Mostrando entradas con la etiqueta tecnología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tecnología. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de julio de 2014

¿Estamos ante la defunción del "menos es más"?


Mis amigos expertos en búsqueda de tendencias -culjanters en el argot- ya lo habrán visto venir desde hace tiempo. A uno, ajeno a todo ese ajetreo, observador apenas desde la grada de sol, las cosas le llegan más tarde, quizá demasiado. La cuestión es que se viene gestando la ascensión del hipsterismo/gafapastismo –de hipster en este lado de la mar océana, gafapasta en mi querida España- como tendencia a seguir.

Estaba cantado. La explosión de las redes sociales, de la opinión extenuante, de la exposición pública a golpe de refresco en las aplicaciones de nuestros esmartfons, iban a desembocar en que ahora todos queramos ser cul a base de seguir las tendencias que se dictan en Pinterest, Instragram, Facebook, Twitter y demás apóstoles de la vida en red.

Si miran a su alrededor, lo verán por todos lados. Cartelitos entre vintage y modernos con muchas letras con tipografías ñoñas y curveadas. Tonos pastel en carteles, letreros y badges -la vida sin badges no tendría sentido-. El minimalismo ultradecorado, henchido en detallitos pensados o fusilados de alguna ocurrencia en Pinterest, que viene a ser la biblia de esta nueva religión que es el hipsterismo/gafapastismo con acento rococó.

Entrar a un restaurante con aires de hipsterismo/gafapastismo es toda una aventura. Los camareros uniformados en blanco y negro pero con mandil o delantal y con uno o varios pines colgados de la camisa. Mejor aún si son tirantes, nada más vintage que los restaurantes americanos (Friday´s, Tony Roma´s y así). Las paredes llenas de carteles llenos de intenciones acerca de lo políticamente correcto, que es el mantra del hipsterismo/gafapastismo: ecologismo, todo orgánico y redes sociales. Y una carta con siete platos insulsos pero con mucha literatura y más badges. Todo ocurrencias.

Porque de ocurrencias va el tema. La era de la sobre-opinión es lo que nos deja: todos opinamos de todo y se nos tiene que escuchar. De ahí que todo esté tan recargado en este mundo nuestro. Cualquier actividad social e incluso profesional se llena de mil ocurrencias estúpidas que no aportan nada, pero sacian el ego del inventor de turno, el cual lo había visto en Pinterest y le pareció, cito textualmente, "súper cool". De ahí a colgarlo en IG es cuestión de segundos... y a contar corazoncitos.

Algunos tienen la desvergüenza de usar la máxima "menos es más" como si fuese parte de su cultura orgánico-ecológica-tuitera. Nada más lejos de la realidad. Hay que buscar y buscar, hacer y hacer, llenar y llenar. Como advertía una joven conferenciante en una charla sobre el mundo de las redes sociales, refiriéndose a un invento denominado storytelling interactivo -¡casi ná!-, "No sabemos adónde nos lleva este movimiento. Pero lo importante es hacer algo porque puede que este sea el origen de algo que todo el mundo siga dentro de unos años". De ahí al Twitter y a esperar RTs.

No sé si me hago mayor o es que no soy un millenial, que es como se autodenominan estos, algunos con más de treinta primaveras a sus espaldas. La cuestión es que esto es lo que nos estamos dejando hacer en el mundo que nos rodea. No quiero culpar a la tecnología de todos nuestros males. Soy el primero en probar para qué me pueden servir determinadas aplicaciones. Pero siento que nos tomamos demasiado en serio trasladar ese mundo virtual de posibilidades a nuestra realidad.

Quizá pronto certifiquemos la defunción del "menos es más", entretanto algunos vamos a seguir manteniendo la llama viva y simplificando un poco nuestra ya compleja existencia.

martes, 17 de septiembre de 2013

De tazas, café y vivir la vida

Creo que lo he escrito muchas veces en este mismo espacio: nuestro mundo es terriblemente complejo. Cada día surgen nuevas opciones en nuestras vidas que, en apariencia, nos aportan comodidades, facilidades, oportunidades. Podemos estar conectados con personas de todo el mundo por medio de las redes sociales, obtener cualquier canción que hayamos escuchado en nuestra vida con un par de clics o comprar miles de modelos de ropa, calzados y complementos a pocos pasos de nuestra casa.

Los economistas dicen que cualquier persona de clase media tiene más comodidades que el rey de Inglaterra a principios del siglo XX. Sin embargo, ni los reyes eran felices, ni tampoco los somos nosotros. Tener más opciones para elegir, incluso si son a bajo precio, parece que genera el efecto contrario al que se nos promete. Es como si tener más facilidades y oportunidades de poseer objetos o adquirir servicios nos generase más inconformidad.

Tenemos de todo pero necesitamos tener más. Queremos el último modelo de teléfono móvil, dos pares nuevos de zapatos y el nuevo perfume de Paco Rabanne. Igualmente queremos tener más flogüers en el tuiter, la sonrisa permanente de nuestro jefe e incluso un amante sado al estilo de Christian Grey. Todo eso, estimado lector, lo que realmente nos produce es frustración.

Somos una sociedad insatisfecha, frustrada, infeliz. De ahí que los artistas no paren de sacar canciones que nos recuerden que hay que vivir la vida. En un par de meses tenemos a JLo y Pitbull con Live it up, a Marc Anthony con Vivir mi vida y a David Guetta con Play Hard. Piezas todas dedicadas a recordarnos la importancia de vivir el presente.

Incluso las campañas publicitarias, cuyo objetivo es vendernos más y más cosas que no necesitamos, aprovechan esta zozobra del ser humano para arrimar el ascua a su sardina. Tal es el caso de la última campaña de Ikea, que nos invita a empezar “algo nuevo” por la vía de la compra de muebles.

Andaba yo con todas estas reflexiones, más o menos plasmadas en negro sobre blanco, cuando el domingo en misa el párroco me sorprendió con esta parábola:

Un grupo de antiguos compañeros de colegio, hoy profesionales de éxito, se reunieron en casa de su más insigne profesor. Después de recordar los viejos tiempos, pronto la conversación comenzó a girar en torno a lo complejas que se habían vuelto sus vidas, el estrés del trabajo, las responsabilidades, etc. El profesor interrumpió la conversación y les ofreció a todos una taza de café. 
El profesor se fue a la cocina a prepararlo y, a la vuelta, sobre la mesa colocó una cafetera llena de humeante café junto con toda una colección de tazas. Unas de materiales exquisitos, otras de plástico vulgar. Unas finas y con motivos elegantes, otras toscas y sin gracia.
Todos eligieron su taza y se sirvieron café. El profesor tomó la palabra y les dijo: "¿Os habéis fijado en que todos habéis escogido las tazas más finas y de materiales más nobles para tomar el café?. Las tazas corrientes y de plástico han quedado todas ahí, sobre la mesa". Todos se fijaron en sus tazas y se volvieron a ver unos a otros asintiendo. "Ese es el problema, queridos amigos. Ahí radican todas vuestras quejas de las que hablabais hace un rato", afirmó el profesor. "Todo ese estrés por el trabajo, las responsabilidades, el dinero... son la taza. La vida es el café. Así, nos preocupamos mucho más por el color, la forma, el material y el diseño de la taza que por disfrutar de lo que hay en su interior, que es el café".

No sé si fue fruto de la casualidad o hay que retomar las teorías de Jung con respecto a la sincronicidad. El caso es que estas palabras expresan mucho mejor de lo que mi prosa hubiera podido hacerlo el propósito de este artículo.


En esta ocasión no puedo hacer referencia a la elegancia, motivo último del blog, sino pedir al amable lector que saque sus propias conclusiones. Las mías continúan en esa amalgama turbia que son los pensamientos mezclados con la urgencia de la vida, que no es otra cosa que el destello de las tazas.

jueves, 21 de marzo de 2013

Frases, lemas, citas y elegancia


No sé si el motivo es la influencia de la vida en 140 caracteres, o bien es que el exceso de información nos está llevando a resumir nuestra vida en un lema. La cuestión es que a los seres humanos nos ha dado por poner frasecitas más o menos rimbombantes en estos nuevos muros virtuales que hemos construido. Estas líneas de tiempo que llenan nuestro días en busca de un no sé qué en código html.

Todos las habrán visto y seguramente compartido o repetido. “Amar a los animales es un don que sólo los humanos de buen corazón poseen. No dejes de ser humano”. Y citas tan profundas y enjundiosas como esa. Frases que lo expresan todo y nos pretenden marcar la conducta con valores universales y políticamente correctos. Un oasis en esta “crisis de valores”. ¡Ay, la crisis de valores!.

En otras ocasiones son palabras sueltas, generalmente en inglés, porque así tienen más efecto, son más rotundas. Al fin y al cabo a mi todas me suenan a un mal plagio de la película de Woody Allen: Comer, follar, rezar o algo así. En inglés Eat, fuck, pray. Mucho menos vulgar. Suelen estar escritas en arena de la playa o compuestas por combinaciones de colores y texturas.

Frases, palabras sueltas, pensamientos aislados que nos animan a pulsar “Me gusta”, “Favorito” o “Retweet”. Pequeños purgantes diarios que, estimado lector, ya cansan.

Me confieso un amante de las citas literarias o filosóficas. Las he empleado con profusión siempre que estimaban que venían a cuento. Como apoyo prestado para recalcar una idea. Y, para que nos vamos a engañar, para alardear de ser un hombre muy culto y leído. Nada más lejos de la realidad. De Nietzsche a Sabina, pasando por Baudelaire, al que nunca le leí más de dos poemas. Las flores del mal me parecieron insufribles a partir de la tercera página.

Pero estas nuevas reflexiones de copiar y pegar son otra cosa. Se trata de citas totalizadoras que nos intentar explicar toda la esencia de la vida en un puñado de caracteres. “Si Dios te ha regalado un hijo, recuerda que no eres sólo su padre y amigo si no su ejemplo”. Todo un sobre fondo crespuscular que tanto me recuerda a Atalaya, la revistita que dejaban los Testigos de Jehová en mi casa cuando yo era niño.

A mi me parece que son precisamente estos grupúsculos religiosos los que han iniciado la moda de las frases motivadoras o ejemplarizantes. Si se fijan, más de la mitad mientan a Dios, cuando no son directamente una cita bíblica, como esa amenazante: “Al hombre le parece bueno todo lo que hace, pero el Señor es quien juzga las intenciones”. Mucho cuidado, ¿eh?. Mayormente porque el fondo es una imagen de un ojo de proporciones descomunales que debe ser el que todo lo ve.

Los católicos no nos quedamos atrás, y ahora hemos empezado a postear –publicar, en el lenguaje de los profesionales del género- cualquier extracto de las dos homilías que ha ofrecido a la fecha Francisco I. El hombre promete darnos grandes momentos en los muros del feisbuk.

Esto de las citas, los trozos deslavazados de discursos, las palabras ocurrentes en inglés y demás artillería de moralina 2.0, la verdad es que nos está invadiendo a pasos agigantados.  Sería bueno que la próxima vez que le vayan a dar laik o compartir una de estas frases, se piensen bien lo que pretenden demostrar o hacer ver a los que van a recibir un “Fulanito de Copas ha compartido el enlace de Grupo Cristiano de oración Conkistando el Cielo”. Claro que si el amable lector forma parte de un grupo con esa denominación, seguramente ya no tenga salvación posible. Al menos en esta vida. 

jueves, 16 de febrero de 2012

De la masa adocenada al crowdsourcing


Es un tema recurrente de este blog el de hablar de la necesidad humana de pertenecer a un grupo. Lo vengo señalando casi desde que empezó este espacio y luego me he referido a él en repetidas ocasiones. La sociedad de la información, que es esa cursilada a la que nos referimos como la época en la que vivimos, nos ha dotado de innumerables herramientas para huir del adocenamiento. Sin embargo, la naturaleza humana, en su condición animal, se sobrepone al progreso y el instinto de pertenencia prevalece.

Este universo digital y de la comunicación global lo que ha permitido, en mi particular opinión, es homogeneizarnos más aún. A pesar de las infinitas opciones que aparecen en nuestro horizonte gracias a las nuevas tecnologías, nosotros siempre, como la cabra, tiramos al monte, es decir, a lo seguro.

Podríamos pensar que, por ejemplo, la posibilidad de tener un blog es un instrumento de individualización extraordinario, pero la realidad dice lo contrario. Ahí tenemos a los egobloggers como botón de muestra. Han convertido esta herramienta para salir de la masa en una forma de pertenecer a una categoría social de más que dudosa elegancia. No sólo me refiero al fondo del asunto, sino a las formas: las mismas poses, el mismo tipo de letra, el mismo formato de post –recordemos que este tipo de personas postean, no publican-, etc.

Hace unos días tuve ocasión de asistir a un evento TED. Para los profanos les diré que es una especie de conferencia en la que participan un puñado de ponentes en exposiciones cortas. Una suerte de monólogos encadenados que se graban y luego se emiten por Internet. Hablan de temas de lo más variopinto y algunos cuentan chistes o interpretan piezas musicales.

Casi todos recurren a lugares comunes de lo políticamente correcto: el cambio climático, la pobreza mundial, lo importante de hacer ejercicio y eso de los nuevos “paradigmas” de la sociedad, todo bañado de una especie de canto a lo cool que es estar allí. La esencia es ver a una señora con micrófono inalámbrico, gesticulando de un lado a otro del escenario y contándonos su historia de superación en la vida. Entren a la sección Inspiring de los TED talks y me lo cuentan.

Ahí me di cuenta de que los viejos aglutinadores de nuestra sociedad han cambiado radicalmente. Ahora el punto de encuentro de la manada no es el cafetín, que dijera Ortega en La rebelión de las masas, ni el bar de la esquina de Joaquín Sabina, ahora es la Red. Ahora nos agrupamos por medio del blog, el tuiter y el feisbuk y los mantras de nuestra sociedad se dictan en los TED talks, entre otros medios autorizados.

Hemos dejado de ser la masa adocenada para convertirnos en crowd. Por eso no tomamos café con los amigos, sino que hacemos crowdsourcing. Mientras los más avezados se dedican al crowfounding, es decir, lo mismo pero con la intención de sacarnos el dinero a los que formamos el crowd.

Aunque no todo es virtual para este nuevo tropel. Para eso se han puesto de moda las maratones multitudinarias y demás pruebas deportivas llevadas al extremo; para eso están las manifestaciones y acampadas en plazas públicas convocadas a golpe de tuit; para eso han nacido los TED, aunque dé igual verlos en el iPad que presenciarlos en directo; y, finalmente, aún persisten los conciertos de música y los pujantes festivales.

Al fin y al cabo seguimos siendo humanos, demasiado humanos, que escribiera Nietzsche. Aunque yo creo que nos hemos divido en dos grupos: los que necesitan pertenecer y los que buscan trascender.

jueves, 28 de abril de 2011

La ortografía y la elegancia


Resulta muy complicado no cometer errores ortográficos. Estoy convencido de que si el amable lector repasa las líneas aquí escritas a lo largo de los últimos cuatro años -ahí es nada- encontrará unas cuantas faltas ortográficas. El problema viene cuando no estamos hablando de miles de palabras, como las que aquí ya se han escrito, sino de un puñado de sílabas cargadas de errores.

A mi me duelen los ojos cuando leo correos de personas, pretendidamente versadas, que contienen siete faltas de ortografía en tres líneas. O esos otros que ponen su frase del día en feisbuk con dieciocho errores: “lo pasamos demaciado vien en la plalla”, por ejemplo. Aunque peor aún son los que creen tener cierta aptitud literaria en lo que escriben y te salen con retahílas del estilo: “me a persiguido una calabera y la e buscado un poco mas”.

Confieso que siento la irrefrenable tentación de comentarles exponiéndoles amablemente la barbaridad que acaban de escribir. Lo que ocurre es que el analfabeto funcional, que habita tras la trinchera de la ignorancia ortográfica, suele ser un ser que acepta mal la crítica. En otras palabras, que señalarles sus errores conduce a la negación, cuando no al cabreo supremo. El ego humano es así, le cuesta admitir el error y más aún la ignorancia.

Por estas latitudes los errores se ven aderezados además con la incapacidad generalizada para discernir entre escritura y pronunciación. Básicamente me refiero al fenómeno del seseo. “Ayer fui al gimnacio”, recetan algunos con título universitario y se quedan tan anchos. Al pronunciarse la ce de igual modo que la ese, la inmensa mayoría de los locales cree que tiene la potestad de confundir la ce y la zeta con la ese cuando le da la gana. Si se les hace ver el error, automáticamente afirman: “Sorry, fue un dedaso”, y que siga la fiesta.

Capítulo aparte requerirían las tildes. Ahí no distinguimos entre latitudes ni longitudes. Su uso se restringe a una minoría, entre la que nos encontramos los que nos refugiamos en la escritura para curar los dolores del alma, que son los peores. La canalla se consuela con drogas más livianas, como el alcohol o la compra compulsiva, que no requieren de esmerada ortografía, sólo estómago resistente y algo de dinero.

La tecnología, como ya se ha dicho aquí, no ha contribuido positivamente a evitar el problema. Las herramientas están ahí –que no hay, del verbo haber-, pero al personal le da pereza utilizarlas. Resulta tan sencillo como entrar al sitio de la Real Academia de la Lengua Española y revisar cómo se escribe aquella palabra que jamás se utilizó. O bien realizar una simple revisión ortográfica de las que incorporan los procesadores de texto, es decir, el Word de toda la vida.

Lo que me resulta más llamativo de este asunto es comprobar cómo a la gente, tan orientada a someterse al control de sus hábitos por parte de la masa, el qué dirán y demás tics borreguiles, no tenga el menor reparo a la hora de demostrar públicamente su incapacidad para escribir una línea sin faltas de ortografía. El motivo quizá lo encontremos en que la mayoría de los dictadores agazapados que nos rodean son los primeros criminales de la lengua que nos cobija.

miércoles, 15 de abril de 2009

Los periódicos y la elegancia


Una de las grandes ventajas que hemos descubierto con el maravilloso mundo del Internet es que tenemos acceso a una fuente casi infinita de información. Mayormente de información fresca, de noticias, de actualidades efímeras de esas que tanto llenan nuestra vida en sociedad. Ahora ya no hay que ir al quiosco a comprar la prensa diaria. La prensa entra por la rendija de la conexión a la Red de Redes -¡menuda cursilada!- de nuestro hogar o de la oficina.

¡Qué equivocados estamos!. De nuevo confundimos variedad, o mejor dicho cantidad, con calidad. Nos conformamos con los titulares digitales de tres o cuatro diarios cibernéticos –unos versión del físico y otros nacidos al calor de la “sociedad de la información”- en lugar de entretenernos con la lectura sosegada y extensa de un solo periódico. Porque parece que lo elegante es decir que se han leído cuatro o cinco medios en lugar de uno sólo pero bien leído.

Nada más lejos de la realidad. Si la lectura de un diario ya es un acto de manipulación consentida en un noventa por ciento de los casos, el repaso de los titulares digitales es la constatación de lo poco que le interesa al individuo contemporáneo detenerse a pensar en la veracidad de lo que lee.

Los periódicos digitales son el extremo de la manipulación mediática a la que estamos sometidos a diario y desde todos los medios. Uno abre la página en cuestión y sólo ve un compendio seleccionado de aquello que le quieren vender. Es como si del periódico impreso uno sólo leyese la portada. Sí, yo sé que se puede entra en el desglose de la noticia, pero sigue siendo incompleta.

Textos reducidos que no cansen al “espectador”, dado que la fatiga visual en la pantalla supera a la que provoca leer el medio impreso. Porque los visitantes de los medios digitales tienen más de espectadores que de verdaderos lectores. ¿Cuántos artículos completos leemos y cuántas veces simplemente pasamos de largo llevándonos en la retina el titular?. ¿Cuántas personas se habrán quedado en el primer párrafo de este artículo ante la perspectiva de tener que leer en la pantalla toda una columna?.

El periódico impreso es otra cosa. Empezando por el acto religioso de adquirirlo en el quiosco o recogerlo de la puerta de la casa, como hacía yo en mi Costa Rica querida, impregnándose de ese tumulto de sapiencia que es el olor a tinta sobre papel. Continuando por el repaso detallado de los titulares, no sólo los de la portada, y finalizando con la lectura reposada de nuestra columna favorita.

El periódico impreso llega a detalles mayores y está salpicado de muchas más imágenes de las que caben en una pantalla. Por no hablar de las viñetas, verdaderas obras de arte muchas de ellas. Deleite de unos, los lectores, y cabreo monumental de otros, los protagonistas.

Leer el periódico en la sala de espera, en el autobús, en el metro, en la cafetería, es mucho más elegante que ponerse a mirar la diminuta pantalla del cacharro electrónico de moda, intentando “informarse” de lo que otros quieren que sepamos o dejemos de saber. Sin pretensiones, sin idas y venidas digitales, pasando las páginas cadenciosamente y leyendo los entresijos de la actualidad. Esos avatares que mañana por la mañana serán pasado, pero quedan ahí, impresos, aunque ya sólo sirva para limpiar los cristales o para embalar la vajilla de loza(*).

(*) Desembalando el juego de café de la abuela me encuentro lo siguiente: 30 de diciembre de 2007. El Mundo, Tribuna: “Cómo afrontar la crisis económica mundial”.

martes, 27 de enero de 2009

Las redes sociales y la elegancia



El mundo de la tecnología no deja de sorprendernos. Hace unos años hicieron su aparición las denominadas “redes sociales”, que son una forma de comunicación grupal muy curiosa por medio del Internet y que tienen cierta utilidad para el ser humano. Digo “cierta utilidad” porque la misma depende del uso que les da el individuo a las mismas, de lo cual nos ocuparemos a continuación. La cuestión es que hoy hacen furor entre el personal y parece poco elegante no estar suscrito a una de estas redes.

Creo que la primera de ellas con cierto éxito fue jaifaiv o Hi5, esto es “choca esos cinco”, para los que no entienden idiomas. Consiste en que uno tiene su página y en ella pone fotos, música y cualquier tontería que se le pase por la cabeza, incluido un blog. Luego se van uniendo a esa página “amigos”, que son personas a las que, aunque las estés viendo todo el día en la oficina y apenas si los saludas, incorporas a una lista cada uno con su foto. De lo que se trata es de tener muchos amigos. El jaifaiv es una especie de competencia a ver quién tiene más amigos y qué perfiles son los más visitados.

Existe un contador número de visitas del perfil de Hi5 que, como puede observarse, es directamente proporcional al grado de alicientes sexuales que tenga la foto del perfil interfecto. En otras palabras, las macizas del jaifaiv son las más visitadas, por lógica elemental. Veamos, si cualquier usuario varón al perfil de un “amigo” tuyo, a saber: “Jonathan. 353 amigos”, bajo los cuales aparecen las fotos de los mismos y una de ellas es una señorita con bastante poca ropa, ¿qué hace el “amigo” ante la posibilidad de ampliar tal imagen o incluso ver muchas otras?. La pregunta entra, sin lugar a dudas en el campo de la retórica.

Luego llegó arrasando el feisbook o Facebook, cuya traducción libre sería algo así como “libro de caras”, salvo mejor criterio de cualquiera que domine los idiomas mejor que un servidor, lo cual no debe ser nada complicado. Mucho más completo y algo más privado que su antecesor, dado que no se puede acceder a los perfiles si no se es “amigo” del sujeto, igualmente tiene un componente de competencia a ver quién tiene más amigos.

En el feisbook a uno le preguntan siempre “¿Qué estás haciendo ahora?”, como si realmente le importase a los "amigos" lo que hace o deja de hacer uno, menos aún al propio programita. La cuestión es que si uno rellena ese campo luego a todos los “amigos” les aparece en su página de inicio “Pakithor está tocándose las pelotas”, con perdón y por poner un ejemplo que se ajusta plenamente a la realidad de cualquiera que esté utilizando la “red social”. La fras siempre aparece en tercera persona del singular. Así que hay que tener mucho cuidado al conjugar el verbo, no vaya a ser que uno escriba “tocándome las pelotas” y luego aparezca “Pakithor está tocándome las pelotas”. Nada más lejos de la realidad, como habrá podido advertir el amable lector, yo no me dedico a tocarle las pelotas a nadie.

Luego los supuestos “amigos” pueden comentar ese “estado”, que es como se viene a denominar la cosa, siendo, evidentemente, de gran interés el tipo de comentarios que suelen hacerse. Hay gente que pasa el día actualizando su estado. Lo cual es síntoma inequívoco de lo útil que es el feisbook para la Humanidad. Por ejemplo hay personas que se dedican a poner los días de la semana. Sí, sí, como lo leen: “Pablo está de lunes, empezando la semana”, “Pablo está vaya semanita que tengo por delante y todavía es martes”, y así hasta llegar al “Pablo está por fin viernes!!!” y el consiguiente “Pablo está de fin de semana!!!”. Nótese que el personal que se dedica a esto sólo pone signos de interrogación y exclamación al final, lo cual es mucho más internacional cuando de redes sociales se trata.

Esta historia de ir contando lo que hace uno como si al resto le importase llega al paroxismo con el denominado tuiter o Twitter, que viene a significar “parloteo”. El tuiter es otra suerte de red social que consiste en que uno puede pasarse el día diciéndole a sus fologüers o followers o seguidores lo que está haciendo desde el propio teléfono móvil. El mismísimo Obama se dedica a “tuitear”: “Barack is making pis at the oval office”, y cosas así de mucho interés para el público en particular, más aún para los negros wannabe que tanto lo apoyan.

Todos estos engendros sociales tienen su versión mobile de forma que los adeptos a la tecnología, de los cuales ya hemos hablado aquí, tenga mucho con qué rellenar su vida en cualquier momento, lugar o situación.

En definitiva, como vemos, las redes sociales sirven para muchas cosas, desde ver fotos de señoritas o caballeros con poca ropa, hasta para informar a la Humanidad acerca del día de la semana que es. Lo que no cabe duda es que estos inventos llenan el tiempo de no pocos seres aburridos.

martes, 21 de octubre de 2008

El conocimiento y la elegancia


Vivimos en la “Era del conocimiento”. Sí, sé que es un tópico, pero es que es la pura verdad. Entre los periódicos, el Internet, la radio y la televisión -¡qué dañina es la televisión!- hoy todo el mundo tiene acceso a caudales ingentes de información. Por ende, cuanto más informados estamos más conocimientos adquirimos. Seguramente nuestros bisabuelos aparte de su profesión y de fútbol –ellos- o punto de cruz –ellas- no sabían de mucho más. Hoy la cosa ha cambiado.

Sin ir más lejos una afamadísima periodista sentencia que en su profesión se posee “un mar de conocimientos con un centímetro de profundidad”. ¡Ahí es nada!. Lo cierto es que si miramos a nuestro alrededor puede que esta temeraria afirmación no sólo sea aplicable a los titulados en Ciencias de la Información y afines, sino a todo hijo de vecino.

En el ámbito masculino, el conocimiento futbolístico viene dado por defecto, además en España todo el personal se conoce al dedillo los avatares de Fernando Alonso y las proezas de Rafael Nadal. No puede faltar, para dar cierto nivel a las conversaciones de barra de bar, tener un profundo entendimiento de algún deporte más de minorías, como el bádminton o la pesca de río con mosca.

Entre las féminas unas nociones de moda y complementos son absolutamente imprescindibles. Aunque todo lo relacionado con la maternidad suele ser tema recurrente. Desde el embarazo hasta la ardua tarea de educar a los hijos, sin olvidar los prolegómenos propios de la lactancia.

Pero por encima de estereotipos de carácter sexual, hay mil temas en los que cualquiera, sea hombre o mujer, sostiene una conversación con los fundamentos propios del entendido. Desde Historia a Economía, pasando por la sempiterna actualidad política, que tan acalorados y variados debates proporciona, todo el mundo hoy tiene una cuota de conocimiento que aportar al debate.

Ya se hable de la legalización de las drogas, de la crisis de las hipotecas subprime, de vinos, de cine o de la crianza del esturión en cautividad, que para eso están los documentales, opiniones con supuesto criterio no faltan. Porque el conocimiento, definitivamente, nos induce a la opinión. Así que esta “Era del conocimiento” se me antoja igualmente la “Era de la opinión”.

Los medios de comunicación nos nutren de conocimientos, generalmente sesgados, para que nosotros generemos nuestras propias opiniones, esto es, sesguemos aún más la información recibida. Lo cual ya lo avanzó Bertrand Russell, quien afirmaba que “con un poco de agilidad mental y algunas lecturas de segunda mano, cualquier hombre encuentra las pruebas de aquello en lo que necesita creer”.

Como ejemplo más rotundo tenemos Wikipedia, que es una enciclopedia virtual y, además, inventada, dado que uno puede escribir lo que le dé la gana y luego llega el personal y se lo cree como si estuviese escrito en piedra. Para colmo están los blogs que, como ya se ha dicho aquí, representan la versión escrita de la popularización del conocimiento y, por tanto, de la opinión. Opiniones que pesan más por estar negro sobre blanco –púrpura sobre rosa en algunos casos-, lo cual se nos antoja más cierto, más documentado, más comprometido que una simple conversación de café.

- “El otro día leí que la crisis financiera ha hecho perder 2 billones de dólares a la economía estadounidense en un solo día”, dice un amigo a otro.

- “¿De veras?. ¿Y dónde lo leíste en el WSJ?”, pregunta el segundo.

- “No, en un blog que se llama Brindis al Sol”, es la demoledora respuesta.

Por descontado que aquí, un servidor, es de los que se ponen a opinar a diestro y siniestro sin el más mínimo reparo. Generalizando y sacando conclusiones de ese “mar de conocimientos” que la sociedad de la información nos brinda a diario. Dicho de otro modo “metiéndome hasta en los charcos”, que diría mi padre. Jugando a ese periodista que, con ese “centímetro de profundidad” gnoseológica, se da cuenta de que el chapoteo es perfectamente válido. El que esté libre de pecado que nos aporree a pedradas.

martes, 17 de julio de 2007

La tecnologia y la elegancia



Andaba yo leyendo a un filósofo francés –aunque pueda parecer una contradicción en sí misma: francés y filósofo- cuando se me reveló la siguiente frase: “La tecnología nace para liberar al hombre de las limitaciones impuestas por la naturaleza”. Si uno piensa que la tecnología nació en el paleolítico verá que esa frase cobra toda su vigencia. El hombre, como ser más desvalido desde el punto de vista físico de la Creación, tiene que emplear su intelecto para vencer esas carencias y así aparecen los avances tecnológicos. Pero hace demasiado tiempo que ya el hombre superó casi todos los obstáculos que, por su débil naturaleza, le ponía el entorno natural. Así, hoy la tecnología está más orientada a hacernos la vida más cómoda, cuando no a generarnos nuevas servidumbres. Con lo cual el ciclo se invierte, lo que era una liberación ahora puede ser una esclavitud.

La vida sin tecnología de última generación ya no es vida para el común de los mortales. Máxime cuando se nos bombardea desde todos lados transmitiendo la idea de lo necesario que es tener el último invento diseñado para el consumo en masa. Incluso hay personas que hacen de la tecnología su modo de vida. No porque sean diseñadores de teléfonos celulares o de reproductores de música digital, no sino porque se dedican a comprar todos los artilugios que salen al mercado para demostrar a sus semejantes su papel en la vida.

Seguramente muchos han podido compartir vuelo con un individuo que no deja de sacar aparatejos electrónicos de su maleta. Empiezan con el teléfono de última generación con el que leen el correo electrónico o las noticias –porque han dejado de recibir el periódico en casa, si es que alguna vez en su vida han tocado un periódico salvo en la consulta del médico- hasta que la azafata le pide que lo desconecte. Luego sacan el reproductor de video portátil, pero nunca ven una película entera, suelen ir al cine y después se compran la misma película y la pasan al formato de su reproductor o la descargan por Internet. Entonces echan mano de la consola de videojuegos personal, pero se aburren muy rápido y cambian de juego tres o cuatro veces. Si el viaje es largo lo pasan pegados al ordenador portátil. Indefectiblemente, en cuanto el avión llega a su destino, son los primeros en conectar el móvil y llamar, habitualmente con un tono de voz muy alto. ¿Les resulta familiar?.

Pero este mundo tecnológico además nos pone a nuestra disposición una amplia gama de complementos pretendidamente elegantes, pero que realmente son todo lo contrario. ¿Cuántas personas van caminando por su oficina o por la calle y llevan colgado de la oreja un aparatito brillante?. No, no son sordos. No, no es un implante. Y no, no van hablando solos. Es el auricular inalámbrico del teléfono celular. Pero en ocasiones estos artefactos se emplean en circunstancias absolutamente surrealistas. Sin ir más lejos unas semanas atrás pude ver a un señor jugando al golf con uno de esos puesto, imagino que el tipo creía que iba de lo más “conectado” pero realmente la imagen era patética.

Los teléfonos móviles quizá sean el mayor exponente de este fenómeno por el cual las personas nos sentimos más elegantes si llevamos el aparato de comunicación más moderno y sofisticado. No son uno ni dos los que piensan que tener un celular recién salido al mercado les hace parecer más elegantes. Esto provoca que haya infelices que gastan la mitad de su sueldo en engendros que no utilizan más que para lucir frente a sus amistades.

Otro fenómeno de la tecnología es que modifica la forma de comunicarnos. No sólo porque hay gente por ahí diciendo una hilera de palabras que la mayoría de la población desconocemos, como por ejemplo: “el otro día cambié el hosting de mi site por uno que me da treinta gigas de bandwidth y me permite hacer pruning”. Sino porque se crean nuevos estilos de escritura, como los mensajes de texto y la mensajería instantánea. Estos han generado métodos abreviados de escritura que algunos piensan que son válidos para todo, incluso piensan que así son más “cool”. Esto nos lleva a recibir correos electrónicos profesionales con frases como: “T dije q la cía no puede hacerlo pq x el momento no está en el ppto”, y se quedan tan a gusto.

Al principio decía que probablemente en la prehistoria la tecnología liberó al ser humano de las limitaciones que la naturaleza imponía, pero hoy creo que cada día somos más esclavos de ella.