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martes, 26 de octubre de 2021

Señoronas de la izquierda caviar


A la izquierda española siempre le han gustado las divas, las señoronas de cliché recién peinadas, maquilladas, vestiditas en plan niñas bien, pero gritonas, reivindicativas, feministas de postal y femeninas como la que más. Ahora estrenan nueva musa, transmutada en portada de revista, pero no de Mundo obrero -el pasquín de su partido-, sino del Vogue. La izquierda española siempre ha sido muy de señoras bien vestidas, con clase, pero no clase obrera, claro. Lo decía siempre Umbral, el falso comunista que nunca levantó un dedo contra el franquismo, hasta que murió Franco, tan aficionado a las marquesas que reunían en casa a los intelectuales y los curas rojillos allá por los setenta. Cenas por todo lo alto con servicio uniformado, pero muy de izquierdas, claro.

 

Ya con José Luís Rodríguez tuvimos una nutrida representación de este espécimen, encabeza por María Tersa Fernández de la Vega, que se hizo un extreme make over, nada más poner un pie fuera de la Moncloa. Posaron en el Vogue para celebrar el gabinete del 50 por ciento, que suena a descuento, pero las rebajas llegaron después y con violencia: 8 años de crisis económica. Luego vendría la diva/tía del Harper´s Bazaar, transmutada en ministra de algo por exigencia del líder espiritual de la cosa, hoy juguete roto de una época que dejará mucha miseria en España.

 


Todas estas señoronas ya se han bajado de la pancarta, apalancadas en el poder, no salen a la calle desde aquel siniestro 8 de marzo de 2020, cuando se pusieron a repartir carnés de feminismo y Covid por las calles de Madrid. Eso sí, con los chóferes y los guardaespaldas oficiales esperando para llevarlas al ágape de turno o al pisazo en el barrio Salamanca, ni hablar del chalé en Galapagar. 

 

La cuestión es que la izquierda ha descubierto una musa nueva, Yolanda Díaz. Quién la ha visto y quién la ve. Una señorona que ya se muda a Madrid, en vista de que esto de la reivindicación social a favor de los menesterosos -pero lejos de ellos-, da para un ático céntrico y colegio de pago para el niño, no vaya a ser que se mezcle con la canalla de extrarradio, ni siquiera a Irene se le ocurriría. Ahora a capitalizar portadas a costa del peluquero y el maquillador del ministerio, amén de las facturas en vestuario a cuenta del erario público, eso da para Harper´s Bazaar, porque los reportajes en páginas interiores de El País Semanal no interesan si no hay elecciones cerca. ¡Qué tiempos aquellos en los que íbamos a las rebajas de Lefties! 


 

Esta izquierda caviar que acuñó el término cayetanos en referencia a Cayetana Álvarez de Toledo, para ningunear los modos elegantes y directos de la desfenestrada política de derechas, ahora se deshace en elogios con la nueva y rutilante estrella del bando bueno, con su pelo teñido, sus vestidos de Uterque y sin dar un paso por Madrid sin que la lleve el chófer. La diferencia es que los yolandos no llevan pulseras con la bandera de España, sino pegatinas de la republicana.

domingo, 16 de octubre de 2016

Contra los millennials

Sentado en un restaurante el corazón político y financiero de la Ciudad de México, Avenida de la Reforma, a unos metros del Senado de la República, ocupan la mesa de al lado cinco jóvenes bien vestidos. A todas luces eran miembros de esa admirada generación a la que se denomina millennials. De inmediato se nota que se dedican a la política y su conversación discurre entorno a las necesidades de su partido de cara a unos próximos comicios. Las chicas son las más activas en la conversación.

-       La gente quiere ver una cara nueva, los viejos líderes del partido ya no llegan, asegura una de ellas con un tono de seguridad irreprochable.
-       Es cierto, con este candidato se va a complicar mucho la elección, sostiene la segunda.

El tono de voz chilango de las chicas era alto y la conversación era perfectamente audible mientras yo degustaba un pulpo a las brasas y unos tacos de arrachera. La conversación transcurrió por ese derrotero durante los cuarenta minutos que tardé en finiquitar mi almuerzo. Todo giraba en torno al tipo de personas que podían tener tirón electoral.

-       Fíjate que la gente quiere ver candidatos que hayan tenido un pasado como activistas, afirmó uno de los chicos.
-       Cierto –confirmaba la líder-, tienes que haber estado comprometido con alguna causa, lo que sea. Proteger los bosques, repartir comida a sin techo…

Era una conversación de marketing político en toda regla. Ni una sola palabra acerca de propuestas para mejorar la calidad de vida de las personas o reducir la corrupción galopante que vive el país. Lo importante era definir que es lo que los electores buscan en un candidato, sin importar el programa electoral.


La conversación, o el largo trozo de la misma a la que asistí sin ser invitado, me llevó a reafirmarme en mi reflexión acerca de los millennials, un segmento de población que llena ríos de tinta y genera mares de caracteres en las redes sociales. Los supuestos nuevos dueños del mundo, a los que se confieren actitudes y características fuera de lo que estábamos acostumbrados. “Los millennials son más independientes, críticos, exigentes y tienen nuevos valores. Por ejemplo, prefieren compartir a poseer”, afirma en sus páginas una de las más prestigiosas publicaciones de negocios del mundo, Forbes.

Ya dijo el gran Goebbels –digo gran por la repercusión de sus técnicas- que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Pero es precisamente eso, la mentira, lo que ha fabricado el falso mito de los millennials y la conversación a la que asistí en México me reafirmó en mi teoría.

Una teoría que se centra en que esta generación es la más voluble y fácil de manipular de la Historia. Sólo les interesa el marketing y todo lo que se les vende por medio de las renovadas técnicas de publicidad basadas en los medios de comunicación digital, amplificados mediante las redes sociales.

Los millennials no son la generación que salvará al mundo de todos sus males, como algunos parecen creen y vociferan desde sus púlpitos de transmisión de ideas. Al contrario. Es una generación indolente ante el trabajo, porque creen saberlo todo y reniegan de la autoridad de la experiencia. Los mayores no sabemos nada, porque no somos nativos digitales. El nuevo mantra que hemos forjado los pobladores de las generaciones precedentes.

Se trata de una generación a la que es muy sencillo inocularle cualquier idea mediante el marketing. De ahí el éxito de lo políticamente correcto entre los millennials. Desde lo (ponga una palabra)friendly, hasta lo (ponga una palabra)free. Eso sí, siempre que tenga delante el ícono de la generación: #. Ellos mismos pretenden dominar el mundo aplicando las técnicas que tanto éxito arrojan manipulándolos.




Como muestra les dejo este creativo video que nos da una idea de lo tierna que es la mente del millennial medio. Por supuesto esto es una generalización, existen demasiadas excepciones en mi entorno. Que nadie se ofenda, ni le dé demasiada importancia.


martes, 12 de febrero de 2013

Esa doble moral recién descubierta


Estoy convencido de que se han escrito millones de artículos, columnas, tuits y toda clase de manifestaciones literarias acerca de la denominada doble moral que se impone en los Estados Unidos de América. Es un tema recurrente entre las charlas de sobremesa de los progres. Hasta este momento habían resultado para mi poco fundamentadas estas críticas. Mayormente porque pensaba que esa doble moral forma parte del mundo de lo políticamente correcto, que tiene su origen precisamente al norte de México. Sin embargo, en las últimas horas he optado por definirme como un decidido denunciante de la doble moral estadounidense.

El motivo no es otro que lo que ha sucedido en los premios de la industria musical denominados Grammy. La cadena oficial de los galardones, CBS, decidió pasar una circular a los invitados del género femenino, prohibiendo expresamente el uso de vestuario excesivamente provocativo, procaz que dirían en los círculos más ortodoxos del catolicismo.

La cadena de televisión, para evitar algunos semidesnudos, que deben herir mucho la sensibilidad de quienes no pueden lucirlos, decidió cercenar la libertad de diseñadores y usuarias. Una medida que pocos en su sano juicio aplaudieron y cuyo efecto fue devolvernos las imágenes estupendas de Jennifer López, Rihanna y demás divas que habían lucido un tanto descocadas en ediciones anteriores.

De este modo la CBS logró que las grandes estrellas intentaran ajustarse al guión establecido en su paso por la red carpet –o carpeta roja, que dicen los traductores simultáneos-. Aunque en el caso de algunas que intentaron jugar de antisistema, lo que se consiguió fue algún que otro esperpento. Como la suerte de disfraz de Morticia Adams, versión primavera stripper, de Katy Perry. Otras como Adele, la musa de los perdedores, aunque no eran elegibles –por su embarazo, quiero decir, ¡eh¡- pareciera que se quisieron solidarizar con sus compañeras de profesión y así tomó la decisión de embutirse en una armadura con un bordado de flores. Aunque, pensándolo bien, creo que era una cota de malla lo que había debajo de la tela.

Independientemente de los fatales efectos de la medida adoptada -y aquí es dónde apreciamos la doble moral-, por lo que aún parece no haberse escandalizado el público norteamericano es por las espantosas vestimentas que lucen gran parte de los artistas masculinos que se exhiben a diario por las televisiones. No hablo sólo de su paso por la carpeta roja, momento más propicio para llevar al extremo su ordinariez en el vestir, sino de forma general en cada aparición pública.

Dígame el amable lector por qué un tipo que se hace llamar The Dream –Nightmare, en mi particular opinión-, puede ir vestido como si fuese a intercambiar sustancias estupefacientes (ver ilustración) sin levantar sospechas de herir sensibilidades, mientras que a la pobre Lady Gaga no se le permite mostrar una parte de su trasero. Explíqueme, por qué Rihanna no tiene permiso para dejarnos apreciar su irregular silueta, y un tal Frank Ocean puede usar una chaqueta amarilla piolín y una cinta deportiva mientras canta en plena gala.

¿Cuáles son los baremos que utiliza una cadena de televisión para prohibir un atuendo y ensalzar implícitamente otro a todas luces más dañino para la sensibilidad del espectador?. ¿Acaso las piernas interminables de alguna cantante son menos legítimas que las siete vueltas de cadena que rodean el cuello de esos personajes que usan gorra y gafas de sol en plena noche y bajo techo?.

Lo peor de todo no es que este comportamiento de la CBS esté o no siendo objeto de reprobación por parte de autoridades y público en general. Lo más execrable es que nos parece lo más normal del mundo que esto suceda sin que salten las alarmas urbi et orbe.

Si eso no es doble moral, estimado lector, que venga Dios y lo vea.

martes, 29 de enero de 2013

Amy y Los Empalmados


Parece el nombre de una de esas bandas de barrio o de pueblo, nacida al albur de aquellos años locos de la post movida madrileña. Pero se trata del subtítulo que hoy podríamos ponerle al nombre de nuestro país: España circa 2013. Amy y Los Empalmados. No creo que cineasta patrio alguno se atreva a meterle mano a un título tan ambicioso. Mayormente porque los directores, guionistas y demás ejecutores del cine español, que pronto volverán a desfilar por la alfombra de los Goya, podrían sentirse identificados con la tal Amy.

Soy consciente de que han llovido mares de tinta a cuenta del trasunto del matrimonio Martin. Sobre el tema del duque y sus erecciones, se ha escrito menos porque en España todavía son muchos los palmeros de esa entelequia constitucional que es la monarquía. Pero la realidad es que el tema va mucho más allá de la consabida picaresca o de la corrupción cotidiana. Estos personajes son la alegoría de lo que es la absoluta pérdida, no ya de elegancia, sino de cualquier atisbo de moralidad en la vida pública española.

Si nos fijamos entre Amy y Los Empalmados –el duque y el escritor consorte- son acreedores de muchos de los pecados de los que hemos venido hablando por aquí desde hace, por cierto, la friolera de seis años.  Empezando por el aspecto monetario del asunto y la necesidad imperiosa de aparentar lo adinerado, viajado y sofisticado que se es. En otras palabras, la antítesis de los placeres privados son virtudes públicas. Máxima epicúrea que nos ilumina en este espacio de libertad y que nuestra sociedad ha desterrado en loor de multitudes.

Podríamos hacer mención de muchos de los pecados de estos y otras de las rutilantes estrellas de espacio público nacional: Bárcenas, los Puyol, los Chaves, etc. Todos ellos, dicho sea de paso, aún auspiciados de un modo u otro por la presunción de inocencia, tan legal a la par que desvergonzada. ¡Menudo invento de la socialdemocracia rampante allá por los años de Filesa!.

Estos personajes nos han ilustrado sobre moda, lujo, glamour, viajes, progresismo y muchos otros aspectos de esa vida azarosa que tienen los personajes públicos. Desde sus innumerables viajes, hasta sus colecciones de coches o relojes, pasando por la utilización profusa del idioma anglosajón, lengua materna -o mother tongue- de doña Amy, a la sazón nacida en Madrid y autora de The Neopicaresque Novel in the Post-War Era. Ahí es nada.

Por encima de todo eso, la gran ilustración que nos dejan todos estos es la evidencia del declive absoluto de nuestra sociedad. Porque, seamos honestos, ¿quién de nosotros no aceptaría ocupar un puesto directivo en una multinacional aunque no haya ni terminado la licenciatura universitaria?. Que tire la primera piedra el que se negaría a cobrar 0,26 euros el carácter por escribir acerca de la felicidad o el cambio climático.

Esta es la sociedad española de los últimos veinte años, estimados lectores. Ni más ni menos. Las Amys Martin se cuentan por centenares, al igual que los depredadores de la institucionalidad, como el duque empalmado, ante los cuales hemos sentido envidia y admiración.

Una sociedad que recubierta en ese plástico absurdo de lo políticamente correcto, se ha ido engendrando dentro del líquido amniótico dentro del cual los vividores han sabido medrar a sus anchas. Y, queridos amigos, van a seguir haciéndolo hasta que la sociedad civil sea capaz de imponer unas barreras éticas acordes con lo que nos ha tocado vivir. De lo contrario, la elegancia perdida seguirá siendo una anécdota dentro de la absoluta ausencia de muchos otros valores.

miércoles, 15 de junio de 2011

Quiero ser de izquierdas


Yo siempre he querido ser de izquierdas. Mayormente por la cantidad de ventajas que tiene serlo. Para empezar está mucho mejor visto ser de izquierdas que de derechas. Peor aún si uno se autodefine como liberal reformista, que tiene más connotaciones religiosas que políticas.

Ser de izquierdas, así a secas, tiene la gran ventaja de que uno, sin tener que dar más explicaciones, está a favor de los pobres, los desfavorecidos por cualquier circunstancia, los menesterosos y cualquier subgrupo humano merecedor de pena o lástima. En otras palabras, que por ser de izquierdas uno ya es portador de una autoridad moral que lo protege de cualquier posibilidad de plantearse estar equivocado en cuanto a lo que opina.

Aunque lo más importante es que para ser de izquierdas no hace falta plantearse nada, simplemente hay que seguir las consignas izquierdistas al uso. No es necesario analizar datos, escrutar cifras o pensar en causas y consecuencias de una determinada postura política o económica, basta con alinearse con la posición generalmente aceptada por los gurús de la cuerda. Indudablemente eso ahorra mucho tiempo, esfuerzo y quebraderos inútiles de cabeza.

El pensamiento de izquierdas se simplifica al máximo y eso es una gran ventaja. Porque todo se vuelve blanco o negro y no hay tonos de gris, sino buenos y malos. Pongamos unos ejemplos prácticos para entenderlo mejor:

Judíos = malos Palestinos = buenos
Bancos = malos Cajas = buenos
Desarrollo = malo Ecologismo = bueno
Religión = mala Ideología = buena
Pinochet = malo Fidel Castro = bueno
Bush = malo Obama = bueno (hasta hace un mes)

Y así de fácil y cómodo todo. Lo cual resulta ser, como vengo diciendo, muy conveniente en esta sociedad nuestra.

A pesar de todas las ventajas, y los escasos o nulos inconvenientes, yo no he logrado ser de izquierdas. Tuve mi momento de debilidad en aquella lejana y tierna adolescencia de provincias, pero la fiebre se pasó muy pronto. Desafortunadamente. La cuestión es que no tardé en darme cuenta de que el estilo de vida de los izquierdistas, públicos y privados, que me rodeaban poco o nada tenía que ver con los dictados morales de su propia ideología.

Claro que desde que Víctor Manuel, el que algún día fuera cantante del régimen franquista, dijo aquello de “soy comunista, no gilipollas”, a todos nos quedó muy claro que la pátina de autoridad moral que recubre a las personas de izquierdas está a prueba de opiniones y comportamientos. Si se cree firmemente en la igualdad, ¿qué derecho tienen los demás para juzgar mi acomodado estilo de vida?. Porque la igualdad sirve para defenderla en la piel ajena, nunca para promulgarla en el ámbito personal: yo tengo más porque me lo he ganado y además soy de izquierdas.

La cuestión es que creo que a estas alturas de la vida no lo voy a conseguir. Por mucho que me empeño y pongo atención a lo que dicen los líderes y gurús de la izquierda, en cuanto analizo el discurso –quién me mandará a mi analizar ni cuestionar nada, procediendo de aquellos que cuentan con tanta autoridad moral-, empiezo a ver lagunas por todos lados y tengo que contradecirlos automáticamente.

Que nadie me malinterprete, no se trata de acusar a nadie de hipócrita. A lo que yo me refiero es a la sistemática ejecución que hacen los izquierdistas acomodados de los comportamientos contrarios a los que públicamente defienden. Lo cual es muy diferente, claro está.

¡Con lo fácil que lo ponen y no hay manera!. Hasta películas y documentales muy entretenidos y llenos de efectos especiales divulgan los nuevos intelectuales de la izquierda, pero yo me resisto a las incómodas verdades y a las denuncias en formato alta definición. Casualmente todas estas cintas generan pingües beneficios a sus izquierdistas autores, pero eso es sólo una disfunción del capitalismo, tan odiado por los que con más fruición recogen sus frutos.

Como digo, siempre he querido ser de izquierdas, el problema es que me estoy resistiendo demasiado, a pesar de los parabienes que depara a sus seguidores.

viernes, 6 de noviembre de 2009

El aborto, ese gran desconocido


Imagino que muchos de nosotros tenemos una idea predefinida acerca del perfil de las mujeres que abortan en nuestro país. Yo la tenía. Pero en plena polémica sobre la modificación de la ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo -¡tremendo eufemismo!- se me ocurrió leer un informe que publica el Ministerio de Salud en el que aparecen las estadísticas del aborto en España. Algunas son muy significativas, al menos para desmontar mi apriorismo acerca de este asunto.

En torno al 63 por ciento de las mujeres que abortan están empleadas o perciben una pensión. Más del 50 por ciento de las que abortaron en 2008 tienen al menos un hijo. Tiene guasa el detalle del epígrafe: "Número de hijos que viven actualmente". A lo mejor es porque un 33 por ciento ya habían abortado antes, algunas cinco o más veces, el 0,70 por ciento. Sin estudios un 3 por ciento, mientras que las universitarias alcanzan el 14 por ciento. Un 24 por ciento están casadas, aunque sólo un 13 por ciento declaran no tener pareja.

El 88 por ciento de los abortos se practicaron antes de la semana 13 de embarazo. Mientras que hubo un 12 por ciento que se produjeron a partir de la semana 13 que parece ser la frontera científica de la humanidad. Traducido en números unos 14.000 fetos fueron eliminados cuando, según la Ministra de Igual da, ya eran seres humanos. El 97 por ciento de los abortos se realizaron para "preservar la salud de la madre".

Casi el 90 por ciento se practicaron en centros privados. Un 45 por ciento de la que abortaron tenían nacionalidad española. En 10 años, España ha pasado de 6,52 abortos por cada 1.000 mujeres a 11.78. Desde que gobierna Rodríguez Zapatero se ha incrementado un 36 por ciento el número de abortos, de 85.000 a 116.000.

Esos datos pueden no significar nada. Para mi dicen mucho. Yo soy partidario del aborto. Desde que leí el libro Freakonomics me convencí de que es mejor para la sociedad que determinados individuos no tengan hijos. Ahora bien, considero que el aborto es una decisión extrema para una mujer o una pareja. Para tomar esa decisión seguramente pesan con fuerza argumentos económicos y no creo que deba obligarse a que una mujer tenga un hijo para luego entregarlo en adopción simplemente porque no tiene cómo mantenerlo.

A la luz de los datos, mucho me temo que el aborto se ha convertido en una suerte método anticonceptivo dado que está claro que, en España, practicarlo es libre. Por eso no me puedo creer esa vergonzosa excusa que lanzan desde el Gobierno afirmando que esta ley pretende evitar que una mujer o un médico puedan ser encarcelados por practicar un aborto. Entre otras cosas porque eso nunca ha sucedido. Pero más patética aún es la actitud de las Juventudes Socialistas que no se sonrojan cuando dicen que esta ley pretende que haya "cero abortos". ¿Desaparecería el consumo de marihuana si este fuese despenalizado?.

Si de verdad se quiere reducir el número de abortos lo que hay que hacer es orientar a las mujeres -o a las parejas- que tienen que tomar esa decisión. Apoyarlas psicológica y quizá económicamente, pero nunca industrializar el aborto como parece que es la tendencia que esta ley quiere consolidar.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Las fotos y la elegancia. Un comentario de urgencia.


Hace tiempo que sabemos, al menos en este blog, que a la familia Rodríguez Espinosa le gusta hacerse fotos con gente famosa. Sin embargo, ahora hemos conocido que esta afición no conoce límites.

Como si de la visita al Papa se tratase, los Rodríguez Espinosa se han ido a visitar a los Obama, los cuales, a la sazón, vienen a ser como los santos pontífices de la progresía mundial. Claro que a estos el viaje se lo hemos pagado entre todos, con nuestra ilimitada solidaridad impositiva. Lo que espero que no hayamos que tenido que pagar es el vestuario elegido para la ocasión por los vástagos -esta palabra no tiene femenino... por ahora- de nuestro amado líder.

Porque hay que tener mal gusto para dejar que las hijas de uno vayan vestidas de esa guisa en tan magna ocasión. Aunque yo puedo estar equivocado y lo lógico es que uno vaya al Vaticano y su hijo de 12 años vaya con la equipación oficial del Rayo Vallecano. "Es que el niño es muy fanático del equipo del barrio", le dice el padre de la criaturita a Benedicto XVI, que no se entera de nada y sonríe mientras le ordena a la guardia suiza que saquen a aquellos impresentables del Vaticano lo antes posible.

Algo así debió suceder en el Metropolitan. Los Obama sonreían, quizá demasiado, mientras les hacían la foto con las niñas del presidente de... ¿Transilvania?. La verdad es que la cosa tiene poca gracia. ¿Qué imagen proyectamos como país si las hijas de nuestro máximo mandatario van vestidas como fantoches en un acto oficial?. ¿Acaso se puede confundir lo público y lo privado hasta el punto de hacernos creer que esta foto puede considerarse "normal"?. Y por continuar con las grandes incógnitas, ¿por qué Sonsoles eligió también el negro?, ¿por qué no lo acompañó con unos implantes de pelo largo liso con mechón blanco incluido para redondear el total look Adams que parecía ser la intención de los Rodríguez Espinosa?.

Entre esto y la revelación cósmica, que diría la Pajín, con la que nos premió Rodríguez al afirmar que "la culpa de la crisis es del cambio climático", uno empieza a pensar que el vestuario de las niñas lo eligió el propio padre, previa ingestión de algún tipo de psicotrópico.


La foto es de aquí.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La religión y la elegancia


Creo haber afirmado en diversas ocasiones en este mismo espacio que vivimos en una sociedad compleja. Tremendamente compleja. Tanto que parece que estamos siendo capaces de superar miles de años de nuestra Historia como especie y nos acercamos a una civilización sin la existencia de religión. Al menos sin que el hecho religioso colectivo tenga valor alguno.

Ejemplos de este experimento no han faltado, ni faltan, en nuestro mundo de hoy. Recordemos la abolición de lo religioso que proclamaron los regímenes comunistas en el Este de Europa, con la Unión Soviética a la cabeza. Bajo la máxima marxista que dictamina “la religión es el opio del pueblo” se eliminó la educación religiosa, se proclamó la enseñanza laica –la misma que hoy proclaman muchos admiradores del marxismo-leninismo- y ahí están los resultados. Eliminados los prejuicios morales del cristianismo y derribado el muro de Berlín, surgen las consecuencias del laicismo de estado: “el dinero es el opio del pueblo”, no hay más que mirar qué tipo de sociedades han quedado sobre los escombros de las dictaduras marxistas.

Curiosamente ninguno de los iluminados políticos ni de sus mamporreros mediáticos que hoy nos recetan laicismo educativo, cuando no anticlericalismo radical, parecen haber caído en la cuenta de aquello. Tampoco el público en general que se deja llevar por esta corriente fácil de la negación religiosa –entono el mea culpa otra vez-, al mismo tiempo que piden una mejor educación en valores para las nuevas generaciones. Como si los principios y los valores los explicasen en clase de matemáticas o de inglés, como si tuviésemos que exigir al profesor de conocimiento del medio que nuestro hijo no se dedique a insultar a sus compañeros durante el recreo. Quizá este sea el motivo por el que queremos huir de la religión, porque no queremos lastres ni remordimientos. Porque preferimos exigir al sistema antes que responsabilizarnos de lo que ocurre en nuestra sociedad.

Me resulta especialmente chocante escuchar estos días a los mismos que promueven que se deje a los hijos elegir cuando sean adultos si quieren o no religión en sus vidas, quejarse de los valores en los que se está educando a las generaciones que vienen. Me parece absolutamente lamentable que los mismos que tratan de cercenar cualquier síntoma de tendencia religiosa pública, se pregunten el motivo por el que los jóvenes adolescentes de nuestro país no respetan ni a sus padres. Por eso es por lo que prohibir está tan de moda, porque preferimos las leyes a los principios y la coacción policial a la moral.

Ahora lo moderno es ser agnóstico, cuando no renegar claramente de las creencias y los símbolos religiosos que nos han visto crecer. Claro que si hay que celebrar algún evento BBC (bodas, bautizos y comuniones), no les quepa duda a los lectores de que superaremos los convencionalismos antirreligiosos para hacerlo en sede apostólica. Porque una boda que se precie de verdad tiene que ser oficiada en los altares, generalmente platerescos, de nuestra vilipendiada Iglesia Católica, no en los juzgados o en la sala de plenos del ayuntamiento, con ese toque grisáceo que siempre los impregna.

Sin embargo, corren tiempos cargados de incertidumbre y en los que las personas necesitan agarrarse a la fe, esa que tanto molesta a algunos, para seguir adelante. Por eso estoy convencido de que la tendencia que con tanto ahínco han defendido las figuras públicas del progresismo y otros sucedáneos de la democracia, se está invirtiendo. La religión, con moderación, sin fanatismos, sin supersticiones arcaicas ni actitudes antediluvianas, va camino de convertirse en el asidero moral de nuestra sociedad.

martes, 21 de abril de 2009

La república y la elegancia


Los que me han leído algo a lo largo de estos años, sabrán que yo me siento republicano. Simplificándolo todo, creo que los ciudadanos tenemos derecho a elegir libremente quién es nuestro jefe de estado. Nada más y nada menos. Además, por complicar un poco la cosa, pienso que debe respetarse el papel histórico jugado por Juan Carlos de Borbón y dejar que el hombre reine hasta que él lo considere oportuno. A partir de ahí elecciones.

Imagino que a muchos, esta declaración de intenciones mía les ha sorprendido, dado que uno es “reformista liberal”, es decir de derechas pero a la izquierda del eje Losantos-Aguirre, y esto de ser republicano suena muy a izquierdista. No me extraña y de eso quiero hablarles.

Este fin de semana en no pocas localidades españolas se ha celebrado el “Día de la República”. Al más puro estilo del mitin-fiesta carrillista, aquellos eventos que tantos bolos generaron para la familia San José Cuesta, conocidos popularmente como Víctor Manuel y Ana Belén, pero con más fiesta que mitin y, mayoritariamente, patrocinados con el dinero de los impuestos.

En el caso del municipio en el que vivo, tan excelso evento se desarrolló en el paseo marítimo. Día soleado aunque ventoso pero propio para el solaz de la familia a la orilla del mar. Allí se encontraban los republicanos oficiales con su escenario y su barra –libre, por cierto-. No eran más de treinta. Uniformados ellos con barba más o menos descuidada, ellas con pendiente en la nariz. La kufiya imprescindible y unisex.

Al calimocho público lo acompañaban algunas viandas que no logré distinguir en mi fugaz paso por el cónclave. Ondeaban dos banderas con franja morada y escudo al uso. ¡Qué importante es la simbología en esta España mía, esta España nuestra!. Los carteles de Izquierda Unida pedían la firma a fieles y transeúntes “por el empleo”. Como si por firmar en una hoja le estuviera uno dando trabajo a los que engrosan las listas del paro. Una firma, un puesto de trabajo.

Una pareja de músicos amenizaba el mitin-fiesta. No, no eran los San José Cuesta, que esos ya por menos de 60.000 euros no se levantan por la mañana. Éxitos de ayer y de siempre que encontraron su punto álgido en la interpretación de Comandante Ché Guevara, del inefable Silvio Rodríguez, que algunos bailaron al estilo pasodoble. Tampoco faltaban las camisetas con la estampa del líder guerrillero. Y yo me pregunto, ¿qué tiene que ver el Ché con la república española?.

Simbología de una tribu a la que yo pertenezco sin ser parte de ella, dado que lo de “republicano” no es más que una excusa, un vil subterfugio para todos estos vividores trasnochados. ¿Por qué se llaman “republicanos” cuando lo que quieren decir es “comunistas”?. Será que al colectivo en cuestión también le llegan las modas y ahora, además de usar la kufiya y el pendiente en la ceja, le gusta autodenominarse “republicano”. Porque lo de “comunista” está demodé.

sábado, 28 de marzo de 2009

Los personajes y la elegancia: Carme Chacón


Carmencita Chacón nació en un pueblo de Barcelona en el seno de una familia humilde de origen andaluz. De esos andaluces que se vieron obligados a mudarse a Cataluña por culpa de Franco. Sí, por aquella manía del caudillo de favorecer a Cataluña y a las provincias Vascongadas, otorgándoles todas las ayudas necesarias para que se convirtiesen en las primeras regiones industrializadas de la piel de toro. Paradojas de nuestra patria.

Los padres de Carmencita celebraron mucho la muerte de Franco. Lo ha dicho ella, que se acuerda perfectamente de la fiesta íntima a la que acudió con cuatro años de edad el día de oficialmente nos dijeron que Franco había muerto. La precocidad progresista de nuestra protagonista no encuentra parangón.

Aquello la marcó mucho. Tanto que con dieciocho años ya estaba alistada en las Juventudes Socialistas, momento en el que, sin duda, se le cayó la “n” del nombre de pila, aunque todavía no le llamaban “Carma”, eso vino más tarde. Cuatro años después ya era concejala en Esplugas de Llobregat. Pero Carmencita era una joven ambiciosa y Esplugas se le quedaba pequeño.

De concejala a diputada nacional y de ahí a formar parte del núcleo íntimo de Rodríguez. Ministra no sólo para cumplir con aquello de la paridad, sino para retomar las riendas del Ministerio de la Vivienda, el primero de los inventos derrochadores e inútiles que inauguraron esta época gubernamental de golpes de efecto. Ahora, Carmencita, “Carma” para los entendidos, es Ministra del Aire, o algo así. No llegó a tiempo para lo del Vogue, así que ahora se está desquitando por entregas.

A mi me gusta Carma. Es como la Barbie pero en versión política. Tenemos la Carma ministra, acompañada por su asistente, una mujer capitán del ejército; la Carma militar, con su chaquetón de camuflaje en los destinos más inhóspitos, en los cuales, por cierto, nunca se queda a dormir; la Carma televisiva, que graba las comparecencias por si no les da tiempo a los medios a llegar a la comparecencia de turno; la Carma diputada, con semblante compungido y enfadada con Rajoy, con esa cara de enfado que ponen las mujeres cuando el cónyuge les habla mal de la familia.

Carmencita no escatima en vestuario. Siempre va vestida para la ocasión. Asesores no le faltan y el atrezo corre por cuenta de los Presupuestos Generales del Estado. Son las ventajas de la cartera ministerial. Claro que estas líneas pueden sonar muy machistas y si no que le pregunten a Trinidad Jiménez, otra que tal baila, pero con menos fondo de armario y bastante peor peluquero, o estilista, o como se llame ahora eso, que nuestra protagonista.

Claro que tendríamos que preguntarnos qué es lo verdaderamente machista, porque a mi a lo mejor me podría parecer más vejatorio para las mujeres esta imagen que nos pretende transmitir Carmencita. A mi lo de la Chacón me recuerda a la narración de los pases de modelos de los tiempos posfranquistas, yo de los franquistas, la verdad, no me acuerdo tan bien como Carma: “Una colección pensada para la mujer moderna. Una mujer que trabaja, que pisa firme, que sabe lo que quiere”.

Pero es que vivimos en los tiempos de la imagen, como ya se ha dicho aquí. Lo que vale es la foto. Probar el rancho de los soldados y que lo registren las cámaras. Del resto ya se encargan los medios.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Del subdesarrollo al surrealismo

Aunque suene reiterativo, a nadie se le escapa que Costa Rica tiene un serio déficit en infraestructuras, una educación pública universalizada pero de calidad decreciente, al igual que la sanidad, amén de un problema creciente de inseguridad ciudadana. Tampoco se nos puede quedar atrás la cifra de ciudadanos que viven por debajo del umbral de la pobreza.

Todo ello, junto con otros datos macroeconómicos que omito destacar, hace que este sea un país de los denominados “subdesarrollados”. Odio el eufemismo “en vías de desarrollo”, calificativo que pudo ser aplicable hace años, pero, hoy por hoy, las “vías” no las veo por ningún sitio.

Pues bien, con ese panorama ciertamente desolador, nuestros diputados miran para otro lado y se dedican a aprobar leyes que promueven una falsa democracia participativa. Me refiero a la ley ambiental que crea el referendo cantonal (La Nación, pág. 4, sábado 1 de noviembre).

Resulta que ahora un 10% de los votantes de una comunidad –¡bendita palabra!– pueden convocar un referendo para que los vecinos opinen sobre la conveniencia, o no, de que se realice un proyecto.

Por “proyecto” se entiende cualquier tema que previamente haya pasado por todo el tortuoso proceso de permisos, incluida la Setena. Desde construir una casa en un lote hasta realizar una mina a cielo abierto.

De esta forma, las ya maltrechas economías municipales tendrán que consignar en sus presupuestos las correspondientes partidas para la celebración de referendos. ¿O es que alguien pensó que estos plebiscitos los iban a sufragar los solicitantes?

En algunos casos se me antoja que le van a faltar fechas al calendario para su realización, a no ser que se permita agruparlos. Sin hablar de que muchos presupuestos municipales no alcanzarán para tanto llamamiento a la “democracia participativa”.

A todas luces, esta ley supone el fin del desarrollo en este país. Ahora ya no bastará con invertir cientos de millones de colones en todo el ya de por sí kafkiano proceso de obtener la aprobación de unas catorce administraciones públicas, incluidas las municipalidades, por cierto. Procesos que, en no pocas ocasiones, tienen un período superior a los dos años. Con la espada de Damocles del referendo popular todo será más caro, más lento y, lo peor de todo, más incierto, dada la inseguridad jurídica que genera.

Como decía al principio, en Costa Rica hay mil problemas que solucionar con un presupuesto muy limitado. Sin embargo, en lugar de destinarlo a mejorar infraestructuras, seguridad, educación o salud, estamos pensando en dedicar recursos a entrabar aún más el desarrollo, en otras palabras: a profundizar aún más en el subdesarrollo.

Las consecuencias de continuar por este camino de autodestrucción las explicó magistralmente aquí el doctor Jaime Gutiérrez Góngora ( Página Quince , sábado 1 de noviembre). Y es que aquí algunos, como mi paisano el diputado Merino del Río, impulsor de esta ley, se han empeñado en llevar a Costa Rica al borde del colapso.

Subidos a los estrados políticos, universitarios y mediáticos, nos hacen creer que el desarrollo y el progreso es cosa de ricos. Nuestros políticos, todos, les hacen la ola, dado que aquellos se encuentran investidos de una falsa superioridad moral que es aceptada de facto por estos.

Los diputados, esos señores que se dedican, entre otras cosas, a quedarse en la puerta del plenario para no hacer quórum, nos están dejando claro que sacar a Costar Rica del subdesarrollo no les interesa. Aprueban por unanimidad leyes en contra del desarrollo, mientras dejan dormir el sueño de los justos a leyes como la de concesión de obra pública, o frenan a toda costa la definitiva aprobación del TLC. Esta gente, si no la detenemos, nos va a llevar del subdesarrollo al surrealismo.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 20 de noviembre de 2008.

viernes, 7 de noviembre de 2008

El obamismo mesiánico y la elegancia


La algarabía mundial a cuenta de la elección de Barack Hussein Obama se me antoja un tanto exagerada. Los motivos son varios. El fundamental es lo previsible del tema. Aunque tras los traspiés de Al Gore y John Kerry en los dos últimos comicios presidenciales el personal estuviese inquieto, lo cierto es que, en esta ocasión, era muy difícil para McCain repetir nuevamente el milagro republicano de George W. Bush. Las encuestas, aunque fallaron un poco finalmente si observamos los resultados del denominado “voto popular”, esta vez apostaron por el ganador correcto.

Igualmente exageradas me parecen todas esas algaradas políticamente correctas acerca de la raza del que será nuevo presidente de los EE UU. Primero porque Obama no es precisamente el negro de antepasados traídos como esclavos desde África, que fueron explotados en las plantaciones de algodón sureñas y luego tuvieron que aguantar décadas de segregación racial. A este señor lo negro le viene de una acomodada familia keniata –en Kenia hace medio siglo de esas había aún menos que hoy- que envió a su hijo a estudiar a los EE UU. En otras palabras, lo de la segregación se lo han contado o lo ha leído en los libros, así que lo del espíritu de Martin Luther King no es más que una fábula para vender periódicos, oiga.

Segundo porque en una sociedad tan diversa y multicultural, palabras que usan con fruición los intelectuales de la progresía mundial, como la norteamericana, este tema no debería ser tan destacable. Que Obama haya ganado las elecciones presidenciales es un signo de absoluta normalidad, máxime cuando muchas alcaldías de ciudades importantes de los EE UU y algunas gobernaciones están en manos de latinos, hindúes, polacos o italianos.

Para mi lo realmente destacable no es el color de la piel de este señor, sino cómo un norteamericano prácticamente de segunda generación ha alcanzado la presidencia del país.

La otra gran exageración es el carácter mesiánico que se le está concediendo a la figura de Obama. Leyendo las declaraciones de los presidentes de un buen número de naciones, todos coinciden en lo mismo: su país va a mejorar las relaciones con los EE UU con la llegada a la Casa Blanca del negro. Por cierto que ahora lo de “negro” ya lo dice todo el mundo, así que estoy pensando en empezar a utilizar algún eufemismo para denominar al personal de esta raza. Desde Hugo Chávez, hasta el testaferro de Vladimir Putin –comprenda el amable lector que el nombre del interfecto mis neuronas han descartado memorizarlo-, pasando por el contentísimo José Luís Rodríguez, que sigue empeñado en ir a la reunión del G-20, sin darse cuenta que habría que denominarlo G-21 y entonces el feliz encuentro perdería mucho glamour.

A partir de ahora los EE UU no son ese país belicista, consumista, neoliberal, egoísta, explotador del medioambiente que nos habían vendido los líderes de opinión de la izquierda. No, ahora El Imperio del Mal Gusto –eso no dejará de serlo por muchos obamas que vengan- es un remanso de buenas intenciones, que liderará la lucha contra el cambio climático –eso lo he leído en un diario de gran tirada en España- y que se volcará en generar un nuevo Estado del Bienestar. Una nueva Europa pero con dinero, o sea.

Seamos sinceros. Obama ha ganado por dos cosas. Por supuesto por el hartazgo que Bush ha generado en propios y extraños. Aunque los extraños, los que no votan quiero decir, ya lo “echaron” en 2004 y gracias a la insistencia en darlo por muerto el pueblo norteamericano se reveló y lo dejó otros cuatro insoportables años. Pero ese cansancio antibushiano ha sido magistralmente explotado por la maquinaria mercadotécnica de Barack Obama. Ese ha sido el otro factor decisivo: la victoria de un esfuerzo de marketing electoral cifrado en 500 millones de dólares.

El equipo de Obama, apoyado hasta la saciedad por comprometidos directores, actores y artistas varios, ha logrado transmitir entre el votante americano la idea de que el negro significa el cambio o, como mínimo, el menos malo de los dos candidatos.

La masa adocenada se ha tragado un anzuelo que quizá sea cierto. Lo que no es verdad es que haya que echar las campanas al vuelo ni investir a este señor de Mesías del siglo XXI, eso sólo el tiempo y los hechos –para mí es un melón sin catar- lo dirán.

martes, 4 de noviembre de 2008

Los personajes y la elegancia: Sofía de Grecia


Hace tiempo que llevo dándole vueltas a la posibilidad de dedicar unas líneas a la Casa Real de España. Dada mi inclinación innata al vilipendio, lo lógico hubiese sido empezar por Letizia Ortiz, conocida entre el vulgo, al que ella perteneció hasta hace unos años, como La Leti. Sin embargo, la actualidad, los acontecimientos y las ganas de entrar en el fuego cruzado abierto tras sus declaraciones a Pilar Urbano, me llevan a estrenarme con la Reina.

A mi esta señora siempre me ha parecido una persona de lo más correcta. Educada para ser reina desde su más tierna infancia, Sofía de Grecia, ha cumplido a pies juntillas su papel en la vida.

Su imagen austera y a la vez con cierto estilo, sus gestos absolutamente estudiados, impertérrita casi en todo momento, quizá sólo en alguna boda y en el funeral del padre de Juan Carlos de Borbón, haya soltado una lágrima. Quién sabe si también por necesidades del guión.

La cuestión es que la Reina me genera cierta simpatía precisamente por eso, por ser fiel a aquello para lo que fue formada. Muy lejos de esta nueva pléyade de jovencitos herederos de los grandes tronos europeos con novios y novias surgidos como de cuentos populares: El príncipe y la doncella, y cursiladas muy del estilo Pretty Woman. De esas que tanto aplaude la progresía porque demuestra la “modernización(sic) de la institución”.

Curiosamente ahora que la supuesta modernización del sistema de gobierno más antiguo que se conoce, esto es, la realeza, es casi un hecho, consumado por diversas vías como pudimos ver en El Jueves. Resulta que a los mismos que aplauden lo de las bodas intersangüineas –azul con roja, naturalmente-, se molestan porque Sofía de Grecia dé unas declaraciones de lo más coherentes a la autora de un libro. Esto no hay quién lo entienda.

La modernidad para los casamientos “por amor” –o por calentón, si se tercia-, por supuesto, pero lo de que los monarcas den declaraciones, más aún si es acerca de los derechos y comportamientos del “oprimido” colectivo de los homosexuales, eso sí que no. Imagino que si hubiese dicho que la Iglesia es caduca, retrógrada y que debería permitir las bodas de blanco y chaqué de las personas del mismo sexo, estos mismo habrían salido defendiéndola a capa y espada.

Sin ir más lejos, Santiago Carrillo, dice que “me parece imperdonable que la Casa Real no haya evitado que salgan a la luz estas declaraciones”. Lo cual en tiempos de Franco se denominaba “censura”, pero puesto en boca de los “perseguidos” de aquella época creo que lo denominaríamos “control democrático”.

Para rematar el tema el portavoz del PP, Esteban González Pons, dijo algo así como “la Reina es como la bandera, va a los actos públicos pero no dice nada”. Ahí es donde yo me indigno. Porque una bandera, una buena bandera rojigualda colgada en el Paseo de la Castellana no debe costar más de 100 euros, pero esta familia nos cuesta unos 10 millones de euros al año y, encima, mejor que se queden calladitos.

Cada día estoy más perdido con esto de la monarquía española. A pesar de los denodados esfuerzos de Sofía de Grecia por agradar a propios y extraños, esto ya no se tiene en pie. Su elegancia, fruto de la fidelidad incorruptible a los usos, costumbres y valores que le inculcaron desde la cuna, se ven eclipsados ante una sociedad cada día más cambiante.

Aunque no sea el momento, porque probablemente nunca lo será mientras prime lo políticamente correcto y el arañar votos de donde sea, el debate hay que abrirlo. Ya esto no es un asunto de izquierdas o derechas, de monárquicos o republicanos, sino de lógica elemental. Doña Sofía debe pasar a la Historia como la última reina de España y, así, sin más polémicas estériles y absurdas, darle el lugar que se merece a esta señora verdaderamente elegante.


P.S. Más sobre mi visión del tema aquí.