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lunes, 3 de septiembre de 2018

El camino corto

Vivimos en una sociedad egoísta y cada vez más competitiva. Competimos entre nosotros por cada pequeña cosa en la que hay dos seres humanos involucrados. Lo vemos a diario. En las calles, en el trabajo, por todas partes. 

Personas que corren triatlón pero estacionan su carro –lleno de calcomanías de sus logros atléticos- en el parqueo designado para discapacitados. Otros dejan la botella de plástico botada a la par del basurero en el parque. Conductores que usan el carril de giro a la derecha para meterse delante de los que van a girar a la izquierda. 

Comportamientos pequeños que parecen no significar nada, pero lo son todo. Son el fiel reflejo de esta sociedad enferma en la que vivimos. Buscamos el camino corto para caminar menos al supermercado, no agacharnos a recoger nuestra propia basura o ponernos delante de los que esperan. 

¿Qué podemos esperar de una sociedad que busca lo fácil, no molestarse, aunque molestemos a los demás?. ¿Acaso no son estos comportamientos fiel reflejo de lo que vemos en la vida pública: salarios desmesurados, amigos contratados a dedo, comisiones para favorecer una licitación, etc?. Todo con un alto grado de impunidad como la que existe en Costa Rica.

Pensamos que nuestras acciones egoístas nos favorecen, pero no es cierto. Esas pírricas victoriasno nos convierten en más exitosos, ni más eficientes, ni nos hacen mejores personas, más bien al contrario. Ese egoísmo terminará pasándonos factura más pronto que tarde.  

Hace unos días un vehículo intentaba cambiarse de carril porque delante estaba detenido un bus en una parada. El automóvil que venía por el carril izquierdo aceleró y pitó deteniendo la maniobra del que quería cambiar de carril. En ese momento el semáforo se puso ámbar y el carro que había delante decidió no continuar, de modo que el conductor que había obstruido el paso del otro se estrelló contra él. 

A diario, sin darnos cuenta, somos testigos o actores de muchas escenas de egoísmo. Nos molestan las de los demás, pero las imitamos inconscientemente buscando ese camino corto hacia el éxito. Atajos que, como al conductor que colisionó por su propio egoísmo, nos terminan perjudicando. Estamos en la búsqueda egoísta de obtenerlo todo de manera rápida, fácil y pasando por encima de los demás sin el menor reparo.

Lo peor de todo es que este egoísmo es lo que estamos compartiendo a diario con nuestros hijos. Nosotros mismos les enseñamos a saltarse las normas y les permitimos tener redes sociales sin cumplir la edad recomendada por los propios desarrolladores: “Miente, hijo mío, no vaya a ser que el resto de tus compañeros tengan y tú no”.

Así los educamos. Los problemas son siempre de los demás, de esos perdedores que siguen la fila, que parquean donde no molestan o que cumplen con las normas del condominio.  Esa será nuestro legado a la siguente generación, mediatizada ya por la sociedad de la inmediatez del like. 

lunes, 27 de febrero de 2017

El nuevo vehículo de los cuarentones

Hoy voy a introducirme de nuevo en el interesantísimo tema del análisis del comportamiento social, es decir, de las cosas que hace el personal porque se pone de moda o, como se viene diciendo ahora: lo que es cool. En esta ocasión tocaré un tema sensible. Se trata de la crisis que los hombres sufrimos en el entorno de los cuarenta años. Lo que en el argot trendy viene llamándose midlife-crisis.

Al cumplir los cuarenta –o cuarenta y tantos, porque no es un número exacto- los hombres sentimos que ya no somos jóvenes y atractivos. Así, comenzamos a buscar cómo volver a ser interesantes y modernos.

A algunos les da por la actividad física desmedida. Los casos de lesiones de todo tipo se multiplican, no porque a partir de los cuarenta el cuerpo ya no sea el mismo, sino porque nos da por hacer más ejercicio del que habíamos hecho nunca antes. Un tío con 45 años que no ha hecho en su vida más deporte que el levantamiento de vidrios en locales autorizados para el expendio de bebidas alcohólicas, no puede pretender ser triatleta.  Se va a lesionar seguro. 


Otros combinan lo anterior con la compra de un vehículo de corte juvenil. Con el boom del ladrillo, la compra de descapotables de alta gama en España se disparó entre los mayores de cuarenta años. La correlación entre la compra de estos vehículos y el divorcio era cercana al cien por cien. Dicho de otro modo: Divorcio = Mercedes SLK.

En Costa Rica el fenónemo también se ha visto traducido en la venta masiva de otro tipo de vehículos: los pickups, conocidos en España en mi época como rancheras. Los cuarentones optan aquí por esos coches inmanejables que confieren al usuario un aire juvenil. Recordemos que en el pickup uno puede llevar la tabla de surf o la bicicleta de montaña, accesorios que no pueden faltar en esta etapa de la vida.

¿Qué no tiene bicicleta o tabla de surf?. No importa, nadie conoce ese dato. Lo que queda claro es que si uno tiene una ranchera es porque tiene una vida muy activa. Como cuando rondábamos los veinte.  De hecho este tipo de vehículos son propios de veinteañeros que los compran –los suele comprar papi- precisamente para dar ese tipo de impresión a las chicas de su edad: son aventureros, hombres de acción… y con dinero.


La cuestión es que cada mañana, cuando llevo a mi hija al colegio, me trago una procesión de padres en plena midlife-crisis conduciendo sus rancheras impecables. Todas en tonos metalizados, y ni rastro de barro, arena o cualquier otro tipo de suciedad. Al fin y al cabo son señores que no pueden ir con el coche sucio por la calle. Que nadie se lleve a equívoco.

miércoles, 1 de julio de 2009

Zelaya, Chávez y la democracia de ida y vuelta


Considero absolutamente condenables los métodos antidemocráticos empleados para usurpar la Presidencia del Gobierno de Honduras a Manuel Zelaya. Creo que hasta ahí la comunidad internacional de forma abrumadora está de acuerdo. Ahora bien, igualmente me parece un poco precipitada y poco ajustada a la realidad la respuesta de esa misma comunidad internacional ante el nombramiento de un nuevo Gobierno en Honduras. Me explico.

De entrada, aunque estoy convencido de que la legislación hondureña puede iniciar un proceso de destitución presidencial sin necesidad de que medien las armas, parece evidente que Zelaya estaba, como se dice popularmente, jugando con fuego. La convocatoria de una consulta popular, al más puro estilo chavista, para prolongar su mandato no contaba con el respaldo constitucional necesario. Sin embargo, contraviniendo el rechazo de los demás poderes del estado de derecho, el depuesto gobernante se empeñó en poner en marcha un proceso electoral absolutamente ilegal al que luego, desbancado y en suelo costarricense, denominó “encuesta”.

Si nos retrotraemos un poco más en el tiempo, vemos que esta “encuesta” ha sido el desencadenante de una continuada actuación política poco acorde con esa democracia que ahora pretende abanderar Zelaya y sus compinches bolivarianos. Recordemos que Manuel Zelaya es elegido para gobernar su país como candidato del Partido Liberal de Honduras (PLH). Hasta donde me alcanza el entendimiento, lo de “liberal” casa bastante mal con el socialismo hacia el que giró repentinamente este personaje. Para que lo entiendan mejor les diré que el PLH se afilia a la Internacional Liberal, a la cual pertenece Convergencia Democrática de Cataluña, por ejemplo.

Esto nos lleva a certificar el profundo rechazo popular que Manuel Zelaya venía cosechando, principalmente entre sus votantes los cuales, a todas luces, se sentían engañados. La misma aversión que parece sentir un importante número de hondureños hacia una posible vuelta del desbancado líder.

En este sentido, no estaría de más que, como advierto al principio de estas líneas, la comunidad internacional se tome un poco más en serio este asunto y consulte a los innumerables diplomáticos destacados en Honduras, cuál es la realidad del apoyo popular hacia el nuevo Gobierno instaurado tras el golpe. Porque pudiera ser que un regreso fallido de Zelaya, resultase mucho más peligroso que esta transición que va a vivir Honduras a lo largo de los próximos meses. Recordemos que, a día de hoy, no se ha producido ni una sola baja humana por causa de este incidente, de acuerdo con lo que nos vienen reportando puntualmente las agencias internacionales que operan en el país.

No podemos decir lo mismo del episodio que hace menos de un mes se vivió en Irán. Parece ser que aquí la comunidad internacional, salvando las diferencias, ha preferido guardar silencio ante la sangrienta represión contra los civiles que se han manifestado contra el pucherazo electoral. El cual, por cierto, el propio régimen iraní ha reconocido pero ha menospreciado, para gran regocijo de los que ahora, en el caso de Honduras, se rasgan las vestiduras y pretenden dar lecciones de democracia.

Con este panorama, se me antoja que esto de la “democracia” es un término que empieza a estar al vaivén de los intereses del momento. Sobre todo para aquellos políticos de comprobado pasado golpista y contrastada vocación dictatorial, a cuyo rebufo no ha dudado en situarse Manuel Zelaya, desafortunadamente para el pueblo hondureño que es el que está pagando las consecuencias.

sábado, 18 de abril de 2009

¿Y los paraísos sociales?


Me ha provocado auténtico estupor la constatación de que la única medida real y efectiva tomada en el seno del denominado G20, haya sido la de publicar una lista de países denominados “paraísos fiscales”. Una lista negra de estados soberanos a los que se amenaza con sanciones si no se pliegan a los deseos informativos de los grandes países del planeta.

Paradojas. Mayor perplejidad me ha producido ver que Costa Rica se encuentra en esa lista. Resulta paradójico que Reino Unido, Francia u Holanda puedan poner marchamos de opacidad a terceros cuando ellos son los que inventaron este tipo de refugios. Véase la pléyade de islas caribeñas aún bajo su control que resultan ser verdaderos paraísos, no solo por sus playas de arena blanca, sino por lo liviano del control financiero y fiscal de ella. Sin ir más lejos, no son pocos los ciudadanos costarricenses que acuden a dichas islas, no para dorar su piel bajo el sol, sino para depositar en ellas sus ahorros o el fruto de transacciones comerciales. Paradojas del mundo contemporáneo.

Tampoco Obama puede sacar pecho al respecto, dado que el estado de Delaware es, de facto, un auténtico paraíso fiscal en el que se puede crear una sociedad en treinta minutos y con acciones al portador. Tampoco hace falta ser estadounidense, ni tan siquiera residente para tal trámite. Desconoce- mos por qué este estado norteamericano no se encuentra en la lista negra.

Lo anterior ya resulta suficientemente esclarecedor del doble –y equivocado– rasero que han aplicado en el G20 para tomar la decisión y poner nombres a países que ni tan siquiera pueden defenderse, dado que no se encuentran representando en tan mediático foro. Sin embargo, lo más dramático es comprobar lo interesados que están los países más desarrollados del mundo en erradicar los paraísos fiscales –los ajenos, claro está– con tal de aumentar la recaudación de sus maltrechas arcas públicas, pero lo poco que les importan los verdaderos paraísos del siglo XXI: los paraísos sociales.

Costa Rica, por poner el ejemplo más cercano, es un país reconocido internacionalmente, para lo bueno y para lo malo, por su sistema de seguridad social. Lo cual interesa bastante poco, dado que de lo que se trata es de perseguir cualquier atisbo de evasión impositiva, no de evitar la invasión de productos fabricados en países que institucionalmente deploran la protección social de los trabajadores. Esto último dista mucho de ser lo que ocurre en Costa Rica.

‘Dumping’ social. Todo esto tiene su lógica si consideramos que uno de los países más destacados del G20 es el mayor paraíso social del mundo. Me refiero a China, en donde es el propio Estado el que patrocina la ausencia de garantías sociales con tal de inundar el mundo entero con sus productos. Gracias a esta política de dumping social masivo es como China se ha convertido en un país imbatible en lo que a fabricación a bajo coste se refiere.

Por poner un ejemplo claro y rotundo, China se ha comido al sector textil mundial, desde el que producía en países desarrollados, hasta el que existía –queda algo, pero desaparecerá– en países en vías de desarrollo como Honduras, Vietnam o Marruecos. No se puede competir contra un coloso que tiene la firme decisión de acabar con cualquier competidor y al que, cultural e institucionalmente, le importan poco los derechos de sus ciudadanos.

Para colmo este paraíso social tiene carta de naturaleza como país respetado entre los grandes del planeta. Con este panorama creo que no debería extrañarme tanto por las resoluciones del G20. ¡Muerte a los paraísos fiscales! ¡Larga vida a los paraísos sociales!.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 17 de abril de 2009.

lunes, 2 de marzo de 2009

Las despedidas y la elegancia



Por circunstancias de la vida este será el último artículo que escriba desde Costa Rica. Dentro de unos días emprendo una nueva aventura personal otra vez fuera de mi devastado país. Marruecos es la siguiente estación de mi camino. Más cerca de casa, al menos físicamente.

La cuestión es que esta circunstancia me ha permitido vivir en primerísima persona un aspecto, cuanto menos curioso, del ser humano moderno. Me refiero a las despedidas, con todo lo que las mismas conllevan, desde dar la noticia hasta hacer las maletas. Y es en esta circunstancia en la que uno aprecia en gran medida la elegancia de los seres humanos, como relataré a continuación.

Para empezar están las reacciones ante la noticia. Desde las lágrimas del amigo, hasta el ademán impasible del que se decía amigo. Desde la sorpresa, hasta la frialdad más absoluta. En cualquier caso, en casi todas las ocasiones lo que he visto es la sinceridad reflejada en el rostro de la persona o la he sentido al otro lado de la línea telefónica. En esto el personal no se anda con remilgos, menos aún si lo que median entre ambos seres humanos no son más que negocios.

La sorpresa llega más bien del lado del que da la noticia. Aquel al que uno consideraba amigo apenas se ha inmutado ante tal circunstancia, si acaso su interés viene cuando ve peligrar algún negocio en común. Otros, cual buitres que se abalanzan sobre la carroña, ven la oportunidad del río revuelto. “Si este se va, puedo intentar ocupar su puesto”, piensan mientras te dicen lo que lamentan tu decisión. Ya digo que en la cara se les nota, a casi todos.

Luego están los que quieren comprar barato. Porque esto de los desplazamientos genera mucha ganga. “¿Qué vas a hacer con el coche (casa, muebles…)?”, es lo primero que se les pasa por la cabeza y lo primero que te dicen algunos. A lo cual a uno le entran ganas de responder: “Le voy a prender fuego y si puedo contigo dentro”. Claro que no suena muy elegante, pero las ganas se acentúan cuando tu interlocutor tiene el descaro de decirte: “Si no lo vendes yo te ofrezco X (su precio real menos un treinta por ciento)”. La respuesta no se hace esperar: “Por ese precio lo regalo en la beneficencia que les hace más falta que a ti”. Uno menos al que invitar a la fiesta de despedida.

No faltan los que aprovechan la despedida para hacer negocios. Como ese correo que recibí que decía: “Hola Paco, espero que no te hayas ido sin despedirte. ¿Te importaría enviarme la topografía de aquel terreno que ibas a comprar?. Saludos”. Lo cual me recuerda aquel chiste del que fue a poner una esquela mortuoria y como tenía seis palabras disponibles puso: “María ha muerto, vendo SEAT Ibiza”.

Las fiestas de despedida merecen capítulo aparte. De entrada, te ofrecen bastantes, que poco a poco se van diluyendo, quedando sólo las de los amigos de verdad y algunos que son más amigos de lo que tú pensabas. Luego en las propias fiestas tienes que soportar a algunos que básicamente lo que aprovechan es para beber y comer gratis.

Pero vayamos al lado positivo del asunto. Con las despedidas se destacan los que de verdad sienten la pérdida, los que sabes que van a estar ahí aunque tú ya estés lejos, los que hacen grande la palabra AMISTAD.

Porque las despedidas, estimado amigo, a uno le permiten separar el grano de la paja, aunque sea ya demasiado tarde como para deshacerse de ésta y quedarse con aquél.

martes, 3 de febrero de 2009

Habemus plan


El Gobierno de Costa Rica ya tiene un plan contra la crisis económica, esa que ni el ministro de Economía ni el presidente del Banco Central advertían hace tan solo unos meses. Lo han bautizado el “plan escudo”, un nombre más de operación militar –Tormenta del desierto, Plomo pesado…– que de contingencia económica.

Resulta curioso que Óscar Arias abra su discurso de anuncio del plan afirmando: “en abril del año pasado yo hablé de vacas flacas”, cuando en realidad los máximos jerarcas económicos del país se empeñaban en afirmar lo contrario. Especialmente Francisco de Paula Gutiérrez.

Con su obsesión desmedida por controlar la inflación, Gutiérrez cerró las posibilidades de crédito de los bancos estatales y los obligó a respaldar con patrimonio hasta los Bonos del Tesoro de la República de Costa Rica. Una medida sin precedentes y que ha venido a causar un frenazo en la actividad económica del país y a agudizar aún más las consecuencias nacionales de la crisis financiera internacional.

Paradojas. Todo esto ocurría un mes antes de que Arias hablase de “vacas flacas” y ahora que estamos en el “ojo del huracán”, Gutiérrez sigue hablando de inflación y Arias, mirando para otro lado. Hemos invertido unos cuantos miles de millones de colones en capitalizar unos bancos que quedaron descapitalizados por obra y gracia del BCCR. Un pequeño detalle que todo el mundo parece haber pasado por alto.

Igualmente paradójico resulta que, habiendo obtenido el Estado superávit fiscal durante 2008, esto es, los ingresos han sido superiores a los gastos, los entes estatales que prestan los servicios públicos anuncien importantes subidas de tarifas en plena crisis. No me refiero al aumento de los mensajes de texto de los celulares, que es el único que parece preocuparle al Gobierno, seguramente por motivos electorales (los principales usuarios del servicio son jóvenes del área metropolitana, esos que cada día votan menos a Liberación y más a las opciones izquierdistas). Lo realmente preocupante es que la CNFL haya subido un 25 % las tarifas sin el mayor miramiento hacia decenas de miles de familias y comercios y sin que el Gobierno haya puesto el grito en el cielo.

Para poner las cosas en perspectiva, si a uno de los usuarios habituales de la mensajería celular le aumentan el precio a 5 colones por unidad y multiplicamos por 300 mensajes mensuales, resulta que el chico paga 1.500 colones al mes por chatear con los amigos. Una familia media que gastaba 20.000 colones en electricidad ahora va a pagar 25.000. ¿Quién sale más perjudicado?, ¿cuál de los dos servicios es verdaderamente “básico”?

Faltó ambición. Volviendo al “plan escudo”, resulta que no deja de tener un componente familiar porque, una vez leído, a uno le suena más a carta al Niño Dios que a verdadero plan económico de un Gobierno. Digo esto porque resulta que, de todas las medidas que se anuncian, más de la mitad dependen de terceros, empezando por el verdadero Poder Ejecutivo de este país, me refiero al Legislativo.

Para relanzar la economía del país, mucho más allá de las ayudas –¡otra más!, es año preelectoral– a los sectores no productivos y a las industrias en declive –el bendito “agro”–, el Gobierno debería haber lanzado un ambicioso plan de infraestructuras desde que se avistaban las “vacas flacas”. Más aún cuando la construcción se vio frenada en seco por la ausencia de crédito en los mercados locales, nuevamente gracias a Gutiérrez y su cruzada contra la inflación.

Ahora estas infraestructuras, que además son necesarias para que Costa Rica encare con cierta ventaja el fin de la recesión económica en los EE. UU., quedan en manos de los rompedores de quórum, los anticonsultorías y otras especies que pululan por Cuesta de Moras (Asamblea Legislativa). Óscar Arias, que ya vio la crisis, según sus propias palabras, hace casi un año, parece que ahora, como ocurrió con el TLC, tiene que dejarlo todo en manos de la Asamblea Legislativa. En definitiva, la carta al Niño Dios.


Publicado hoy en La Nación de Costa Rica.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Esa elegante invasión anglosajona

No hay que ser excesivamente observador para darse cuenta de cómo el idioma inglés nos invade. Pero no solo es una invasión aceptada, sino que el uso indiscriminado de la lengua británica es un síntoma de clase y elegancia en Costa Rica.

En el mundo de los negocios determinadas palabras dejan de tener sentido como tales si no se escriben o pronuncian en inglés: “leasing”, “cash-flow”, “pay-back”, etc, son términos que prácticamente no tienen un equivalente en nuestra lengua materna. Quizá estos casos tengan su justificación en cierta medida dado que la globalización nos empuja a su empleo sin solución de continuidad.

Lo que no tiene razón de ser alguna es el empleo de palabras o expresiones en inglés sin que exista una causa evidente y menos aún teniendo nuestro idioma una riqueza tan sólida como para tener que cambiar “lleno” por “full”, o “bye” por “adiós”. Por usar dos de los ejemplos más extendidos y flagrantes de lo que comento.

Mucho menos comprensible es encontrarse a dos personas cuya lengua materna es el español y viven en un país de habla hispana conversando total o parcialmente en inglés. Eso definitivamente no es nada elegante, por mucho que en los clubes de rancio abolengo sea de uso extendido, aceptado y aplaudido. Imagino que detrás de ese tipo de comportamientos no hay más que un fútil afán de demostrar la habilidad para comunicarse en otro idioma, lo cual no es más que un indicativo de falta de seguridad y de cursilería.

Ese debe ser el motivo por el que muchas veces uno tiene que escuchar una retahíla absurda en inglés en medio de una conversación en español: que los demás vean lo cosmopolita que es uno porque puede hilar una sentencia completa en otro idioma.

“El fin de semana estuvimos en New York –hay que hacer sonar fuerte la “k”, para que se note el acento cuasibilingüe– y vieras que el Black Weekend estaba full de gente supercool ”, le decía una señora a una amiga en una cafetería. En realidad lo que quería decir la señora es que estuvo comprando de rebajas, pero dicho así uno se la imagina codeándose con las celebrities –otra palabreja clave– gringas de turno.

A mí no me interesa lo más mínimo si mi interlocutor es capaz de comunicarse a la perfección con cualquier hijo de la Gran Bretaña. Lo que pretendo es entenderlo y que me entienda en el idioma que ambos heredamos de nuestros antepasados, incluyendo todas las aportaciones, más o menos afortunadas, que hemos recibido de la cultura anglosajona.

Claro que yo puedo estar totalmente confundido y es mucho más elegante soltar cuatro palabras en inglés de vez en cuando, porque de ahí se desprende que el que las pronuncia tiene una vasta cultura internacional. Como aquel muchacho de Siquirres, cantón al que yo tengo mucho aprecio, por cierto, que tras quince días en los “Estados” –nótese que no se acompaña del adjetivo “Unidos”, dado que lo in es decirlo como los gringos–, al ver a su padre que fue a recogerlo al aeropuerto, no pudo contener las lágrimas y gritar con los brazos abiertos: “¡fathersss!”.

A mí no me cabe la menor duda de que, en muchas ocasiones, este tipo de cosmopolitas “espanglishablantes” en realidad ocultan serias carencias para comunicarse en su propio idioma con cierto nivel. Estoy realmente convencido de que los elegantes pseudobilingües no son capaces de escribir más de cuatro líneas en español sin cometer alguna falta de ortografía. Ejemplos no me faltan, pero no quiero herir más sensibilidades.


Publicado en La Nación de Costa Rica el 15 de diciembre de 2008.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Esa falsa españolidad


En América Latina existe una absolutamente falsa idolatría hacia lo español. El personal aquí, en líneas generales y tras una cortina de amor infinito hacia lo español, todavía guarda un profundo resentimiento hacia todo lo que viene de la Madre Patria. Es lo que yo denomino el complejo criollo, sobre el cual he glosado en alguna ocasión. Los españoles que conquistaron América dejaron un muy mal sabor de boca y no pocos vástagos, los cuales hoy vilipendian a sus antepasados creyendo que son los nuestros.

Sin embargo, uno que vive de este lado de la Mar Océana no deja de sorprenderse de la filiación que aparentemente despierta España entre los locales. Para empezar todos tienen algún antepasado español. “El abuelo de mi madre era español. De Zaragoza”. Lo cual a uno le da bastante igual, para ser muy sincero. “Yo no lo conocí, pero mi mamá pasaba el día hablando de España”, continua el falso filo-español. ¡Qué suerte!, ¿no les parece?.

En segundo lugar llega el relato del viaje de rigor a España. Medio bromeando, pero lanzando una fuerte carga de profundidad, comentan despectivamente nuestra forma de hablar. “¡Puez que no vaz a comprar ezas uvaz!”, le dijo el tendero a la señora que no dejaba de manosear el género. Los latinoamericanos no se enteran de que nosotros no usamos la zeta para todo, con lo cual no saben diferenciar y nos llaman, en privado, por supuesto, “zopetas”.

La verdad es que nosotros hablamos muy “golpeado”, que dicen aquí, como regañando todo el tiempo. No contamos con esa dulzura criolla en el hablar. Todo es melodía cantadita, aunque encierre el mayor de los desdenes. Y claro, queramos o no les choca que les hablen claro y directo cuando toda la vida se han dirigido a ellos de forma suave y pausada, sin decir lo que hay que decir, sino dejándolo entrever entre elogios envenenados.

La gastronomía patria también da mucho juego. “Mi mamá hacía una torta española deliciosa que le enseñó a hacer su abuela, que era española”. Lo que no le enseñó es que se llama tortilla de patatas, porque aquí la tortilla es otra cosa y tampoco se dice “patata”, sino “papa”. “Pero donde comimos riquísimo fue en Madrid, en la plaza Mayor. Nos comimos unas tapas, como ustedes les llaman a las boquitas, deliciosas”. Sí, estimado lector español, la “tapa” no cruzó el charco, se vio modificada por diferentes vocablos: pasapalo, boquita, boca, botana… Lo de la plaza Mayor, creo que huelga comentarlo.

La cuestión es que la admiración por la cocina española no se refleja en los hábitos alimenticios de estos confines. Sobre todo en Mesoamérica, en donde lo que se come son arroz y frijoles, frijoles con arroz y arroz revuelto con frijoles, aparte de algo de pollo y tortillas de maíz. La “torta española” es considerada un manjar, al igual que el gazpacho o las croquetas, y los embutidos que, aunque presuntamente deseados, realmente nadie los come por la mala fama que tiene la carne de cerdo por estos lares.

Juan Carlos de Borbón, al igual que el resto de su familia, es muy admirado a lo largo de América Latina. Las señoras siguen sus pasos por medio del sempiterno “Corazón, corazón”, que se retransmite por medio del canal internacional de Televisión Española, porque “yo siempre tengo puesta la televisión de ustedes”. Que digo yo que si fuera mía ya la habría vendido hace tiempo.

Aunque todo esta españolidad nos parezca muy entrañable, la realidad de las cosas es que, en cuanto uno se da la vuelta uno es el “españolete” y le imitan la forma de hablar. No todo el mundo claro está, esta es una generalización más o menos acertada que me viene a mi de una de esas cándidas discusiones que surgen en estas latitudes entre sonrisas, voces a medio gas y melodiosos vituperios que uno estoicamente tiene que soportar.

La cuestión es que hace apenas tres días una de estas señoras, después de hacerme la vida imposible durante un buen rato en un asunto de negocios, tras una larga discusión –muy amable, eso sí-, me dijo que “mi abuelita era española”. En ese momento, no pude evitar confesarle a la anciana: ¡Qué casualidad, señora!, las dos mías también. La pobre quedó desolada.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Del subdesarrollo al surrealismo

Aunque suene reiterativo, a nadie se le escapa que Costa Rica tiene un serio déficit en infraestructuras, una educación pública universalizada pero de calidad decreciente, al igual que la sanidad, amén de un problema creciente de inseguridad ciudadana. Tampoco se nos puede quedar atrás la cifra de ciudadanos que viven por debajo del umbral de la pobreza.

Todo ello, junto con otros datos macroeconómicos que omito destacar, hace que este sea un país de los denominados “subdesarrollados”. Odio el eufemismo “en vías de desarrollo”, calificativo que pudo ser aplicable hace años, pero, hoy por hoy, las “vías” no las veo por ningún sitio.

Pues bien, con ese panorama ciertamente desolador, nuestros diputados miran para otro lado y se dedican a aprobar leyes que promueven una falsa democracia participativa. Me refiero a la ley ambiental que crea el referendo cantonal (La Nación, pág. 4, sábado 1 de noviembre).

Resulta que ahora un 10% de los votantes de una comunidad –¡bendita palabra!– pueden convocar un referendo para que los vecinos opinen sobre la conveniencia, o no, de que se realice un proyecto.

Por “proyecto” se entiende cualquier tema que previamente haya pasado por todo el tortuoso proceso de permisos, incluida la Setena. Desde construir una casa en un lote hasta realizar una mina a cielo abierto.

De esta forma, las ya maltrechas economías municipales tendrán que consignar en sus presupuestos las correspondientes partidas para la celebración de referendos. ¿O es que alguien pensó que estos plebiscitos los iban a sufragar los solicitantes?

En algunos casos se me antoja que le van a faltar fechas al calendario para su realización, a no ser que se permita agruparlos. Sin hablar de que muchos presupuestos municipales no alcanzarán para tanto llamamiento a la “democracia participativa”.

A todas luces, esta ley supone el fin del desarrollo en este país. Ahora ya no bastará con invertir cientos de millones de colones en todo el ya de por sí kafkiano proceso de obtener la aprobación de unas catorce administraciones públicas, incluidas las municipalidades, por cierto. Procesos que, en no pocas ocasiones, tienen un período superior a los dos años. Con la espada de Damocles del referendo popular todo será más caro, más lento y, lo peor de todo, más incierto, dada la inseguridad jurídica que genera.

Como decía al principio, en Costa Rica hay mil problemas que solucionar con un presupuesto muy limitado. Sin embargo, en lugar de destinarlo a mejorar infraestructuras, seguridad, educación o salud, estamos pensando en dedicar recursos a entrabar aún más el desarrollo, en otras palabras: a profundizar aún más en el subdesarrollo.

Las consecuencias de continuar por este camino de autodestrucción las explicó magistralmente aquí el doctor Jaime Gutiérrez Góngora ( Página Quince , sábado 1 de noviembre). Y es que aquí algunos, como mi paisano el diputado Merino del Río, impulsor de esta ley, se han empeñado en llevar a Costa Rica al borde del colapso.

Subidos a los estrados políticos, universitarios y mediáticos, nos hacen creer que el desarrollo y el progreso es cosa de ricos. Nuestros políticos, todos, les hacen la ola, dado que aquellos se encuentran investidos de una falsa superioridad moral que es aceptada de facto por estos.

Los diputados, esos señores que se dedican, entre otras cosas, a quedarse en la puerta del plenario para no hacer quórum, nos están dejando claro que sacar a Costar Rica del subdesarrollo no les interesa. Aprueban por unanimidad leyes en contra del desarrollo, mientras dejan dormir el sueño de los justos a leyes como la de concesión de obra pública, o frenan a toda costa la definitiva aprobación del TLC. Esta gente, si no la detenemos, nos va a llevar del subdesarrollo al surrealismo.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 20 de noviembre de 2008.

viernes, 24 de octubre de 2008

Recurso de amparo, el nuevo deporte nacional



El reciente episodio del intento de acabar con la construcción del Estadio Nacional patrocinado por el gobierno de China, por parte de un “grupo de eminentes ciudadanos”, ha hecho saltar las alarmas entre la ciudadanía respecto de lo fácil –y barato– que es echar por tierra cualquier proyecto en este país. Para ello solo hace falta presentar un recurso de amparo ante la Sala Constitucional o Sala IV.

No obstante, este dichosamente fallido episodio no es, ni mucho menos, un tema excepcional o que requiera la concurrencia de un “grupo de eminentes ciudadanos”.

Más bien, la presentación de recursos de amparo por cualquier motivo, especialmente para detener la ejecución de algún proyecto que molesta a alguien, se está convirtiendo en una suerte de deporte nacional.

Hace unas semanas, un conocido que se encuentra en los estertores de su carrera universitaria de Derecho en la UCR, me comentaba que, con motivo del desarrollo del proyecto de trabajo comunal, obligatorio para graduarse, se dirigió a conocer las actividades de un grupo de estudiantes organizados para tal fin. Entre consignas bolivarianas, los jóvenes desvelaron que su dedicación comunal se dirige a ayudar a diversas comunidades a presentar recursos de amparo con el fin de paralizar proyectos de inversión en el entorno de aquellas.

Desde desarrollos inmobiliarios a plantaciones de piña, pasando por proyectos turísticos –¡qué gran enemigo de las comunidades es el turismo!–, la dedicación comunitaria de nuestros jóvenes en ciernes de ser licenciados universitarios consiste en el asedio a la iniciativa empresarial. Todo bajo sede y amparo de la intocable Academia, cuya autonomía me imagino que impide la sustanciación de cualquier intento por evitar este tipo de actividades, rayanas, a todas luces, con el terrorismo legal que tan fervientemente defienden los enemigos de las mayorías democráticas.

Este asunto demuestra dos cosas. La primera es que, si un grupo, no ya de “eminentes ciudadanos”, sino de mentes en proceso de maduración, jaleadas desde los púlpitos de la pseudointelectualidad de izquierdas de este país, puede paralizar proyectos a punta de recursos de amparo, ¿qué no podrá hacer un abogado con cierto bagaje profesional en materia constitucional?

La segunda y más importante es la gratuidad, o falta de responsabilidad, asociada a la presentación de recursos de amparo “por deporte”. Esa es la clave del asunto. Para paralizar un proyecto de 72 millones de dólares, como es el Estadio Nacional, el “grupo de eminentes ciudadanos” solo necesitaron escribir una cuantas líneas –probablemente tengan el machote y solo haya que sustituir Acueducto Sardinal por Estadio Nacional, por ejemplo– en un procesador de texto.

Por fortuna, en este caso, el atraso del proyecto ha sido tan solo de unos días, pero esta no es la tónica general, sobre todo dado el atasco que la Sala IV tiene merced a esta nueva moda de presentar recursos de amparo para todo. ¿Cuál hubiese sido el costo económico de tener durante meses o años paralizada esta construcción? Voy más allá, ¿quién se hubiese hecho cargo de ese costo una vez que el tribunal competente hubiese dictaminado? Mucho me temo que los “eminentes ciudadanos” que presentaron el recurso, no. ¿No sería razonable que los reclamantes tuviesen, como mínimo, que responder económicamente por el posible daño causado?

De otra forma, aquí el único que corre algún riesgo con un recurso de amparo es el demandado. El demandante, tenga o no razón, se dilucide el asunto a su favor o en su contra, no tiene absolutamente nada que perder. Así cualquiera.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 22 de octubre.

lunes, 20 de octubre de 2008

Tranquilos, la crisis no va con Costa Rica


Los dos máximos responsables de la política económica del país, el ministro de Hacienda y el presidente del Banco Central , han demostrado en sendas entrevistas a La Nación su capacidad para hacer creer al público que esto de la crisis financiera mundial no va con Costa Rica. Es su trabajo y es lo que toca, lo cual no quita que, al menos, lo hagan con un poco de rigor.

El ministro Guillermo Zúñiga dice sentirse “tranquilo” porque el Gobierno “ya tomó” medidas para atenuar los posibles efectos de la crisis. Para empezar, resulta impresionante que el responsable de Hacienda hable de medidas tomadas en el mes de mayo, lo cual indica que Zúñiga ya preveía esta crisis, de la cual ningún experto hablaba.

Claro que no menos sorprendentes son las “medidas” acordadas en mayo –insisto– por el Gobierno, como el plan destinado a mejorar la “seguridad alimentaria”, para gran regocijo de las huestes bolivarianas patrias que no se quitan el eufemismo de la boca. Digo eufemismo porque lo que realmente significa “seguridad alimentaria” es “subsidios a todo meter para los productores agrícolas”. ¿Se acuerdan de la diputada “arrocera” del PAC? Pues eso.

Lo que no dice Zúñiga es que desde mayo los precios internacionales del arroz o el maíz han caído entre un 17% y un 23%. Al igual que el petróleo lo ha hecho en más de un 40%, y el Ministro habla del programa de subsidios del diésel para el transporte público. A lo mejor es que Zúñiga se guía por los precios de las gasolineras, inamovibles a pesar de la caída en picado del crudo.

El presidente del Banco Central ha ido más lejos. No es que Francisco de Paula Gutiérrez esté “tranquilo” como su colega de la cartera de Hacienda, sino que no cree que “haya contagio”, aunque, si leemos con detenimiento, nos percatamos de que a lo que el jerarca monetario se refiere es al sistema financiero, reconociendo que “evidentemente, hay un canal real de desaceleración de las exportaciones”.

Sin embargo, ya sabemos que a Gutiérrez esto de las exportaciones le importa bastante poco, lo suyo es combatir –con absoluto fracaso– la inflación.

Estos desvelos inflacionarios son lo que llevaron al presidente del Banco Central a cerrar el grifo de la financiación de los bancos estatales hace unos meses. Con esto y subiendo los intereses al 12% se pretendía recortar el efectivo en manos del público y así esperaba controlar la inflación y, de camino, ralentizar el crecimiento económico del país impidiendo el acceso al crédito de los sectores más dinámicos de la economía: el exportador y el turístico. El agrícola entre subsidios y programas de “seguridad alimentaria” no tiene ese tipo de problemas.

La cuestión es que el panorama, desafortunadamente, es mucho más sombrío del que pintan esta pareja de economistas. Primero por las implicaciones de esta crisis que tanto afecta a nuestro principal socio comercial. La inversión extranjera directa, junto con el turismo, principal factor de la bonanza económica experimentada por Costa Rica durante los últimos años, se encuentra en franco declive y con pocas probabilidades de recuperarse en el corto plazo.

Por otra parte, nos encontramos con un presupuesto público que el propio ministro de Hacienda ha calificado de “corte social”, esto es, lleno de subsidios, ayudas y demás gastos propios de un año preelectoral. Amén de una estructura estatal absolutamente incapaz de sacar adelante un solo proyecto de inversión relevante que logre reactivar la economía.

No se trata de un asunto únicamente de voluntad política, de capacidad financiera del Estado o de ausencia de proyectos e iniciativas, sino de que, como hemos podido comprobar hace unos días, cualquier iluminado con ínfulas populistas puede paralizar una inversión pública presentando un puñado de papeles ante la Sala IV. Pintan bastos, dicen en mi tierra.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 17 de octubre.