
Sin entrar en disquisiciones sobre las presuntas bondades del ejercicio físico sobre el organismo, en mi humilde opinión practicar deporte es una de las actividades menos elegantes que puede realizar el ser humano. Esta esclarecedora sentencia que emito no significa que se haya de proscribir o perseguir a los que practican deporte, ni mucho menos. Tampoco quiero decir con ello que debamos condenar a la ignominia a los que se ganan la vida corriendo sin un motivo aparente, más que el de llegar antes que los otros que lo acompañan, o golpeando un objeto esférico, con la mano, con el pie o con algún artilugio inventado al efecto. Ser deportista es una profesión tan digna –pero no más- que cualquier otra.
Salvando el caso de la profesionalidad, los demás seres humanos caen en desgracia cuando exhiben públicamente su condición de practicantes del ejercicio físico recreativo. Porque el problema, en la mayoría de las ocasiones, es que las personas, no conformes con realizar deporte, lo van divulgando como si de algo digno de orgullo se tratase. Para empezar uno suda cuando hace deporte y eso no suele generar buenas sensaciones, sobre todo alrededor del que transpira. Convendrán conmigo en que el sudor no es precisamente una de las virtudes del ser humano, más bien al contrario.
Por otra parte los atuendos diseñados para la práctica del deporte no son los más adecuados para destacar, salvo muy honrosas excepciones, las cualidades de la elegancia. El otro día sin ir más lejos tuve una desafortunada experiencia sobre este mismo particular. Andaba yo accediendo a un edificio hospitalario cuando me crucé con una conocida que vestía una equipo completo para la práctica del tenis. Por supuesto al principio no la reconocí ataviada de esa forma, pero como me llamó la atención que una persona aparentemente normal vistiese así para acudir a un hospital la miré y la saludé sin detenerme. Seguramente sea la última vez que la salude. Ni a María Sharapova, a la que le queda tan bien la vestimenta propia del deporte que le permite ganarse la vida, se le ocurre ir a un hospital, salvo accidente laboral, así ataviada.
Como comento más arriba no es que yo pretenda que los seres humanos dejen de practicar ejercicio físico recreativo, pero sí creo que esta práctica no debe mezclarse con el resto de las actividades cotidianas de las personas. Ir ataviado con un chándal (buzo en Costa Rica) es de muy mal gusto, sea un hombre o una mujer la que lo luzca. A no ser que su uso se limite al momento en que se está haciendo deporte o en el trayecto de la casa de cada uno al establecimiento pertinente destinado a la práctica del deporte correspondiente. En mi caso particular yo intento que ese trayecto sea lo más rápido y anónimo posible.
Para mi no existe distinción entre los jóvenes que van ataviados con zapatillas deportivas y camiseta de su equipo de fútbol y las señoras que pasean por el supermercado con la ropa del gimnasio. Es más, seguramente los primeros ni siquiera han sudado.


