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sábado, 28 de marzo de 2015

Mentiras

Creo que lo hacemos sin darnos cuenta. Es como un acto reflejo. Como un latir del subconsciente que nos empuja una y otra vez a repetirlo. Necesitamos contarlo, decirlo, escribirlo, postearlo -¡cómo me suena a carnicería lo del posteo!- para creerlo. Para dar forma a una mentira, una creencia, un anhelo. Necesitamos contarlo.

Así, en esa intersección entre lo que pensamos, lo que creemos, lo que anhelamos y lo que sabemos, nace la necesidad de contar, disertar, enviar por correo, tuitear, waspear y todos los demás verbos inexistentes. De otro modo en esa intersección sólo quedaría la duda, la conciencia, la certeza quizá. Sacamos el ego a pasear en forma de confesión, de discurso, de frase mal hilvanada. Sólo así nos lo creemos.

Unos optan por largos discursos magistrales al lazarillo de turno. Ese lazarillo que nunca pondrá en duda nuestro (des)conocimiento o nuestras mentiras. Mentiras que se tornan en verdades toda vez que fueron dichas. Fue Emerson el que dijo que "todo hombre es sincero a solas; en cuanto aparece una segunda persona empieza la hipocresía", en este caso la mentira.

Porque en eso consiste la mentira, en alcanzar cierto cuerpo de verdad. No hay mayor verdad que una mentira repetida, contada, escrita. Diseminada al aire, expuesta en un muro, en una línea de tiempo -¡menuda metáfora!-, anotada negro sobre blanco. Ahí es cuando empezamos a creernos que aquel anhelo, aquella ocurrencia, aquella mentira se transforma en parte de nuestro vivir cotidiano. En una verdad.

Seguros ya de la transformación, comenzamos a sentir que todo cobra sentido y repetimos para nuestros adentros que es real, que ya no es mentira. Una seguridad incierta nos invade. Nos sentimos capaces de replicar a cualquiera que se atreva a desmentirlo. Lo odiamos.

Pero esa seguridad que se desvanece cuando, como dijo Emerson, nos quedamos a solas. La cruda realidad asoma con fuerza y sentimos que hay que volver a empezar. Y volvemos al ataque: lo escribimos, lo contamos, lo posteamos. Por el camino nos apartamos de cualquiera que se haya atrevido a refutarnos, a combatirnos. Aunque a veces lo que hacemos es huir de aquellos que ya perdieron las ganas de pellizcarnos y decirnos a la cara: ¡Eso sabes que no es verdad!.


Y entre mentiras, medias verdades y paseos del ego vamos fraguando nuestro vivir. Sin muchas ganas de que la verdad nos arruine el día, el fin de semana, la existencia al fin.

jueves, 21 de marzo de 2013

Frases, lemas, citas y elegancia


No sé si el motivo es la influencia de la vida en 140 caracteres, o bien es que el exceso de información nos está llevando a resumir nuestra vida en un lema. La cuestión es que a los seres humanos nos ha dado por poner frasecitas más o menos rimbombantes en estos nuevos muros virtuales que hemos construido. Estas líneas de tiempo que llenan nuestro días en busca de un no sé qué en código html.

Todos las habrán visto y seguramente compartido o repetido. “Amar a los animales es un don que sólo los humanos de buen corazón poseen. No dejes de ser humano”. Y citas tan profundas y enjundiosas como esa. Frases que lo expresan todo y nos pretenden marcar la conducta con valores universales y políticamente correctos. Un oasis en esta “crisis de valores”. ¡Ay, la crisis de valores!.

En otras ocasiones son palabras sueltas, generalmente en inglés, porque así tienen más efecto, son más rotundas. Al fin y al cabo a mi todas me suenan a un mal plagio de la película de Woody Allen: Comer, follar, rezar o algo así. En inglés Eat, fuck, pray. Mucho menos vulgar. Suelen estar escritas en arena de la playa o compuestas por combinaciones de colores y texturas.

Frases, palabras sueltas, pensamientos aislados que nos animan a pulsar “Me gusta”, “Favorito” o “Retweet”. Pequeños purgantes diarios que, estimado lector, ya cansan.

Me confieso un amante de las citas literarias o filosóficas. Las he empleado con profusión siempre que estimaban que venían a cuento. Como apoyo prestado para recalcar una idea. Y, para que nos vamos a engañar, para alardear de ser un hombre muy culto y leído. Nada más lejos de la realidad. De Nietzsche a Sabina, pasando por Baudelaire, al que nunca le leí más de dos poemas. Las flores del mal me parecieron insufribles a partir de la tercera página.

Pero estas nuevas reflexiones de copiar y pegar son otra cosa. Se trata de citas totalizadoras que nos intentar explicar toda la esencia de la vida en un puñado de caracteres. “Si Dios te ha regalado un hijo, recuerda que no eres sólo su padre y amigo si no su ejemplo”. Todo un sobre fondo crespuscular que tanto me recuerda a Atalaya, la revistita que dejaban los Testigos de Jehová en mi casa cuando yo era niño.

A mi me parece que son precisamente estos grupúsculos religiosos los que han iniciado la moda de las frases motivadoras o ejemplarizantes. Si se fijan, más de la mitad mientan a Dios, cuando no son directamente una cita bíblica, como esa amenazante: “Al hombre le parece bueno todo lo que hace, pero el Señor es quien juzga las intenciones”. Mucho cuidado, ¿eh?. Mayormente porque el fondo es una imagen de un ojo de proporciones descomunales que debe ser el que todo lo ve.

Los católicos no nos quedamos atrás, y ahora hemos empezado a postear –publicar, en el lenguaje de los profesionales del género- cualquier extracto de las dos homilías que ha ofrecido a la fecha Francisco I. El hombre promete darnos grandes momentos en los muros del feisbuk.

Esto de las citas, los trozos deslavazados de discursos, las palabras ocurrentes en inglés y demás artillería de moralina 2.0, la verdad es que nos está invadiendo a pasos agigantados.  Sería bueno que la próxima vez que le vayan a dar laik o compartir una de estas frases, se piensen bien lo que pretenden demostrar o hacer ver a los que van a recibir un “Fulanito de Copas ha compartido el enlace de Grupo Cristiano de oración Conkistando el Cielo”. Claro que si el amable lector forma parte de un grupo con esa denominación, seguramente ya no tenga salvación posible. Al menos en esta vida. 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Ingeniería social y lenguaje (parte 2): muy fan


Continuando con la que promete ser una nueva serie en este humilde rincón de libertad, me llama la atención un término que igualmente se ha popularizado para definir el superlativo del gusto o la afición por algo: muy fan. Seguro que el amable lector ha escuchado, leído o muy probablemente proferido frases similares a la siguiente:

            - “Soy muy fan de las bolsas reutilizables del Harrods”.

Le dice una maleni a otra a la salida de un curso sobre la elaboración de cupcakes para fiestas de jalogüen y recién llegada de la escapada de puente con su Mr. (ponga aquí la inicial del ufano esposo a conveniencia). Además de cursi, la maleni, no es consciente de que las bolsas de Harrods son de plástico y las han vendido como souvenir toda la vida, mucho antes de que a Al Gore se le ocurriese ir evangelizando –y ganando un dineral- con lo del cambio climático, y a Carrefour cobrar por ellas.

-       “Muy fan de (ponga el nombre del diseñador absolutamente desconocido que se le ocurra pero que acaba de firmar una colección para H&M)”.

Escrito por una egoblogger en tuiter después de conocer la noticia del fichaje del diseñador de marras para hacer camisetas a seis euros. Nótese que el colmo del refinamiento en el uso del muy fan es utilizarlo sin el verbo correspondiente. Esto nos indica lo totalizador de la expresión y, por ende, lo intelectual de su empleo como superlativo.

Porque el muy fan viene a sustituir expresiones más tradicionales –demodé que dirían el argot- como “a mi me encanta”, “me gusta muchísimo”, “me parece extraordinario”, etc. En su lugar se coloca la abreviatura de fanático, es decir, fan, llevada al siguiente nivel o superlativo: muy. La palabra fan antiguamente –hace un par de años- sólo se empleaba para las jóvenes que gritaban en los conciertos de música moderna. Así, lo que existían eran fans de The Beatles o de los Rolling Stones. Quizá alguna de Miguel Bosé en los primeros ochenta.

Ahora, sin embargo, somos fans de todo. De marcas de ropa, de tiendas, de fotógrafos, de periodistas, de ciudades y hasta de músicos barrocos. El otro día me descubrí a mi mismo diciendo “es que yo soy muy fan de Glenn Gould”. Sí, ciertamente me siento un gran aficionado a las grabaciones del pianista más genial que dio el siglo XX. Puede que incluso sea fanático en tanto que lo escucho continuamente y lo recomiendo a propios y extraños. Pero, ¿fan?. A partir de ahí dejé de usar el término, si es que lo había hecho con anterioridad, lo cual no pongo en duda, pero sí en cuarentena.

Seamos sinceros. La expresión ha alcanzado un nivel de popularidad que sus creadores y propagadores nunca imaginaron. Muy fan, estimado lector, no es el superlativo de nada, como no lo es lo siguiente. Si se trata de enfatizar algo, hagámoslo con expresiones conocidas tradicionales de las que tan rico hacen nuestro idioma. No recurramos a artificios lingüísticos propios del lenguaje de los 140 caracteres. Por mucho que la RAE se empeñe en incorporar a su diccionario cualquier modismo que pasa por la puerta, o por feisbuk.

jueves, 30 de agosto de 2012

Ingeniería social y lenguaje: lo siguiente


El lenguaje es como un ser vivo. Evoluciona con el paso del tiempo, con el cambio de las costumbres. Aunque también va cambiando por medio de la creatividad de algunos seres humanos. Así nacen algunas expresiones que terminan imponiéndose. Muchas de ellas porque resultan simpáticas o atractivas de usar. En la mayor parte de los casos porque queremos integrarnos más al emplearlas.

Un ejemplo de esto es la expresión de nuevo cuño “lo siguiente”.:

-       - No estoy reventada, lo siguiente.

Frase real que podemos leer en uno de las muchas redes sociales. Lo siguiente viene a emplearse como el superlativo/imaginativo en el lenguaje popular/ocurrente. Yo, sinceramente, necesito una aclaración cuando alguien emite esta sentencia. ¿Qué es lo siguiente a reventada?. ¿Destrozada como si le hubiese pasado un camión por encima?. ¿Extenuada física y mentalmente?. O a mi no me queda claro, o la creadora de tal afirmación pretende que el resto de la Humanidad dejemos volar la imaginación y pongamos nombre y apellido a ese lo siguiente.

-       - Este tío no es gilipollas, sino lo siguiente.

Otra oración muy común en bares y festejos populares entre los infectados por este nuevo sarampión que podríamos bautizar como siguientismo. De nuevo, ¿qué es lo siguiente?.  ¿Gilipollas integral?. ¿Un poquito menos imbécil que tú?.

Y es que el siguientismo tiene esa peculiaridad, que deja la duda. Yo siempre dudo entre si el siguientista quiere que yo ponga apellido al lo siguiente, se trata de una gracieta rayana con la intelectualidad, o es que es incapaz por si mismo de continuar con el superlativo que sigue al adjetivo en cuestión.

Internet está lleno de ejemplos del uso del siguientismo. Blogs con títulos como “Friki no, lo siguiente”, que debe ser una suerte de autobiografía del autor del blog. Hasta hay campañas  publicitarias que emplean el siguientismo, a todas luces con la intención de congraciarse con su público meta: el gregario.

Si lo que se quiere expresar es el grado superlativo de las cosas, yo opto por otra expresión más prosaica, menos intelectualoide e igualmente fruto de la evolución del lenguaje. Se trata de la afirmación superlativa en grado extremo “se caga la perra”.

-       - Me acabo de comer una langosta que se caga la perra.

Ahí no hay que explicar nada más. El citado manjar era el non plus ultra del placer culinario, expresado por medio de una afirmación rotunda: se caga la perra. Puede sonar ordinario, zafio, incluso vulgar, pero todo ello queda suplido por la absoluta ausencia de pretenciosidad. Se caga la perra es, en definitiva,  la antítesis de lo siguiente, aunque puedan parecer sinónimos.

Que el lenguaje evolucione está bien. Es natural. Lo malo es que se empiezan a adoptar a velocidades de vértigo giros y expresiones que rozan la idiotez supina, o lo siguiente, que es la más profunda ignorancia disfrazada de integración con el entorno. En otras palabras la absoluta falta de elegancia.

jueves, 28 de abril de 2011

La ortografía y la elegancia


Resulta muy complicado no cometer errores ortográficos. Estoy convencido de que si el amable lector repasa las líneas aquí escritas a lo largo de los últimos cuatro años -ahí es nada- encontrará unas cuantas faltas ortográficas. El problema viene cuando no estamos hablando de miles de palabras, como las que aquí ya se han escrito, sino de un puñado de sílabas cargadas de errores.

A mi me duelen los ojos cuando leo correos de personas, pretendidamente versadas, que contienen siete faltas de ortografía en tres líneas. O esos otros que ponen su frase del día en feisbuk con dieciocho errores: “lo pasamos demaciado vien en la plalla”, por ejemplo. Aunque peor aún son los que creen tener cierta aptitud literaria en lo que escriben y te salen con retahílas del estilo: “me a persiguido una calabera y la e buscado un poco mas”.

Confieso que siento la irrefrenable tentación de comentarles exponiéndoles amablemente la barbaridad que acaban de escribir. Lo que ocurre es que el analfabeto funcional, que habita tras la trinchera de la ignorancia ortográfica, suele ser un ser que acepta mal la crítica. En otras palabras, que señalarles sus errores conduce a la negación, cuando no al cabreo supremo. El ego humano es así, le cuesta admitir el error y más aún la ignorancia.

Por estas latitudes los errores se ven aderezados además con la incapacidad generalizada para discernir entre escritura y pronunciación. Básicamente me refiero al fenómeno del seseo. “Ayer fui al gimnacio”, recetan algunos con título universitario y se quedan tan anchos. Al pronunciarse la ce de igual modo que la ese, la inmensa mayoría de los locales cree que tiene la potestad de confundir la ce y la zeta con la ese cuando le da la gana. Si se les hace ver el error, automáticamente afirman: “Sorry, fue un dedaso”, y que siga la fiesta.

Capítulo aparte requerirían las tildes. Ahí no distinguimos entre latitudes ni longitudes. Su uso se restringe a una minoría, entre la que nos encontramos los que nos refugiamos en la escritura para curar los dolores del alma, que son los peores. La canalla se consuela con drogas más livianas, como el alcohol o la compra compulsiva, que no requieren de esmerada ortografía, sólo estómago resistente y algo de dinero.

La tecnología, como ya se ha dicho aquí, no ha contribuido positivamente a evitar el problema. Las herramientas están ahí –que no hay, del verbo haber-, pero al personal le da pereza utilizarlas. Resulta tan sencillo como entrar al sitio de la Real Academia de la Lengua Española y revisar cómo se escribe aquella palabra que jamás se utilizó. O bien realizar una simple revisión ortográfica de las que incorporan los procesadores de texto, es decir, el Word de toda la vida.

Lo que me resulta más llamativo de este asunto es comprobar cómo a la gente, tan orientada a someterse al control de sus hábitos por parte de la masa, el qué dirán y demás tics borreguiles, no tenga el menor reparo a la hora de demostrar públicamente su incapacidad para escribir una línea sin faltas de ortografía. El motivo quizá lo encontremos en que la mayoría de los dictadores agazapados que nos rodean son los primeros criminales de la lengua que nos cobija.

miércoles, 5 de agosto de 2009

La complejidad y la elegancia. Una reflexión veraniega.


Si miramos a nuestro alrededor, o leemos unas cuantas de las últimas entradas de este blog, caeremos en la cuenta de lo complejo que vamos haciendo este mundo en el que vivimos. No sé si a mayor complejidad más elegancia. A mi la verdad es que las grandes complicaciones relojeras nunca me apasionaron, aunque parecen ser el no-va-más de la elegancia en lo que a marcadores de tiempo se refiere.

Como observábamos con el vocabulario, todo ser ha complicado un poco a la hora de querer definir las cosas. Hay que dar una vuelta de tuerca para decir lo que se quiere sin que parezca exactamente lo que se dice. “He pasado las vacaciones en un resort estupendo en una isla y estaba todo el día en el spa dándome masajes de vinoterapia”, comenta alguien por ahí, sin el menor atisbo de ridículo. Se ve que decir "he veraneado en Marbella" ya no es tan glamuroso.

Lo mismo ocurre con la oleada prohibicionista que nos asola. Toda la vida hemos tenido playas, luego llegaron las banderas de colores, los socorristas, las motos de agua y unos carteles enormes en la entrada de la playa que nos anuncia lo que se puede hacer y lo que no. Si se incumple por ejemplo con el mandato de respetar el color de la bandera, en algunos lugares incluso imponen una multa. Rizando el rizo.

Con Belén Esteban veíamos otro ejemplo de lo compleja que se ha vuelto nuestra existencia. Varias decenas de personas viven de exponer públicamente su vida o de opinar sobre la de otros como ellos. Cientos aspiran a ganarse así el sustento. Ahora ya no sientan cátedra los sesudos expertos en cuestiones tan lejanas como economía, física o medicina, sino los adelantados comentaristas de la vida semipública de un sector cada vez más numeroso de población. ¿No es enrevesado?.

Ahora que nos vamos, o hemos vuelto, de disfrutar de unos días alejados del mundanal ruido de la rutina –algunos buscan complejas aventuras de verano quizá para no tener que pensar, sólo gastar adrenalina- quizá lo mejor que podamos hacer sea reflexionar un poco acerca de todo esto, o de aquello de más allá, si el lector lo estima más oportuno. Porque este tiempo de soslayo, de veraneo, en definitiva, puede ser un excelente momento para mirar con otros ojos todo aquello que vemos a diario y ni siquiera nos atrevemos a poner en duda.

A lo mejor ha llegado el momento de que nos olvidemos de todas estas complicaciones y busquemos la elegancia a través de la sencillez, que no es más que un puñado de principios –o valores, como ustedes quieran-, de los cuales nos hemos apartado siguiendo una estela difusa que no nos lleva a ningún sitio. Puede ser que tengamos que volver la vista atrás para ver con nitidez hacia delante y comprobar que son el sentido común, la libertad y la responsabilidad los únicos faros que necesitamos entre tanto ruido de fondo, tanta grande complication y tanto cantamañanas con un micrófono delante. Habrá que darle vueltas al tema.

jueves, 23 de julio de 2009

La terminología y la elegancia (breve glosario)


Parece ser una costumbre muy extendida entre ciertas personas con alguna relevancia pública esta de adornarse con fruición en el lenguaje. No hablo solamente de introducir algún que otro anglicismo, cuando no una palabra o expresión en inglés, sino de realizar ciertos giros sobre dichas palabras o expresiones para hacerlas más grandilocuentes, más pretendidamente elegantes.

Ocurre en todos los campos de la vida, desde la economía hasta la moda, pasando por la política, sobre todo en esta última. Así, nos encontramos con que palabras o expresiones que toda la vida han sido empleadas de un modo generalmente aceptado, pero ahora son condenadas al ostracismo merced a la utilización que algunos iluminados hacen de ellas.

Veamos aquí unos ejemplos, por sectores de actividad, de transformación de los términos.

Política

- Servicio de recogida de basura = Area de Medio Ambiente
- Concejalía de Tráfico = Area de Movilidad
- mitin = acto público
- mitin-fiesta = encuentro solidario
- negociar para aprobar una ley = diálogo
- negociar para aprobar los presupuestos al precio que sea = talante

Economía

- crisis económica = desaceleración de las variables macro
- paro galopante = empeoramiento coyuntural de los datos del mercado laboral
- despido masivo = Expediente de Regulación de Empleo (ERE para que suene aún mejor)
- estar hasta el cuello de deudas = excesivo apalancamiento financiero (o leverage, para los que más despuntan)

Moda

- modelito = outfit
- persona fanática de la moda = fashion victim
- persona fanática de la moda sin un duro = seguidora del imperio de Amancio Ortega
- persona fanática de la moda sin un duro pero con un blog = coolhunter

Otros ámbitos

- terrorista = activista
- terrorismo = activismo, lucha armada
- aborto = interrupción voluntaria del embarazo
- equipo de fútbol = entidad deportiva (galáctica en su caso)
- ateo = apóstata
- peón de albañil = auxiliar de construcción
- enfermera/o = técnico sanitario de grado medio
- barrendero = profesional del medio ambiente
- policía municipal = responsable de movilidad urbana
- botellón = concentración juvenil de dudosa legalidad
- botellón protagonizado por homosexuales = Día del Orgullo Gay

Y así va fraguándose nuestro lenguaje cotidiano. Si bien, en realidad todos estos términos no se emplean coloquialmente. ¿Acaso alguien va por ahí diciendo "Fulanito tiene un excesivo apalancamiento financiero"?. Pues no, lo que se suele decir es algo así como "Fulanito le debe a todo el que se levanta por la mañana". Aunque algunos sí que, en su intento de alcanzar la elegancia por la vía de la grandilocuencia, van afirmando por ahí cosas como "es que yo soy profesional del medioambiente y ayer tuvimos que hacernos cargo de los deshechos sólidos urbanos arrojados con motivo del Día del Orgullo Gay". Mucho ojo.

martes, 27 de enero de 2009

Las redes sociales y la elegancia



El mundo de la tecnología no deja de sorprendernos. Hace unos años hicieron su aparición las denominadas “redes sociales”, que son una forma de comunicación grupal muy curiosa por medio del Internet y que tienen cierta utilidad para el ser humano. Digo “cierta utilidad” porque la misma depende del uso que les da el individuo a las mismas, de lo cual nos ocuparemos a continuación. La cuestión es que hoy hacen furor entre el personal y parece poco elegante no estar suscrito a una de estas redes.

Creo que la primera de ellas con cierto éxito fue jaifaiv o Hi5, esto es “choca esos cinco”, para los que no entienden idiomas. Consiste en que uno tiene su página y en ella pone fotos, música y cualquier tontería que se le pase por la cabeza, incluido un blog. Luego se van uniendo a esa página “amigos”, que son personas a las que, aunque las estés viendo todo el día en la oficina y apenas si los saludas, incorporas a una lista cada uno con su foto. De lo que se trata es de tener muchos amigos. El jaifaiv es una especie de competencia a ver quién tiene más amigos y qué perfiles son los más visitados.

Existe un contador número de visitas del perfil de Hi5 que, como puede observarse, es directamente proporcional al grado de alicientes sexuales que tenga la foto del perfil interfecto. En otras palabras, las macizas del jaifaiv son las más visitadas, por lógica elemental. Veamos, si cualquier usuario varón al perfil de un “amigo” tuyo, a saber: “Jonathan. 353 amigos”, bajo los cuales aparecen las fotos de los mismos y una de ellas es una señorita con bastante poca ropa, ¿qué hace el “amigo” ante la posibilidad de ampliar tal imagen o incluso ver muchas otras?. La pregunta entra, sin lugar a dudas en el campo de la retórica.

Luego llegó arrasando el feisbook o Facebook, cuya traducción libre sería algo así como “libro de caras”, salvo mejor criterio de cualquiera que domine los idiomas mejor que un servidor, lo cual no debe ser nada complicado. Mucho más completo y algo más privado que su antecesor, dado que no se puede acceder a los perfiles si no se es “amigo” del sujeto, igualmente tiene un componente de competencia a ver quién tiene más amigos.

En el feisbook a uno le preguntan siempre “¿Qué estás haciendo ahora?”, como si realmente le importase a los "amigos" lo que hace o deja de hacer uno, menos aún al propio programita. La cuestión es que si uno rellena ese campo luego a todos los “amigos” les aparece en su página de inicio “Pakithor está tocándose las pelotas”, con perdón y por poner un ejemplo que se ajusta plenamente a la realidad de cualquiera que esté utilizando la “red social”. La fras siempre aparece en tercera persona del singular. Así que hay que tener mucho cuidado al conjugar el verbo, no vaya a ser que uno escriba “tocándome las pelotas” y luego aparezca “Pakithor está tocándome las pelotas”. Nada más lejos de la realidad, como habrá podido advertir el amable lector, yo no me dedico a tocarle las pelotas a nadie.

Luego los supuestos “amigos” pueden comentar ese “estado”, que es como se viene a denominar la cosa, siendo, evidentemente, de gran interés el tipo de comentarios que suelen hacerse. Hay gente que pasa el día actualizando su estado. Lo cual es síntoma inequívoco de lo útil que es el feisbook para la Humanidad. Por ejemplo hay personas que se dedican a poner los días de la semana. Sí, sí, como lo leen: “Pablo está de lunes, empezando la semana”, “Pablo está vaya semanita que tengo por delante y todavía es martes”, y así hasta llegar al “Pablo está por fin viernes!!!” y el consiguiente “Pablo está de fin de semana!!!”. Nótese que el personal que se dedica a esto sólo pone signos de interrogación y exclamación al final, lo cual es mucho más internacional cuando de redes sociales se trata.

Esta historia de ir contando lo que hace uno como si al resto le importase llega al paroxismo con el denominado tuiter o Twitter, que viene a significar “parloteo”. El tuiter es otra suerte de red social que consiste en que uno puede pasarse el día diciéndole a sus fologüers o followers o seguidores lo que está haciendo desde el propio teléfono móvil. El mismísimo Obama se dedica a “tuitear”: “Barack is making pis at the oval office”, y cosas así de mucho interés para el público en particular, más aún para los negros wannabe que tanto lo apoyan.

Todos estos engendros sociales tienen su versión mobile de forma que los adeptos a la tecnología, de los cuales ya hemos hablado aquí, tenga mucho con qué rellenar su vida en cualquier momento, lugar o situación.

En definitiva, como vemos, las redes sociales sirven para muchas cosas, desde ver fotos de señoritas o caballeros con poca ropa, hasta para informar a la Humanidad acerca del día de la semana que es. Lo que no cabe duda es que estos inventos llenan el tiempo de no pocos seres aburridos.

miércoles, 20 de junio de 2007

Los idiomas y la elegancia



No seré yo el que transite por los procelosos caminos de las definiciones de lo políticamente correcto o incorrecto en materia lingüística. Ahora bien, una vez más hemos de señalar aquellos comportamientos que, por más generalmente aceptados que parezcan, se alejan por completo del concepto de la elegancia. En este caso en materia de usos y costumbres en el vocabulario cotidiano y la utilización de idiomas.

Mi más tierna infancia laboral me dejó marcado por el empleo de determinados términos en inglés. Algo propio de la pertenencia al vasto ejército de una multinacional de origen estadounidense, pero es algo consustancial con el mundo de las finanzas. Hoy determinadas palabras dejan de tener sentido como tales –cuando no, carecen de una traducción decente- si no se escriben o pronuncian en inglés. “Leasing”, “factoring”, “confirming”, referidos a la banca, o “email”, “blog”, “post”, en esto del mundo virtual, son términos que prácticamente no tienen un equivalente en nuestra lengua materna. En algunas latitudes se empeñan en la traducción más o menos literal, con resultados bastante pobres. Cuando escuché por primera vez la literalidad “mercadeo”, en referencia a “marketing”, mi mente me transportó a esos zocos modernos en los que hay infinidad de puestos cuyos propietarios viajan de una localidad a otra, pensando un poco me di cuenta de que estaban hablando de otra cosa.

Pero esas traducciones literales tienen su razón cultural. Lo que no tiene justificación ninguna es el empleo de palabras o expresiones en inglés sin que exista una causa evidente y menos aún teniendo nuestro idioma una riqueza tan sólida como para tener que cambiar “lleno” por “full”. Mucho menos comprensible es encontrarse a dos personas cuya lengua materna es el español y viven en un país de habla hispana conversando total o parcialmente en inglés. Eso definitivamente no es nada elegante. Imagino que detrás de ese tipo de comportamientos no hay más que un fútil afán de demostrar la habilidad para comunicarse en otro idioma, lo cual no es más que síntoma de falta de seguridad y de cursilería. Ese debe ser el motivo por el que muchas veces uno tiene que escuchar una retahíla absurda en medio de una conversación en español: que los demás vean lo cosmopolita que es uno porque puede hilar una sentencia completa en otro idioma.

A mi no me interesa lo más mínimo si mi interlocutor es capaz de comunicarse a la perfección con cualquier hijo de la Gran Bretaña. Lo que pretendo es entenderlo y que me entienda en el idioma que heredamos de nuestros antepasados, incluyendo todas las aportaciones, más o menos afortunadas, que hemos recibido de la cultura anglosajona. Claro que yo puedo estar totalmente confundido y es mucho más elegante soltar cuatro palabras en inglés de vez en cuando, porque de ahí se desprende que el que las pronuncia tiene una vasta cultura internacional. Me alegro por los que así piensan, en el fondo no son más que víctimas de su propia ignorancia, es decir, ufanos en su comportamiento “bilingüe”.

Lo de hablar en inglés sin venir a cuento es una costumbre muy propia de los que quieren sentirse “personas de mundo”, sobre todo cuando en la televisión todos hablan en ese idioma y no necesitamos leer los subtítulos. En ocasiones la costumbre se vuelve obsesión y los hay que afirman sentirse “cómodos” empleando el lenguaje propio de la Commonwealth. A mi me ocurrió en cierta ocasión que un señor se dirigió a mi en inglés estando ambos en Costa Rica, porque seguramente pensó que, por mi aspecto, no debía ser yo hispanohablante. No salí de mi asombro. Aunque en el fondo lo que creo es que este tipo de personas están deseando practicar su “comodidad”, esto es, el idioma en el que se siente “cómodos”. ¡Qué poco tiene que ver la comodidad con la elegancia!.

A mi no me cabe la menor duda que, en muchas ocasiones, este tipo de cosmopolitas “espanglis” hablantes en realidad ocultan serias carencias para comunicarse en su propio idioma con cierto nivel. Estoy convencido de que los “elegantes” bilingües no son capaces de escribir más de cuatro líneas en español sin cometer una falta de ortografía. Ejemplos no me faltan, pero no quiero herir más sensibilidades.