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martes, 26 de octubre de 2021

Señoronas de la izquierda caviar


A la izquierda española siempre le han gustado las divas, las señoronas de cliché recién peinadas, maquilladas, vestiditas en plan niñas bien, pero gritonas, reivindicativas, feministas de postal y femeninas como la que más. Ahora estrenan nueva musa, transmutada en portada de revista, pero no de Mundo obrero -el pasquín de su partido-, sino del Vogue. La izquierda española siempre ha sido muy de señoras bien vestidas, con clase, pero no clase obrera, claro. Lo decía siempre Umbral, el falso comunista que nunca levantó un dedo contra el franquismo, hasta que murió Franco, tan aficionado a las marquesas que reunían en casa a los intelectuales y los curas rojillos allá por los setenta. Cenas por todo lo alto con servicio uniformado, pero muy de izquierdas, claro.

 

Ya con José Luís Rodríguez tuvimos una nutrida representación de este espécimen, encabeza por María Tersa Fernández de la Vega, que se hizo un extreme make over, nada más poner un pie fuera de la Moncloa. Posaron en el Vogue para celebrar el gabinete del 50 por ciento, que suena a descuento, pero las rebajas llegaron después y con violencia: 8 años de crisis económica. Luego vendría la diva/tía del Harper´s Bazaar, transmutada en ministra de algo por exigencia del líder espiritual de la cosa, hoy juguete roto de una época que dejará mucha miseria en España.

 


Todas estas señoronas ya se han bajado de la pancarta, apalancadas en el poder, no salen a la calle desde aquel siniestro 8 de marzo de 2020, cuando se pusieron a repartir carnés de feminismo y Covid por las calles de Madrid. Eso sí, con los chóferes y los guardaespaldas oficiales esperando para llevarlas al ágape de turno o al pisazo en el barrio Salamanca, ni hablar del chalé en Galapagar. 

 

La cuestión es que la izquierda ha descubierto una musa nueva, Yolanda Díaz. Quién la ha visto y quién la ve. Una señorona que ya se muda a Madrid, en vista de que esto de la reivindicación social a favor de los menesterosos -pero lejos de ellos-, da para un ático céntrico y colegio de pago para el niño, no vaya a ser que se mezcle con la canalla de extrarradio, ni siquiera a Irene se le ocurriría. Ahora a capitalizar portadas a costa del peluquero y el maquillador del ministerio, amén de las facturas en vestuario a cuenta del erario público, eso da para Harper´s Bazaar, porque los reportajes en páginas interiores de El País Semanal no interesan si no hay elecciones cerca. ¡Qué tiempos aquellos en los que íbamos a las rebajas de Lefties! 


 

Esta izquierda caviar que acuñó el término cayetanos en referencia a Cayetana Álvarez de Toledo, para ningunear los modos elegantes y directos de la desfenestrada política de derechas, ahora se deshace en elogios con la nueva y rutilante estrella del bando bueno, con su pelo teñido, sus vestidos de Uterque y sin dar un paso por Madrid sin que la lleve el chófer. La diferencia es que los yolandos no llevan pulseras con la bandera de España, sino pegatinas de la republicana.

martes, 29 de enero de 2013

Amy y Los Empalmados


Parece el nombre de una de esas bandas de barrio o de pueblo, nacida al albur de aquellos años locos de la post movida madrileña. Pero se trata del subtítulo que hoy podríamos ponerle al nombre de nuestro país: España circa 2013. Amy y Los Empalmados. No creo que cineasta patrio alguno se atreva a meterle mano a un título tan ambicioso. Mayormente porque los directores, guionistas y demás ejecutores del cine español, que pronto volverán a desfilar por la alfombra de los Goya, podrían sentirse identificados con la tal Amy.

Soy consciente de que han llovido mares de tinta a cuenta del trasunto del matrimonio Martin. Sobre el tema del duque y sus erecciones, se ha escrito menos porque en España todavía son muchos los palmeros de esa entelequia constitucional que es la monarquía. Pero la realidad es que el tema va mucho más allá de la consabida picaresca o de la corrupción cotidiana. Estos personajes son la alegoría de lo que es la absoluta pérdida, no ya de elegancia, sino de cualquier atisbo de moralidad en la vida pública española.

Si nos fijamos entre Amy y Los Empalmados –el duque y el escritor consorte- son acreedores de muchos de los pecados de los que hemos venido hablando por aquí desde hace, por cierto, la friolera de seis años.  Empezando por el aspecto monetario del asunto y la necesidad imperiosa de aparentar lo adinerado, viajado y sofisticado que se es. En otras palabras, la antítesis de los placeres privados son virtudes públicas. Máxima epicúrea que nos ilumina en este espacio de libertad y que nuestra sociedad ha desterrado en loor de multitudes.

Podríamos hacer mención de muchos de los pecados de estos y otras de las rutilantes estrellas de espacio público nacional: Bárcenas, los Puyol, los Chaves, etc. Todos ellos, dicho sea de paso, aún auspiciados de un modo u otro por la presunción de inocencia, tan legal a la par que desvergonzada. ¡Menudo invento de la socialdemocracia rampante allá por los años de Filesa!.

Estos personajes nos han ilustrado sobre moda, lujo, glamour, viajes, progresismo y muchos otros aspectos de esa vida azarosa que tienen los personajes públicos. Desde sus innumerables viajes, hasta sus colecciones de coches o relojes, pasando por la utilización profusa del idioma anglosajón, lengua materna -o mother tongue- de doña Amy, a la sazón nacida en Madrid y autora de The Neopicaresque Novel in the Post-War Era. Ahí es nada.

Por encima de todo eso, la gran ilustración que nos dejan todos estos es la evidencia del declive absoluto de nuestra sociedad. Porque, seamos honestos, ¿quién de nosotros no aceptaría ocupar un puesto directivo en una multinacional aunque no haya ni terminado la licenciatura universitaria?. Que tire la primera piedra el que se negaría a cobrar 0,26 euros el carácter por escribir acerca de la felicidad o el cambio climático.

Esta es la sociedad española de los últimos veinte años, estimados lectores. Ni más ni menos. Las Amys Martin se cuentan por centenares, al igual que los depredadores de la institucionalidad, como el duque empalmado, ante los cuales hemos sentido envidia y admiración.

Una sociedad que recubierta en ese plástico absurdo de lo políticamente correcto, se ha ido engendrando dentro del líquido amniótico dentro del cual los vividores han sabido medrar a sus anchas. Y, queridos amigos, van a seguir haciéndolo hasta que la sociedad civil sea capaz de imponer unas barreras éticas acordes con lo que nos ha tocado vivir. De lo contrario, la elegancia perdida seguirá siendo una anécdota dentro de la absoluta ausencia de muchos otros valores.

lunes, 25 de mayo de 2009

Los personajes y la elegancia: Belén Esteban


Hoy no les voy a contar las excelencias del estilo maruja del siglo XXI de la ex de Jesulín. Ni siquiera voy a comentar su vestido de Carolina Herrera -¿sabe doña Carolina que su prêt-a-pôrter ya lo usa hasta la Esteban?-, color hello kitty, como mandan los cánones de la temporada, mis queridas blogueras fashionistas. Creo que poner la palabra elegancia en la misma frase que Belén Esteban es un acto de heroicidad que yo no voy a perpetrar, a no ser que vaya precedida de perdida o de un rotundo no. Ya saben que a mi no me gustan los consensos.

A lo que voy es al grado de toxicidad, por no decir de descomposición, en el que se encuentra nuestra sociedad, cuando observo cómo personajes como este pueden manipular a los ciudadanos. La semana pasada, mientras intentaba glosar sobre mis gustos literarios, tenía encendido el televisor en el preciso instante en que entrevistaban a esta señora -fíjense en su insistencia en publicar ella sigue casada-. Acababa de celebrarse la primera comunión de su hija y el motivo de la entrevista era el encuentro con su anterior esposo, Jesulín de Ubrique.

Conforme avanzaba la rueda de preguntas de los habituales periodistas, iba dándome cuenta de cómo, esa señora con nariz de boxeador sonado, ojeras de yonqui y boca de rape, otrora máximo exponente de la horterada patria, se ha transfigurado en una madre coraje adorada por el público en general. Sí, estimado lector, una madre coraje en toda regla que nos relata cómo ha tenido que pagar ella el convite de la comunión de su hija, amén de lo digna que estuvo en su encuentro con el progenitor de la misma. No sé si este magno cambio de rumbo se debe a la necesidad de héroes que sufre mi país o a la capacidad de la interfecta para causar con su rencor personal la empatía de las masas consumidoras de este tipo de vanidades.

No crean que me importa mucho que el personal se enfervorice con este tipo de personajes, sino más bien con su facilidad para sustraerse de lo fundamental. Recordemos que esta señora, que ahora nos da lecciones televisivas de cómo sacar adelante a una hija ella sola, vive del cuento de su primer matrimonio, amén de la pensión alimenticia -no pequeña, por cierto- que su descubridor para la masa le tiene que pasar religiosamente todos los meses. A todas luces debiera ser ella la que le enviase al torero de Ubrique un porcentaje de todo lo que gana por ir aireando su vida y la de su antiguo marido, sobre la cual opina sin el menor atisbo de vergüenza.

No, no es que Belén Esteban sea la única que vive del cuento. España está llena de ex: maridos, mujeres, grandes hermanos, triunfitos y toda una pléyade de personas que, a falta de mayores capacidades profesionales y, por el momento, sin cabida en la política, ganan un buen dinero por contar su vida o la de los demás en televisión. Son toda una clase social emergente que nos ofrecen ese circo patético sin el cual muchas personas no pueden ya ni vivir, y no me refiero a los propios periodistas, cuyo nivel intelectual ha descendido a baremos sólo comparables con los de los seres vivos unicelulares, categoría aún pendiente de revisión por el Ministerio de Igualdad, Corte y Confección. A esa pujante clase pertenece la protagonista de hoy, con el agravante de querer contarnos que ella es una trabajadora incansable, cuyos denodados esfuerzos apenas le dan para celebrarle la primera comunión a su hija con un ambigú medianamente digno.

Una de dos, o esta señora maneja la propaganda personal mejor que el mismísimo Rodríguez Zapatero, o este país necesita una lobotomía colectiva. Aunque la verdad es que no sé si ambos supuestos son excluyentes.

miércoles, 29 de abril de 2009

Obama, Bruni y la familia Rodríguez. Una fotografía de la España de la pandereta


En la pasada campaña electoral ya vimos cómo el PSOE tiraba de su infinita lista de “intelectuales de la izquierda” para lanzar un video apoyando la candidatura de Rodríguez Zapatero. Desde la nueva líder intelectual del “movimiento”, Pilar Bardem, a la cual casi premian poniéndole su nombre a una calle de Sevilla, hasta los comunistas de toda la vida como Pilar Cuesta y Víctor Manuel Sánchez, Ana Belén y Víctor Manuel para los no iniciados.

En esta ocasión, no sabemos si porque no los han llamado o porque muchos no se quieren señalar demasiado, no vaya a ser que en menos de un año cambien las tornas, la estrella rutilante de la campaña electoral no es otro que el mismísimo presidente de los EE UU, Barack Obama. El nuevo amigo de Rodríguez se ha convertido, por arte de magia audiovisual, en el máximo baluarte de un PSOE a la deriva.

Y es que ZP quiere ser como Obama. Su amigo del alma, con el que apenas ha compartido unos minutos en cuatro cumbres. Un amigo que no nos llama para las reuniones del G20, pero que habla muy bien de nuestro AVE y de lo maravilloso que es el jamón de Guijuelo y el lechazo. ¡Ah no!, ese es otro negro, es el de CSI que, como Obama, también hace campaña interna, pero para promocionar Castilla León.

Sonsoles Espinosa, la esposa de ZP, que no la primera dama, también quiere darse su pequeño baño de internacionalidad mediática. Por eso ha invitado a Carla Bruni a almorzar. Algo insólito en los viajes de los jefes de estado, aunque imaginamos que será una nueva costumbre de los actuales moradores de Moncloa y mañana la invitada será Lina Moreno, esposa del presidente colombiano Alvaro Uribe.

La verdad es que no creo que a la esposa de Uribe le vayamos a dar los españoles el mismo seguimiento que le hemos dado a los modelitos de la Bruni. Como tampoco veo a Sonsoles almorzando con la primera dama de Colombia. Porque las primeras damas de Latinoamérica a la esposa de ZP le importan un pimiento, como demostró en la Cumbre Iberoamericana de Salamanca. A Sonsoles le interesa hacerse la foto con la Bruni tanto como a su marido hacérsela con Obama. Lo demás son obligaciones del cargo, como dejó bien claro a los presentes en aquella cumbre.

Y así vamos forjando nuestra fama de país de pandereta. Nos engrandecemos como papanatas universales que hacen la ola a una señora y cuya intelectualidad pelea por verla de cerca en la cena oficial de La Zarzuela. Lo cual es bastante normal cuando el presidente del Gobierno da codazos por fotografiarse con Obama y su esposa con Carla Bruni. Hasta Curro Romero faltó a la "Noche del pescaito" en Sevilla para ver a la Bruni de cerca.

sábado, 28 de marzo de 2009

Los personajes y la elegancia: Carme Chacón


Carmencita Chacón nació en un pueblo de Barcelona en el seno de una familia humilde de origen andaluz. De esos andaluces que se vieron obligados a mudarse a Cataluña por culpa de Franco. Sí, por aquella manía del caudillo de favorecer a Cataluña y a las provincias Vascongadas, otorgándoles todas las ayudas necesarias para que se convirtiesen en las primeras regiones industrializadas de la piel de toro. Paradojas de nuestra patria.

Los padres de Carmencita celebraron mucho la muerte de Franco. Lo ha dicho ella, que se acuerda perfectamente de la fiesta íntima a la que acudió con cuatro años de edad el día de oficialmente nos dijeron que Franco había muerto. La precocidad progresista de nuestra protagonista no encuentra parangón.

Aquello la marcó mucho. Tanto que con dieciocho años ya estaba alistada en las Juventudes Socialistas, momento en el que, sin duda, se le cayó la “n” del nombre de pila, aunque todavía no le llamaban “Carma”, eso vino más tarde. Cuatro años después ya era concejala en Esplugas de Llobregat. Pero Carmencita era una joven ambiciosa y Esplugas se le quedaba pequeño.

De concejala a diputada nacional y de ahí a formar parte del núcleo íntimo de Rodríguez. Ministra no sólo para cumplir con aquello de la paridad, sino para retomar las riendas del Ministerio de la Vivienda, el primero de los inventos derrochadores e inútiles que inauguraron esta época gubernamental de golpes de efecto. Ahora, Carmencita, “Carma” para los entendidos, es Ministra del Aire, o algo así. No llegó a tiempo para lo del Vogue, así que ahora se está desquitando por entregas.

A mi me gusta Carma. Es como la Barbie pero en versión política. Tenemos la Carma ministra, acompañada por su asistente, una mujer capitán del ejército; la Carma militar, con su chaquetón de camuflaje en los destinos más inhóspitos, en los cuales, por cierto, nunca se queda a dormir; la Carma televisiva, que graba las comparecencias por si no les da tiempo a los medios a llegar a la comparecencia de turno; la Carma diputada, con semblante compungido y enfadada con Rajoy, con esa cara de enfado que ponen las mujeres cuando el cónyuge les habla mal de la familia.

Carmencita no escatima en vestuario. Siempre va vestida para la ocasión. Asesores no le faltan y el atrezo corre por cuenta de los Presupuestos Generales del Estado. Son las ventajas de la cartera ministerial. Claro que estas líneas pueden sonar muy machistas y si no que le pregunten a Trinidad Jiménez, otra que tal baila, pero con menos fondo de armario y bastante peor peluquero, o estilista, o como se llame ahora eso, que nuestra protagonista.

Claro que tendríamos que preguntarnos qué es lo verdaderamente machista, porque a mi a lo mejor me podría parecer más vejatorio para las mujeres esta imagen que nos pretende transmitir Carmencita. A mi lo de la Chacón me recuerda a la narración de los pases de modelos de los tiempos posfranquistas, yo de los franquistas, la verdad, no me acuerdo tan bien como Carma: “Una colección pensada para la mujer moderna. Una mujer que trabaja, que pisa firme, que sabe lo que quiere”.

Pero es que vivimos en los tiempos de la imagen, como ya se ha dicho aquí. Lo que vale es la foto. Probar el rancho de los soldados y que lo registren las cámaras. Del resto ya se encargan los medios.

viernes, 7 de noviembre de 2008

El obamismo mesiánico y la elegancia


La algarabía mundial a cuenta de la elección de Barack Hussein Obama se me antoja un tanto exagerada. Los motivos son varios. El fundamental es lo previsible del tema. Aunque tras los traspiés de Al Gore y John Kerry en los dos últimos comicios presidenciales el personal estuviese inquieto, lo cierto es que, en esta ocasión, era muy difícil para McCain repetir nuevamente el milagro republicano de George W. Bush. Las encuestas, aunque fallaron un poco finalmente si observamos los resultados del denominado “voto popular”, esta vez apostaron por el ganador correcto.

Igualmente exageradas me parecen todas esas algaradas políticamente correctas acerca de la raza del que será nuevo presidente de los EE UU. Primero porque Obama no es precisamente el negro de antepasados traídos como esclavos desde África, que fueron explotados en las plantaciones de algodón sureñas y luego tuvieron que aguantar décadas de segregación racial. A este señor lo negro le viene de una acomodada familia keniata –en Kenia hace medio siglo de esas había aún menos que hoy- que envió a su hijo a estudiar a los EE UU. En otras palabras, lo de la segregación se lo han contado o lo ha leído en los libros, así que lo del espíritu de Martin Luther King no es más que una fábula para vender periódicos, oiga.

Segundo porque en una sociedad tan diversa y multicultural, palabras que usan con fruición los intelectuales de la progresía mundial, como la norteamericana, este tema no debería ser tan destacable. Que Obama haya ganado las elecciones presidenciales es un signo de absoluta normalidad, máxime cuando muchas alcaldías de ciudades importantes de los EE UU y algunas gobernaciones están en manos de latinos, hindúes, polacos o italianos.

Para mi lo realmente destacable no es el color de la piel de este señor, sino cómo un norteamericano prácticamente de segunda generación ha alcanzado la presidencia del país.

La otra gran exageración es el carácter mesiánico que se le está concediendo a la figura de Obama. Leyendo las declaraciones de los presidentes de un buen número de naciones, todos coinciden en lo mismo: su país va a mejorar las relaciones con los EE UU con la llegada a la Casa Blanca del negro. Por cierto que ahora lo de “negro” ya lo dice todo el mundo, así que estoy pensando en empezar a utilizar algún eufemismo para denominar al personal de esta raza. Desde Hugo Chávez, hasta el testaferro de Vladimir Putin –comprenda el amable lector que el nombre del interfecto mis neuronas han descartado memorizarlo-, pasando por el contentísimo José Luís Rodríguez, que sigue empeñado en ir a la reunión del G-20, sin darse cuenta que habría que denominarlo G-21 y entonces el feliz encuentro perdería mucho glamour.

A partir de ahora los EE UU no son ese país belicista, consumista, neoliberal, egoísta, explotador del medioambiente que nos habían vendido los líderes de opinión de la izquierda. No, ahora El Imperio del Mal Gusto –eso no dejará de serlo por muchos obamas que vengan- es un remanso de buenas intenciones, que liderará la lucha contra el cambio climático –eso lo he leído en un diario de gran tirada en España- y que se volcará en generar un nuevo Estado del Bienestar. Una nueva Europa pero con dinero, o sea.

Seamos sinceros. Obama ha ganado por dos cosas. Por supuesto por el hartazgo que Bush ha generado en propios y extraños. Aunque los extraños, los que no votan quiero decir, ya lo “echaron” en 2004 y gracias a la insistencia en darlo por muerto el pueblo norteamericano se reveló y lo dejó otros cuatro insoportables años. Pero ese cansancio antibushiano ha sido magistralmente explotado por la maquinaria mercadotécnica de Barack Obama. Ese ha sido el otro factor decisivo: la victoria de un esfuerzo de marketing electoral cifrado en 500 millones de dólares.

El equipo de Obama, apoyado hasta la saciedad por comprometidos directores, actores y artistas varios, ha logrado transmitir entre el votante americano la idea de que el negro significa el cambio o, como mínimo, el menos malo de los dos candidatos.

La masa adocenada se ha tragado un anzuelo que quizá sea cierto. Lo que no es verdad es que haya que echar las campanas al vuelo ni investir a este señor de Mesías del siglo XXI, eso sólo el tiempo y los hechos –para mí es un melón sin catar- lo dirán.

martes, 4 de noviembre de 2008

Los personajes y la elegancia: Sofía de Grecia


Hace tiempo que llevo dándole vueltas a la posibilidad de dedicar unas líneas a la Casa Real de España. Dada mi inclinación innata al vilipendio, lo lógico hubiese sido empezar por Letizia Ortiz, conocida entre el vulgo, al que ella perteneció hasta hace unos años, como La Leti. Sin embargo, la actualidad, los acontecimientos y las ganas de entrar en el fuego cruzado abierto tras sus declaraciones a Pilar Urbano, me llevan a estrenarme con la Reina.

A mi esta señora siempre me ha parecido una persona de lo más correcta. Educada para ser reina desde su más tierna infancia, Sofía de Grecia, ha cumplido a pies juntillas su papel en la vida.

Su imagen austera y a la vez con cierto estilo, sus gestos absolutamente estudiados, impertérrita casi en todo momento, quizá sólo en alguna boda y en el funeral del padre de Juan Carlos de Borbón, haya soltado una lágrima. Quién sabe si también por necesidades del guión.

La cuestión es que la Reina me genera cierta simpatía precisamente por eso, por ser fiel a aquello para lo que fue formada. Muy lejos de esta nueva pléyade de jovencitos herederos de los grandes tronos europeos con novios y novias surgidos como de cuentos populares: El príncipe y la doncella, y cursiladas muy del estilo Pretty Woman. De esas que tanto aplaude la progresía porque demuestra la “modernización(sic) de la institución”.

Curiosamente ahora que la supuesta modernización del sistema de gobierno más antiguo que se conoce, esto es, la realeza, es casi un hecho, consumado por diversas vías como pudimos ver en El Jueves. Resulta que a los mismos que aplauden lo de las bodas intersangüineas –azul con roja, naturalmente-, se molestan porque Sofía de Grecia dé unas declaraciones de lo más coherentes a la autora de un libro. Esto no hay quién lo entienda.

La modernidad para los casamientos “por amor” –o por calentón, si se tercia-, por supuesto, pero lo de que los monarcas den declaraciones, más aún si es acerca de los derechos y comportamientos del “oprimido” colectivo de los homosexuales, eso sí que no. Imagino que si hubiese dicho que la Iglesia es caduca, retrógrada y que debería permitir las bodas de blanco y chaqué de las personas del mismo sexo, estos mismo habrían salido defendiéndola a capa y espada.

Sin ir más lejos, Santiago Carrillo, dice que “me parece imperdonable que la Casa Real no haya evitado que salgan a la luz estas declaraciones”. Lo cual en tiempos de Franco se denominaba “censura”, pero puesto en boca de los “perseguidos” de aquella época creo que lo denominaríamos “control democrático”.

Para rematar el tema el portavoz del PP, Esteban González Pons, dijo algo así como “la Reina es como la bandera, va a los actos públicos pero no dice nada”. Ahí es donde yo me indigno. Porque una bandera, una buena bandera rojigualda colgada en el Paseo de la Castellana no debe costar más de 100 euros, pero esta familia nos cuesta unos 10 millones de euros al año y, encima, mejor que se queden calladitos.

Cada día estoy más perdido con esto de la monarquía española. A pesar de los denodados esfuerzos de Sofía de Grecia por agradar a propios y extraños, esto ya no se tiene en pie. Su elegancia, fruto de la fidelidad incorruptible a los usos, costumbres y valores que le inculcaron desde la cuna, se ven eclipsados ante una sociedad cada día más cambiante.

Aunque no sea el momento, porque probablemente nunca lo será mientras prime lo políticamente correcto y el arañar votos de donde sea, el debate hay que abrirlo. Ya esto no es un asunto de izquierdas o derechas, de monárquicos o republicanos, sino de lógica elemental. Doña Sofía debe pasar a la Historia como la última reina de España y, así, sin más polémicas estériles y absurdas, darle el lugar que se merece a esta señora verdaderamente elegante.


P.S. Más sobre mi visión del tema aquí.

martes, 30 de septiembre de 2008

Los personajes y la elegancia: Barack Hussein Obama


Quienes lo conocen dicen que tiene la simpatía de Michael Jordan, el atractivo de Denzel Washington y la elocuencia de Martin Luther King. Casi nada. El carisma de Barack Hussein Obama es indudable. Lo cual significa que tiene todos los pronósticos a favor para ganar las elecciones presidenciales de los EE UU, conocido aquí como El Imperio del Mal Gusto. Porque a la gente, al público, a la población en general lo que le va es el carisma, el charme que se dice en idiomas.

Obama ha sabido jugar muy bien sus cartas. En las primarias demócratas era más de izquierdas que nadie. Como es afroamericano -ese eufemismo que emplean los norteamericanos para definir a los negros- estaba libre de toda sospecha. Desde que el iluminado de la progresía gringa, Michael Moore, publicó “Estúpido hombre blanco”, los que no forman parte de una minoría en los EE UU se encuentran sub iúdice, esto es, ser blanco es prácticamente sinónimo de ser racista, xenófobo y, sobre todo, neoliberal, que es el peor insulto inventado por la izquierda planetaria para señalar al enemigo, o sea al derechista irredento. Barack Obama no tiene que cargar sobre sus hombros con el lastre neoliberal de ser blanco.

El candidato de color -que es el eufemismo que usamos los hispanohablantes, cuando a mi siempre me enseñaron que el negro es la ausencia de color- iba a traer a las tropas de Irak al día siguiente de empezar a mandar. Probablemente le suene al amable lector esta promesa electoral. Se negaba a que se usara la bandera de los EE UU en el homenaje a las víctimas del 11-S. Por supuesto hablaba de subidas de impuestos a los ricos, de seguridad social universal y estaba absolutamente en contra de la venta libre de armas. En definitiva, apoyaba la programática clásica del izquierdista norteamericano, no muy diferente de la de cualquier progresista europeo al uso. Eso era lo que el militante radical demócrata, el más activo en las primarias, por cierto, estaba esperando. Las aguas templadas de Hillary Clinton no resistieron el envite del candidato afroamericano.

Ahora, Barack Hussein Obama, superada la prueba del izquierdismo políticamente correcto de las primarias demócratas, ya no tiene que ser tan progresista. Básicamente porque el americano medio no lo es, sino que es más bien conservador. En caso contrario, el mero hecho de enfrentarse a un “estúpido hombre blanco”, le daría la victoria. Por eso Obama ahora afirma que las tropas volverán de Irak “cuando la situación del país se encuentre estabilizada”. De ahí que ahora este Sidney Poitier del siglo XXI luzca orgulloso la bandera de su país en la solapa y se haya olvidado de las subidas de impuestos. Y así sucesivamente.

Con ese cambio de rumbo en el mensaje, Barack Hussein y sus asesores de imagen lo que continúan explotando es el indudable carisma del candidato. Más bien eso es lo que pretenden. Dado que las diferencias en cuanto a propuestas políticas entre John McCain y Obama prácticamente son matices, lo que importa es la imagen y ahí el afroamericano tiene todas las de ganar.

A la clase media norteamericana con aspiraciones Obama les parece todo un ídolo. Cualquiera con una mínima inquietud intelectualoide se vuelca con él. Porque McCain representa todo ese caudal de tópicos estadounidenses que tanto detesta la izquierda gringa, auspiciada intelectualmente por iluminados del calado de Al Gore, Michael Moore y Noam Chomsky, todos ellos, por cierto, multimillonarios a cuenta de su progresista discurso. Obama es el cambio, un caudal fresco lleno de afirmaciones políticamente correctas, preocupado por las minorías -por unas más que por otras, eso sí-, firme partidario de la ecología, con la mente abierta hacia los líderes tan injustamente valorados por la opinión pública mundial, como Hugo Chávez o Mahmud Ahmadineyad. Pero, sobre todo, es atractivo, simpático, elocuente y tiene ese carisma que hace imposible no votar por él.

viernes, 16 de mayo de 2008

Personajes y elegancia: Sarah Jessica Parker


Me viene llamando poderosamente la atención como Carrie Bradshaw, conocida ahora como Sarah Jessica Parker, o su acrónimo SJP –vendrá la marca de ropa, al tiempo-, se ha convertido en un icono para las mujeres de toda una generación. Me refiero a la mía, que no es la de la propia Carrie -cerca de una década nos distancia-. Todo debe proceder del salto a la fama de SJP gracias a la serie Sex & The City, traducida al español de España como Sexo en Nueva York, papel por el que le otorgaron nada menos que cuatro Globos de Oro.

La persona se ha transfigurado en personaje y el personaje se convertido en persona real. ¿Dónde acaba SJP y dónde comienza Carrie?. Por mucho que se haya resistido SJP no es nadie sin su personaje. Alguna comedia romántica de medio pelo es lo que luce en su currículo desde el final de la serie.

Carrie/Sarah sigue atrayendo poderosamente la atención de cientos de miles de mujeres en el mundo a pesar del cierre televisivo. Esa fealdad disimulada con ropajes y complementos de lujo trae de cabeza a innumerables féminas enamoradas del personaje/actriz. Se agolpan en las filas de los cines para acudir a ver de primerísima mano la película/desfile que acaba de estrenar este icono posmoderno. Esta secuela de la serie transformada en objeto de culto a Carrie/Sarah promete grandes éxitos de taquilla.

Los maridos y novios acudirán junto a sus esposas y novias sin poner reparos, porque secretamente van a contemplar la voluptuosidad de Samantha (Kim Cattrall), que es la que de verdad interesa al género masculino heterosexual. Hago esta observación porque entre el género masculino homosexual la que gusta es Carrie/Sarah, mayormente por sus rasgos cuasi travestidos. A los hombres que estamos fuera del circuito homosexual Carrie/Sarah nos resulta fea, incómoda de contemplar, por mucho que se cambie de modelito, vaya al gimnasio o pase por el quirófano para corregir los rigores de la edad.

Yo imagino que la fascinación femenina por esta señora viene de su capacidad para obviar esta fealdad por medio de esa cosa que llamamos “estilo”, que no es más que vestir acertadamente y la mayoría confunde con vestir caro. Básicamente la cualidad de Carrie/Sarah es esa: usar muchos y variados conjuntos de precio exorbitado. En otras palabras, ¿quién quiere mirar a la cara a una señora feísima que viste con los modelos que salen o saldrán en las revistas de moda?. Mi aplauso y mi admiración por tal logro.

A lo que me rehúso es a aceptar que SJP sea un icono de la elegancia de nuestros tiempos. Aunque de entrada podamos pensar que se trata de una persona con cierta distinción, buen gusto y naturalidad, en realidad no es así. Para mi esta señora viene a representar todo lo que yo vengo denunciando aquí: la moda, el lujo, las marcas, los logos, etc. En realidad no es más que una actriz que está aprovechando sabiamente las debilidades de esta sociedad de consumo en la que nos alberga. Es un icono, sí pero de la feria de vanidades en la que hemos convertido nuestra existencia.

Ahora comprendo la fijación de las treintañeras por Carrie/Sarah. Profesional liberal, presuntamente, deseada por hombres atractivos y poderosos, sin ser tan zorra como Samantha, ni tan puritana como Charlotte (Kristin Davis), ni tan fea como Miranda (Cynthia Nixon); cambia de modelo –todos ellos de reputadísimas marcas- tres veces al día y se exhibe en los más lujosos bares y restaurantes de Manhattan. Todo un modelo de vida. ¿Qué más se puede pedir?.

jueves, 7 de febrero de 2008

Personajes y elegancia: Kate Moss


Abro hoy una serie de artículos acerca de personajes que, de un modo u otro, entiendo que son, o han sido, modelos a seguir por una parte de la sociedad. Espejos en los que se miran, o han querido mirarse, personas que, por encima de buscar su propia identidad, pretenden copiar el estilo de rutilantes estrellas o figuras idealizadas de este nuestro mundo de medios masivos. Me ha costado tomar la decisión porque creo firmemente en aquella máxima que nos regaló en eterno Oscar Wilde: “Lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien”. Y es que a lo que yo me voy a dedicar, mayormente, es al vituperio de este tipo de gentes, como ya habrán podido notar mis inquietos lectores.

Kate Moss se ha convertido, no sin gran esfuerzo nasal, en una auténtica diva de esta posmodernidad que nos asiste. Icono de las féminas de nuestra generación, la denominada Generación X, o la de los mileuristas, que nos llaman en España, cada día con menos razón. Es la imagen del desenfado, de la transgresión, de los grandes males de nuestro tiempo, pero con glamour que es al fin y al cabo lo que a nosotros nos importa. Desde la anorexia a la cocaína, pasando por la violencia doméstica, esta chica de suburbio londinense ha tocado todos los palos.

No habían llegado los 90 cuando comenzó su trepidante carrera como modelo. Se convirtió en top model como el que gana Roland Garros sin jugar al tenis. Con la indolencia que la caracteriza. Las marcas se la empezaron a rifar y eso que era tiempo de Naomis y Claudias, de Lindas y Elles. Pero la anorexia empezaba a estar de moda y las curvas de todas las demás eran demasiado evidentes. Ya la 36 no era referencia y la 38 era para gordas. Así que la extrema delgadez rampante la entronizó, para mayor regocijo de sus patrones.

Con la fama llegan los novios famosos, como el tal Johnny Depp, que se la benefició durante una temporada. Eran los días de vino y rosas, de champán y farlopa. Esos que prolongan el éxito durante días. Porque el éxito siempre es momentáneo y los aplausos en la pasarela duran segundos. Las portadas un mes. Ni un día más. Entretanto embarazo y parto. Pero un hijo no es óbice para seguir de fiesta ni motivo para bajarse del tren. ¡El espectáculo debe continuar!.

Los que saben de esto son los asesores de imagen. Un escándalo es una oportunidad, si se sabe aprovechar. Un novio con complejo de Petar Pan es un acicate para una carrera que siempre tiene su público. Máxime cuando el público objetivo de las grandes marcas ahora son las coetáneas de Kate. Las treintañeras que abandonan el mileurismo y recuerdan con añoranza aquellos maravillosos años 90 en los que la “more grande”, como la ha bautizado La Divina, rompía los moldes y tiraba de las portadas a las Naomis, Claudias y demás rotundidades más propias de revistas del género masculino.

No hay más que darse una vuelta por los blogs del género. Kate Moss tiene un ejército de admiradoras incondicionales. Ella, con su expresión bucólica y su mirada entre triste y lujuriosa, continúa siendo el mito imposible de las mujeres de toda una generación. Su transgresión permanente es la antítesis de la forma de vida de sus fervientes seguidoras. Su elegancia estética no se discute. Su vida azarosa me resulta deleznable. Es la viva imagen de esta elegancia perdida que nos intenta abrazar con fuerza. Lo que vale es lo que luce, lo que viste, lo que sale en las portadas, en los anuncios. Los excesos de la noche, los devaneos con los estupefacientes y el desorden vital son pecata minuta, siempre que el glamour no se pierda. ¡Que le pregunten a Britney Spears!.

lunes, 4 de febrero de 2008

De cine, estrellas, alfombras y ... elegancia


No, no voy a hablar de la ceremonia de imitación del cine español celebrada anoche. Después de verla el año pasado ya glosé lo que me pareció tan esperpéntico espectáculo. No muevo ni una coma de lo dicho. Este año me la he ahorrado. A mi me cansa mucho ver a personajillos con ínfulas y subvencionados con mis impuestos pasar a recoger premios. Por eso esta noche he visto la Super Bowl, un espectáculo que, al menos, no tiene pretensiones intelectuales.

Lo que sí me tragué el otro día fue la entrada de los actores a la ceremonia de los Premios SAG de Hollywood. A falta de Globos de Oro parece que estos iban a ser los legítimos sustitutos. Nada más lejos de la realidad. Básicamente asistieron actores de series. Siendo las mujeres desesperadas las que más protagonismo se llevaron. Después del matrimonio Jolie-Pitt, claro está.

Aún no salgo de mi asombro porque la actriz Marcia Cross –Bree en la serie mencionada-, a la que entrevistaron justo después de la llegada de la pareja más mediática del momento, declaró sentirse “emocionada al verlos llegar”. “Cuando los he visto juntos he apretado fuerte la mano de mi esposo. Es algo muy especial ver a una estrella (sic)”, afirmó con cierta ternura a la periodista. No hay palabras.

A este paso vamos a ver que los fotógrafos de este tipo de galas van a ser los mismos que desfilan por la alfombra roja. Ya el año pasado vimos cómo una de estas actrices noveles grababa la ceremonia de los Goya® con su propia cámara. Es cuestión de tiempo que algún actoricillo de Disney Channel se ponga a hacer fotos a diestro y siniestro en los Oscar.

Y es que hoy ya Hollywood no es lo que era. Sobre todo desde que se mezcla televisión con cine. Figuras consagradas con quinceañeros que apenas han grabado unos capítulos en alguna de las innumerables comedias que inundan la programación televisiva estadounidense. No me extraña que la afluencia de las verdaderas estrellas a las alfombras rojas sea cada vez menos frecuente. Tan raro es verlos que hasta sus compañeros de profesión se estremecen cuando los ven. Aunque se trate de estrellas más mediáticas que verdaderamente admiradas por su trabajo. Claro que, ¿quién sabe cuál es la diferencia?.

Lo que manda hoy es la taquilla, y ésta está más influida por los devaneos de la vida privada –o publicada en la prensa especializada- de los actores, que por la calidad de las actuaciones. Brad Pitt vende más que Al Pacino, a no ser que éste último empiece a salir con alguna de las jóvenes y rutilantes estrellas de la escena cinematográfica. Cameron Díaz, Keira Knightley o Reese Witherspoon podrían relanzar la carrera de los más grandes actores vivos.

Sobre los modelitos que se exhibieron prefiero no manifestarme. Mucha pompa, mucho boato y muy poca elegancia, como de costumbre. Al final está claro que a las damas las visten en función de intereses comerciales. Y eso se nota. En cuanto a los caballeros, generalmente tan monótonos –salvo los que se empeñan en parecer narcotraficantes-, tengo que decir que me resultó llamativa la presencia del actor Ryan Gosling (en la foto). Probablemente estamos ante el descubrimiento de un nuevo dandy en el panorama mediático. Menos mal que a él no lo entrevistaron a la llegada de las “estrellas”, porque a lo mejor lo tira todo por la borda.