
Parece de una obviedad aplastante que cualquier persona que pretenda ser elegante-o a lo mejor no es intencional- ha de mostrarse cortés en su vida cotidiana. Sin embargo, hoy la cortesía no está de moda. No, no lo está. Por tanto es más que probable que, bajo el prisma de muchos de los calificadores oficiales de la elegancia, la cortesía no puntúe a la hora de establecer listas o de realizar comentarios acerca de los personajes que se nos insinúan en los medios como modelos de elegancia. Igualmente posible resulta que algún lector piense que no estoy en lo cierto y que la cortesía es un valor imperecedero. Pero no confundamos este sustantivo que nos ocupa con el protocolo o con la simple simpatía comercial al uso.
Hoy lo que se nos queda de cortesía es esa sonrisa profident que lucen los empleados de los grandes almacenes. Esa misma que uno llega a extrañar cuando acude a una cadena de ropa rápida, cuyos empleados son dobladores de género, más que otra cosa. Reponedores de supermercado uniformados con los trapos de la última colección. Pero esa es la moda y, evidentemente, lo que vale es el precio. Las sonrisas no están incluidas. Las que sonríen mucho son las vendedoras de tarjetas de crédito de los pasillos del centro comercial. Esas que te colocan la tarjeta y se van a fumar al baño. Si te cruzas allí con ellas ni siquiera te saludan. La sonrisa de cierre de operación es lo que algunos entienden como cortesía infinita.
En otros ámbitos del mundo económico/laboral ocurre lo mismo. Yo tuve un compañero de trabajo y techo durante unos meses que desbordaba simpatía con todo aquel que ostentaba un rango jerárquico superior al suyo. Se deshacía en elogios hacia todo el que podía ayudarle de algún modo en su prometedora carrera profesional. Ese mismo individuo era incapaz de saludar a los vecinos del edificio en el que habitábamos. Los vecinos ante él eran una especie de no-personas, no existían, ni los miraba. Cuando yo saludaba al vecino de turno éste, después de devolverme el saludo, volvía la mirada hacia mi compañero esperando un "Buenos días" que nunca llegaba. El tipo sentía cierta superioridad sobre todas aquellas señoras de clase media con las que compartíamos ascensor. Probablemente fueran las camisas a medida y las corbatas caras las que le permitían marcar la diferencia.
Y es que cuando la presunta cortesía va por barrios y clases sociales, la cosa no es lo que parece. Aquí, en Costa Rica, la gente es bastante más cortés que en España. Se cede mucho el sitio en las filas y los autobuses a las señoras embarazadas, a las que van con bebés y a los ancianos. Las personas se saludan preguntando con presunto interés por la salud y por la familia y las despedidas van acompañadas de los mejores deseos. El matiz llega cuando los interlocutores pertenecen a diferentes estratos socio-económicos. La cortesía se convierte en arrogancia o, simplemente, en ignorancia, como en el caso del anteriormente mencionado: las personas parecen no existir.
La vida veloz, de urgencias, de actualidades permanentes nos fuerza igualmente a olvidar la cortesía. No hay más que comprobar como son ahora las comunicaciones escritas. El correo electrónico es frío, distante, a la par que eficiente, directo. Así que la cortesía epistolar ha muerto en pos de la concreción y la rapidez. Los blackberries y iphones han llevado esto al extremo. Sus poseedores están todo el día recibiendo y contestando correos, básicamente a golpe de monosílabos: “Si”, “No”, “OK”, “Hablamos”. Murieron aquellas expresiones corteses que nos enseñaron a usar para empezar una carta: “Espero cuando recibas la presente toda tu familia y tú os encontréis bien”. Hasta suena cursi.
Dicho lo anterior resulta que la cortesía ya no es lo que era. Ahora todo queda reducido a la corrección y la frialdad protocolarias o a la eficiencia digital, cuando no a la simple simpatía políticamente correcta de los tratos comerciales, o esos buenos modales de salón que se exhiben en los aledaños de la corte. Esa corte en la que muchos habitan dentro de sus trabajos o en los círculos sociales de turno. Fuera de ahí, al populacho, a la canalla obrera, mejor ignorarla.
La cortesía le sale de dentro al hombre elegante. No la utiliza con carácter discriminatorio. Tampoco la asfixia por razones comerciales. Ni abandona los hábitos corteses por culpa de la eficiencia.
Ahí está gran parte de esa elegancia. Esa que se ha perdido.


