
Tras un periplo de más de 60 horas de aviones, aeropuertos y hoteles involuntarios, he caído en la cuenta de que cada vez que uno se aproxima al mostrador de facturación de una línea aérea, en ese preciso momento en el que a le emiten su tarjeta de embarque, deja de formar parte de la raza humana normal para pasar a convertirse en un nuevo ente: un pasajero.
El pasajero es un ser que habita dentro del intricando mundo de los aeropuertos y las líneas aéreas. Enajenado de su propia vida, de su tiempo y su espacio, la vida del pasajero está regida por toda una serie de precisas e inconexas normas que le indican qué, cómo y dónde tiene que estar, con unos estrechos márgenes de movimiento, a lo largo de las próximas horas… o días.
El pasajero sólo tiene un derecho: que lo lleven a su destino, lo demás son todo deberes y obligaciones establecidos por un complejo sistema de normativas entre lo público y lo privado que le van indicando lo que tiene que hacer en cada momento. Y si decide salir de su estatus de pasajero pierde el único derecho que tiene. Tremenda pérdida si tenemos en cuenta que el pasajero paga por adelantado el servicio que va a recibir, sin que nadie le asegure si esta prestación será exactamente como él la contrató. Ni horarios, ni itinerarios, ni fechas, ni lugares están ya al alcance de ser modificados por el pasajero. Ahora todo está en manos del sistema, al cual debe obedecer ciegamente a riesgo de perder su dinero sin que, en ningún caso, tenga derecho a solicitar la devolución.
Al pasajero se le indica a qué hora debe embarcar, aunque eso no significa que vaya a hacerlo, dado que nadie tiene la obligación de cumplir con los horarios, salvo el propio pasajero, claro está. Si su vuelo no sale entonces le dicen que tiene que quedarse a dormir en esa ciudad. Por supuesto lo ubican en un hotel determinado y le indican cómo debe llegar al mismo, así cómo a qué hora lo llevaran de vuelta al aeropuerto. Igualmente se le ofrece comida, la cual no puede verse modificada, sino que tiene que ser exactamente la que el sistema ha establecido, salvo que sea el pasajero el que la pague por su cuenta.
El pasajero tiene que cumplir estrictamente con la resignada espera en todas las colas a las que el sistema le obliga. Para recibir su cambio de vuelo, para que le den de comer, para subirse al autobús que lo llevará al hotel, para entrar en el hotel, para presentar una inútil reclamación… De esta forma, el pasajero va quemando su tiempo esperando que los funcionarios del sistema le entreguen nuevos documentos o le pongan un sello en la tarjeta de embarque para poder degustar el rancho aeroportuario establecido.
Por supuesto el pasajero no puede mostrar su descontento o enfado, dado que su autoridad es nula y cualquiera de los implacables funcionarios del sistema podrían causarle aún más daño. Incluso podrían sacarlo del sistema, con lo cual perdería su único y restringido derecho: el de llegar algún día a su destino. Los agentes de la autoridad pública velan porque el cauce normal y surrealista del sistema siga su curso sin alteración y porque cualquier pasajero que ose resistirse al mismo o mostrar su disconformidad sea puntualmente llamado al orden y a la “cordura”.
Porque el pasajero no es un ser humano convencional. Su vida no le importa al sistema que gobierna su existencia durante horas. Si viaja con bebés, si tiene que estar en su destino para no ser despedido o si ha perdido un familiar y por eso se ve en la obligación de convertirse en un simple pasajero. A ninguno de los esforzados y grises participantes en todo el proceso, los cuales son remunerados por el propio pasajero, les interesa lo más mínimo la circunstancia de éste. Al fin y al cabo las horas de la vida del pasajero dejan de tener valor una vez que accede al sistema. Su tiempo, señor pasajero del vuelo IB6312, no vale nada, aquí usted es un número y su equipaje también.
