imitan la forma de hablar. No todo el mundo claro está, esta es una generalización más o menos acertada que me viene a mi de una de esas cándidas discusiones que surgen en estas latitudes entre sonrisas, voces a medio gas y melodiosos vituperios que uno estoicamente tiene que soportar.

La cuestión es que hace apenas tres días una de estas señoras, después de hacerme la vida imposible durante un buen rato en un asunto de negocios, tras una larga discusión –muy amable, eso sí-, me dijo que “mi abuelita era española”. En ese momento, no pude evitar confesarle a la anciana: ¡Qué casualidad, señora!, las dos mías también. La pobre quedó desolada.

martes, 2 de diciembre de 2008

Los posibilismos y la elegancia

Vivimos en una sociedad tremendamente paradójica. Por una parte nos consagramos a la imagen exterior, cómo símbolo inequívoco de lo mucho que nos importa lo que proyectamos al resto de la Humanidad. Sin embargo, nuestra sociedad es absolutamente posibilista, es decir, nos abre las puertas para que nos arriesguemos, nos aventuremos, nos liberemos de ese “qué dirán” que ella misma nos ha impuesto. Nos invita, en definitiva, a romper tabúes.

El otro día, por avatares de la vida, acudí a una presentación de una academia de baile. Se celebró en un teatro en el que cabían unas cuatrocientas personas. Casi lleno. Yo pensaba que era la actuación de fin de curso de un grupo de infantes aprendices de bailarinas, me esperaba mucho ballet descoordinado –dada la edad de los participantes- y mucha ilusión de padres, familiares y amigos. Pero el espectáculo comenzó con un grupo de señoras bailando una suerte de “danza del vientre” que dejó boquiabiertos a propios y extraños.

A mi me parece muy bien que una señora con unos sesenta años y cien kilos en canal decida apuntarse en una academia para imitar los movimientos de Shakira. Algo que así, de entrada, a cualquiera pudiera parecerle imposible, a no ser que las leyes de la física hagan excepciones sobrenaturales al ritmo de los crótalos. Algo que así, sin más preámbulo, uno diría que está vedado a jóvenes de sinuosas curvas y sensuales caderas, no a cuerpos esféricos de difícil movilidad. Pero lo acepto, dentro de la libertad individual de cada uno y de la de mercado de las academias de danza.

Una cosa es que, en la intimidad de la sala de ensayos, frente al espejo del baño o en la sordidez de la alcoba conyugal, se practique la imposible danza del vientre, sexagenaria y con sobrepeso, y otra muy diferente es hacerlo delante de cuatrocientas personas, entre las cuales se encontraban muchos niños. No, estimado lector, no todo vale.

Esta sociedad nuestra admite, con buen criterio, que superemos las barreras generacionales, que nos planteemos retos personales otrora impensables, incluso que creamos que podemos sortear las leyes de la física. Lo que no es de recibo es que tengamos que someter al escrutinio público todas y cada una de nuestras piruetas filosófico-deportivas. Porque el público en general no tiene porqué ser partícipe de nuestros encomiables esfuerzos por vencer los efectos del tiempo, la gravedad o las grasas saturadas. Menos aún si entre los asistentes hay niños a los que el visionado de tal bravuconada puede suponer un trauma vital de consecuencias insospechadas. En otras palabras, uno se juega que lo demanden por exhibicionismo público o por crímenes contra la niñez.

El caso es que todo este tema me lleva a pensar, una vez más, en el daño que la televisión provoca en las mentes de los seres humanos que, por su debilidad de principios o por una exposición demasiado prolongada a las ondas catódicas, no están preparadas para filtrar los mensajes que emite la denominada “caja boba”. Una persona a la que el sentido del ridículo le funciona con normalidad, cuando ve a Shakira bailando al ritmo del reguetón –o como se escriba-, no corre desesperadamente a apuntarse a una academia de baile a que le enseñen a mover la no-cintura. Menos aún se dedica a disfrazarse de zíngara y a lucir desvergüenzas encima de un escenario.


P.S. La foto es muy mala porque no dejaban usar flash, supongo que para no molestar a los “artistas”.

martes, 25 de noviembre de 2008

A vueltas con el "infit" (editado y encandenado)


Decía Napoleón Bonaparte que la victoria siempre pertenece al que persevera, así que voy a insistir en mi intento por imponer el "infit", como opuesto al manido outfit, dentro de los términos imprescindibles en el mundo de la moda blogueril.

Porque definitivamente, aunque uno sea muy consciente de que en la moda no va a primar jamás la belleza interior sobre la exterior, hay que librar la batalla, sobre todo cuando la misma se dirime en los terrenos absolutamente etéreos y ambiguos de la elegancia. Y es que la elegancia, tal y como aquí la hemos venido exponiendo o, mejor dicho, negando, juega a preponderar la belleza del ser por encima de su apariencia, pero nunca hemos dejado de lado la impresión física del individuo como ser en busca de aquella.

Tras la parrafada pseudo-metafísica, paso a desglosar la imagen.

Libro: Relevance. Making stuff that matters. de Tom Matters. Portfolio 2008. De vez en cuando uno se ve en la obligación de volver a la cruda realidad y actualizarse un poco en aquello para lo que le pagan.

Gafas: Police. En línea con las anteriores.

Lápiz: Graf von Faber-Castell. Un regalo realmente especial. Un antes y un después en la vida.

Gemelos: Máscara de cacique artesanía costarricense, hechos por encargo. Como todo lo que es hecho a medida aquí, muy aparente pero de corta duración.

Colonia: Eau de Vetiver de L´Occitanne en Provence. Un clásico reinventado.

Como vengo yo defendiendo, esto del infit es mostrar lo que no se ve o lo que pasa desapercibido. Quizá diga mucho más de uno que la chaqueta, pantalón, camisa y corbata. O a lo mejor estoy yo equivocado. Sólo el tiempo lo dirá.

En vista de que los amables lectores han sentido la irrefrenable necesidad de unirse al movimiento en favor del "infit", transformo lo anterior en un post/cadena (o meme, sí un meme, ¿qué pasa?, ¿algún problema?). Los abajo nominados deberán sacar una foto de al menos CINCO útiles que definan su estilo o personalidad. Queda descartada la ropa interior, salvo la explícitamente erótica, claro está. Tampoco podrán ponerse complementos demasiado evidentes: bolsos, zapatos, collares o cinturones. Tampoco valen los materiales fungibles: pañuelos de papel, toallitas, preservativos o similares. Cada uno de los encadenados deberá encadenar a un mínimo de CINCO blogs y siempre hará referencia a un servidor y su blog como ideólogo de esta idiotez. Los elegidos son:

Raquel de Gratis Total

Sol de Mis acuerdos y desacuerdos

Lola de Bisuteria y cine

Dorn de Mi sitio con-sentido

Alejandrina la cara de gallina

Jordana de Objeto de deseo

Trapiello de Lo quiero

Cristina de Por donde empezar

Jose Airam de E-coolsystem

Edward de Chronicles of the Old Society

Pablo de El fumoir

Sr. Quinquillero el moderno

Cualquiera de estos blogs podrá perder su estatus de "sospecho habitual" en caso de no continuar el hilo.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Del subdesarrollo al surrealismo

Aunque suene reiterativo, a nadie se le escapa que Costa Rica tiene un serio déficit en infraestructuras, una educación pública universalizada pero de calidad decreciente, al igual que la sanidad, amén de un problema creciente de inseguridad ciudadana. Tampoco se nos puede quedar atrás la cifra de ciudadanos que viven por debajo del umbral de la pobreza.

Todo ello, junto con otros datos macroeconómicos que omito destacar, hace que este sea un país de los denominados “subdesarrollados”. Odio el eufemismo “en vías de desarrollo”, calificativo que pudo ser aplicable hace años, pero, hoy por hoy, las “vías” no las veo por ningún sitio.

Pues bien, con ese panorama ciertamente desolador, nuestros diputados miran para otro lado y se dedican a aprobar leyes que promueven una falsa democracia participativa. Me refiero a la ley ambiental que crea el referendo cantonal (La Nación, pág. 4, sábado 1 de noviembre).

Resulta que ahora un 10% de los votantes de una comunidad –¡bendita palabra!– pueden convocar un referendo para que los vecinos opinen sobre la conveniencia, o no, de que se realice un proyecto.

Por “proyecto” se entiende cualquier tema que previamente haya pasado por todo el tortuoso proceso de permisos, incluida la Setena. Desde construir una casa en un lote hasta realizar una mina a cielo abierto.

De esta forma, las ya maltrechas economías municipales tendrán que consignar en sus presupuestos las correspondientes partidas para la celebración de referendos. ¿O es que alguien pensó que estos plebiscitos los iban a sufragar los solicitantes?

En algunos casos se me antoja que le van a faltar fechas al calendario para su realización, a no ser que se permita agruparlos. Sin hablar de que muchos presupuestos municipales no alcanzarán para tanto llamamiento a la “democracia participativa”.

A todas luces, esta ley supone el fin del desarrollo en este país. Ahora ya no bastará con invertir cientos de millones de colones en todo el ya de por sí kafkiano proceso de obtener la aprobación de unas catorce administraciones públicas, incluidas las municipalidades, por cierto. Procesos que, en no pocas ocasiones, tienen un período superior a los dos años. Con la espada de Damocles del referendo popular todo será más caro, más lento y, lo peor de todo, más incierto, dada la inseguridad jurídica que genera.

Como decía al principio, en Costa Rica hay mil problemas que solucionar con un presupuesto muy limitado. Sin embargo, en lugar de destinarlo a mejorar infraestructuras, seguridad, educación o salud, estamos pensando en dedicar recursos a entrabar aún más el desarrollo, en otras palabras: a profundizar aún más en el subdesarrollo.

Las consecuencias de continuar por este camino de autodestrucción las explicó magistralmente aquí el doctor Jaime Gutiérrez Góngora ( Página Quince , sábado 1 de noviembre). Y es que aquí algunos, como mi paisano el diputado Merino del Río, impulsor de esta ley, se han empeñado en llevar a Costa Rica al borde del colapso.

Subidos a los estrados políticos, universitarios y mediáticos, nos hacen creer que el desarrollo y el progreso es cosa de ricos. Nuestros políticos, todos, les hacen la ola, dado que aquellos se encuentran investidos de una falsa superioridad moral que es aceptada de facto por estos.

Los diputados, esos señores que se dedican, entre otras cosas, a quedarse en la puerta del plenario para no hacer quórum, nos están dejando claro que sacar a Costar Rica del subdesarrollo no les interesa. Aprueban por unanimidad leyes en contra del desarrollo, mientras dejan dormir el sueño de los justos a leyes como la de concesión de obra pública, o frenan a toda costa la definitiva aprobación del TLC. Esta gente, si no la detenemos, nos va a llevar del subdesarrollo al surrealismo.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 20 de noviembre de 2008.

martes, 11 de noviembre de 2008

Esa delgada línea que separa lo elegante de lo ridículo


Estoy convencido de que muchos de los que leen estas líneas son habituales visitantes de Scott Schuman, el ideólogo de The Sartorialist y omnipresente ideólogo del denominado estrit estail –o street style para los iniciados-. Yo lo visito de tarde en tarde, dado que me empacha un poco ver tanta gente cool en tan corto espacio. Debe ser envidia.

La cuestión es que después de pasear por las calles de Nueva York y, más concretamente, del SoHo, el barrio fashion por antonomasia y centro del universo sartorialista, uno se da cuenta de que el trabajo de Schuman no es tan complicado. El tramo de la calle Broadway que cruza el neoyorquino vecindario chic está abarrotado de personal que busca llamar la atención a toda costa. Cientos de personas orientadas a ser furtiva o descaradamente revisadas por las miradas del resto de los transeúntes. Decenas de gentes dispuestas a dejarse retratar por la cámara del momento.

Sin entrar a valorar lo complejo o sencillo del negocio de este señor, creo que vale la pena reflexionar acerca de ese comportamiento en cierta medida exhibicionista tan absolutamente aceptado, pero no por ello necesariamente elegante. Llamar la atención en cuanto a la forma de vestir no es en sí algo que pudiéramos considerar elegante o no. El hecho aquí es que no todo vale con tal de ser objeto de las miradas del resto de los mortales.

Fijémonos por un momento en el joven de la fotografía adjunta. El peinado, aunque un tanto rebuscado, podríamos decir que es original. La chaqueta bien cortada, ajustada y con un toque de distinción elegante como es el pañuelo en el bolsillo. La camisa, sin valorar el color, abrochada hasta arriba puede ser un guiño al origen albano-kosovar –puede que armenio, puede que siciliano- del interfecto. El reloj al más puro estilo Giovanni Agnelli todo un síntoma de dandismo.

Hasta ahí todo más o menos bien. Un cuasi-dandy posmoderno paseando por las calles de Nueva York con su bolsa del chino de la esquina. Pero llegamos abajo y nos encontramos ese esperpento estilístico: el calcetín por encima del pantalón, evocando claramente a los comuneros o regantes que antaño poblaban los regadíos de las vegas agrícolas de España.

Ahí es cuando el sujeto traspasa la delgada línea que va del dandismo al ridículo, de lo elegante a lo chabacano, del buen vestir al exhibicionismo barato. Porque se puede llamar la atención sin tener que merodear por la extravagancia de saldo. Se puede ser admirado sin necesidad de que chirríe la vista ajena. Incluso creo firmemente en el individualismo, que no es lo mismo que la excentricidad gratuita.

Puede que ir de esa guisa tenga mucho predicamento entre los blogueros de estrit estail, ansiosos por fotografiar a cualquiera que tenga los arrestos necesarios para ir disfrazado en pleno mes de noviembre –los carnavales son en febrero y jalogüen el 31 de octubre-. Pero, seamos sinceros, la elegancia la dejamos enterrada en beneficio de la exhibición pública. Por mucho que digan en los comentarios del blog de turno.

viernes, 7 de noviembre de 2008

El obamismo mesiánico y la elegancia


La algarabía mundial a cuenta de la elección de Barack Hussein Obama se me antoja un tanto exagerada. Los motivos son varios. El fundamental es lo previsible del tema. Aunque tras los traspiés de Al Gore y John Kerry en los dos últimos comicios presidenciales el personal estuviese inquieto, lo cierto es que, en esta ocasión, era muy difícil para McCain repetir nuevamente el milagro republicano de George W. Bush. Las encuestas, aunque fallaron un poco finalmente si observamos los resultados del denominado “voto popular”, esta vez apostaron por el ganador correcto.

Igualmente exageradas me parecen todas esas algaradas políticamente correctas acerca de la raza del que será nuevo presidente de los EE UU. Primero porque Obama no es precisamente el negro de antepasados traídos como esclavos desde África, que fueron explotados en las plantaciones de algodón sureñas y luego tuvieron que aguantar décadas de segregación racial. A este señor lo negro le viene de una acomodada familia keniata –en Kenia hace medio siglo de esas había aún menos que hoy- que envió a su hijo a estudiar a los EE UU. En otras palabras, lo de la segregación se lo han contado o lo ha leído en los libros, así que lo del espíritu de Martin Luther King no es más que una fábula para vender periódicos, oiga.

Segundo porque en una sociedad tan diversa y multicultural, palabras que usan con fruición los intelectuales de la progresía mundial, como la norteamericana, este tema no debería ser tan destacable. Que Obama haya ganado las elecciones presidenciales es un signo de absoluta normalidad, máxime cuando muchas alcaldías de ciudades importantes de los EE UU y algunas gobernaciones están en manos de latinos, hindúes, polacos o italianos.

Para mi lo realmente destacable no es el color de la piel de este señor, sino cómo un norteamericano prácticamente de segunda generación ha alcanzado la presidencia del país.

La otra gran exageración es el carácter mesiánico que se le está concediendo a la figura de Obama. Leyendo las declaraciones de los presidentes de un buen número de naciones, todos coinciden en lo mismo: su país va a mejorar las relaciones con los EE UU con la llegada a la Casa Blanca del negro. Por cierto que ahora lo de “negro” ya lo dice todo el mundo, así que estoy pensando en empezar a utilizar algún eufemismo para denominar al personal de esta raza. Desde Hugo Chávez, hasta el testaferro de Vladimir Putin –comprenda el amable lector que el nombre del interfecto mis neuronas han descartado memorizarlo-, pasando por el contentísimo José Luís Rodríguez, que sigue empeñado en ir a la reunión del G-20, sin darse cuenta que habría que denominarlo G-21 y entonces el feliz encuentro perdería mucho glamour.

A partir de ahora los EE UU no son ese país belicista, consumista, neoliberal, egoísta, explotador del medioambiente que nos habían vendido los líderes de opinión de la izquierda. No, ahora El Imperio del Mal Gusto –eso no dejará de serlo por muchos obamas que vengan- es un remanso de buenas intenciones, que liderará la lucha contra el cambio climático –eso lo he leído en un diario de gran tirada en España- y que se volcará en generar un nuevo Estado del Bienestar. Una nueva Europa pero con dinero, o sea.

Seamos sinceros. Obama ha ganado por dos cosas. Por supuesto por el hartazgo que Bush ha generado en propios y extraños. Aunque los extraños, los que no votan quiero decir, ya lo “echaron” en 2004 y gracias a la insistencia en darlo por muerto el pueblo norteamericano se reveló y lo dejó otros cuatro insoportables años. Pero ese cansancio antibushiano ha sido magistralmente explotado por la maquinaria mercadotécnica de Barack Obama. Ese ha sido el otro factor decisivo: la victoria de un esfuerzo de marketing electoral cifrado en 500 millones de dólares.

El equipo de Obama, apoyado hasta la saciedad por comprometidos directores, actores y artistas varios, ha logrado transmitir entre el votante americano la idea de que el negro significa el cambio o, como mínimo, el menos malo de los dos candidatos.

La masa adocenada se ha tragado un anzuelo que quizá sea cierto. Lo que no es verdad es que haya que echar las campanas al vuelo ni investir a este señor de Mesías del siglo XXI, eso sólo el tiempo y los hechos –para mí es un melón sin catar- lo dirán.

martes, 4 de noviembre de 2008

Los personajes y la elegancia: Sofía de Grecia


Hace tiempo que llevo dándole vueltas a la posibilidad de dedicar unas líneas a la Casa Real de España. Dada mi inclinación innata al vilipendio, lo lógico hubiese sido empezar por Letizia Ortiz, conocida entre el vulgo, al que ella perteneció hasta hace unos años, como La Leti. Sin embargo, la actualidad, los acontecimientos y las ganas de entrar en el fuego cruzado abierto tras sus declaraciones a Pilar Urbano, me llevan a estrenarme con la Reina.

A mi esta señora siempre me ha parecido una persona de lo más correcta. Educada para ser reina desde su más tierna infancia, Sofía de Grecia, ha cumplido a pies juntillas su papel en la vida.

Su imagen austera y a la vez con cierto estilo, sus gestos absolutamente estudiados, impertérrita casi en todo momento, quizá sólo en alguna boda y en el funeral del padre de Juan Carlos de Borbón, haya soltado una lágrima. Quién sabe si también por necesidades del guión.

La cuestión es que la Reina me genera cierta simpatía precisamente por eso, por ser fiel a aquello para lo que fue formada. Muy lejos de esta nueva pléyade de jovencitos herederos de los grandes tronos europeos con novios y novias surgidos como de cuentos populares: El príncipe y la doncella, y cursiladas muy del estilo Pretty Woman. De esas que tanto aplaude la progresía porque demuestra la “modernización(sic) de la institución”.

Curiosamente ahora que la supuesta modernización del sistema de gobierno más antiguo que se conoce, esto es, la realeza, es casi un hecho, consumado por diversas vías como pudimos ver en El Jueves. Resulta que a los mismos que aplauden lo de las bodas intersangüineas –azul con roja, naturalmente-, se molestan porque Sofía de Grecia dé unas declaraciones de lo más coherentes a la autora de un libro. Esto no hay quién lo entienda.

La modernidad para los casamientos “por amor” –o por calentón, si se tercia-, por supuesto, pero lo de que los monarcas den declaraciones, más aún si es acerca de los derechos y comportamientos del “oprimido” colectivo de los homosexuales, eso sí que no. Imagino que si hubiese dicho que la Iglesia es caduca, retrógrada y que debería permitir las bodas de blanco y chaqué de las personas del mismo sexo, estos mismo habrían salido defendiéndola a capa y espada.

Sin ir más lejos, Santiago Carrillo, dice que “me parece imperdonable que la Casa Real no haya evitado que salgan a la luz estas declaraciones”. Lo cual en tiempos de Franco se denominaba “censura”, pero puesto en boca de los “perseguidos” de aquella época creo que lo denominaríamos “control democrático”.

Para rematar el tema el portavoz del PP, Esteban González Pons, dijo algo así como “la Reina es como la bandera, va a los actos públicos pero no dice nada”. Ahí es donde yo me indigno. Porque una bandera, una buena bandera rojigualda colgada en el Paseo de la Castellana no debe costar más de 100 euros, pero esta familia nos cuesta unos 10 millones de euros al año y, encima, mejor que se queden calladitos.

Cada día estoy más perdido con esto de la monarquía española. A pesar de los denodados esfuerzos de Sofía de Grecia por agradar a propios y extraños, esto ya no se tiene en pie. Su elegancia, fruto de la fidelidad incorruptible a los usos, costumbres y valores que le inculcaron desde la cuna, se ven eclipsados ante una sociedad cada día más cambiante.

Aunque no sea el momento, porque probablemente nunca lo será mientras prime lo políticamente correcto y el arañar votos de donde sea, el debate hay que abrirlo. Ya esto no es un asunto de izquierdas o derechas, de monárquicos o republicanos, sino de lógica elemental. Doña Sofía debe pasar a la Historia como la última reina de España y, así, sin más polémicas estériles y absurdas, darle el lugar que se merece a esta señora verdaderamente elegante.


P.S. Más sobre mi visión del tema aquí.

lunes, 3 de noviembre de 2008

De la crisis financiera y la codicia (Publicado)

Una versión del artículo ha sido publicada hoy en el diario La Nación de Costa Rica.

Los amables lectores de Elegancia Perdida lo leyeron primero.

lunes, 27 de octubre de 2008

De la crisis financiera y la codicia


Es el tema estrella de las conversaciones. En cualquier cafetería podemos encontrar una pléyade de presuntos economistas impartiendo lecciones sobre los motivos, causas y efectos de la crisis financiera mundial. El sábado me encontré a un conocido que se fue a vivir a México y, después del saludo de rigor, entramos de lleno al tema de la crisis. En la mesa de al lado tres hombres de mediana edad andaban señalando ya a la “codicia de los banqueros” como absoluta responsable de lo que estamos viviendo.

Ahora que ser liberal no está nada de moda y que las ratas huyen del barco para no cargar con la pesada losa de defender ideas en tiempos revueltos, el mensaje que cala es el de culpar a los “codiciosos banqueros” con su “inescrupulosa avaricia” y quedarse tan ancho. Creo que antes de afirmar esto deberíamos analizar breve, una vez más, las causas principales de esta crisis.

En los albores de la década los mercados estaban sufriendo diversas tormentas. Primero fue el estallido de la denominada “burbuja tecnológica” o de las puntocom. Casi a renglón seguido y en plena recuperación se produjeron los atentados del 11 de septiembre de 2001. Para reactivar la economía el entonces sabio entre los sabios, Allan Greenspan –un regulador del mercado, por cierto-, decidió poner los tipos de interés casi al 1 por ciento. Lo cual no tardó en tener diversos efectos.

El primero fue que los bancos se quedaron sin margen de intermediación, es decir, la diferencia entre lo que pagan por el dinero que reciben y el interés al que lo prestan. De ahí que éstos tuviesen que mover su negocio en dos sentidos. Por una parte aumentando su volumen, esto es, generando más préstamos para compensar la bajada en su margen. Por otro lado prestando con más riesgo (conocidos como subprime), esto es, a personas que tienen menos capacidad de devolver los préstamos (los famosos ninja) y cobrándoles un interés más alto.

El segundo movimiento vino impuesto por la normativa internacional de la banca –conocida como Basilea II, otro regulador-, que no permite que los bancos presten más de 12 veces su patrimonio. Así que los bancos en lugar de quedarse con los créditos hipotecarios los hicieron paquetes y los vendieron a fondos de inversión. Es lo que se conoce como titulización. El problema vino cuando estos paquetes contenían tanto créditos sanos como otros subprime, pero eso no lo vieron tan mal las agencias que juzgan la calidad de los activos financieros –o rating-, pero las consecuencias han venido en cuanto los créditos de menor calidad han empezado a resultar impagados.

Después de esta brevísima explicación, bajo mi punto de vista lo único realmente vergonzoso de este tema es el comportamiento de las agencias de rating. Ahora bien, ¿tan “codiciosos” han sido los bancos?, ¿cómo actúa cualquier persona ante un cambio en la situación de su entorno económico como la que vivieron los bancos?.

Imaginemos que yo tengo una tienda de zapatos y vendo principalmente una marca de zapatos de lujo que me genera un importante margen por cada venta. De repente esa marca decide no realizar campañas de publicidad, sino reducir el precio y la calidad de sus zapatos y hacerlos más “populares”. ¿Qué puedo hacer?. ¿Vender la misma marca pero mucho más volumen?. ¿Vender otra marca de zapatos de lujo?. ¿Cerrar la tienda y dedicarme al corte y confección?. Salvo en el último de los casos, está claro que soy un “codicioso capitalista” que sólo pienso en ganar dinero.

Es más imagínense que un día las cámaras captan a Letizia Ortiz –t.c.c. La Leti- entrar en mi tienda y esto me genera una avalancha de clientes. ¿Qué haría el amable lector?. ¿Vender la cantidad habitual de zapatos y cuando ya no me queden más cerrar y esperar a que llegue la siguiente temporada o solicitar un pedido extra a mi proveedor?. Seguramente, todos estos que no dejan de hablar de la “codicia” de los bancos optarían por lo primero.

La codicia desde el punto de vista económico es consustancial al ser humano. Nuestra sociedad, absolutamente orientada al consumo, la ostentación y a la acumulación de objetos y experiencias, nos hace ser así, pero en este caso sólo vemos la paja en el ojo ajeno.

¿Acaso los “comprometidos” músicos, actores y directores que pueblan las filas de la progresía mundial dejan de grabar discos, dar conciertos, filmar películas, vender merchandising –con perdón-, hacer publicidad para marcas o asistir a fiestas cobrando, porque ya tienen millones en sus cuentas corrientes?. ¿Acaso no son “codiciosos” los que continúan vendiendo sus producciones, su imagen y hasta su vida privada, a pesar de ser millonarios?. ¿Acaso no son codiciosos los políticos que dilapidan el presupuesto de su país para aumentar su ego o para ser reelegidos a toda costa, esos mismos que andan gritando “El capitalismo ha muerto” o “El Primer Mundo se derrumba como una burbuja (sic)”?.

Creo que Víctor Manuel, el gran cantante que pronto visitará Costa Rica, nos dio la clave hace unos años en un chat con los lectores de El Mundo: “Soy comunista, no imbécil”. Pues eso.

viernes, 24 de octubre de 2008

Recurso de amparo, el nuevo deporte nacional



El reciente episodio del intento de acabar con la construcción del Estadio Nacional patrocinado por el gobierno de China, por parte de un “grupo de eminentes ciudadanos”, ha hecho saltar las alarmas entre la ciudadanía respecto de lo fácil –y barato– que es echar por tierra cualquier proyecto en este país. Para ello solo hace falta presentar un recurso de amparo ante la Sala Constitucional o Sala IV.

No obstante, este dichosamente fallido episodio no es, ni mucho menos, un tema excepcional o que requiera la concurrencia de un “grupo de eminentes ciudadanos”.

Más bien, la presentación de recursos de amparo por cualquier motivo, especialmente para detener la ejecución de algún proyecto que molesta a alguien, se está convirtiendo en una suerte de deporte nacional.

Hace unas semanas, un conocido que se encuentra en los estertores de su carrera universitaria de Derecho en la UCR, me comentaba que, con motivo del desarrollo del proyecto de trabajo comunal, obligatorio para graduarse, se dirigió a conocer las actividades de un grupo de estudiantes organizados para tal fin. Entre consignas bolivarianas, los jóvenes desvelaron que su dedicación comunal se dirige a ayudar a diversas comunidades a presentar recursos de amparo con el fin de paralizar proyectos de inversión en el entorno de aquellas.

Desde desarrollos inmobiliarios a plantaciones de piña, pasando por proyectos turísticos –¡qué gran enemigo de las comunidades es el turismo!–, la dedicación comunitaria de nuestros jóvenes en ciernes de ser licenciados universitarios consiste en el asedio a la iniciativa empresarial. Todo bajo sede y amparo de la intocable Academia, cuya autonomía me imagino que impide la sustanciación de cualquier intento por evitar este tipo de actividades, rayanas, a todas luces, con el terrorismo legal que tan fervientemente defienden los enemigos de las mayorías democráticas.

Este asunto demuestra dos cosas. La primera es que, si un grupo, no ya de “eminentes ciudadanos”, sino de mentes en proceso de maduración, jaleadas desde los púlpitos de la pseudointelectualidad de izquierdas de este país, puede paralizar proyectos a punta de recursos de amparo, ¿qué no podrá hacer un abogado con cierto bagaje profesional en materia constitucional?

La segunda y más importante es la gratuidad, o falta de responsabilidad, asociada a la presentación de recursos de amparo “por deporte”. Esa es la clave del asunto. Para paralizar un proyecto de 72 millones de dólares, como es el Estadio Nacional, el “grupo de eminentes ciudadanos” solo necesitaron escribir una cuantas líneas –probablemente tengan el machote y solo haya que sustituir Acueducto Sardinal por Estadio Nacional, por ejemplo– en un procesador de texto.

Por fortuna, en este caso, el atraso del proyecto ha sido tan solo de unos días, pero esta no es la tónica general, sobre todo dado el atasco que la Sala IV tiene merced a esta nueva moda de presentar recursos de amparo para todo. ¿Cuál hubiese sido el costo económico de tener durante meses o años paralizada esta construcción? Voy más allá, ¿quién se hubiese hecho cargo de ese costo una vez que el tribunal competente hubiese dictaminado? Mucho me temo que los “eminentes ciudadanos” que presentaron el recurso, no. ¿No sería razonable que los reclamantes tuviesen, como mínimo, que responder económicamente por el posible daño causado?

De otra forma, aquí el único que corre algún riesgo con un recurso de amparo es el demandado. El demandante, tenga o no razón, se dilucide el asunto a su favor o en su contra, no tiene absolutamente nada que perder. Así cualquiera.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 22 de octubre.

martes, 21 de octubre de 2008

El conocimiento y la elegancia


Vivimos en la “Era del conocimiento”. Sí, sé que es un tópico, pero es que es la pura verdad. Entre los periódicos, el Internet, la radio y la televisión -¡qué dañina es la televisión!- hoy todo el mundo tiene acceso a caudales ingentes de información. Por ende, cuanto más informados estamos más conocimientos adquirimos. Seguramente nuestros bisabuelos aparte de su profesión y de fútbol –ellos- o punto de cruz –ellas- no sabían de mucho más. Hoy la cosa ha cambiado.

Sin ir más lejos una afamadísima periodista sentencia que en su profesión se posee “un mar de conocimientos con un centímetro de profundidad”. ¡Ahí es nada!. Lo cierto es que si miramos a nuestro alrededor puede que esta temeraria afirmación no sólo sea aplicable a los titulados en Ciencias de la Información y afines, sino a todo hijo de vecino.

En el ámbito masculino, el conocimiento futbolístico viene dado por defecto, además en España todo el personal se conoce al dedillo los avatares de Fernando Alonso y las proezas de Rafael Nadal. No puede faltar, para dar cierto nivel a las conversaciones de barra de bar, tener un profundo entendimiento de algún deporte más de minorías, como el bádminton o la pesca de río con mosca.

Entre las féminas unas nociones de moda y complementos son absolutamente imprescindibles. Aunque todo lo relacionado con la maternidad suele ser tema recurrente. Desde el embarazo hasta la ardua tarea de educar a los hijos, sin olvidar los prolegómenos propios de la lactancia.

Pero por encima de estereotipos de carácter sexual, hay mil temas en los que cualquiera, sea hombre o mujer, sostiene una conversación con los fundamentos propios del entendido. Desde Historia a Economía, pasando por la sempiterna actualidad política, que tan acalorados y variados debates proporciona, todo el mundo hoy tiene una cuota de conocimiento que aportar al debate.

Ya se hable de la legalización de las drogas, de la crisis de las hipotecas subprime, de vinos, de cine o de la crianza del esturión en cautividad, que para eso están los documentales, opiniones con supuesto criterio no faltan. Porque el conocimiento, definitivamente, nos induce a la opinión. Así que esta “Era del conocimiento” se me antoja igualmente la “Era de la opinión”.

Los medios de comunicación nos nutren de conocimientos, generalmente sesgados, para que nosotros generemos nuestras propias opiniones, esto es, sesguemos aún más la información recibida. Lo cual ya lo avanzó Bertrand Russell, quien afirmaba que “con un poco de agilidad mental y algunas lecturas de segunda mano, cualquier hombre encuentra las pruebas de aquello en lo que necesita creer”.

Como ejemplo más rotundo tenemos Wikipedia, que es una enciclopedia virtual y, además, inventada, dado que uno puede escribir lo que le dé la gana y luego llega el personal y se lo cree como si estuviese escrito en piedra. Para colmo están los blogs que, como ya se ha dicho aquí, representan la versión escrita de la popularización del conocimiento y, por tanto, de la opinión. Opiniones que pesan más por estar negro sobre blanco –púrpura sobre rosa en algunos casos-, lo cual se nos antoja más cierto, más documentado, más comprometido que una simple conversación de café.

- “El otro día leí que la crisis financiera ha hecho perder 2 billones de dólares a la economía estadounidense en un solo día”, dice un amigo a otro.

- “¿De veras?. ¿Y dónde lo leíste en el WSJ?”, pregunta el segundo.

- “No, en un blog que se llama Brindis al Sol”, es la demoledora respuesta.

Por descontado que aquí, un servidor, es de los que se ponen a opinar a diestro y siniestro sin el más mínimo reparo. Generalizando y sacando conclusiones de ese “mar de conocimientos” que la sociedad de la información nos brinda a diario. Dicho de otro modo “metiéndome hasta en los charcos”, que diría mi padre. Jugando a ese periodista que, con ese “centímetro de profundidad” gnoseológica, se da cuenta de que el chapoteo es perfectamente válido. El que esté libre de pecado que nos aporree a pedradas.

lunes, 20 de octubre de 2008

Tranquilos, la crisis no va con Costa Rica


Los dos máximos responsables de la política económica del país, el ministro de Hacienda y el presidente del Banco Central , han demostrado en sendas entrevistas a La Nación su capacidad para hacer creer al público que esto de la crisis financiera mundial no va con Costa Rica. Es su trabajo y es lo que toca, lo cual no quita que, al menos, lo hagan con un poco de rigor.

El ministro Guillermo Zúñiga dice sentirse “tranquilo” porque el Gobierno “ya tomó” medidas para atenuar los posibles efectos de la crisis. Para empezar, resulta impresionante que el responsable de Hacienda hable de medidas tomadas en el mes de mayo, lo cual indica que Zúñiga ya preveía esta crisis, de la cual ningún experto hablaba.

Claro que no menos sorprendentes son las “medidas” acordadas en mayo –insisto– por el Gobierno, como el plan destinado a mejorar la “seguridad alimentaria”, para gran regocijo de las huestes bolivarianas patrias que no se quitan el eufemismo de la boca. Digo eufemismo porque lo que realmente significa “seguridad alimentaria” es “subsidios a todo meter para los productores agrícolas”. ¿Se acuerdan de la diputada “arrocera” del PAC? Pues eso.

Lo que no dice Zúñiga es que desde mayo los precios internacionales del arroz o el maíz han caído entre un 17% y un 23%. Al igual que el petróleo lo ha hecho en más de un 40%, y el Ministro habla del programa de subsidios del diésel para el transporte público. A lo mejor es que Zúñiga se guía por los precios de las gasolineras, inamovibles a pesar de la caída en picado del crudo.

El presidente del Banco Central ha ido más lejos. No es que Francisco de Paula Gutiérrez esté “tranquilo” como su colega de la cartera de Hacienda, sino que no cree que “haya contagio”, aunque, si leemos con detenimiento, nos percatamos de que a lo que el jerarca monetario se refiere es al sistema financiero, reconociendo que “evidentemente, hay un canal real de desaceleración de las exportaciones”.

Sin embargo, ya sabemos que a Gutiérrez esto de las exportaciones le importa bastante poco, lo suyo es combatir –con absoluto fracaso– la inflación.

Estos desvelos inflacionarios son lo que llevaron al presidente del Banco Central a cerrar el grifo de la financiación de los bancos estatales hace unos meses. Con esto y subiendo los intereses al 12% se pretendía recortar el efectivo en manos del público y así esperaba controlar la inflación y, de camino, ralentizar el crecimiento económico del país impidiendo el acceso al crédito de los sectores más dinámicos de la economía: el exportador y el turístico. El agrícola entre subsidios y programas de “seguridad alimentaria” no tiene ese tipo de problemas.

La cuestión es que el panorama, desafortunadamente, es mucho más sombrío del que pintan esta pareja de economistas. Primero por las implicaciones de esta crisis que tanto afecta a nuestro principal socio comercial. La inversión extranjera directa, junto con el turismo, principal factor de la bonanza económica experimentada por Costa Rica durante los últimos años, se encuentra en franco declive y con pocas probabilidades de recuperarse en el corto plazo.

Por otra parte, nos encontramos con un presupuesto público que el propio ministro de Hacienda ha calificado de “corte social”, esto es, lleno de subsidios, ayudas y demás gastos propios de un año preelectoral. Amén de una estructura estatal absolutamente incapaz de sacar adelante un solo proyecto de inversión relevante que logre reactivar la economía.

No se trata de un asunto únicamente de voluntad política, de capacidad financiera del Estado o de ausencia de proyectos e iniciativas, sino de que, como hemos podido comprobar hace unos días, cualquier iluminado con ínfulas populistas puede paralizar una inversión pública presentando un puñado de papeles ante la Sala IV. Pintan bastos, dicen en mi tierra.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 17 de octubre.

jueves, 16 de octubre de 2008

La homosexualidad y la elegancia


Quiero empezar manifestando al amable lector que para mi la homosexualidad, tanto femenina como masculina –¡cuán denostada continúa aún la primera!-, es una opción sexual que nace de la libertad de los individuos y que, por tanto, no puede más que ser respetada por aquellos que no la hemos elegido. Dicho lo anterior creo que con estas líneas estoy tocando un tema especialmente sensible, por lo que procuraré, sin caer en lo políticamente correcto, no herir sensibilidades más allá de lo habitual en este blog.

No hace falta decir que el hecho ser gay o lesbiana ha sufrido una serie de vaivenes en cuanto a su aceptación social a lo largo de la Historia. En la Grecia Clásica era lo más normal del mundo. Posteriormente las religiones que hoy perduran, con mayor o menor intensidad, han proscrito la homosexualidad calificándola de agravio hacia las buenas costumbres o, simplemente, como pecado.

En España, quizá debido a la fuerte influencia de la Iglesia Católica durante el régimen franquista, la homosexualidad llegó a ser un delito. Como tantas cosas achacables al período dictatorial, la persecución sufrida por los gais –ahora se escribe así, que lo he visto yo hasta en libros de mucha enjundia- se transmutó, con la denominada “madurez democrática”, en no pocos casos en una suerte de exhibicionismo libérrimo. En otras palabras, lo que antes estaba vedado ahora está hasta bien visto.

Utilizo el término “exhibicionismo” porque así es como podríamos denominar a las actitudes –y vestimentas- de cualquier famoso de medio pelo que decide “salir del armario”. Eufemismo al canto. Ejemplos de esto no faltan, pero quizá el más claro sea el del presentador de televisión Jesús Vázquez. Este señor pasó de ser ídolo de quinceañeras a sex symbol de cuarentones, de las portadas del Superpop a las de Zero, de empalagoso cantante cursi a firmante de manifiestos progresistas.

Convendrán conmigo en que esta transfiguración que provoca en los famosetes el gritar a los cuatro vientos, generalmente catódicos, su opción sexual resulta de una falta de elegancia absoluta. Repasemos algunos de los comportamientos propios de la transición de la normalidad a la homosexualidad declarada.

El primer síntoma que se percibe es una modificación sustancial en el vestuario. Camisetas ajustadas, camisas con estampaditos de lo más chic –demasiado chic, diría yo- e incluso el uso de alguna falda no pueden faltar en el fondo de armario de todo gay con cierta proyección mediática. Todo esto ha venido generando una estética particular bastante celebrada, por cierto, en los ambientes de “últimas tendencias”. Estas tendencias suelen tener su réplica entre las mentes más proclives a adoptar las modas pasajeras, encabezados por los futbolistas profesionales. Desde los pantalones pirata hasta la camisa de manga corta estampada y ajustada, ejemplos sobran.

Por descontado que, en la primera oportunidad que se presenta, el recién ex morador del ropero debe mostrar en directo su torso, su trasero o, directamente, un desnudo integral, habitualmente con strip-tease incluido. Como aquel que regaló Boris Izaguirre a su enloquecida audiencia en el dichosamente desaparecido espacio Crónicas Marcianas.

El siguiente síntoma que se prodiga es hablar continuamente de la preferencia sexual del interfecto. El ejemplo más significativo de esto es el moranco Jorge Cadaval, que desde que decidió –más bien a este lo forzaron a hacerlo- abandonar el guardarropa, en los programas en los que interviene es el tema estrella. Les recomiendo ver, el que tenga paciencia y ganas, Mira quién baila.

En definitiva, como decía al principio hemos pasado de la prohibición a la exhibición. Dicho de otra forma más gráfica, del macho ibérico carpetovetónico, representado por el landismo –de las películas protagonizadas por Alfredo Landa- al afeminado zerolismo de corte progresista.

Yo tengo amigos y conocidos homosexuales. A un lado y otro del Atlántico. Pero no voy a caer en el tópico de decir “son todos muy buenas personas”, porque hay de todo, como en botica. Lo que sí puedo decir es que ninguno de ellos tiene esa exagerada tendencia al exhibicionismo que nos venden por televisión los maricas oficiales. Algunos de ellos son caballeros muy elegantes que no van haciendo de su orientación sexual su modus vivendi, lo cual pareciera que es lo lógico de acuerdo con los tiempos que corren.

martes, 14 de octubre de 2008

Fútbol, racismo y elegancia


Algo se atisbaba en mi artículo sobre Barack Hussein Obama. Sin embargo, la noticia de que la Federación Inglesa de Fútbol no quiere que la selección de dicho país juegue en Madrid un partido amistoso con España, debido a las actitudes racistas de una parte del público hace cuatro años, ha provocado que salten las alarmas en Elegancia Perdida.

Para empezar, creo que es de justicia aclarar que en la selección española juega un futbolista de color, es decir, negro. Sí, ya sé que el negro es la ausencia de color, pero no quiero herir los sentimientos de nadie diciendo algo así como “Marcos Senna, ese jugador ausente de color”. Prefiero usar el eufemismo progre que todo el mundo entiende y, de camino, evito que alguien marque este blog como “inapropiado”. Dicho esto, pareciera que en España no somos tan racistas como nos pintan en las islas.

Seamos honestos. Un campo de fútbol no es un salón de baile dieciochesco en el que todo son actitudes protocolarias y una balsa de cortesía artificial. Al estadio acude el personal mayormente a descargar las tensiones del día a día, entiéndase la crisis financiera. No podemos pedir peras al olmo, la gente, hasta el más pintado de los que van al palco con calefacción y ambigú, va a contemplar un espectáculo deportivo en el que se desatan las más bajas pasiones.

Los insultos, los improperios, los cortes de manga y los apelativos de carácter soez son la particular forma de expresión que predomina en los campos de fútbol del mundo. Nadie, que yo sepa, se pone a vociferar en mitad de un Madrid-Barcelona al árbitro: “Colegiado, me va usted a disculpar, pero creo que se ha equivocado usted: no es fuera de juego”. Lo más probable es que el público, enardecido en contra de la decisión del juez de línea, ratificada por el árbitro, comience a corear “hijo de puta”, junto con el coro de las palmas al compás: plas, plas, plas, plas, plas.

Pues bien, parece que en Inglaterra, cuna y albergue de los más conocidos animadores deportivos del planeta, los hooligans, las cosas no son lo que eran. Por eso ahora andan reclamando corrección hacia sus jugadores de color en las gradas de los estadios españoles. Lo cual a mi me parece muy bien. Porque no es lo mismo llamarle “hijo de puta” al árbitro de turno que “negro de mierda” al defensa leñero hijo de la Gran Bretaña. Existe una diferencia abismal.

El ingrato recuerdo de la progenitora del colegiado podríamos considerarlo casi un acto reflejo del hincha futbolístico, que responde como un resorte ante la injusticia arbitral. Nada puede objetarse al respecto, ni resulta punible el hecho. El insulto hacia el defensor de colorafroamericano si es estadounidense-, sin embargo, es un acto consciente, premeditado, que ataca contra la persona por motivo de su raza, en otras palabras, todo un ataque contra los derechos fundamentales del individuo. Una acción así merece, sin lugar a dudas, que el peso de la justicia caiga sobre su ejecutor.

Como lo anterior, esto es, el más severo castigo contra los que protagonizaron ese tipo de atentados contra los seres humanos de color, no sucedió allá por 2004, cuando la selección inglesa cayó en el estadio Santiago Bernabeu contra la española, entonces ahora los responsables del fútbol de la Pérfida Albión no quieren que Madrid sea sede de ningún partido entre ambos conjuntos. Lógico.

La acción de una serie de individuos, cegados por el odio racista –no por el enardecido espectáculo deportivo, de ser así hubiesen gritado “hijo de puta” sin más- debió ser castigada con dureza por las autoridades españolas. Al no serlo, es evidente que Madrid es una ciudad racista en sí misma y estos desagradables incidentes podrían volver a producirse. ¿No les parece?.

¿Qué les hace pensar a los futbolistas de color ingleses que en Valencia –o en San Petesburgo-, promotores del boicot a Madrid, se sustituirán los insultos alusivos a su raza por el castizo “hijo de puta”?. ¿Se habrán percatado en Inglaterra de que Marcos Senna es de color?. ¿Acaso no saben los hijos de la Gran Bretaña que si aquí fuesen las elecciones presidenciales norteamericanas Obama ganaría de calle?.

sábado, 4 de octubre de 2008

La elegancia y las palabras de moda: el "infit"


No hay más que darse un paseo por un puñado de blogs -de los denominados de “moda”, claro está- para visualizar un buen número de modelitos de personas particulares que nos cuentan qué ropa lucen, dónde la han comprado e incluso cuánto les ha costado la composición –al más puro estilo mastercard-. Estos reportajes caseros se han popularizado extraordinariamente bajo la denominación anglosajona “outfit”. Mucho más adecuado que el castizo “modelito”, dado lo cosmopolita del término “outfit”.

Lo que casi nunca tiene cabida en estos modelos es ese mundo que hay detrás de un outfit. El “backstage” que diría cualquier fashionista irredento. Aunque a lo que yo me refiero no sólo se encuentra oculto entre la maleza de la falda/pantalón y top de turno, generalmente al socaire de unos pies estudiadamente desbalanceados hacia el centro de la figura –siempre me he preguntado el porqué de la pose-. No me refiero tampoco a aquel invento de post en cadena: “Vacía tu bolso y enséñalo en Internet", que tanto recelo de cercanía me produjo.

A lo que yo vengo a referirme es a este nuevo término que debería imponerse entre la bloguería fashionista imperante: el “infit”. En el infit se muestran tanto elementos que forman parte de las entretelas del modelito –el backstage, insisto-, como otros que son más visibles, pero nunca tienen el privilegio de ser protagonistas en el outfit al uso.

Verbigracia el ejemplo que les traigo. Personal e intransferible:

Gafas: Ralph Lauren.
Gemelos: Comprados en una tienda de Jeremyn Street (no recuerdo el nombre).
Ballenas: Hackett.
Libro: Biografía de Adolf Loos, Fnac.
Reloj: IWC, modelo Portofino automatic.
Teléfono: Nokia, modelo 5100.
Billetes: Banco Central de Costa Rica.

Como puede apreciarse es un cuadro ideal de lo que puede ser una mesita de noche, en el momento previo a la ceremonia diaria y matutina de engalanamiento o una vez finalizada la tendente a cambiar el atuendo. El infit refleja algo más que un modelito conseguido en la tienda de ropa rápida del momento. Se trata de una puerta abierta al universo fascinante del backstage de la persona. Una revelación personalísima y última de lo que se cuece detrás, no ya del outfit, sino de la percha que habitualmente es lo que interesa.

Tengo puestas grandes esperanzas en el infit, no sólo como término de moda, sino que, una vez eclosionado, se adueñe de los miles de post sobre el intrincado mundo del estilo se escriben a diario.

martes, 30 de septiembre de 2008

Los personajes y la elegancia: Barack Hussein Obama


Quienes lo conocen dicen que tiene la simpatía de Michael Jordan, el atractivo de Denzel Washington y la elocuencia de Martin Luther King. Casi nada. El carisma de Barack Hussein Obama es indudable. Lo cual significa que tiene todos los pronósticos a favor para ganar las elecciones presidenciales de los EE UU, conocido aquí como El Imperio del Mal Gusto. Porque a la gente, al público, a la población en general lo que le va es el carisma, el charme que se dice en idiomas.

Obama ha sabido jugar muy bien sus cartas. En las primarias demócratas era más de izquierdas que nadie. Como es afroamericano -ese eufemismo que emplean los norteamericanos para definir a los negros- estaba libre de toda sospecha. Desde que el iluminado de la progresía gringa, Michael Moore, publicó “Estúpido hombre blanco”, los que no forman parte de una minoría en los EE UU se encuentran sub iúdice, esto es, ser blanco es prácticamente sinónimo de ser racista, xenófobo y, sobre todo, neoliberal, que es el peor insulto inventado por la izquierda planetaria para señalar al enemigo, o sea al derechista irredento. Barack Obama no tiene que cargar sobre sus hombros con el lastre neoliberal de ser blanco.

El candidato de color -que es el eufemismo que usamos los hispanohablantes, cuando a mi siempre me enseñaron que el negro es la ausencia de color- iba a traer a las tropas de Irak al día siguiente de empezar a mandar. Probablemente le suene al amable lector esta promesa electoral. Se negaba a que se usara la bandera de los EE UU en el homenaje a las víctimas del 11-S. Por supuesto hablaba de subidas de impuestos a los ricos, de seguridad social universal y estaba absolutamente en contra de la venta libre de armas. En definitiva, apoyaba la programática clásica del izquierdista norteamericano, no muy diferente de la de cualquier progresista europeo al uso. Eso era lo que el militante radical demócrata, el más activo en las primarias, por cierto, estaba esperando. Las aguas templadas de Hillary Clinton no resistieron el envite del candidato afroamericano.

Ahora, Barack Hussein Obama, superada la prueba del izquierdismo políticamente correcto de las primarias demócratas, ya no tiene que ser tan progresista. Básicamente porque el americano medio no lo es, sino que es más bien conservador. En caso contrario, el mero hecho de enfrentarse a un “estúpido hombre blanco”, le daría la victoria. Por eso Obama ahora afirma que las tropas volverán de Irak “cuando la situación del país se encuentre estabilizada”. De ahí que ahora este Sidney Poitier del siglo XXI luzca orgulloso la bandera de su país en la solapa y se haya olvidado de las subidas de impuestos. Y así sucesivamente.

Con ese cambio de rumbo en el mensaje, Barack Hussein y sus asesores de imagen lo que continúan explotando es el indudable carisma del candidato. Más bien eso es lo que pretenden. Dado que las diferencias en cuanto a propuestas políticas entre John McCain y Obama prácticamente son matices, lo que importa es la imagen y ahí el afroamericano tiene todas las de ganar.

A la clase media norteamericana con aspiraciones Obama les parece todo un ídolo. Cualquiera con una mínima inquietud intelectualoide se vuelca con él. Porque McCain representa todo ese caudal de tópicos estadounidenses que tanto detesta la izquierda gringa, auspiciada intelectualmente por iluminados del calado de Al Gore, Michael Moore y Noam Chomsky, todos ellos, por cierto, multimillonarios a cuenta de su progresista discurso. Obama es el cambio, un caudal fresco lleno de afirmaciones políticamente correctas, preocupado por las minorías -por unas más que por otras, eso sí-, firme partidario de la ecología, con la mente abierta hacia los líderes tan injustamente valorados por la opinión pública mundial, como Hugo Chávez o Mahmud Ahmadineyad. Pero, sobre todo, es atractivo, simpático, elocuente y tiene ese carisma que hace imposible no votar por él.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Elegancia perdida: recuperando la esperanza


Cuando se regresa a casa temporalmente, como lo he hecho yo hace unas semanas, se lleva una mirada nueva, una visión como de refresco, nítida, sin empañar por la cotidianeidad que procura inhibirnos de lo que nos rodea. De ahí que a mi me hayan chocado particularmente una serie de aspectos de mi amada España, tanto para refrendar lo que escribí antes de mi partida, como para refutar algunos detalles.

Seguramente, al común de mis compatriotas residentes en España, no les haya llamado la atención durante este verano ver a doce señoras en menos de un kilómetro del paseo marítimo de turno llevando sandalias romanas doradas. Debe haber sido una de las prendas del verano. Con importantes ventajas para combatir la canícula y pretender un aspecto glamoroso, sin caer en la cuenta de que para usar ese tipo de calzado la percha tiene que admitirlo. Empezando por la pulcritud de los pies.

Una moda más como la que se resiste a abandonar la indumentaria masculina veraniega: pantalón pirata, chancla de piel negra y bandolera al hombro. La estampa del hombre empujando el carrito de esta guisa, mientras la señora, luciendo juanete con sus sandalias romanas doradas, habla por teléfono con alguno de los últimos modelos de pda ha sido, sin lugar a dudas, la más impactante de mi estadía por la Madre Patria.

Algo similar podemos decir del omnipresente minivestido tipo caftán, al cual con toda probabilidad las cadenas de ropa rápida han bautizado convenientemente para realzar, aún más si cabe, la rabiosa actualidad de la prenda. Claro que he de advertir que me he encontrado con la agradable sorpresa de ver a unas cuantas paisanas lucirla muy adecuadamente, creando una impresión de excelente estilismo, incluso recorriendo los pasillos del carrefour o mercadona más cercano.

Porque, para ser totalmente sincero, creo que he disfrutado visualmente más yendo al supermercado que en los cócteles, fiestas y otros eventos a los que he asistido. La vida anodina y el trasiego cansino por los lineales de esos nuevos centros del lujo doméstico –son tiempos de crisis- me han llevado a comprobar que en España todavía existe la esperanza. Mucho más allá de las “ocasiones especiales” y de la canalla adocenada que transita por los paseos marítimos y por las calles comerciales, eso sí.

Por entre los recovecos de la muchedumbre, emergen silenciosamente aquellos que no sucumben a la moda pasajera, sino que la emplean en beneficio propio. Sobresale cierto estilo difícil de encontrar de este lado de la Mar Océana, que dijeran nuestros antepasados cuando se lanzaron a conquistarla. Al igual que las ciudades siguen ahí, impertérritas. Con su majestuosidad tapada por los carteles de los comercios.

Estoy contento. Todo continúa ahí. Sólo hay que rascar un poco para sacar lo bueno a la superficie. No hemos perdido la elegancia del todo.

martes, 26 de agosto de 2008

La elegancia perdida en España



En esta ocasión me voy a saltar mi autoimposición de soslayar mi propia vida en esta bitácora/ensayo, es decir, voy a escribir sobre mi mismo, básicamente. Además me salto otra norma mía que es la de no escribir directamente en el editor de Blogger y a la carrera. En definitiva, estoy escribiendo un post corriente y moliente como cualquier hijo de vecino de barrio suburbano. La falta de elegancia es evidente.

Hoy salgo para España a disfrutar de lo que yo vengo a denominar un baño de primer mundo. Porque para mi ir a España es lo que a los latinoamericanos ir a Miami. Bueno lo cierto es que antes lo era, ahora la cosa ha cambiado y a esto vengo a referirme. Durante mis primeros años de periplo expatriado, los viajes a España suponían volver a tener acceso a no pocos bienes de consumo, principalmente ropa, inexistentes en estas latitudes del planeta. Resultaba también evidente la diferencia entre las tipologías humanas -no me refiero al color o la raza de las personas-. En España la gente vestía mejor, se notaba más cultivada -no quiere decir que aquí la gente sea inculta o maleducada, pero los niveles educativos medios son distintos. y menos tendente a dejarse llevar por los males endémicos procedentes de la irrefrenable influencia del Imperio del mal gusto.

A mi me gustaba visitar muchas tiendas. Incluidas las que se agrupan en torno a esos nuevos templos posmodernos que son los centros comerciales, aunque siempre intentando huir de las cadenas de ropa rápida. Me aprovisionaba para mi vuelta a la cruda realidad del tercermundismo estilístico.

Paseaba mucho para así entrar en contacto -de vuelta- con lo que había sido mi forma de vida unos meses/años atrás. La gente generalmente bien vestida, sobre todo en Granada, menos en Málaga, ciudad portuaria/playera. Los restaurantes de calidad y todavía a precios razonables. La urbanidad propia del denominado Primer Mundo que tanto añoraba. Esos eran mis placeres de vuelta a la Madre Patria.

Ultimamente todo eso se ha venido abajo. Ahora mis regresos temporales vienen a demostrar que mi imagen idílica de esa España cuasi elegante forma parte del pasado. Ha desaparecido. La globalización ha cumplido, a cabalidad, con su función homogeneizadora. La gente viste igual en Miami, en San José o en Málaga. Resulta evidente que cada día hay más clase en cualquier parte del mundo, pero más clase baja y no me refiero al nivel socioeconómico. Igualmente la urbanidad, los modos y las costumbres se hacen más universales. El furor por el consumo está absolutamente generalizado. Sorprende ver la importancia que para los seres humanos de este planeta tiene contar con el último modelo de teléfono móvil, siendo la tenencia de un iPhone la máxima expresión de clase y estilo.

Por eso ahora cuando viajo a España me dedico a comer y beber bien, pero en casa, porque los restaurantes resultan prohibitivos, amén de estar plagados de pretenciosos y maleducados. Por eso prefiero recordar los sabores caseros, ya casi ancestrales y degustar exquisiteces que todavía se resisten a cruzar la Mar Océana, que bautizara Colón. Pero sobre todo lo que hago es pasear por las calles de las ciudades, que forman parte de mi particular imaginario, con un claro objetivo masoquista: ver cómo España ha perdido su elegancia.

viernes, 8 de agosto de 2008

La ecología y la elegancia


No, no voy a realizar una disertación acerca de lo poco elegantes que son esos individuos que se autoproclaman “ecologistas” y van vestidos de camuflaje declarando a los cuatro vientos lo amantes de la naturaleza que son. Tanto es así que se visten de cazadores. Curiosa paradoja. Tampoco voy a extenderme hablando de lo maltratada que está la Madre Tierra, o Pachamama que decían los quechuas, tribu andina que, por cierto, da nombre a una conocida marca de reconocido prestigio entre el ecologismo militante.

De lo que yo quiero escribir es, como no, de la doble moral que impera en todo esto de la ecología. Una moda como otra cualquiera aunque quizá esta albergue algún tipo de beneficio para la Humanidad. Como toda moda impone modelos y genera un halo de falsa elegancia entre sus seguidores. Porque los que siguen esta moda no son sólo los que se identifican a pies juntillas el arquetipo del romántico fumador de marihuana orgánica, sino que, en mayor o menor medida, casi todo el mundo comulga con esto de la ecología.

Los que más creen, de puertas para fuera, claro está, en la importancia de la conciencia ecológica del personal son los que han hecho de ello una profesión, generalmente bastante lucrativa. El ejemplo más claro es el del mundialmente conocido “perdedor más exitoso del planeta", es decir, Al Gore. Este señor con su video de ciencia ficción, sus conferencias y sus libros sobre el cambio climático ingresó la nada despreciable cifra de 70 millones de euros. Su preocupación por salvar al planeta es tan importante para el resto de los mortales que él siempre viaja en avión privado, como cuando le entregaron el premio Príncipe de Asturias y dejó 20 toneladas de CO2 en el espacio aéreo, todo un síntoma de su “compromiso con el medio ambiente”.

En los EE UU, país que siempre lleva la ventaja en todo este tipo de grandes preocupaciones globales, lo ecológico hace furor y no escatiman en gastos para hacer que sus ciudadanos tomen conciencia con el ambiente. Así, en los baños de hoteles uno encuentra unos folletos muy bonitos, con muchas fotos y realizados en papel reciclado -¡faltaría más!- en los que nos advierten de lo mucho que podemos ayudar a la Madre Naturaleza si usamos dos veces la misma toalla o si apagamos las luces al salir de la habitación. Imagino que poco o nada tiene que ver el ahorro en gastos que este tipo de acciones tienen para los afanados administradores hoteleros, siempre proclives a minimizar los impactos "ambientales" de su operación.

Luego por la mañana uno va al bufé de desayuno y ve el despliegue de alimentos con el que los ecológicos huéspedes, los mismos que se secan dos veces con la misma toalla y apagan la luz –nunca el aire acondicionado- al salir, se llenan los platos dos o tres veces dejando sin consumir más de la mitad de lo que se sirven. Del mismo modo los camareros le sirven a uno el café en una suerte de baldes de medio litro de cabida y proceden a su puntual relleno cada cinco minutos. A la hora de comer y beber la ecología queda en un segundo plano.

Curiosamente ahora han sacado una campaña publicitaria, muy laureada por cierto, para crear conciencia acerca del consumo, se llama “Use only what you need”. Evidentemente la campaña va acompañada de todo tipo de material publicitario: vallas, folletos, sitio web e incluso un curioso montaje urbano compuesto por un muro de bidones metálicos vacíos y pintados de amarillo en el centro de Denver con el eslogan citado, amén del correspondiente material promocional: camisetas, gorras, pegatinas, etc. Sin duda todo de gran utilidad para el ser humano .

En el restaurante de enfrente del monumento al ahorro el trozo de carne más pequeño era de 12 onzas, unos 350 gramos, ni que decir tiene que el relleno de bebida carbonatada era gratis. ¿En qué quedamos?.

Resulta pasmoso ver cómo una sociedad basada llevar a la masa todo tipo de comodidades, en poner la cantidad por encima de la calidad y en la búsqueda de nuevas fuentes para la satisfacción personal de los individuos por medio del consumo, dedica tantos esfuerzos –y recursos- a la prédica de lo contrario. Por algo lo he bautizado "El Imperio del Mal Gusto".

viernes, 18 de julio de 2008

Los negocios y la elegancia


Una de las principales consecuencias de la influencia de los medios de comunicación masiva es la sed por poseer muchos bienes. La forma de obtener esos objetos –o servicios- es mediante el ingreso de dinero. Mucho dinero. De ahí que la consecución del vil metal haya desterrado gran parte de los principios fundamentales sobre los que se asentaba la convivencia en sociedad. El mundo de los negocios es el que más afectado se ha visto por este motivo.

Tradicionalmente se ha dicho que un apretón de manos es suficiente para cerrar un trato. Eso sería en la Edad Media o, como mucho, en ciertos reductos. Hoy estrechar las manos es como hacer una raya en el agua: instantáneamente desaparece. Peor aún si la contraparte es estadounidense.

Después de horas de negociaciones, el mes pasado llegué a un acuerdo verbal con un gringo acerca de un contrato. Todo se cerró con el tradicional choque de manos entre sonrisas y bromas. Pues bien, al día siguiente cuando recibo la propuesta del acuerdo negro sobre blanco no tenía absolutamente nada que ver con lo negociado. El tipo reflejó en el papel exactamente su propuesta inicial y las horas de negociación –ni que decir tiene el apretón de manos- no sirvió absolutamente para nada. No hace falta que comente lo engañado que uno se siente en estas circunstancias.

Porque esto de los negocios ya no es un tema de “pactos entre caballeros”, ni de “la palabra dada es ley”, como lo fue antaño. La falta de elegancia, amén de la ausencia de ética, es tan acusada en el mundo empresarial como lo pueda ser en el del corte y confección, contra el cual no tengo nada, por cierto. Los negocios se fundamentaban en la confianza mutua, en el valor de la palabra dada, pero nada de eso tiene sentido hoy.

Ahora todo es a golpe de correo electrónico recortado y descortés, por culpa de las pdas, dicho sea de paso. Todo se envuelve con la mística de las palabras grandilocuentes y vacías, preferiblemente en inglés, que es el idioma de los negocios. En medio de la hipocresía y la falta de ética se introducen frases como “esto tiene que ser una negociación win-win”, es decir, en la que todas las partes ganen, una gran mentira, como comprenderán. Otra curiosa y muy de moda es esa que dice algo así como: “tenemos que pensar que esto en una long term relationship”, lo cual significa que si le bajas el precio puede que te vuelva a contratar.

Otra de las grandes estratagemas, colmo de la ausencia de elegancia, consiste en mezclar lo personal y lo profesional. Así, no es extraño que a uno le cuenten sus penurias económicas o los esfuerzos que hacen algunos padres por enviar a sus hijos a colegios o universidades carísimas, "la educación es lo primero", faltaría más. El objetivo no es humanizar los negocios, no caigan en el error, sino intentar sacar algún tipo de ventaja en la negociación que se avecina.

lunes, 14 de julio de 2008

Comienzan las vacaciones. Consejos (?) de elegancia.


Dado el clamor popular de los comentaristas habituales de este blog, me veo en la obligación moral de invertir el tono de mis artículos y voy a intentar escribir de forma positiva, esto es, decir cómo se debe actuar para no caer en la falta de elegancia. Para ello el tema elegido es el de los días de asueto que comienzan o han comenzado muchos de los ciudadanos del hemisferio norte.

La canícula obliga al personal a buscar latitudes menos cálidas o, aunque sean igualmente calurosas, al menos se encuentren bendecidas con la cercanía del mar. De ahí que se opte por la ropa más liviana. Hemos de considerar dos aspectos en cuanto a la indumentaria turístico-veraniega. En primer lugar los desplazamientos. Como ya se ha dicho aquí un aeropuerto no es una playa, por tanto es importante mantener un mínimo de decoro.

Mi recomendación a este respecto es utilizar ropa cómoda –los vuelos a veces son muy largos- pero sin violencia. Para los caballeros pantalón casual, valen los vaqueros y camisa, siempre de manga larga, por supuesto, o polo. Ni que decir tiene que las chanclas son para la playa, nunca para el avión. Las damas tienen mayor libertad y pueden usar chanclas, pero ni pantalones cortos excesivamente agresivos ni muchísimo menos traje de baño. Para el viaje de vuelta aplican las mismas normas.

Dicho lo anterior engarzo con la falta de conciencia que el turista generalmente tiene acerca de los lugares que visita. Ser turista no lo habilita a uno para ir vestido como un espantapájaros todo el día. Menos aún si acudimos a lugares como museos, edificios históricos y religiosos o restaurantes formales, que requieren una vestimenta adecuada. Resulta lamentable ver a mucha gente con vestidos en plan playero en alguno de estos lugares. Esta norma no aplica para los ciudadanos de los EE UU, su seña de identidad es esa: ir vestidos como verdaderos patanes.

La segunda recomendación es para los que viajen al extranjero. Cuando uno sale de su país, en mi modesta opinión, no lo hace únicamente para “cambiar de aires”, sino para conocer una cultura diferente. Por eso es fundamental huir a toda costa del turismo grupal improvisado. A lo que me refiero es a la costumbre, básicamente española, de juntarse con otros compatriotas a los que se conoce en el avión y pasar el resto del viaje con ellos. Para eso están los viajes en grupo, tan denostados como faltos de pretensiones. Aquí es cuando tengo que recordar a mi amigo Luis, el cual se dedica a ganarse la vida gracias a “los turistas que se creen viajeros”. Grandes verdades.

En cuanto a esta particular manía de los españoles, yo siempre me acuerdo de un viaje que hice a un archipiélago en el Océano Indico. Tres parejas de paisanos se hicieron de lo más amigos y pasaban juntos todo el día. Al final acababan hablando de Gran Hermano –que acababa de estrenar ese año- y del resto de “grandes” temas de los que se puede hablar perfectamente en un café de cualquier ciudad española. Para ese viaje no hacen falta alforjas, me parece a mi.

Como este asunto de los consejos no me sale de adentro, sino que me siento muy forzado. Este artículo se queda en un post y pido disculpas por adelantado.

martes, 8 de julio de 2008

Los coches y la elegancia


Hace ya muchos años que aprendí lo que realmente es un coche –o carro, aquí en América Latina- a los ojos de un ser humano. Mucho más allá de un vehículo útil para el desplazamiento por carretera desde un lugar a otro, el coche es el principal objeto de demostración de la posición social de las personas.

La utilización cada vez más frecuente del automóvil no sólo genera la sensación de que es un instrumento en el que hay que invertir más, dado que pasamos más horas en su interior, sino que está claro que estamos más expuestos a ser vistos conduciéndolos o aparcándolos. Con lo cual la elección de un vehículo adecuado se convierte en un elemento crucial de nuestra existencia.

En efecto. Hay personas que incluso renuncian a las más elementales necesidades básicas, como puede ser una dieta alimenticia completa, con tal de ir luciendo por las calles de la ciudad un coche acorde con las expectativas que ellos mismos han generado a sus congéneres. Así, le ocurría a un señor que yo conocí hace tiempo y que aparcaba su flamante BMW en la entrada del club de golf, pero era de todos conocida su afición por el ayuno involuntario.

Aquí en Costa Rica no es extraño ver aparcados dos coches de alta cilindrada en la puerta de una casa cuyo precio puede ser la mitad del de los dos vehículos. Claro que a lo mejor yo estoy equivocado y este dato no significa nada más que es más importante tener un buen carro que una casa decente.

El coche es el reflejo asimismo del estilo de vida de una persona. Así, no es lo mismo usar un Renault Clio F1 Team que un Volkswagen Beetle, aunque ambos tengan el mismo precio. El primero seguramente es conducido por un joven apasionado de la velocidad y lo lleva absolutamente personalizado –creo que en el argot se denomina “tuneado”-. El segundo es probable que sea propiedad de alguna fashion victim y lo tenga lleno de pequeños detalles, incluyendo algún “accesorio” colgado del espejo interior.

El propietario de uno de esos descomunales Hummer seguramente se dedica a la industria musical, al comercio de sustancias estupefacientes o directamente a la representación de meretrices o lenocinio. De ahí que, generalmente, sus usuarios tengan los cristales tintados. Fuera de los profesionales anteriormente mencionados pocas personas medianamente normales se atreven a invertir semejante suma de dinero en un artefacto tan de mal gusto. Por eso en ciudades como Miami o Los Ángeles son más comunes que los utilitarios.

Igualmente importante es la cantidad y el tiempo de tenencia de los vehículos. En determinados círculos sociales es obligatorio cambiar al menos uno de los coches todos los años. Digo “uno de los coches" porque lo mínimo que se despacha es tener tres, uno para cada ocasión: el deportivo, el familiar y el todoterreno. En ningún caso uno de estos vehículos, salvo los de colección, tendrá una antigüedad superior a los tres años.

De aquí se desprende la importancia que tienen las matrículas provisionales en algunos países. ¿Cómo identificar un coche recién salido del concesionario?. Pues por la matrícula provisional, la cual prolonga su vida útil muy por encima de lo que marca la ley. Recordemos que lo que está en juego es mucho más que la seguridad, la comodidad o el ahorro energético, se trata de nuestra imagen.

El coche es la coraza natural del hombre moderno. El disfraz único que nos define y nos señala. Su adquisición es todo un acontecimiento y su uso una auténtica religión. De cualquier modo, en este tema en particular, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

lunes, 30 de junio de 2008

Las reuniones y la elegancia


Uno de los componentes fundamentales de la vida laboral de hoy lo representan las reuniones. Muchos de los imprescindibles y denodados trabajadores a los que hacíamos mención en el artículo anterior tienen una ajetreada agenda de reuniones. Sin reuniones la vida no tendría sentido más allá de las hojas de cálculo, el correo electrónico y la mensajería instantánea, verdadero motivo de las largas jornadas laborales de no pocos ejecutivos de éxito.

Las reuniones de trabajo son el caldo de cultivo ideal para que salgan a flote los verdaderos comportamientos poco elegantes de nuestra sociedad moderna. Enmascarados bajo ropajes de marca o detrás de composiciones de lo más obsoleto, salen de su cascarón los más diversos personajes, principalmente basados en pilares como el afán de protagonismo o la incontinencia verbal aguda.

Por avatares de la vida uno ha tenido que soportar bastantes de estas reuniones, convertidas en pseudo-monólogos merced a las diatribas de alguno de los convocados. Generalmente, este tipo de eventos suceden cuando el interlocutor con pretensiones de conferenciante siente el irrefrenable deseo de dar una demostración de sus vastos conocimientos al resto de los reunidos, casi siempre sin que nadie se lo haya pedido.

A mi se me presentó uno de estos ejemplos hace un par de semanas. La voz cantante de la reunión –mujer, por extraño que parezca- comenzó a disertar sobre todo lo que se discutía, fuese o no de su incumbencia. Lo peor es que cuando su presunta superioridad intelectual quedó patente por el silencio –más bien el agotamiento- de los presentes, en ese momento, ante el grupo silenciado, hizo su aparición el peor de los síndromes de los que padecen este tipo de problemas sociales: el gusto por escucharse. Hay muchos comportamientos poco o nada elegantes, pero coincidirán conmigo en que la gente que disfruta escuchándose roza la zafiedad.

A partir de ahí el monólogo, más o menos centrado en aspectos empresariales, se tornó en un relato sobre los más diversos detalles de la vida personal de la interfecta, desde su afición por el budismo hasta el curso de comida sana al que había enviado a su hija. De lo más interesante. Yo siempre me he preguntado por qué hay personas que piensan que al resto de los mortales nos importa lo más mínimo su vida privada cuando lo único que nos une es el sentido oneroso de la existencia. Dicho lo anterior comprenderá el lector por qué decliné la invitación a cenar con el grupo.

Otras reuniones de gran interés son las de comunidad de vecinos –condominio en estas latitudes-. Sin lugar a dudas estos encuentros vecinales son el líquido amniótico idóneo para la gestación de grandes liderazgos. Estas reuniones, amén de interminables –al menos a la que yo asistí una vez lo fue-, son vitales para las aspiraciones de determinados seres humanos que, elevándose por encima de su gris existencia, pretenden destacar en algún aspecto fundamental para la vida en comunidad. Invariablemente en todas existe algún ungido con los aceites divinos de la visión comunal que es elegido presidente de la junta directiva. Una pena que no haya presupuesto para imprimirles tarjeta de visita, ¡qué desagradecidos son los vecinos!.

Es más que probable que para el amable lector sea mucho más interesante invertir su tiempo en la lectura pausada del diario antes que dedicar varias horas de su existencia a dilucidar temas tan transcendentales como el horario de la piscina o el color de la pintura de las rejas exteriores de la comunidad. Sin embargo, para el tenaz presidente de la junta directiva lo que se está poniendo en juego es su capacidad de gestión, su protagonismo vecinal. Mucho cuidado.