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jueves, 12 de noviembre de 2015

Lujo Reinventado

Cuando hablamos de lujo se nos vienen a la mente muchos bienes con precios elevados y marcas muy conocidas: casas, carros, relojes, arte, etc. Esa visión del lujo se ha visto alterada de forma muy significativa a lo largo de los últimos años. Ahora, al referirnos a lujo nos imaginamos experiencias con un alto grado de exclusividad y deleite de los sentidos.

Nuestra sociedad ha ido evolucionando hacia la experiencia como forma de disfrute frente a la visión de ostentación que reflejaba el antiguo lujo. Así, el mundo de la hotelería está viviendo un renacimiento basado en esas experiencias únicas que buscan los clientes más sofisticados.

Lobbies llenos de obras de arte, servicios personalizados o amenidades exclusivas, son algunos de los alicientes de los mejores hoteles del mundo. Las grandes cadenas han tenido que evolucionar y crear nuevas marcas boutique. Incluso un hotel dentro de otro hotel. Como el Beaux Arts en el JW Marquis Miami o el Nobu que se encuentra dentro del Caesar Palace en Las Vegas.

El boom de alta cocina que se vive en el mundo también es fiel reflejo de esta nueva forma de entender el lujo. Los restaurantes que logran más de una estrella de la prestigiosa Guía Michelin, tienen prácticamente ocupadas todas sus mesas y las reservas han de hacerse con hasta tres meses de antelación. Los viajes culinarios o enológicos son toda una tendencia en lo que a viajes de alto nivel se refiere.

De igual manera, las grandes marcas del lujo están viendo como pequeños diseñadores o productores locales les hacen sombra en la venta de productos exclusivos. Vestimenta, cosméticos o complementos de lujo ya no son coto privado de los grandes diseñadores o las marcas globales como Louis Vuitton o Gucci. El cliente más exigente y pudiente opta por comprar a diseñadores más pequeños, precisamente porque la experiencia de compra es totalmente personalizada.

De hecho, en el último informe de BrandZ sobre el valor de las marcas globales en 2015, sólo Louis Vuitton continúa entre las 50 marcas más valiosas del planeta, perdiendo dos posiciones en un año hasta el puesto 32. Las otras 2 marcas de lujo del Top 100 son Hermès y Gucci. En 2006, cuando inició este ranking, hasta 6 marcas del mundo del lujo estaban presentes en él.

El mundo del lujo se está reinventando a pasos agigantados. Los tradicionales clientes de bienes y servicios de alto nivel buscan más experiencias únicas y diferentes que acumular productos. Al fin y al cabo, en un mundo cada vez más globalizado, casi todas las cosas se pueden comprar en cualquier rincón del mundo. Lo que no se puede reproducir es un atardecer increíble, el sabor de un plato elaborado en vivo por un chef o la atención que nos presta un pequeño fabricante de cosméticos naturales.


En este nuevo panorama del lujo basado en la experiencia, Costa Rica tiene muchas y muy buenas oportunidades para consolidarse como un país creador de auténtico lujo. El lujo de experiencias únicas.


Publicado en la revista Estilo Ejecutivo (La República Media Group)

sábado, 18 de abril de 2009

¿Y los paraísos sociales?


Me ha provocado auténtico estupor la constatación de que la única medida real y efectiva tomada en el seno del denominado G20, haya sido la de publicar una lista de países denominados “paraísos fiscales”. Una lista negra de estados soberanos a los que se amenaza con sanciones si no se pliegan a los deseos informativos de los grandes países del planeta.

Paradojas. Mayor perplejidad me ha producido ver que Costa Rica se encuentra en esa lista. Resulta paradójico que Reino Unido, Francia u Holanda puedan poner marchamos de opacidad a terceros cuando ellos son los que inventaron este tipo de refugios. Véase la pléyade de islas caribeñas aún bajo su control que resultan ser verdaderos paraísos, no solo por sus playas de arena blanca, sino por lo liviano del control financiero y fiscal de ella. Sin ir más lejos, no son pocos los ciudadanos costarricenses que acuden a dichas islas, no para dorar su piel bajo el sol, sino para depositar en ellas sus ahorros o el fruto de transacciones comerciales. Paradojas del mundo contemporáneo.

Tampoco Obama puede sacar pecho al respecto, dado que el estado de Delaware es, de facto, un auténtico paraíso fiscal en el que se puede crear una sociedad en treinta minutos y con acciones al portador. Tampoco hace falta ser estadounidense, ni tan siquiera residente para tal trámite. Desconoce- mos por qué este estado norteamericano no se encuentra en la lista negra.

Lo anterior ya resulta suficientemente esclarecedor del doble –y equivocado– rasero que han aplicado en el G20 para tomar la decisión y poner nombres a países que ni tan siquiera pueden defenderse, dado que no se encuentran representando en tan mediático foro. Sin embargo, lo más dramático es comprobar lo interesados que están los países más desarrollados del mundo en erradicar los paraísos fiscales –los ajenos, claro está– con tal de aumentar la recaudación de sus maltrechas arcas públicas, pero lo poco que les importan los verdaderos paraísos del siglo XXI: los paraísos sociales.

Costa Rica, por poner el ejemplo más cercano, es un país reconocido internacionalmente, para lo bueno y para lo malo, por su sistema de seguridad social. Lo cual interesa bastante poco, dado que de lo que se trata es de perseguir cualquier atisbo de evasión impositiva, no de evitar la invasión de productos fabricados en países que institucionalmente deploran la protección social de los trabajadores. Esto último dista mucho de ser lo que ocurre en Costa Rica.

‘Dumping’ social. Todo esto tiene su lógica si consideramos que uno de los países más destacados del G20 es el mayor paraíso social del mundo. Me refiero a China, en donde es el propio Estado el que patrocina la ausencia de garantías sociales con tal de inundar el mundo entero con sus productos. Gracias a esta política de dumping social masivo es como China se ha convertido en un país imbatible en lo que a fabricación a bajo coste se refiere.

Por poner un ejemplo claro y rotundo, China se ha comido al sector textil mundial, desde el que producía en países desarrollados, hasta el que existía –queda algo, pero desaparecerá– en países en vías de desarrollo como Honduras, Vietnam o Marruecos. No se puede competir contra un coloso que tiene la firme decisión de acabar con cualquier competidor y al que, cultural e institucionalmente, le importan poco los derechos de sus ciudadanos.

Para colmo este paraíso social tiene carta de naturaleza como país respetado entre los grandes del planeta. Con este panorama creo que no debería extrañarme tanto por las resoluciones del G20. ¡Muerte a los paraísos fiscales! ¡Larga vida a los paraísos sociales!.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 17 de abril de 2009.

martes, 3 de febrero de 2009

Habemus plan


El Gobierno de Costa Rica ya tiene un plan contra la crisis económica, esa que ni el ministro de Economía ni el presidente del Banco Central advertían hace tan solo unos meses. Lo han bautizado el “plan escudo”, un nombre más de operación militar –Tormenta del desierto, Plomo pesado…– que de contingencia económica.

Resulta curioso que Óscar Arias abra su discurso de anuncio del plan afirmando: “en abril del año pasado yo hablé de vacas flacas”, cuando en realidad los máximos jerarcas económicos del país se empeñaban en afirmar lo contrario. Especialmente Francisco de Paula Gutiérrez.

Con su obsesión desmedida por controlar la inflación, Gutiérrez cerró las posibilidades de crédito de los bancos estatales y los obligó a respaldar con patrimonio hasta los Bonos del Tesoro de la República de Costa Rica. Una medida sin precedentes y que ha venido a causar un frenazo en la actividad económica del país y a agudizar aún más las consecuencias nacionales de la crisis financiera internacional.

Paradojas. Todo esto ocurría un mes antes de que Arias hablase de “vacas flacas” y ahora que estamos en el “ojo del huracán”, Gutiérrez sigue hablando de inflación y Arias, mirando para otro lado. Hemos invertido unos cuantos miles de millones de colones en capitalizar unos bancos que quedaron descapitalizados por obra y gracia del BCCR. Un pequeño detalle que todo el mundo parece haber pasado por alto.

Igualmente paradójico resulta que, habiendo obtenido el Estado superávit fiscal durante 2008, esto es, los ingresos han sido superiores a los gastos, los entes estatales que prestan los servicios públicos anuncien importantes subidas de tarifas en plena crisis. No me refiero al aumento de los mensajes de texto de los celulares, que es el único que parece preocuparle al Gobierno, seguramente por motivos electorales (los principales usuarios del servicio son jóvenes del área metropolitana, esos que cada día votan menos a Liberación y más a las opciones izquierdistas). Lo realmente preocupante es que la CNFL haya subido un 25 % las tarifas sin el mayor miramiento hacia decenas de miles de familias y comercios y sin que el Gobierno haya puesto el grito en el cielo.

Para poner las cosas en perspectiva, si a uno de los usuarios habituales de la mensajería celular le aumentan el precio a 5 colones por unidad y multiplicamos por 300 mensajes mensuales, resulta que el chico paga 1.500 colones al mes por chatear con los amigos. Una familia media que gastaba 20.000 colones en electricidad ahora va a pagar 25.000. ¿Quién sale más perjudicado?, ¿cuál de los dos servicios es verdaderamente “básico”?

Faltó ambición. Volviendo al “plan escudo”, resulta que no deja de tener un componente familiar porque, una vez leído, a uno le suena más a carta al Niño Dios que a verdadero plan económico de un Gobierno. Digo esto porque resulta que, de todas las medidas que se anuncian, más de la mitad dependen de terceros, empezando por el verdadero Poder Ejecutivo de este país, me refiero al Legislativo.

Para relanzar la economía del país, mucho más allá de las ayudas –¡otra más!, es año preelectoral– a los sectores no productivos y a las industrias en declive –el bendito “agro”–, el Gobierno debería haber lanzado un ambicioso plan de infraestructuras desde que se avistaban las “vacas flacas”. Más aún cuando la construcción se vio frenada en seco por la ausencia de crédito en los mercados locales, nuevamente gracias a Gutiérrez y su cruzada contra la inflación.

Ahora estas infraestructuras, que además son necesarias para que Costa Rica encare con cierta ventaja el fin de la recesión económica en los EE. UU., quedan en manos de los rompedores de quórum, los anticonsultorías y otras especies que pululan por Cuesta de Moras (Asamblea Legislativa). Óscar Arias, que ya vio la crisis, según sus propias palabras, hace casi un año, parece que ahora, como ocurrió con el TLC, tiene que dejarlo todo en manos de la Asamblea Legislativa. En definitiva, la carta al Niño Dios.


Publicado hoy en La Nación de Costa Rica.

martes, 20 de enero de 2009

La crisis y la elegancia


Imagino que ya muchos de los amables lectores esperaban que este título iba a ver la luz más pronto que tarde. La verdad es que es una reflexión casi necesaria en estos tiempos revueltos que vivimos. Aunque la denominada “crisis” es un estado de la mente colectiva, que para algunos, generalmente lectores de El País, simplemente no coincide con la realidad de la calle, se trata del tema obligado en toda conversación a lo largo de los últimos meses en España.

Hablar de la crisis no es ni elegante ni no-elegante, sino todo lo contrario. Algunos prefieren pasar el tema de puntillas, por aquello de la negación del mismo, mientras que otros son amantes de enfangarse en los datos más pesimistas, como si les diese alegría: cuanta más crisis mejor, parece ser la idea encubierta. Los extremos, como siempre, pueden parecernos faltos de toda elegancia, más aún porque de lo económico se pasa a lo político, algo inevitable dada la enorme presencia de lo público en el ámbito económico.

Pero más allá de la palabrería y de la charla de cafetín, sin la cual la vida no tendría sentido, parafraseando al gran Nietzsche. Creo haber observado ciertos cambios en el comportamiento de la mayoría de los que transitan por las calles de España conscientes de la que está cayendo y lo que todavía queda por diluviar. El personal se lo piensa bastante antes de dedicarse al despilfarro efímero y a lucir oropel con tal de impresionar al resto de los mortales.

Esto de la crisis parece estar teniendo sus efectos positivos. Dado que ahora, aunque sea con la excusa de los recortes presupuestarios propios de la época de vacas flacas, los consumidores están dejando un poco de lado esa vertiente entre el consumismo y el nuevoriquismo absurdo propio de los años dorados del ladrillo.

La gente empieza a hablar de “básicos” y de “fondo de armario”, en lo que a ropa se refiere, sin que ello signifique un avance directo hacia la elegancia; a sustituir el gran reserva por el crianza y el ribera por el rioja, el cual quedó desplazado en las cartas de los restaurantes “exclusivos” –exclusivamente para nuevos ricos, quiero decir-; y a cambiar las cigalas por langostinos cocidos medianos.

Todo esto no significa que al personal, a santo de tanta caída de los ingresos, le vaya a entrar un ataque de elegancia –si es que eso existe-. Tampoco es que la austeridad sea señal inequívoca de elegancia. Yo mismo reniego de la frugalidad por encima de todas las cosas y entiendo que la misma, salvo casos patológicos diagnosticados, que los hay, es una actitud de lo menos elegante. Lo que creo es que vamos a ver un poco menos acentuados algunos de los comportamientos denunciados desde este espacio.

Ahondando en esto, cabe la posibilidad de que los mega-adictos al fashionismo no puedan vencer su dependencia a lucir las últimas ocurrencias de las firmas que aparecen en las revistas y demás medios. De forma que se vean obligados, no ya a deambular por los montones de prendas de las tiendas de ropa rápida como hasta ahora, sino a comprar en los mercadillos o en el top manta de los complementos, si es que no lo hacían ya.

Y es que habrá que apretarse el zapato, aunque no sea Louboutin ni Jimmy Choo. Habrá que hacer de tripas corazón y buscar en Cortefiel los cortes de Hackett, otro que ha disfrutado de los parabienes del ladrillazo. Por estos lares tendrán que aprovechar más el bolso Coach y el Tous de rigor y conformarse con estrenar algún Kenneth Cole de saldo. Una tragedia.

Claro que hay minorías que están por encima de todo eso. Como la señora que, con unos calzoncillos rojos en la mano en vísperas de Nochevieja, le comentaba a una amiga en una tienda que en unos meses “todo va a estar mucho peor”. Así, resignada, afirmaba que “nos tendremos que preparar para escuchar a la gente llorando”. Señal inequívoca de que la sopa boba del salario público o cuasi-público, ilumina su cuenta corriente y lo hará aunque todos los que le pagan el sueldo a ella estén pasándolas canutas.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Del subdesarrollo al surrealismo

Aunque suene reiterativo, a nadie se le escapa que Costa Rica tiene un serio déficit en infraestructuras, una educación pública universalizada pero de calidad decreciente, al igual que la sanidad, amén de un problema creciente de inseguridad ciudadana. Tampoco se nos puede quedar atrás la cifra de ciudadanos que viven por debajo del umbral de la pobreza.

Todo ello, junto con otros datos macroeconómicos que omito destacar, hace que este sea un país de los denominados “subdesarrollados”. Odio el eufemismo “en vías de desarrollo”, calificativo que pudo ser aplicable hace años, pero, hoy por hoy, las “vías” no las veo por ningún sitio.

Pues bien, con ese panorama ciertamente desolador, nuestros diputados miran para otro lado y se dedican a aprobar leyes que promueven una falsa democracia participativa. Me refiero a la ley ambiental que crea el referendo cantonal (La Nación, pág. 4, sábado 1 de noviembre).

Resulta que ahora un 10% de los votantes de una comunidad –¡bendita palabra!– pueden convocar un referendo para que los vecinos opinen sobre la conveniencia, o no, de que se realice un proyecto.

Por “proyecto” se entiende cualquier tema que previamente haya pasado por todo el tortuoso proceso de permisos, incluida la Setena. Desde construir una casa en un lote hasta realizar una mina a cielo abierto.

De esta forma, las ya maltrechas economías municipales tendrán que consignar en sus presupuestos las correspondientes partidas para la celebración de referendos. ¿O es que alguien pensó que estos plebiscitos los iban a sufragar los solicitantes?

En algunos casos se me antoja que le van a faltar fechas al calendario para su realización, a no ser que se permita agruparlos. Sin hablar de que muchos presupuestos municipales no alcanzarán para tanto llamamiento a la “democracia participativa”.

A todas luces, esta ley supone el fin del desarrollo en este país. Ahora ya no bastará con invertir cientos de millones de colones en todo el ya de por sí kafkiano proceso de obtener la aprobación de unas catorce administraciones públicas, incluidas las municipalidades, por cierto. Procesos que, en no pocas ocasiones, tienen un período superior a los dos años. Con la espada de Damocles del referendo popular todo será más caro, más lento y, lo peor de todo, más incierto, dada la inseguridad jurídica que genera.

Como decía al principio, en Costa Rica hay mil problemas que solucionar con un presupuesto muy limitado. Sin embargo, en lugar de destinarlo a mejorar infraestructuras, seguridad, educación o salud, estamos pensando en dedicar recursos a entrabar aún más el desarrollo, en otras palabras: a profundizar aún más en el subdesarrollo.

Las consecuencias de continuar por este camino de autodestrucción las explicó magistralmente aquí el doctor Jaime Gutiérrez Góngora ( Página Quince , sábado 1 de noviembre). Y es que aquí algunos, como mi paisano el diputado Merino del Río, impulsor de esta ley, se han empeñado en llevar a Costa Rica al borde del colapso.

Subidos a los estrados políticos, universitarios y mediáticos, nos hacen creer que el desarrollo y el progreso es cosa de ricos. Nuestros políticos, todos, les hacen la ola, dado que aquellos se encuentran investidos de una falsa superioridad moral que es aceptada de facto por estos.

Los diputados, esos señores que se dedican, entre otras cosas, a quedarse en la puerta del plenario para no hacer quórum, nos están dejando claro que sacar a Costar Rica del subdesarrollo no les interesa. Aprueban por unanimidad leyes en contra del desarrollo, mientras dejan dormir el sueño de los justos a leyes como la de concesión de obra pública, o frenan a toda costa la definitiva aprobación del TLC. Esta gente, si no la detenemos, nos va a llevar del subdesarrollo al surrealismo.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 20 de noviembre de 2008.

lunes, 27 de octubre de 2008

De la crisis financiera y la codicia


Es el tema estrella de las conversaciones. En cualquier cafetería podemos encontrar una pléyade de presuntos economistas impartiendo lecciones sobre los motivos, causas y efectos de la crisis financiera mundial. El sábado me encontré a un conocido que se fue a vivir a México y, después del saludo de rigor, entramos de lleno al tema de la crisis. En la mesa de al lado tres hombres de mediana edad andaban señalando ya a la “codicia de los banqueros” como absoluta responsable de lo que estamos viviendo.

Ahora que ser liberal no está nada de moda y que las ratas huyen del barco para no cargar con la pesada losa de defender ideas en tiempos revueltos, el mensaje que cala es el de culpar a los “codiciosos banqueros” con su “inescrupulosa avaricia” y quedarse tan ancho. Creo que antes de afirmar esto deberíamos analizar breve, una vez más, las causas principales de esta crisis.

En los albores de la década los mercados estaban sufriendo diversas tormentas. Primero fue el estallido de la denominada “burbuja tecnológica” o de las puntocom. Casi a renglón seguido y en plena recuperación se produjeron los atentados del 11 de septiembre de 2001. Para reactivar la economía el entonces sabio entre los sabios, Allan Greenspan –un regulador del mercado, por cierto-, decidió poner los tipos de interés casi al 1 por ciento. Lo cual no tardó en tener diversos efectos.

El primero fue que los bancos se quedaron sin margen de intermediación, es decir, la diferencia entre lo que pagan por el dinero que reciben y el interés al que lo prestan. De ahí que éstos tuviesen que mover su negocio en dos sentidos. Por una parte aumentando su volumen, esto es, generando más préstamos para compensar la bajada en su margen. Por otro lado prestando con más riesgo (conocidos como subprime), esto es, a personas que tienen menos capacidad de devolver los préstamos (los famosos ninja) y cobrándoles un interés más alto.

El segundo movimiento vino impuesto por la normativa internacional de la banca –conocida como Basilea II, otro regulador-, que no permite que los bancos presten más de 12 veces su patrimonio. Así que los bancos en lugar de quedarse con los créditos hipotecarios los hicieron paquetes y los vendieron a fondos de inversión. Es lo que se conoce como titulización. El problema vino cuando estos paquetes contenían tanto créditos sanos como otros subprime, pero eso no lo vieron tan mal las agencias que juzgan la calidad de los activos financieros –o rating-, pero las consecuencias han venido en cuanto los créditos de menor calidad han empezado a resultar impagados.

Después de esta brevísima explicación, bajo mi punto de vista lo único realmente vergonzoso de este tema es el comportamiento de las agencias de rating. Ahora bien, ¿tan “codiciosos” han sido los bancos?, ¿cómo actúa cualquier persona ante un cambio en la situación de su entorno económico como la que vivieron los bancos?.

Imaginemos que yo tengo una tienda de zapatos y vendo principalmente una marca de zapatos de lujo que me genera un importante margen por cada venta. De repente esa marca decide no realizar campañas de publicidad, sino reducir el precio y la calidad de sus zapatos y hacerlos más “populares”. ¿Qué puedo hacer?. ¿Vender la misma marca pero mucho más volumen?. ¿Vender otra marca de zapatos de lujo?. ¿Cerrar la tienda y dedicarme al corte y confección?. Salvo en el último de los casos, está claro que soy un “codicioso capitalista” que sólo pienso en ganar dinero.

Es más imagínense que un día las cámaras captan a Letizia Ortiz –t.c.c. La Leti- entrar en mi tienda y esto me genera una avalancha de clientes. ¿Qué haría el amable lector?. ¿Vender la cantidad habitual de zapatos y cuando ya no me queden más cerrar y esperar a que llegue la siguiente temporada o solicitar un pedido extra a mi proveedor?. Seguramente, todos estos que no dejan de hablar de la “codicia” de los bancos optarían por lo primero.

La codicia desde el punto de vista económico es consustancial al ser humano. Nuestra sociedad, absolutamente orientada al consumo, la ostentación y a la acumulación de objetos y experiencias, nos hace ser así, pero en este caso sólo vemos la paja en el ojo ajeno.

¿Acaso los “comprometidos” músicos, actores y directores que pueblan las filas de la progresía mundial dejan de grabar discos, dar conciertos, filmar películas, vender merchandising –con perdón-, hacer publicidad para marcas o asistir a fiestas cobrando, porque ya tienen millones en sus cuentas corrientes?. ¿Acaso no son “codiciosos” los que continúan vendiendo sus producciones, su imagen y hasta su vida privada, a pesar de ser millonarios?. ¿Acaso no son codiciosos los políticos que dilapidan el presupuesto de su país para aumentar su ego o para ser reelegidos a toda costa, esos mismos que andan gritando “El capitalismo ha muerto” o “El Primer Mundo se derrumba como una burbuja (sic)”?.

Creo que Víctor Manuel, el gran cantante que pronto visitará Costa Rica, nos dio la clave hace unos años en un chat con los lectores de El Mundo: “Soy comunista, no imbécil”. Pues eso.

lunes, 20 de octubre de 2008

Tranquilos, la crisis no va con Costa Rica


Los dos máximos responsables de la política económica del país, el ministro de Hacienda y el presidente del Banco Central , han demostrado en sendas entrevistas a La Nación su capacidad para hacer creer al público que esto de la crisis financiera mundial no va con Costa Rica. Es su trabajo y es lo que toca, lo cual no quita que, al menos, lo hagan con un poco de rigor.

El ministro Guillermo Zúñiga dice sentirse “tranquilo” porque el Gobierno “ya tomó” medidas para atenuar los posibles efectos de la crisis. Para empezar, resulta impresionante que el responsable de Hacienda hable de medidas tomadas en el mes de mayo, lo cual indica que Zúñiga ya preveía esta crisis, de la cual ningún experto hablaba.

Claro que no menos sorprendentes son las “medidas” acordadas en mayo –insisto– por el Gobierno, como el plan destinado a mejorar la “seguridad alimentaria”, para gran regocijo de las huestes bolivarianas patrias que no se quitan el eufemismo de la boca. Digo eufemismo porque lo que realmente significa “seguridad alimentaria” es “subsidios a todo meter para los productores agrícolas”. ¿Se acuerdan de la diputada “arrocera” del PAC? Pues eso.

Lo que no dice Zúñiga es que desde mayo los precios internacionales del arroz o el maíz han caído entre un 17% y un 23%. Al igual que el petróleo lo ha hecho en más de un 40%, y el Ministro habla del programa de subsidios del diésel para el transporte público. A lo mejor es que Zúñiga se guía por los precios de las gasolineras, inamovibles a pesar de la caída en picado del crudo.

El presidente del Banco Central ha ido más lejos. No es que Francisco de Paula Gutiérrez esté “tranquilo” como su colega de la cartera de Hacienda, sino que no cree que “haya contagio”, aunque, si leemos con detenimiento, nos percatamos de que a lo que el jerarca monetario se refiere es al sistema financiero, reconociendo que “evidentemente, hay un canal real de desaceleración de las exportaciones”.

Sin embargo, ya sabemos que a Gutiérrez esto de las exportaciones le importa bastante poco, lo suyo es combatir –con absoluto fracaso– la inflación.

Estos desvelos inflacionarios son lo que llevaron al presidente del Banco Central a cerrar el grifo de la financiación de los bancos estatales hace unos meses. Con esto y subiendo los intereses al 12% se pretendía recortar el efectivo en manos del público y así esperaba controlar la inflación y, de camino, ralentizar el crecimiento económico del país impidiendo el acceso al crédito de los sectores más dinámicos de la economía: el exportador y el turístico. El agrícola entre subsidios y programas de “seguridad alimentaria” no tiene ese tipo de problemas.

La cuestión es que el panorama, desafortunadamente, es mucho más sombrío del que pintan esta pareja de economistas. Primero por las implicaciones de esta crisis que tanto afecta a nuestro principal socio comercial. La inversión extranjera directa, junto con el turismo, principal factor de la bonanza económica experimentada por Costa Rica durante los últimos años, se encuentra en franco declive y con pocas probabilidades de recuperarse en el corto plazo.

Por otra parte, nos encontramos con un presupuesto público que el propio ministro de Hacienda ha calificado de “corte social”, esto es, lleno de subsidios, ayudas y demás gastos propios de un año preelectoral. Amén de una estructura estatal absolutamente incapaz de sacar adelante un solo proyecto de inversión relevante que logre reactivar la economía.

No se trata de un asunto únicamente de voluntad política, de capacidad financiera del Estado o de ausencia de proyectos e iniciativas, sino de que, como hemos podido comprobar hace unos días, cualquier iluminado con ínfulas populistas puede paralizar una inversión pública presentando un puñado de papeles ante la Sala IV. Pintan bastos, dicen en mi tierra.

Publicado en La Nación de Costa Rica el 17 de octubre.