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martes, 26 de octubre de 2021

Señoronas de la izquierda caviar


A la izquierda española siempre le han gustado las divas, las señoronas de cliché recién peinadas, maquilladas, vestiditas en plan niñas bien, pero gritonas, reivindicativas, feministas de postal y femeninas como la que más. Ahora estrenan nueva musa, transmutada en portada de revista, pero no de Mundo obrero -el pasquín de su partido-, sino del Vogue. La izquierda española siempre ha sido muy de señoras bien vestidas, con clase, pero no clase obrera, claro. Lo decía siempre Umbral, el falso comunista que nunca levantó un dedo contra el franquismo, hasta que murió Franco, tan aficionado a las marquesas que reunían en casa a los intelectuales y los curas rojillos allá por los setenta. Cenas por todo lo alto con servicio uniformado, pero muy de izquierdas, claro.

 

Ya con José Luís Rodríguez tuvimos una nutrida representación de este espécimen, encabeza por María Tersa Fernández de la Vega, que se hizo un extreme make over, nada más poner un pie fuera de la Moncloa. Posaron en el Vogue para celebrar el gabinete del 50 por ciento, que suena a descuento, pero las rebajas llegaron después y con violencia: 8 años de crisis económica. Luego vendría la diva/tía del Harper´s Bazaar, transmutada en ministra de algo por exigencia del líder espiritual de la cosa, hoy juguete roto de una época que dejará mucha miseria en España.

 


Todas estas señoronas ya se han bajado de la pancarta, apalancadas en el poder, no salen a la calle desde aquel siniestro 8 de marzo de 2020, cuando se pusieron a repartir carnés de feminismo y Covid por las calles de Madrid. Eso sí, con los chóferes y los guardaespaldas oficiales esperando para llevarlas al ágape de turno o al pisazo en el barrio Salamanca, ni hablar del chalé en Galapagar. 

 

La cuestión es que la izquierda ha descubierto una musa nueva, Yolanda Díaz. Quién la ha visto y quién la ve. Una señorona que ya se muda a Madrid, en vista de que esto de la reivindicación social a favor de los menesterosos -pero lejos de ellos-, da para un ático céntrico y colegio de pago para el niño, no vaya a ser que se mezcle con la canalla de extrarradio, ni siquiera a Irene se le ocurriría. Ahora a capitalizar portadas a costa del peluquero y el maquillador del ministerio, amén de las facturas en vestuario a cuenta del erario público, eso da para Harper´s Bazaar, porque los reportajes en páginas interiores de El País Semanal no interesan si no hay elecciones cerca. ¡Qué tiempos aquellos en los que íbamos a las rebajas de Lefties


 

Esta izquierda caviar que acuñó el término cayetanos en referencia a Cayetana Álvarez de Toledo, para ningunear los modos elegantes y directos de la desfenestrada política de derechas, ahora se deshace en elogios con la nueva y rutilante estrella del bando bueno, con su pelo teñido, sus vestidos de Uterque y sin dar un paso por Madrid sin que la lleve el chófer. La diferencia es que los yolandos no llevan pulseras con la bandera de España, sino pegatinas de la republicana.

martes, 29 de enero de 2013

Amy y Los Empalmados


Parece el nombre de una de esas bandas de barrio o de pueblo, nacida al albur de aquellos años locos de la post movida madrileña. Pero se trata del subtítulo que hoy podríamos ponerle al nombre de nuestro país: España circa 2013. Amy y Los Empalmados. No creo que cineasta patrio alguno se atreva a meterle mano a un título tan ambicioso. Mayormente porque los directores, guionistas y demás ejecutores del cine español, que pronto volverán a desfilar por la alfombra de los Goya, podrían sentirse identificados con la tal Amy.

Soy consciente de que han llovido mares de tinta a cuenta del trasunto del matrimonio Martin. Sobre el tema del duque y sus erecciones, se ha escrito menos porque en España todavía son muchos los palmeros de esa entelequia constitucional que es la monarquía. Pero la realidad es que el tema va mucho más allá de la consabida picaresca o de la corrupción cotidiana. Estos personajes son la alegoría de lo que es la absoluta pérdida, no ya de elegancia, sino de cualquier atisbo de moralidad en la vida pública española.

Si nos fijamos entre Amy y Los Empalmados –el duque y el escritor consorte- son acreedores de muchos de los pecados de los que hemos venido hablando por aquí desde hace, por cierto, la friolera de seis años.  Empezando por el aspecto monetario del asunto y la necesidad imperiosa de aparentar lo adinerado, viajado y sofisticado que se es. En otras palabras, la antítesis de los placeres privados son virtudes públicas. Máxima epicúrea que nos ilumina en este espacio de libertad y que nuestra sociedad ha desterrado en loor de multitudes.

Podríamos hacer mención de muchos de los pecados de estos y otras de las rutilantes estrellas de espacio público nacional: Bárcenas, los Puyol, los Chaves, etc. Todos ellos, dicho sea de paso, aún auspiciados de un modo u otro por la presunción de inocencia, tan legal a la par que desvergonzada. ¡Menudo invento de la socialdemocracia rampante allá por los años de Filesa!.

Estos personajes nos han ilustrado sobre moda, lujo, glamour, viajes, progresismo y muchos otros aspectos de esa vida azarosa que tienen los personajes públicos. Desde sus innumerables viajes, hasta sus colecciones de coches o relojes, pasando por la utilización profusa del idioma anglosajón, lengua materna -o mother tongue- de doña Amy, a la sazón nacida en Madrid y autora de The Neopicaresque Novel in the Post-War Era. Ahí es nada.

Por encima de todo eso, la gran ilustración que nos dejan todos estos es la evidencia del declive absoluto de nuestra sociedad. Porque, seamos honestos, ¿quién de nosotros no aceptaría ocupar un puesto directivo en una multinacional aunque no haya ni terminado la licenciatura universitaria?. Que tire la primera piedra el que se negaría a cobrar 0,26 euros el carácter por escribir acerca de la felicidad o el cambio climático.

Esta es la sociedad española de los últimos veinte años, estimados lectores. Ni más ni menos. Las Amys Martin se cuentan por centenares, al igual que los depredadores de la institucionalidad, como el duque empalmado, ante los cuales hemos sentido envidia y admiración.

Una sociedad que recubierta en ese plástico absurdo de lo políticamente correcto, se ha ido engendrando dentro del líquido amniótico dentro del cual los vividores han sabido medrar a sus anchas. Y, queridos amigos, van a seguir haciéndolo hasta que la sociedad civil sea capaz de imponer unas barreras éticas acordes con lo que nos ha tocado vivir. De lo contrario, la elegancia perdida seguirá siendo una anécdota dentro de la absoluta ausencia de muchos otros valores.

miércoles, 1 de agosto de 2012

España y el inglés. Realidad o ficción.


Los españoles que vivimos en países de clara influencia anglosajona, norteamericana para más señas, observamos la gran cantidad de anglicismos y términos directamente en la lengua de Shakespeare que se emplean en estas latitudes. Palabras casi siempre pronunciadas en perfecto inglés, con acento gringo, eso sí, incluso rozando lo cursi. Sobre todo cuando se mezcla el uso español con el inglés, como en el caso de Nueva York y ese York que se pronuncia al estilo chicle-en-la-boca.

Con el tiempo uno se acostumbra y, sin embargo, lo que le impresiona es cómo en la Madre Patria el uso de palabras y expresiones en inglés se ha extendido tanto. Especialmente en determinados ámbitos, como en el mundo de la moda. Acabo de recibir una publicación de moda de España y no tengo muy claro si es la edición española o la portorriqueña.

Algunos titulares son de esta guisa: “La it girl Gala González nos abre las puertas de su loft”. “Los maxi dresses serán tu must del verano”. “Deco Hunters: Locas por el caravan chic”. “Cooking trend: Aprende a decorar con cupcakes”. Y así. Todo de lo más cool, por no hablar del estritestail en el que se regocijan en páginas interiores bajo el título “Summer Love”.

Lo que no tiene el mismo predicamento en España es la pronunciación del idioma extranjero. En el mundo entero los españoles somos conocidos por nuestro pésimo acento inglés, amén de lo básico del conocimiento de la lengua empleada por los hijos de la Gran Bretaña.

Así, mientras la pronunciación de los términos de la moda –fachon en idiomas- se asemejan bastante a como lo haría Jessica Sarah Parker –diva entre las divas del fachonismo generación X-, en los que a tecnología se refiere los españoles hacemos aguas.

A la conexión inalámbrica la denominamos güifi, en lugar de guaifai; al correo de gmail, lo pronunciamos gemail o gemeil, no sé qué es peor; y a iutuv, lo llamamos yutube. Todo sin pestañear ni un instante e incluso mofándonos del que osa pronunciarlo correctamente. Eso sí, ojo no se nos ocurra decir sumer love, en vez de samer lov (somer lav con acento estadounidense), porque los mismos que dicen yutube no dudarán en hacer escarnio público por nuestra mediocre pronunciación anglosajona.

Este fenómeno de bipolaridad idiomática no es nuevo en España. Toda la vida hemos comido beicon viendo películas de de Burt Lancaster – se pronuncia Bart Láncaster- y disfrutando de los mandobles de Chuck Norris –se pronuncia chak-. Jamás se nos ocurrirá llamar iu tu a U2, pero decimos tu-güan-tu al perfume de Carolina Herrera.

En definitiva que, nos guste o no, Spain is different.


P.D. Todo esto lo escribe uno que aún patina con el in, on, at...

sábado, 7 de agosto de 2010

Marca blanca, huída y elegancia


Hace unos días alguien me comentaba que, en casi un año y medio, no había sido capaz de encontrar un sitio en mi propio país. Quizá sea cierto. Aunque tampoco es falso que esta España que he vuelto a conocer no es la misma que me vio partir por primera vez hace ahora seis largos años.

Esta es una nueva España que se mueve al son de la marca blanca –marca de distribución que dicen los expertos- y que sobrevive dentro de ese líquido amniótico de abundancia homogénea e impersonal. Esa sociedad de marca blanca va mucho más allá del supermercado. Una marca blanca que lo abarca todo.

Ahora que los españoles ya no somos –ni nos creemos- los ricos de Europa, queremos seguir viviendo al mismo ritmo. Ahí entra la marca blanca para llenar nuestra nevera, nuestra despensa, nuestro cuarto de baño y nuestro armario con infinidad de productos a los que no hemos querido renunciar.

Así, continuamos comiendo quesos de importación, bebiendo vino con denominación de origen, usando decenas de productos para la higiene y el cuidado personal y vistiendo con los últimos must que imponen los megatrends de la moda. Quizá todos estos hacendados, consumers, aliadas, delipluses y similares sean un poco más insípidos, algo menos sabrosos y huelan un poco peor; seguramente los lefties y tex no aguanten la temporada completa; pero no hemos tenido que dejar de consumir nada. Seguimos siendo ricos. Ricos en ir a la última, a la última hornada de basura que llega al chino de la esquina, me refiero.

Una suerte de ricos en un país cada día más pobre. Ricos empobrecidos que, sin embargo, siguen consumiendo que es lo que interesa más allá de entrar en reflexiones profundas o en disquisiciones metafísicas. Ricos informados a punta de telebasura, que huyen de la realidad, salvo la del reality show, para no tener que soportar en inaguantable olor a descomposición que se respira. Ricos cuya máxima aspiración cultural e intelectual se dirime en los estadios o bajo el ensordecedor ruido de un vehículo monoplaza. Marca blanca informativa y cultural, al fin y al cabo.

Ricos de marca blanca que viven vidas de verdaderos hacendados, pero de los que se compran en Mercadona. Ricos en informalidad, porque es lo que se estila en un país en el que afirmar Diego y digo prácticamente es la misma cosa. Ricos en solidaridad, esa que se tiene para comprar una camiseta “For Africa” y que luce mucho más que la ayuda a un amigo necesitado. Ricos que aparentan fuera lo que esconden en casa, enterrando así, para siempre, aquella máxima de placeres privados son virtudes públicas que fundara este modesto espacio de reflexión.

No descarto estar absolutamente equivocado en lo que afirmo más arriba. Porque resulta que otro amigo me dijo ayer mismo que el que ha cambiado he sido yo. No lo niego. Pero me resisto a creer que esta España de marca blanca de hoy sea la misma que me vio crecer. En cualquier caso, por el momento, huyo de ella como el que se aparta de un sueño que llegó a tornarse en pesadilla.

lunes, 1 de marzo de 2010

Tormenta de ideas


No sé si es por falta de ideas o porque ninguna me da para rellenar los caracteres necesarios para convertir un post en un artículo decente. La cuestión es que prefiero lanzar una serie de mensajes deslavazados y que cada cual saque sus propias conclusiones. ¿Las mías?. Al final, como siempre.

Me cuentan que existe una iniciativa popular para organizar una huelga/manifestación en contra de la estupidez. El gran problema de los organizadores es que saben muy bien a quiénes invitar a tan magno evento. Conmigo que no cuenten. Les recomiendo que creen un evento en feisbuk para reclutar participantes: Vanessa Gómez asistirá al evento "Manifestación en contra de la estupidez en España".

El otro día, hablando sobre programas de televisión, alguien me preguntó: "¿Y tú que sacas en claro después de ver una tertulia política por la tele?". Me quedé fuera de juego, así que contesté con otra pregunta: "¿Y tú viendo El Hormiguero?". Luego me enteré de que la crema de intelectualidad patria son dos formícidos llamados Trancas y Barrancas.

Otro animal figurado que continúa causando furor entre la población es Hello Kitty. Sus colores, como ya se ha dicho aquí, arrasan en la indumentaria de gran parte de la población civil. Incluso entre las citadas hormigas que, curiosamente, también están hechas en tonos malva.

Sumado todo lo anterior creo que lo verdaderamente moderno es ir a una manifestación convocada por medio de una red social, disfrazado de hormiga de color malva. Puede parecer una estupidez, pero en realidad es el pan nuestro de cada día. La elegancia sigue perdida y tampoco se le espera.

jueves, 14 de enero de 2010

Los mejores y la elegancia


Hace algunos meses me embarcaba yo con fruición en una de esas cadenas de post, seguramente por el rollo cultureta, tan manoseado últimamente, de tratarse de un meme sobre libros. Imperdonable, sin duda. La cuestión es que en esas líneas apuntaba yo la necesidad de obtener un libro descatalogado: De Colón a Bolívar de Salvador de Madariaga. Fruto de diversas casualidades, el volumen cayó en mis manos, en edición de 1955 -escrito en 1941- del Círculo de Lectores. Han pasado cuatro años desde que un amigo, el cual no sé si continuará leyendo estas reflexiones mías, me lo recomendó.

Tanta espera ha merecido la pena. Aunque sea únicamente por esta frase: "España es el único estado en el mundo que entonces como hoy y como siempre se permitía y permite el lujo de tener ociosos a sus mejores hombres." Se refiere Madariaga a la patética existencia que vivió Hernán Cortés una vez regresado de su amada Nueva España (México), miembro de la corte de Carlos V y, aunque acomodado, sin más actividad que la que él mismo se procuraba y sin que el monarca contase con él para nada.

La Historia, esa "tragedia humana", en palabras del propio Madariaga, tampoco ha hecho justicia al gran conquistador. Pocos de de mis propios compatriotas saben que Hernán Cortés conquistó el imperio azteca, que contaba en aquel entonces con más de un millón de habitantes, con unos seiscientos hombres. Una hazaña monumental propia de un gran hombre, cuyo talento fue malogrado por sus contemporáneos.

Madariaga, quizá sintiendo que su propio talento como español de referencia de su época estaba siendo desperdiciado, va más allá de Cortés y señala esa condición nuestra, consistente en condenar al ostracismo a nuestros mejores paisanos, como vigente a mediados del siglo XX. Ya lo dice el sabio refranero popular: "Nadie es profeta en su tierra". Ortega y Gasset, coetáneo de Madariaga, apunta esto mismo señalándolo como envidia. Viene a decir Ortega que los españoles somos incapaces de escuchar a las personas sabias y lo que hacemos, en cuanto tenemos ocasión, es levantar la voz por encima de ellas.

En cualquier caso, este rasgo patrio que nos descubren dos grandes intelectuales del siglo pasado, parece que no ha dejado de tener vigencia en nuestra contaminada sociedad actual. Quizá más que nunca. Miremos a nuestro alrededor y comprobaremos cómo el ámbito público está plagado de seres mediocres, mientras que nuestros "mejores hombres" transitan entre nosotros sin pena ni gloria, cuando no han tenido que emigrar para verse reconocidos, como ocurrió con el investigador sobre el cáncer Mariano Barbacid.

De ahí que los modelos a seguir de nuestra sociedad no sean personas que han logrado con su esfuerzo y talento llegar a lo más alto de sus profesiones. Seguramente porque tampoco son los mejores los que alcanzan las cotas más elevadas. Sino que los que se nos presentan como referentes, son aquellos que han conseguido aprovechar mejor los resortes de esta sociedad para copar estrados oficiales, púlpitos mitineros y platós de televisión. Sin duda los nuevos paradigmas de esto que se viene conociendo como democracia.

Con este campo abonado para la mediocridad, desperdiciamos, como lo hacíamos ya en el siglo XVI, a nuestros más valiosos compatriotas. Siendo así que lo que se está perdiendo no es simplemente el talento de no pocos hombres y mujeres brillantes, sino nuestra capacidad para salir adelante y destacar como nación. Sigamos engrandeciendo a los mediocres y ninguneando a los que pueden destacar por su capacidad y esfuerzo. Estaremos sembrando nuestro propio fracaso como sociedad y como pueblo.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Cuando hacerse los trajes a medida no es suficiente


Hay quien piensa e incluso dice que mi tocayo Francisco Camps y su fiel escudero Ricardo Costa son dos tipos elegantes. No sé si lo piensan o lo dicen porque aparentan vestir bien o porque todos hemos sabido que se hacen los trajes a medida. En el caso de Camps que se los haga a medida es, en mi humilde opinión, paradójico. Lo digo porque, además de quedarle bastante anchos casi todos, el corte es idéntico a un simple traje de confección, es decir, hecho en serie.

Costa va más allá. Aunque se esfuerza por darle toques personalizados a sus trajes, el resultado es más bien ramplón. Las costuras parece que le van a estallar, sobre todo en la parte de la conjunción entre la espalda y las mangas, en donde ese intento porque parezca que tiene la espalda más ancha resulta ridículo.

No, definitivamente estos dos no son nada elegantes. Menos aún en sus formas prepotentes y chulescas. Sonríen y sonríen ante las cámaras cuando se sientan en sus escaños en el parlamento valenciano, pero no se ríen tanto en la intimidad de la lectura de los diarios nacionales a primera hora de la mañana. Porque este tema ya no es aquella cuestión de los trajes que entresacaron en El País, sino que se va ampliando y la sombra de la duda es tan alargada que si Rajoy no interviene rápido la vía de agua en el PP va a ser insostenible.

A nosotros los andaluces todos estos tejemanejes nos resultan muy familiares. Por eso nos repugna tanto el espectáculo que estamos viendo ahora en Valencia, aunque no venga del mismo partido que hace y deshace aquí a sus anchas y con casos mucho más palmarios y sin investigar por la policía ni la fiscalía. Pero no seré yo el que calle ahora lo que otros ni siquiera se atreven a susurrar cuando la corrupción viene del partido al que votan fielmente.

Tampoco me sirve a mi esta ceremonia del victimismo que han emprendido algunos para salvar los muebles. Si se piden responsabilidades políticas y judiciales hay que hacerlo siempre y en todo lugar. Si la justicia no investiga la subvención a la hija de Manuel Chaves, no seré yo el que se agarre a este argumento para pedir silencio en la causa contra el PP valenciano. Eso sí, reitero que en Andalucía no se ha abierto ni una sola comisión parlamentaria de investigación por un caso de corrupción desde que el PSOE manda, es decir, desde que existe la democracia.

Sé que otros muchos se agarran a eso de que esta noticia llega en un momento clave: negociación de Presupuestos “Siderales” del Estado, subida de impuestos incluida y Ley del Aborto “Libre”, entre otros temas que terminarán por dilapidar la poca credibilidad de un Gobierno tocado. En otras palabras, que esto va a servir para acallar al PP. Sin embargo hay dos hechos que me hacen pensar que esto es diferente. Primero porque ya no es un solo medio, sino un clamor que no distingue colores. El Mundo, El Confidencial y otros medios poco sospechosos de connivencia con el partido en el poder han venido publicando ramas de esta trama, llegando más lejos que el propio diario que sacó el tema de los trajes. El segundo punto que me llama la atención es el runrún que en el propio PP hay.

Esta es una oportunidad de oro para Mariano Rajoy y su equipo para demostrar si este PP es una alternativa real, no sólo en materia de gestión económica, sino para dirigir una sociedad en la que la elegancia parece ser sinónimo de hacerse un traje a medida.

lunes, 25 de mayo de 2009

Los personajes y la elegancia: Belén Esteban


Hoy no les voy a contar las excelencias del estilo maruja del siglo XXI de la ex de Jesulín. Ni siquiera voy a comentar su vestido de Carolina Herrera -¿sabe doña Carolina que su prêt-a-pôrter ya lo usa hasta la Esteban?-, color hello kitty, como mandan los cánones de la temporada, mis queridas blogueras fashionistas. Creo que poner la palabra elegancia en la misma frase que Belén Esteban es un acto de heroicidad que yo no voy a perpetrar, a no ser que vaya precedida de perdida o de un rotundo no. Ya saben que a mi no me gustan los consensos.

A lo que voy es al grado de toxicidad, por no decir de descomposición, en el que se encuentra nuestra sociedad, cuando observo cómo personajes como este pueden manipular a los ciudadanos. La semana pasada, mientras intentaba glosar sobre mis gustos literarios, tenía encendido el televisor en el preciso instante en que entrevistaban a esta señora -fíjense en su insistencia en publicar ella sigue casada-. Acababa de celebrarse la primera comunión de su hija y el motivo de la entrevista era el encuentro con su anterior esposo, Jesulín de Ubrique.

Conforme avanzaba la rueda de preguntas de los habituales periodistas, iba dándome cuenta de cómo, esa señora con nariz de boxeador sonado, ojeras de yonqui y boca de rape, otrora máximo exponente de la horterada patria, se ha transfigurado en una madre coraje adorada por el público en general. Sí, estimado lector, una madre coraje en toda regla que nos relata cómo ha tenido que pagar ella el convite de la comunión de su hija, amén de lo digna que estuvo en su encuentro con el progenitor de la misma. No sé si este magno cambio de rumbo se debe a la necesidad de héroes que sufre mi país o a la capacidad de la interfecta para causar con su rencor personal la empatía de las masas consumidoras de este tipo de vanidades.

No crean que me importa mucho que el personal se enfervorice con este tipo de personajes, sino más bien con su facilidad para sustraerse de lo fundamental. Recordemos que esta señora, que ahora nos da lecciones televisivas de cómo sacar adelante a una hija ella sola, vive del cuento de su primer matrimonio, amén de la pensión alimenticia -no pequeña, por cierto- que su descubridor para la masa le tiene que pasar religiosamente todos los meses. A todas luces debiera ser ella la que le enviase al torero de Ubrique un porcentaje de todo lo que gana por ir aireando su vida y la de su antiguo marido, sobre la cual opina sin el menor atisbo de vergüenza.

No, no es que Belén Esteban sea la única que vive del cuento. España está llena de ex: maridos, mujeres, grandes hermanos, triunfitos y toda una pléyade de personas que, a falta de mayores capacidades profesionales y, por el momento, sin cabida en la política, ganan un buen dinero por contar su vida o la de los demás en televisión. Son toda una clase social emergente que nos ofrecen ese circo patético sin el cual muchas personas no pueden ya ni vivir, y no me refiero a los propios periodistas, cuyo nivel intelectual ha descendido a baremos sólo comparables con los de los seres vivos unicelulares, categoría aún pendiente de revisión por el Ministerio de Igualdad, Corte y Confección. A esa pujante clase pertenece la protagonista de hoy, con el agravante de querer contarnos que ella es una trabajadora incansable, cuyos denodados esfuerzos apenas le dan para celebrarle la primera comunión a su hija con un ambigú medianamente digno.

Una de dos, o esta señora maneja la propaganda personal mejor que el mismísimo Rodríguez Zapatero, o este país necesita una lobotomía colectiva. Aunque la verdad es que no sé si ambos supuestos son excluyentes.

miércoles, 29 de abril de 2009

Obama, Bruni y la familia Rodríguez. Una fotografía de la España de la pandereta


En la pasada campaña electoral ya vimos cómo el PSOE tiraba de su infinita lista de “intelectuales de la izquierda” para lanzar un video apoyando la candidatura de Rodríguez Zapatero. Desde la nueva líder intelectual del “movimiento”, Pilar Bardem, a la cual casi premian poniéndole su nombre a una calle de Sevilla, hasta los comunistas de toda la vida como Pilar Cuesta y Víctor Manuel Sánchez, Ana Belén y Víctor Manuel para los no iniciados.

En esta ocasión, no sabemos si porque no los han llamado o porque muchos no se quieren señalar demasiado, no vaya a ser que en menos de un año cambien las tornas, la estrella rutilante de la campaña electoral no es otro que el mismísimo presidente de los EE UU, Barack Obama. El nuevo amigo de Rodríguez se ha convertido, por arte de magia audiovisual, en el máximo baluarte de un PSOE a la deriva.

Y es que ZP quiere ser como Obama. Su amigo del alma, con el que apenas ha compartido unos minutos en cuatro cumbres. Un amigo que no nos llama para las reuniones del G20, pero que habla muy bien de nuestro AVE y de lo maravilloso que es el jamón de Guijuelo y el lechazo. ¡Ah no!, ese es otro negro, es el de CSI que, como Obama, también hace campaña interna, pero para promocionar Castilla León.

Sonsoles Espinosa, la esposa de ZP, que no la primera dama, también quiere darse su pequeño baño de internacionalidad mediática. Por eso ha invitado a Carla Bruni a almorzar. Algo insólito en los viajes de los jefes de estado, aunque imaginamos que será una nueva costumbre de los actuales moradores de Moncloa y mañana la invitada será Lina Moreno, esposa del presidente colombiano Alvaro Uribe.

La verdad es que no creo que a la esposa de Uribe le vayamos a dar los españoles el mismo seguimiento que le hemos dado a los modelitos de la Bruni. Como tampoco veo a Sonsoles almorzando con la primera dama de Colombia. Porque las primeras damas de Latinoamérica a la esposa de ZP le importan un pimiento, como demostró en la Cumbre Iberoamericana de Salamanca. A Sonsoles le interesa hacerse la foto con la Bruni tanto como a su marido hacérsela con Obama. Lo demás son obligaciones del cargo, como dejó bien claro a los presentes en aquella cumbre.

Y así vamos forjando nuestra fama de país de pandereta. Nos engrandecemos como papanatas universales que hacen la ola a una señora y cuya intelectualidad pelea por verla de cerca en la cena oficial de La Zarzuela. Lo cual es bastante normal cuando el presidente del Gobierno da codazos por fotografiarse con Obama y su esposa con Carla Bruni. Hasta Curro Romero faltó a la "Noche del pescaito" en Sevilla para ver a la Bruni de cerca.

martes, 21 de abril de 2009

La república y la elegancia


Los que me han leído algo a lo largo de estos años, sabrán que yo me siento republicano. Simplificándolo todo, creo que los ciudadanos tenemos derecho a elegir libremente quién es nuestro jefe de estado. Nada más y nada menos. Además, por complicar un poco la cosa, pienso que debe respetarse el papel histórico jugado por Juan Carlos de Borbón y dejar que el hombre reine hasta que él lo considere oportuno. A partir de ahí elecciones.

Imagino que a muchos, esta declaración de intenciones mía les ha sorprendido, dado que uno es “reformista liberal”, es decir de derechas pero a la izquierda del eje Losantos-Aguirre, y esto de ser republicano suena muy a izquierdista. No me extraña y de eso quiero hablarles.

Este fin de semana en no pocas localidades españolas se ha celebrado el “Día de la República”. Al más puro estilo del mitin-fiesta carrillista, aquellos eventos que tantos bolos generaron para la familia San José Cuesta, conocidos popularmente como Víctor Manuel y Ana Belén, pero con más fiesta que mitin y, mayoritariamente, patrocinados con el dinero de los impuestos.

En el caso del municipio en el que vivo, tan excelso evento se desarrolló en el paseo marítimo. Día soleado aunque ventoso pero propio para el solaz de la familia a la orilla del mar. Allí se encontraban los republicanos oficiales con su escenario y su barra –libre, por cierto-. No eran más de treinta. Uniformados ellos con barba más o menos descuidada, ellas con pendiente en la nariz. La kufiya imprescindible y unisex.

Al calimocho público lo acompañaban algunas viandas que no logré distinguir en mi fugaz paso por el cónclave. Ondeaban dos banderas con franja morada y escudo al uso. ¡Qué importante es la simbología en esta España mía, esta España nuestra!. Los carteles de Izquierda Unida pedían la firma a fieles y transeúntes “por el empleo”. Como si por firmar en una hoja le estuviera uno dando trabajo a los que engrosan las listas del paro. Una firma, un puesto de trabajo.

Una pareja de músicos amenizaba el mitin-fiesta. No, no eran los San José Cuesta, que esos ya por menos de 60.000 euros no se levantan por la mañana. Éxitos de ayer y de siempre que encontraron su punto álgido en la interpretación de Comandante Ché Guevara, del inefable Silvio Rodríguez, que algunos bailaron al estilo pasodoble. Tampoco faltaban las camisetas con la estampa del líder guerrillero. Y yo me pregunto, ¿qué tiene que ver el Ché con la república española?.

Simbología de una tribu a la que yo pertenezco sin ser parte de ella, dado que lo de “republicano” no es más que una excusa, un vil subterfugio para todos estos vividores trasnochados. ¿Por qué se llaman “republicanos” cuando lo que quieren decir es “comunistas”?. Será que al colectivo en cuestión también le llegan las modas y ahora, además de usar la kufiya y el pendiente en la ceja, le gusta autodenominarse “republicano”. Porque lo de “comunista” está demodé.

sábado, 28 de marzo de 2009

Los personajes y la elegancia: Carme Chacón


Carmencita Chacón nació en un pueblo de Barcelona en el seno de una familia humilde de origen andaluz. De esos andaluces que se vieron obligados a mudarse a Cataluña por culpa de Franco. Sí, por aquella manía del caudillo de favorecer a Cataluña y a las provincias Vascongadas, otorgándoles todas las ayudas necesarias para que se convirtiesen en las primeras regiones industrializadas de la piel de toro. Paradojas de nuestra patria.

Los padres de Carmencita celebraron mucho la muerte de Franco. Lo ha dicho ella, que se acuerda perfectamente de la fiesta íntima a la que acudió con cuatro años de edad el día de oficialmente nos dijeron que Franco había muerto. La precocidad progresista de nuestra protagonista no encuentra parangón.

Aquello la marcó mucho. Tanto que con dieciocho años ya estaba alistada en las Juventudes Socialistas, momento en el que, sin duda, se le cayó la “n” del nombre de pila, aunque todavía no le llamaban “Carma”, eso vino más tarde. Cuatro años después ya era concejala en Esplugas de Llobregat. Pero Carmencita era una joven ambiciosa y Esplugas se le quedaba pequeño.

De concejala a diputada nacional y de ahí a formar parte del núcleo íntimo de Rodríguez. Ministra no sólo para cumplir con aquello de la paridad, sino para retomar las riendas del Ministerio de la Vivienda, el primero de los inventos derrochadores e inútiles que inauguraron esta época gubernamental de golpes de efecto. Ahora, Carmencita, “Carma” para los entendidos, es Ministra del Aire, o algo así. No llegó a tiempo para lo del Vogue, así que ahora se está desquitando por entregas.

A mi me gusta Carma. Es como la Barbie pero en versión política. Tenemos la Carma ministra, acompañada por su asistente, una mujer capitán del ejército; la Carma militar, con su chaquetón de camuflaje en los destinos más inhóspitos, en los cuales, por cierto, nunca se queda a dormir; la Carma televisiva, que graba las comparecencias por si no les da tiempo a los medios a llegar a la comparecencia de turno; la Carma diputada, con semblante compungido y enfadada con Rajoy, con esa cara de enfado que ponen las mujeres cuando el cónyuge les habla mal de la familia.

Carmencita no escatima en vestuario. Siempre va vestida para la ocasión. Asesores no le faltan y el atrezo corre por cuenta de los Presupuestos Generales del Estado. Son las ventajas de la cartera ministerial. Claro que estas líneas pueden sonar muy machistas y si no que le pregunten a Trinidad Jiménez, otra que tal baila, pero con menos fondo de armario y bastante peor peluquero, o estilista, o como se llame ahora eso, que nuestra protagonista.

Claro que tendríamos que preguntarnos qué es lo verdaderamente machista, porque a mi a lo mejor me podría parecer más vejatorio para las mujeres esta imagen que nos pretende transmitir Carmencita. A mi lo de la Chacón me recuerda a la narración de los pases de modelos de los tiempos posfranquistas, yo de los franquistas, la verdad, no me acuerdo tan bien como Carma: “Una colección pensada para la mujer moderna. Una mujer que trabaja, que pisa firme, que sabe lo que quiere”.

Pero es que vivimos en los tiempos de la imagen, como ya se ha dicho aquí. Lo que vale es la foto. Probar el rancho de los soldados y que lo registren las cámaras. Del resto ya se encargan los medios.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Esa falsa españolidad


En América Latina existe una absolutamente falsa idolatría hacia lo español. El personal aquí, en líneas generales y tras una cortina de amor infinito hacia lo español, todavía guarda un profundo resentimiento hacia todo lo que viene de la Madre Patria. Es lo que yo denomino el complejo criollo, sobre el cual he glosado en alguna ocasión. Los españoles que conquistaron América dejaron un muy mal sabor de boca y no pocos vástagos, los cuales hoy vilipendian a sus antepasados creyendo que son los nuestros.

Sin embargo, uno que vive de este lado de la Mar Océana no deja de sorprenderse de la filiación que aparentemente despierta España entre los locales. Para empezar todos tienen algún antepasado español. “El abuelo de mi madre era español. De Zaragoza”. Lo cual a uno le da bastante igual, para ser muy sincero. “Yo no lo conocí, pero mi mamá pasaba el día hablando de España”, continua el falso filo-español. ¡Qué suerte!, ¿no les parece?.

En segundo lugar llega el relato del viaje de rigor a España. Medio bromeando, pero lanzando una fuerte carga de profundidad, comentan despectivamente nuestra forma de hablar. “¡Puez que no vaz a comprar ezas uvaz!”, le dijo el tendero a la señora que no dejaba de manosear el género. Los latinoamericanos no se enteran de que nosotros no usamos la zeta para todo, con lo cual no saben diferenciar y nos llaman, en privado, por supuesto, “zopetas”.

La verdad es que nosotros hablamos muy “golpeado”, que dicen aquí, como regañando todo el tiempo. No contamos con esa dulzura criolla en el hablar. Todo es melodía cantadita, aunque encierre el mayor de los desdenes. Y claro, queramos o no les choca que les hablen claro y directo cuando toda la vida se han dirigido a ellos de forma suave y pausada, sin decir lo que hay que decir, sino dejándolo entrever entre elogios envenenados.

La gastronomía patria también da mucho juego. “Mi mamá hacía una torta española deliciosa que le enseñó a hacer su abuela, que era española”. Lo que no le enseñó es que se llama tortilla de patatas, porque aquí la tortilla es otra cosa y tampoco se dice “patata”, sino “papa”. “Pero donde comimos riquísimo fue en Madrid, en la plaza Mayor. Nos comimos unas tapas, como ustedes les llaman a las boquitas, deliciosas”. Sí, estimado lector español, la “tapa” no cruzó el charco, se vio modificada por diferentes vocablos: pasapalo, boquita, boca, botana… Lo de la plaza Mayor, creo que huelga comentarlo.

La cuestión es que la admiración por la cocina española no se refleja en los hábitos alimenticios de estos confines. Sobre todo en Mesoamérica, en donde lo que se come son arroz y frijoles, frijoles con arroz y arroz revuelto con frijoles, aparte de algo de pollo y tortillas de maíz. La “torta española” es considerada un manjar, al igual que el gazpacho o las croquetas, y los embutidos que, aunque presuntamente deseados, realmente nadie los come por la mala fama que tiene la carne de cerdo por estos lares.

Juan Carlos de Borbón, al igual que el resto de su familia, es muy admirado a lo largo de América Latina. Las señoras siguen sus pasos por medio del sempiterno “Corazón, corazón”, que se retransmite por medio del canal internacional de Televisión Española, porque “yo siempre tengo puesta la televisión de ustedes”. Que digo yo que si fuera mía ya la habría vendido hace tiempo.

Aunque todo esta españolidad nos parezca muy entrañable, la realidad de las cosas es que, en cuanto uno se da la vuelta uno es el “españolete” y le imitan la forma de hablar. No todo el mundo claro está, esta es una generalización más o menos acertada que me viene a mi de una de esas cándidas discusiones que surgen en estas latitudes entre sonrisas, voces a medio gas y melodiosos vituperios que uno estoicamente tiene que soportar.

La cuestión es que hace apenas tres días una de estas señoras, después de hacerme la vida imposible durante un buen rato en un asunto de negocios, tras una larga discusión –muy amable, eso sí-, me dijo que “mi abuelita era española”. En ese momento, no pude evitar confesarle a la anciana: ¡Qué casualidad, señora!, las dos mías también. La pobre quedó desolada.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Elegancia perdida: recuperando la esperanza


Cuando se regresa a casa temporalmente, como lo he hecho yo hace unas semanas, se lleva una mirada nueva, una visión como de refresco, nítida, sin empañar por la cotidianeidad que procura inhibirnos de lo que nos rodea. De ahí que a mi me hayan chocado particularmente una serie de aspectos de mi amada España, tanto para refrendar lo que escribí antes de mi partida, como para refutar algunos detalles.

Seguramente, al común de mis compatriotas residentes en España, no les haya llamado la atención durante este verano ver a doce señoras en menos de un kilómetro del paseo marítimo de turno llevando sandalias romanas doradas. Debe haber sido una de las prendas del verano. Con importantes ventajas para combatir la canícula y pretender un aspecto glamoroso, sin caer en la cuenta de que para usar ese tipo de calzado la percha tiene que admitirlo. Empezando por la pulcritud de los pies.

Una moda más como la que se resiste a abandonar la indumentaria masculina veraniega: pantalón pirata, chancla de piel negra y bandolera al hombro. La estampa del hombre empujando el carrito de esta guisa, mientras la señora, luciendo juanete con sus sandalias romanas doradas, habla por teléfono con alguno de los últimos modelos de pda ha sido, sin lugar a dudas, la más impactante de mi estadía por la Madre Patria.

Algo similar podemos decir del omnipresente minivestido tipo caftán, al cual con toda probabilidad las cadenas de ropa rápida han bautizado convenientemente para realzar, aún más si cabe, la rabiosa actualidad de la prenda. Claro que he de advertir que me he encontrado con la agradable sorpresa de ver a unas cuantas paisanas lucirla muy adecuadamente, creando una impresión de excelente estilismo, incluso recorriendo los pasillos del carrefour o mercadona más cercano.

Porque, para ser totalmente sincero, creo que he disfrutado visualmente más yendo al supermercado que en los cócteles, fiestas y otros eventos a los que he asistido. La vida anodina y el trasiego cansino por los lineales de esos nuevos centros del lujo doméstico –son tiempos de crisis- me han llevado a comprobar que en España todavía existe la esperanza. Mucho más allá de las “ocasiones especiales” y de la canalla adocenada que transita por los paseos marítimos y por las calles comerciales, eso sí.

Por entre los recovecos de la muchedumbre, emergen silenciosamente aquellos que no sucumben a la moda pasajera, sino que la emplean en beneficio propio. Sobresale cierto estilo difícil de encontrar de este lado de la Mar Océana, que dijeran nuestros antepasados cuando se lanzaron a conquistarla. Al igual que las ciudades siguen ahí, impertérritas. Con su majestuosidad tapada por los carteles de los comercios.

Estoy contento. Todo continúa ahí. Sólo hay que rascar un poco para sacar lo bueno a la superficie. No hemos perdido la elegancia del todo.

martes, 26 de agosto de 2008

La elegancia perdida en España



En esta ocasión me voy a saltar mi autoimposición de soslayar mi propia vida en esta bitácora/ensayo, es decir, voy a escribir sobre mi mismo, básicamente. Además me salto otra norma mía que es la de no escribir directamente en el editor de Blogger y a la carrera. En definitiva, estoy escribiendo un post corriente y moliente como cualquier hijo de vecino de barrio suburbano. La falta de elegancia es evidente.

Hoy salgo para España a disfrutar de lo que yo vengo a denominar un baño de primer mundo. Porque para mi ir a España es lo que a los latinoamericanos ir a Miami. Bueno lo cierto es que antes lo era, ahora la cosa ha cambiado y a esto vengo a referirme. Durante mis primeros años de periplo expatriado, los viajes a España suponían volver a tener acceso a no pocos bienes de consumo, principalmente ropa, inexistentes en estas latitudes del planeta. Resultaba también evidente la diferencia entre las tipologías humanas -no me refiero al color o la raza de las personas-. En España la gente vestía mejor, se notaba más cultivada -no quiere decir que aquí la gente sea inculta o maleducada, pero los niveles educativos medios son distintos. y menos tendente a dejarse llevar por los males endémicos procedentes de la irrefrenable influencia del Imperio del mal gusto.

A mi me gustaba visitar muchas tiendas. Incluidas las que se agrupan en torno a esos nuevos templos posmodernos que son los centros comerciales, aunque siempre intentando huir de las cadenas de ropa rápida. Me aprovisionaba para mi vuelta a la cruda realidad del tercermundismo estilístico.

Paseaba mucho para así entrar en contacto -de vuelta- con lo que había sido mi forma de vida unos meses/años atrás. La gente generalmente bien vestida, sobre todo en Granada, menos en Málaga, ciudad portuaria/playera. Los restaurantes de calidad y todavía a precios razonables. La urbanidad propia del denominado Primer Mundo que tanto añoraba. Esos eran mis placeres de vuelta a la Madre Patria.

Ultimamente todo eso se ha venido abajo. Ahora mis regresos temporales vienen a demostrar que mi imagen idílica de esa España cuasi elegante forma parte del pasado. Ha desaparecido. La globalización ha cumplido, a cabalidad, con su función homogeneizadora. La gente viste igual en Miami, en San José o en Málaga. Resulta evidente que cada día hay más clase en cualquier parte del mundo, pero más clase baja y no me refiero al nivel socioeconómico. Igualmente la urbanidad, los modos y las costumbres se hacen más universales. El furor por el consumo está absolutamente generalizado. Sorprende ver la importancia que para los seres humanos de este planeta tiene contar con el último modelo de teléfono móvil, siendo la tenencia de un iPhone la máxima expresión de clase y estilo.

Por eso ahora cuando viajo a España me dedico a comer y beber bien, pero en casa, porque los restaurantes resultan prohibitivos, amén de estar plagados de pretenciosos y maleducados. Por eso prefiero recordar los sabores caseros, ya casi ancestrales y degustar exquisiteces que todavía se resisten a cruzar la Mar Océana, que bautizara Colón. Pero sobre todo lo que hago es pasear por las calles de las ciudades, que forman parte de mi particular imaginario, con un claro objetivo masoquista: ver cómo España ha perdido su elegancia.

domingo, 25 de mayo de 2008

Lo francés y la elegancia


En España siempre hemos tenido un cierto complejo de inferioridad respecto del resto de los europeos. Fundamentalmente de los que se ubican más allá de la frontera pirenaica que separa a la Península Ibérica del resto de Europa. Este hecho hace que sintamos que todo lo español tiene menos valor que lo que viene del norte, de Francia, vamos. Yo pensaba, seguramente por mi condición de expatriado, que esa pelusa de paletos europeos la habíamos superado. Estaba equivocado.

Una pequeña investigación, posterior a la lectura de un artículo en otro blog, me lleva a rectificar esa impresión mía. Así, puedo afirmar que seguimos siendo unos acomplejados, amén de unos tristes seguidores de todo aquellos que se genera al norte de los Pirineos. Supongo que hay mucho de moda pasajera en esto del afrancesamiento de vanguardia patrio. Pero lo cierto es que ahí está el fenómeno, desafiando la lógica más elemental y revolcándose en el tópico de que somos peores para sentenciar que “lo francés es lo elegante”.

Para demostrar la superioridad de Francia sobre España, el afrancesado compara la tortilla de patatas con la cocina de Paul Bocuse, la venta de carretera con el Plaza Athénée de Alain Ducasse y el Don Simón con el Château Lafite. Y se quedan tan anchos. Luego nos cuentan que los franceses tienen un savoir faire único y se pasan por el forro a Ferrán Adriá, a Martín Berasategui –por ejemplo- y al Vega Sicilia Unico, todo ello sin el menor atisbo de vergüenza propia.

Algunos incluso se declaran defensores del brioche frente al churro, mucho más fino, por supuesto, y se revisten de una actitud carpetovetónica, dado que lo español es paleto o “castizo” y lo francés tiene “¡Tanto estilo…!”. Miren sino a Edith Piaf, nada que ver con Rodolfo Chikilicuatre. Claro que al del chiki-chiki con quien deberíamos compararlo es con aquel niño franchute, Jordy Lemoine, precursor de la mini-maruja María Isabel y demás especímenes del género de la chanson des enfants.

El afrancesamiento invade con más intensidad las tiernas mentes de los seguidores del mundo de la moda. De este modo lo in es utilizar términos en francés como la “maison”, en lugar de la firma, el “atelier”, o sea un taller pero mucho más digno dado que estamos hablando de modistos y no de mecánicos, o el “petit robe noir” que es un vestido negro corto pero con pretensiones.

Igualmente las más jóvenes intentan parecer insípidas francesitas con su pose romántica. Pálidas, cuasi anoréxicas y vestiditas con los trapitos del momento que compran en las grandes maisons de la haute couture, como Zara, Berska o Mango, todas ellas de gran tradición parisina como todos sabemos. Para conseguir el efecto deseado siempre hay que posar con las puntas de los pies hacia adentro, una actitud de lo más chic, sólo comparable a salir sobre el asiento de una bicicleta vintage con cestita incluida. El súmmum de la elegancia français.

París, gracias al apoyo mediático que recibe la pareja del momento, los Sarkozy-Bruni, italiana ella, vuelve a recobrar su viejo esplendor de metrópoli. Una ciudad, eso sí, con un alto grado de decadencia, al igual que la Côte d´Azur, o Costa Azul para los que nos resistimos al cursilería lingüística. En Paris lo que abundan son los inmigrantes magrebíes y los turistas españoles, ambos muy apreciados por el francés medio. Tanto es así que a los primeros les llaman pied-noirs y a los segundos merde gens, todo con ese estilo único que tienen los franceses.

Eso a los españoles nos importa poco. A nosotros el chauvinismo nos da bastante igual, es más, nos parece que lo español es feo y pueblerino, así que proscribimos todo atisbo de defender lo propio. Lo que nos gusta es ir de peregrinación a la capital de la moda y pasear por Saint Honoré y por la Place Vendôme para ver la última colección prêt-á-porter en las tiendas de las grandes maisones, para terminar el recorrido en el H&M de turno. Eso sí, con mucho más savoire faire.


Nota: La foto es de aquí. Si su autor quiere que la quite que me lo diga. En español, por supuesto.

martes, 19 de febrero de 2008

Los políticos y la elegancia



Reza la norma que es de mala educación hablar de política. Precisamente por eso, tengo un blog en el que vierto mis opiniones sobre la materia y remitiré al mismo a cuántos quieran sumergirse en tan espinosa cuestión. Amén de que nos encontramos inmersos en plena en campaña electoral. Por tanto, lo que aquí vamos a dilucidar es cuán elegantes son los protagonistas de la vida política, mucho más allá de sus ideas, tan manoseadas. Advierto que el esfuerzo que voy a realizar para abstraerme de la tendenciosidad política es ímprobo. En otras palabras, puede ser que, sin pretenderlo, emita algún juicio que pueda ser considerado partidario. Hágamelo saber el amable lector. No lo pienso enmendar. Gracias.

En general los políticos suelen ser muy poco elegantes. Visten de acuerdo a lo que les dictan los asesores de imagen, es decir, que los visten terceros en función de lo que mejor “vende” al público en general, o a la parroquia a la que se dirijan. Eso se nota. Porque cuando uno lleva una prenda que no usaría si no fuera por la dictadura del asesor de turno, al final a uno le queda mal. Por la incomodidad, mayormente.

No se confunda la incomodidad del obligado con la falta de comodidad voluntaria. Me explico. Una cosa es que a uno le apriete un poco el zapato que con tanto esmero ha elegido -a sabiendas de su estrechez- y otra, bien diferente, es tener que usar corbata a diario cuando se odia la citada prenda. A muchos políticos les ocurre y se les nota. Me recuerdan a esos jóvenes que se ponen por primera vez un traje -y la correspondiente corbata- para ir a una boda, parece que van de prestado.

Rodríguez, el Presidente del Gobierno español, es un claro ejemplo de lo que digo. Recuerdo el día en que lo vi en persona hace más de tres años. El tipo estaba empezando a usar trajes a medida y se tiraba de la chaqueta porque creía que las mangas le quedaban cortas. El nudo de la corbata se le desaflojaba continuamente –todavía le pasa- y él no paraba de colocárselo. Antes de ser presidente usaba trajes de confección, es decir, comprados por talla, y le quedaban anchos. Destacando invariablemente su generosa chepa. Luego llegaron los asesores de imagen y los trajes de sastre, pero la cosa no ha mejorado mucho.

Rajoy tampoco es que sea un dandy. A Rajoy lo que le cuesta trabajo es quitarse la corbata. Por mucho que insistan los asesores, este hombre sin corbata se ve incómodo. Algunas veces pareciera que se echa mano a ella y no se la encuentra. El líder del PP ya hace tiempo que se hace los trajes a medida, pero parece que no le tomaron bien las medidas la primera vez, porque le siempre le quedan grandes de hombros. Aunque a lo mejor es que el asesor de imagen le obliga a llevarlos así, para que no se vea que los tiene caídos.

Como se ha dicho aquí hasta la saciedad, la elegancia va mucho más allá de la vestimenta. Sería injusto valorar a nuestros políticos simplemente por lo mal que los visten sus asesores. En este sentido, a los políticos lo que los pierde, generalmente, es su afición por abusar del presupuesto público. En cuanto se ven con coche oficial –con chófer, por supuesto-, cuenta de gastos de representación ilimitada y algunos otros privilegios del cargo se suben al carro de la opulencia, a cuenta de los administrados, con la mayor naturalidad. Las urnas generan más nuevos ricos que la especulación inmobiliaria.

José Luís Rodríguez Zapatero era un profesor universitario sin mayores pretensiones, se encaramó a la presidencia y de camino a la vida lujosa. De ahí que utilice el avión presidencial para hacer compras en Londres o para ir a ver a su esposa, Sonsoles Espinosa, cantar en Berlín. Tampoco es de extrañar que, en su primer veraneo presidencial, los Rodríguez mandasen reformar una casa del Estado en Lanzarote y dos años después se llevó a 15 cocineros a la isla.

Claro que esto no es que sea la excepción, sino más bien la norma. Ejemplos hay en todos los bandos. Porque el político profesional no paga de su bolsillo más que los cafés a 70 céntimos en la Carrera de San Jerónimo. Quizá habría que recordarles aquella máxima epicúrea de “placeres privados son virtudes públicas”. Entendiendo por “privado” lo que cada uno hace en su casa y con su dinero.

miércoles, 9 de enero de 2008

La Navidad y la elegancia. Una reflexión a posteriori.


Cuando diciembre nos anunciaba con furia que nos estábamos metiendo de lleno en ese período consumista-festivo que son las navidades, me atreví a señalar algunos de los comportamientos que solemos repetir los seres humanos con invariable solemnidad año tras año. Durante mi visita a España, he podido comprobar descorazonadamente que, todos aquellos usos y costumbres, no sólo se consolidan, sino que van a más.

No quiero realizar un catálogo detallado de lo que he observado con perplejidad durante este último mes. Pero no voy a dejar pasar la ocasión para referirme a algunos de los más insólitos detalles de lo que podemos empezar a denominar como la época más falta de elegancia del año.

Mis padres viven en una localidad del cinturón metropolitano de Granada. Es un pueblo mediano y muy influido por su cercanía a la capital. Esta influencia no es óbice para que los gobiernos municipales de turno pretendan generar una especie de vida cultural propia para que sus habitantes no se desplacen a la ciudad, a menos de 15 minutos en coche. Este año la novedad ha sido la publicación de un programa de actividades navideñas, como si de las fiestas populares se tratase. En España la alegría de los políticos por gastar el dinero ajeno no conoce límites. Dentro de dicho programa se encontraban, como actividades estrella, las tradicionales funciones de los escolares del municipio. En un intento de magnificar este tipo de eventos más familiares que multitudinarios, las funciones han sido rebautizadas como “galas”. Ahí es nada.

En mi caso asistí a una de las “galas” que se programaron para las 12 del mediodía. Lo aclaro por si alguien pensaba que lo propio era acudir de esmoquin y vestido largo, ya que a mi me entró la duda al respecto de la formalidad de la indumentaria a utilizar. Tranquilos, mucha cámara de fotos, pero de los orgullosos padres, y nada de alfombra roja –o verde como en los Goya®-. La misma función de siempre, pero ascendida a los cielos glamurosos por la vía del cambio de nombre.

Sobre la decoración externa veo que la cosa no ha parado. Al contrario, este año se han puesto muy de moda los Santa Claus o Papá Noeles colgados de los balcones, simulando que trepan para entrar a dejar los regalos. ¡Qué tierno!. En muchos de los casos los monigotes parecería que lo que habían decidido era practicar el suicidio colectivo, es decir, que se habían ahorcado en los balcones de sus simpáticos anfitriones. He visto edificios en donde más de la mitad de los pisos lucían en sus balcones al muñeco en el duro trance de la asfixia. Sin hablar de la masiva iluminación en portales, terrazas y jardines. Así uno entiende cómo muchos de estos decoradores navideños de fachadas, cuando logran alcanzar un puesto público se dedican a organizar “galas”, en lugar de acudir a la función navideña del colegio de su hijo.

A pesar de la crisis en ciernes, el consumismo no ha bajado demasiado su habitual tono de centros comerciales llenos. La marea de gentes con bolsas por las calles céntricas no ha cesado. De parte de los que venden quizá el grado sea ya superlativo. He visto tantos anuncios de perfume en un mes como en todo el resto de mi vida. Por cierto que cuatro de ellos, curiosamente, los protagonizaba la misma diva adicta a los opiáceos y musa de muchos de los de mi generación.

Las Navidades en España siguen siendo el culto a lo hortera. A lo “polo”, que dicen en Costa Rica. A la decoración excesiva. A los oropeles por doquier. A las compras desaforadas y al regalar sin ton ni son. Aunque sobre esto del regalo por decreto ya hablaremos más despacio. Esperaré a que los calores post-navideños se tornen en frías reflexiones de cuesta de enero.

lunes, 29 de enero de 2007

La elegancia pisoteada en los Goya®


Sinceramente no sé para qué sirve una academia de cine. La cuestión es que en algunos países seguimos empecinados en imitar al tan odiado "imperialismo" estadounidense y por eso tenemos nuestra propia academia con premios incluidos. En este caso los Goya®. Los premios de la academia española de cine son algo así como un patriótico homenaje a la “españolada”. Porque la “españolada” no dejó nunca de existir, a pesar de la retirada de la pantalla grande de Fernado Esteso y Andrés Pajares. Los Goya® cada año se encargan de recordárnoslo.

Para empezar y como símbolo inequívoco del complejo de inferioridad patrio, que ya glosara Ortega y Gasset, la alfombra que recibe a las estrellas (?) es verde y, para colmo, patrocinada por una marca de güisqui. Sin duda la ocurrencia de sustituir el clásico granate por un tapiz de mesa de billar, se debe a la brillantez de alguno de esos “académicos” empecinados en difundir aún más esa frase que nos persigue por todo el orbe: “Spain is diferent”.

Ver el desfile de actores de comedia de situación venidos a más me sumió en el más extremo de los pesimismos ante la proclama lanzada desde este blog hace unos días- La elegancia brilló por su ausencia no sólo en el vestir, sino principalmente en las formas. El colmo fue ver cómo algunos de estos aficionados a la interpretación grababan el acto con sus cámaras de mano.

Entre las féminas pocas salvaron los muebles. Apenas Natalia Verbeke, Kira Miró y Dafne Fernández. Claro que las dos últimas tienen doble mérito dado el handicap de los nombres de pila, supongo que fruto de la imaginación de sus progenitores y no consecuencia de distinguirse “artísticamente”. Penélope Cruz no quiso perderse el evento sabiéndose ganadora de su correspondiente diploma. No lo digo por el premio, que igualmente lo tenía asegurado, sino por ser la “gran estrella” de la noche. En Hollywood es una de tantas, otra representante más de la desaparición de los referentes de la elegancia.

Los varones hemos de decir que mejoraron la noche. Me refiero obviamente a la gran mayoría de los que pasaron desapercibidos por ir de consortes o por formar parte del auditorio sin más, como Javier Conde. Los que subieron al escenario o estaban señalados para ser acreedores de un premio, para olvidar sin excepción. Los que no iban vestidos de profesores universitarios con pretensiones, simplemente pensaron que eran los carnavales. Ni que decir del presentador. Un cuasimodo hortera al que disfrazaron para la ocasión con los más grotescos exponentes del diseño nacional. Y es que hay hombres que no entienden aún que las pasarelas son una especie de exhibición de tendencias y que ponerse un traje blanco ceñido y brillante con camisa negra y corbata roja es un insulto a la retina del resto de los presentes.

La elegancia pisoteada y sustituida por una verbena de disfraces y señoritas pseudoanónimas –los propios presentadores dudaron de muchos nombres- con ínfulas de Ava Gadner. A no ser que yo esté muy equivocado lo visto ayer en los Goya® será recordado en el futuro como uno de los episodios más vergonzosos de la pretendida cultura nacional.


Nota

Incluyo el símbolo de marca registrada junto al nombre del gran pintor español -el cual no se merece este futil homenaje-, al entender que este servidor podría incurrir en un delito contra la propiedad ¿intelectual? de no hacerlo de esta forma.