lunes, 9 de enero de 2023

No sin mi logo

He pecado, lo reconozco. Lejos han quedado aquellos tiempos en los que huía de la utilización de productos que lucieran el logotipo de la marca. Yo mismo lo denunciaba hace la friolera de catorce años en este artículo. Me he dejado llevar, lo admito. A mi alrededor todo el mundo lleva una calavera en la camisa, unos palos de golf en el jersey, dos haches superlativas en el chubasquero o un lagarto en las omnipresentes sneakers. Por cierto que la primera vez que vi a alguien con un chaquetón Helly Hansen amarillo y ese tamaño de logo, pensé que era empleado de una constructora sueca. Yo no iba a ser menos y ya tengo alguna sudadera con dos raquetas más grandes que las reales en la espalda y un chaquetón con el cuello serigrafiado con un logotipo de una marca de ropa, será la crisis de la mediana edad. Hace unos días algo me hizo ver que éste no era el camino, que los logos son para el que los necesita, como decíamos en 2008, para ser parte de la tribu o para demostrar que tienen capacidad económica, incluida la posibilidad de endeudamiento.

Las marcas han visto el filón claro por medio de una sociedad de consumo hiperinfluida gracias a las redes sociales. Desde la más anónima difusora de fotos en Instagram con pretensiones de estrella de cine, hasta el común de los artistas de la denominada música urbana -léase regaetton y sus variantes-, pasando por deportistas de diverso pelaje, todos usan visiblemente el logotipo de alguna marca, les paguen por ello o no, en todas y cada una de sus prendas. Las marcas más caras, autodenominadas exclusivas, son las más apegadas a esta horterada masiva en la que nos sumergimos. Así, Balenciaga ha pasado de ser el nombre de un fallecido diseñador español a convertirse en una palabra fetiche que designa el alto precio de los productos que se venden bajo su nombre. Y lo peor es que nos parece normal, incluso cool. 

La sociedad ha adoptado la estética Kardashian sin el menor empacho. Ser un nuevo rico nunca estuvo tan bien visto. Claro que no hay que confundir nuevo rico con clase media alta con pretensiones, que somos al final la mayoría de los que deambulamos por el mercadona de suburbio caro. Hemos alcanzado el paroxismo en esta renovada y agresiva utilización de los logotipos como manifestación de nosotros mismos como personas. Ahora vestir sin logo no es vestir sino subsistir. 

Pero todo tiene un límite y recapacitar o rectificar es de sabios. La vida es un péndulo y el fin del logismo está próximo. Pronto empezaremos a mirar por encima del hombro a los que se empeñan en lucir sus sudaderas con letras grandes en el pecho, sus zapatillas con logo pantagruélico, sus gafas de sol hasta con los cristales marcados con la tipografía que demuestre el precio de la cosa. Lo lujoso ya no será lo que tenga el escudo más grande o la repetición infinita de unas siglas usadas hasta la saciedad por ídolos del estilo de  Omar Montes o Kim Kardashian, sino usar la ropa y los complementos que a uno le queden bien y transmitan una estética de normalidad y buen gusto, sin exabruptos. Es cuestión de tiempo.

martes, 26 de octubre de 2021

Señoronas de la izquierda caviar


A la izquierda española siempre le han gustado las divas, las señoronas de cliché recién peinadas, maquilladas, vestiditas en plan niñas bien, pero gritonas, reivindicativas, feministas de postal y femeninas como la que más. Ahora estrenan nueva musa, transmutada en portada de revista, pero no de Mundo obrero -el pasquín de su partido-, sino del Vogue. La izquierda española siempre ha sido muy de señoras bien vestidas, con clase, pero no clase obrera, claro. Lo decía siempre Umbral, el falso comunista que nunca levantó un dedo contra el franquismo, hasta que murió Franco, tan aficionado a las marquesas que reunían en casa a los intelectuales y los curas rojillos allá por los setenta. Cenas por todo lo alto con servicio uniformado, pero muy de izquierdas, claro.

 

Ya con José Luís Rodríguez tuvimos una nutrida representación de este espécimen, encabeza por María Tersa Fernández de la Vega, que se hizo un extreme make over, nada más poner un pie fuera de la Moncloa. Posaron en el Vogue para celebrar el gabinete del 50 por ciento, que suena a descuento, pero las rebajas llegaron después y con violencia: 8 años de crisis económica. Luego vendría la diva/tía del Harper´s Bazaar, transmutada en ministra de algo por exigencia del líder espiritual de la cosa, hoy juguete roto de una época que dejará mucha miseria en España.

 


Todas estas señoronas ya se han bajado de la pancarta, apalancadas en el poder, no salen a la calle desde aquel siniestro 8 de marzo de 2020, cuando se pusieron a repartir carnés de feminismo y Covid por las calles de Madrid. Eso sí, con los chóferes y los guardaespaldas oficiales esperando para llevarlas al ágape de turno o al pisazo en el barrio Salamanca, ni hablar del chalé en Galapagar. 

 

La cuestión es que la izquierda ha descubierto una musa nueva, Yolanda Díaz. Quién la ha visto y quién la ve. Una señorona que ya se muda a Madrid, en vista de que esto de la reivindicación social a favor de los menesterosos -pero lejos de ellos-, da para un ático céntrico y colegio de pago para el niño, no vaya a ser que se mezcle con la canalla de extrarradio, ni siquiera a Irene se le ocurriría. Ahora a capitalizar portadas a costa del peluquero y el maquillador del ministerio, amén de las facturas en vestuario a cuenta del erario público, eso da para Harper´s Bazaar, porque los reportajes en páginas interiores de El País Semanal no interesan si no hay elecciones cerca. ¡Qué tiempos aquellos en los que íbamos a las rebajas de Lefties! 


 

Esta izquierda caviar que acuñó el término cayetanos en referencia a Cayetana Álvarez de Toledo, para ningunear los modos elegantes y directos de la desfenestrada política de derechas, ahora se deshace en elogios con la nueva y rutilante estrella del bando bueno, con su pelo teñido, sus vestidos de Uterque y sin dar un paso por Madrid sin que la lleve el chófer. La diferencia es que los yolandos no llevan pulseras con la bandera de España, sino pegatinas de la republicana.

viernes, 24 de julio de 2020

Coronavirus, estupidez y elegancia

A los que les gusta el tono apocalíptico, esos que no se quitan la nueva normalidad de la boca, afirman que la pandemia generada por el coronavirus va a cambiar el mundo. En realidad la Humanidad ya estaba cambiando, siempre cambia, se mueve. Somos seres que avanzan, muchas veces sin rumbo, pero no sabemos estar quietos, y menos ahora, obligados por un virus. Por eso yo pienso que los cambios ya estaban ahí, latentes, presentes, escondidos o apenas enseñando la patita, el -la, los, las- Covid-19 sólo llegó para acelerarlos.



Nuestra dependencia digital se ha vuelto exponencial y, con ella, sus consecuencias, no todas positivas. Bertrand Russell afirmó que “con un poco de agilidad mental y un par de lecturas de segunda mano, cualquier hombre encuentra pruebas de aquello en lo que necesita creer”. Considerando que Russell murió en 1970, esa búsqueda debía ser de lecturas físicas, es decir, libros, periódicos, revistas, etc. ¿Se imagina el amable lector lo que significa esta afirmación hoy con la cantidad de acceso que tenemos a información?
 



Si alguien cree que la pandemia es una conspiración de algún maquiavélico magnate, sólo tiene que hacer la búsqueda correspondiente en Internet. Si llegó a la conclusión de que el virus nació en un laboratorio chino, hay miles de artículos que lo demuestran de forma fehaciente. Si opina que la mascarilla es el bálsamo de fierabrás, hay decenas de papers -ojo, antes los papers estaban vedados a los científicos y gente con muchos estudios- que así lo indican. Si piensa que no sirven para nada, también hay estudios que lo afirman con rotundidad.

 

La cuestión es que nos hemos vuelto cómodos, livianos, estúpidos, si se me permite. Sólo hay que agarrar una idea, una creencia, un trending topic y hacerlo propio, defenderlo a capa y espada, al final hay “lecturas” que nos apoyan, incluso videos, aunque sean de Playground. Acceso a más información no significa más criterio para tomar decisiones, porque la información requiere reflexión y análisis antes de convertise en opinión. El problema es ese: confundimos opinión con información. La inmensa mayoría de las lecturas contienen ya el análisis, la reflexión, las conclusiones, así que las tomamos porque era justo lo que estábamos buscando, pero son opiniones de terceros que refuerzan la nuestra.

 

Pero el ser humano ha renunciado ya al raciocinio superior que le fue otorgado. Ha dado por extinto el criterio propio. Prefiere sumarse al que gracil, dócil y asequible le ofrecen las lecturas de segunda mano. Y, juramentados tras una infinita capa de prejuicios, vamos tomando, cual Eva en el Paraíso, las manzanas que nos hacen más tupida la cota de malla de nuestras creencias, convertidas en verdades.

 

lunes, 3 de septiembre de 2018

El camino corto

Vivimos en una sociedad egoísta y cada vez más competitiva. Competimos entre nosotros por cada pequeña cosa en la que hay dos seres humanos involucrados. Lo vemos a diario. En las calles, en el trabajo, por todas partes. 

Personas que corren triatlón pero estacionan su carro –lleno de calcomanías de sus logros atléticos- en el parqueo designado para discapacitados. Otros dejan la botella de plástico botada a la par del basurero en el parque. Conductores que usan el carril de giro a la derecha para meterse delante de los que van a girar a la izquierda. 

Comportamientos pequeños que parecen no significar nada, pero lo son todo. Son el fiel reflejo de esta sociedad enferma en la que vivimos. Buscamos el camino corto para caminar menos al supermercado, no agacharnos a recoger nuestra propia basura o ponernos delante de los que esperan. 

¿Qué podemos esperar de una sociedad que busca lo fácil, no molestarse, aunque molestemos a los demás?. ¿Acaso no son estos comportamientos fiel reflejo de lo que vemos en la vida pública: salarios desmesurados, amigos contratados a dedo, comisiones para favorecer una licitación, etc?. Todo con un alto grado de impunidad como la que existe en Costa Rica.

Pensamos que nuestras acciones egoístas nos favorecen, pero no es cierto. Esas pírricas victoriasno nos convierten en más exitosos, ni más eficientes, ni nos hacen mejores personas, más bien al contrario. Ese egoísmo terminará pasándonos factura más pronto que tarde.  

Hace unos días un vehículo intentaba cambiarse de carril porque delante estaba detenido un bus en una parada. El automóvil que venía por el carril izquierdo aceleró y pitó deteniendo la maniobra del que quería cambiar de carril. En ese momento el semáforo se puso ámbar y el carro que había delante decidió no continuar, de modo que el conductor que había obstruido el paso del otro se estrelló contra él. 

A diario, sin darnos cuenta, somos testigos o actores de muchas escenas de egoísmo. Nos molestan las de los demás, pero las imitamos inconscientemente buscando ese camino corto hacia el éxito. Atajos que, como al conductor que colisionó por su propio egoísmo, nos terminan perjudicando. Estamos en la búsqueda egoísta de obtenerlo todo de manera rápida, fácil y pasando por encima de los demás sin el menor reparo.

Lo peor de todo es que este egoísmo es lo que estamos compartiendo a diario con nuestros hijos. Nosotros mismos les enseñamos a saltarse las normas y les permitimos tener redes sociales sin cumplir la edad recomendada por los propios desarrolladores: “Miente, hijo mío, no vaya a ser que el resto de tus compañeros tengan y tú no”.

Así los educamos. Los problemas son siempre de los demás, de esos perdedores que siguen la fila, que parquean donde no molestan o que cumplen con las normas del condominio.  Esa será nuestro legado a la siguente generación, mediatizada ya por la sociedad de la inmediatez del like. 

miércoles, 25 de abril de 2018

Las redes sociales nos están matando

“Lo estaba pasando tan bien que se me olvidó subir ´stories´”. Palabras textuales de una egoblogger en su propio muro de feisbuk. El lector no sabrá si reír o llorar, pero quizá debamos preguntarnos a nosotros mismos si no hemos llegado a tal punto de estulticia. Las redes sociales están acabando con nosotros, no sólo con los que pretenden hacer negocio vendiendo la vida propia en vivo, sino con los que invertimos la mejor parte de nuestro tiempo en ellas.

Algunos expertos afirman que las redes son la nueva droga. Cada like hace que nuestro organismo libere dopamina, la molécula de la felicidad. Es rápido y efectivo. Subimos una foto y llegan las reacciones, los comentarios, los seguidores. La dopamina llega como cuando recibimos un mensaje de amor o un aumento de sueldo. Pero como cualquier droga necesitamos más. Al principio una docena de interacciones es suficiente para alegrarnos la mañana, pero después queremos más. Más likes, más comentarios, más fologüers. 

La vida real se hace ajena. Hay que estar revisando el teléfono contínuamente. Los que nos rodean no importan, sea una fiesta, un almuerzo o una reunión de trabajo. Sean nuestros compañeros de trabajo, nuestra familia o nuestros amigos. No interesan. El mundo virtual es inmensamente más interesante que cualquier atisbo de realidad que nos rodea, porque nos otorga dopamina.

Placer instantáneo y gratuito. O no tan gratuito. Esa desconexión de lo real se paga. Las relaciones se deterioran. Incluso nuestro organismo se resiente. Lo inmediato lo domina todo. Tenemos que tuitear esto, postearaquello, repostear–ojalá fuera el transitivo de hacer repostería- lo de más allá.

Hace 10 años, casi nada, comentábamos en este mismo espacio que los blogs eran mentira. Parecían el intento individualista por trascender más allá del escritorio para muchos, pero acababan siendo algo sin sentido sino tenían una buena acogida entre el grupo de afines. Incluyéndome, por supuesto. 

Ahora las redes sociales reproducen ese mismo efecto, de forma exponencial. Esa es la gran mentira: exponencial. Nunca seremos exponenciales, sólo las cifras globales lo son. Ni tan siquiera las marcas se han percatado de la falacia. Los influencers no son nadie, pero viven o se alimentan de esa enfermedad de la que muchos somos víctimas sin darnos cuenta. Un perrito ladrando a la fotografía de Donald Trump tiene más viewsque cualquier egoblogger de comarca en todos los stories de su vida.

Buscamos tener influencia más allá de nuestra casa, nuestra oficina o nuestro círculo de amigos a cambio de mermar nuestra vida y desatender lo que más debería importarnos. Buscamos una salida, una huida, un paso al vacío cibernético y exponencial. A la vez que nos olvidamos de lo mundano, lo cercano, lo real. Nos están matando.

lunes, 27 de febrero de 2017

El nuevo vehículo de los cuarentones

Hoy voy a introducirme de nuevo en el interesantísimo tema del análisis del comportamiento social, es decir, de las cosas que hace el personal porque se pone de moda o, como se viene diciendo ahora: lo que es cool. En esta ocasión tocaré un tema sensible. Se trata de la crisis que los hombres sufrimos en el entorno de los cuarenta años. Lo que en el argot trendy viene llamándose midlife-crisis.

Al cumplir los cuarenta –o cuarenta y tantos, porque no es un número exacto- los hombres sentimos que ya no somos jóvenes y atractivos. Así, comenzamos a buscar cómo volver a ser interesantes y modernos.

A algunos les da por la actividad física desmedida. Los casos de lesiones de todo tipo se multiplican, no porque a partir de los cuarenta el cuerpo ya no sea el mismo, sino porque nos da por hacer más ejercicio del que habíamos hecho nunca antes. Un tío con 45 años que no ha hecho en su vida más deporte que el levantamiento de vidrios en locales autorizados para el expendio de bebidas alcohólicas, no puede pretender ser triatleta.  Se va a lesionar seguro. 


Otros combinan lo anterior con la compra de un vehículo de corte juvenil. Con el boom del ladrillo, la compra de descapotables de alta gama en España se disparó entre los mayores de cuarenta años. La correlación entre la compra de estos vehículos y el divorcio era cercana al cien por cien. Dicho de otro modo: Divorcio = Mercedes SLK.

En Costa Rica el fenónemo también se ha visto traducido en la venta masiva de otro tipo de vehículos: los pickups, conocidos en España en mi época como rancheras. Los cuarentones optan aquí por esos coches inmanejables que confieren al usuario un aire juvenil. Recordemos que en el pickup uno puede llevar la tabla de surf o la bicicleta de montaña, accesorios que no pueden faltar en esta etapa de la vida.

¿Qué no tiene bicicleta o tabla de surf?. No importa, nadie conoce ese dato. Lo que queda claro es que si uno tiene una ranchera es porque tiene una vida muy activa. Como cuando rondábamos los veinte.  De hecho este tipo de vehículos son propios de veinteañeros que los compran –los suele comprar papi- precisamente para dar ese tipo de impresión a las chicas de su edad: son aventureros, hombres de acción… y con dinero.


La cuestión es que cada mañana, cuando llevo a mi hija al colegio, me trago una procesión de padres en plena midlife-crisis conduciendo sus rancheras impecables. Todas en tonos metalizados, y ni rastro de barro, arena o cualquier otro tipo de suciedad. Al fin y al cabo son señores que no pueden ir con el coche sucio por la calle. Que nadie se lleve a equívoco.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Disfrazarse nunca fue una moda

Ya se ha glosado aquí sobre la pequeña línea que separa lo sublime de lo ridículo. Una línea que últimamente se traspasa con demasiada frecuencia. Sobre todo por estos lares mesoamericanos que me albergan. Las pasarelas criollas se llenan de esperpentos que buscan una extraña mezcla entre lo moderno y la tradición post-colombina. Disfraces, al fin y al cabo.

Como siempre sucede con estas supuestas tendencias, el apoyo endogámico es brutal. ¿Cómo no dar like y comentar la ocurrencia de la egoblogger de turno que mezcla unos zapatos dorados con una bufanda con los vivos colores de los manteles que venden en los mercadillos de Antigua Guatemala?. ¿Cómo no se le ocurrió antes a Tom Ford semejante genialidad?.

Seamos sinceros, a nadie se le ocurre salir a la calle un día cualquiera con semejantes disfraces.
Esos outfit no son para ir a la oficina o a tomar un café en la boulangerie orgánica de la esquina. Estos modelitos son propios para grandes eventos, como la fashion week de turno. Quizá esta proliferación de las fashion week de barrio sea la culpable de esta avalancha de creadores, egobloggers y fologüers en general, que buscan en ellas el refugio de la excusa para el exhibicionismo. Porque al final este invento de hacer un desfile anual en cada barrio -para sacar dinero- fuerza el surgimiento de la creatividad mal enfocada.

Alguien tiene que parar esta oleada de esperpentos en forma de vestimentas. La otra alternativa es centrar este tipo de acontecimientos en fechas más propicias: carnavales y jalogüin. Ahí, entre la confusión de las festividades, todos esos outfits pueden encontrar su sentido. En el entorno adecuado y sin causar la hilaridad del público en general. El problema es que en esas fechas tan señaladas, con el timeline de instagram lleno de selfies de disfraces, la creatividad pueda quedar en un segundo plano.

domingo, 16 de octubre de 2016

Contra los millennials

Sentado en un restaurante el corazón político y financiero de la Ciudad de México, Avenida de la Reforma, a unos metros del Senado de la República, ocupan la mesa de al lado cinco jóvenes bien vestidos. A todas luces eran miembros de esa admirada generación a la que se denomina millennials. De inmediato se nota que se dedican a la política y su conversación discurre entorno a las necesidades de su partido de cara a unos próximos comicios. Las chicas son las más activas en la conversación.

-       La gente quiere ver una cara nueva, los viejos líderes del partido ya no llegan, asegura una de ellas con un tono de seguridad irreprochable.
-       Es cierto, con este candidato se va a complicar mucho la elección, sostiene la segunda.

El tono de voz chilango de las chicas era alto y la conversación era perfectamente audible mientras yo degustaba un pulpo a las brasas y unos tacos de arrachera. La conversación transcurrió por ese derrotero durante los cuarenta minutos que tardé en finiquitar mi almuerzo. Todo giraba en torno al tipo de personas que podían tener tirón electoral.

-       Fíjate que la gente quiere ver candidatos que hayan tenido un pasado como activistas, afirmó uno de los chicos.
-       Cierto –confirmaba la líder-, tienes que haber estado comprometido con alguna causa, lo que sea. Proteger los bosques, repartir comida a sin techo…

Era una conversación de marketing político en toda regla. Ni una sola palabra acerca de propuestas para mejorar la calidad de vida de las personas o reducir la corrupción galopante que vive el país. Lo importante era definir que es lo que los electores buscan en un candidato, sin importar el programa electoral.


La conversación, o el largo trozo de la misma a la que asistí sin ser invitado, me llevó a reafirmarme en mi reflexión acerca de los millennials, un segmento de población que llena ríos de tinta y genera mares de caracteres en las redes sociales. Los supuestos nuevos dueños del mundo, a los que se confieren actitudes y características fuera de lo que estábamos acostumbrados. “Los millennials son más independientes, críticos, exigentes y tienen nuevos valores. Por ejemplo, prefieren compartir a poseer”, afirma en sus páginas una de las más prestigiosas publicaciones de negocios del mundo, Forbes.

Ya dijo el gran Goebbels –digo gran por la repercusión de sus técnicas- que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Pero es precisamente eso, la mentira, lo que ha fabricado el falso mito de los millennials y la conversación a la que asistí en México me reafirmó en mi teoría.

Una teoría que se centra en que esta generación es la más voluble y fácil de manipular de la Historia. Sólo les interesa el marketing y todo lo que se les vende por medio de las renovadas técnicas de publicidad basadas en los medios de comunicación digital, amplificados mediante las redes sociales.

Los millennials no son la generación que salvará al mundo de todos sus males, como algunos parecen creen y vociferan desde sus púlpitos de transmisión de ideas. Al contrario. Es una generación indolente ante el trabajo, porque creen saberlo todo y reniegan de la autoridad de la experiencia. Los mayores no sabemos nada, porque no somos nativos digitales. El nuevo mantra que hemos forjado los pobladores de las generaciones precedentes.

Se trata de una generación a la que es muy sencillo inocularle cualquier idea mediante el marketing. De ahí el éxito de lo políticamente correcto entre los millennials. Desde lo (ponga una palabra)friendly, hasta lo (ponga una palabra)free. Eso sí, siempre que tenga delante el ícono de la generación: #. Ellos mismos pretenden dominar el mundo aplicando las técnicas que tanto éxito arrojan manipulándolos.




Como muestra les dejo este creativo video que nos da una idea de lo tierna que es la mente del millennial medio. Por supuesto esto es una generalización, existen demasiadas excepciones en mi entorno. Que nadie se ofenda, ni le dé demasiada importancia.


jueves, 12 de noviembre de 2015

Lujo Reinventado

Cuando hablamos de lujo se nos vienen a la mente muchos bienes con precios elevados y marcas muy conocidas: casas, carros, relojes, arte, etc. Esa visión del lujo se ha visto alterada de forma muy significativa a lo largo de los últimos años. Ahora, al referirnos a lujo nos imaginamos experiencias con un alto grado de exclusividad y deleite de los sentidos.

Nuestra sociedad ha ido evolucionando hacia la experiencia como forma de disfrute frente a la visión de ostentación que reflejaba el antiguo lujo. Así, el mundo de la hotelería está viviendo un renacimiento basado en esas experiencias únicas que buscan los clientes más sofisticados.

Lobbies llenos de obras de arte, servicios personalizados o amenidades exclusivas, son algunos de los alicientes de los mejores hoteles del mundo. Las grandes cadenas han tenido que evolucionar y crear nuevas marcas boutique. Incluso un hotel dentro de otro hotel. Como el Beaux Arts en el JW Marquis Miami o el Nobu que se encuentra dentro del Caesar Palace en Las Vegas.

El boom de alta cocina que se vive en el mundo también es fiel reflejo de esta nueva forma de entender el lujo. Los restaurantes que logran más de una estrella de la prestigiosa Guía Michelin, tienen prácticamente ocupadas todas sus mesas y las reservas han de hacerse con hasta tres meses de antelación. Los viajes culinarios o enológicos son toda una tendencia en lo que a viajes de alto nivel se refiere.

De igual manera, las grandes marcas del lujo están viendo como pequeños diseñadores o productores locales les hacen sombra en la venta de productos exclusivos. Vestimenta, cosméticos o complementos de lujo ya no son coto privado de los grandes diseñadores o las marcas globales como Louis Vuitton o Gucci. El cliente más exigente y pudiente opta por comprar a diseñadores más pequeños, precisamente porque la experiencia de compra es totalmente personalizada.

De hecho, en el último informe de BrandZ sobre el valor de las marcas globales en 2015, sólo Louis Vuitton continúa entre las 50 marcas más valiosas del planeta, perdiendo dos posiciones en un año hasta el puesto 32. Las otras 2 marcas de lujo del Top 100 son Hermès y Gucci. En 2006, cuando inició este ranking, hasta 6 marcas del mundo del lujo estaban presentes en él.

El mundo del lujo se está reinventando a pasos agigantados. Los tradicionales clientes de bienes y servicios de alto nivel buscan más experiencias únicas y diferentes que acumular productos. Al fin y al cabo, en un mundo cada vez más globalizado, casi todas las cosas se pueden comprar en cualquier rincón del mundo. Lo que no se puede reproducir es un atardecer increíble, el sabor de un plato elaborado en vivo por un chef o la atención que nos presta un pequeño fabricante de cosméticos naturales.


En este nuevo panorama del lujo basado en la experiencia, Costa Rica tiene muchas y muy buenas oportunidades para consolidarse como un país creador de auténtico lujo. El lujo de experiencias únicas.


Publicado en la revista Estilo Ejecutivo (La República Media Group)

domingo, 28 de junio de 2015

Placeres privados son virtudes públicas

Quiero empezar estas líneas dando las gracias a todos los que me animan a seguir hilvanando palabras en este espacio de libertad. De igual modo, quiero decirles que cada día me cuesta más hacerlo, porque casi todo está dicho ya en este compendio de ocurrencias más o menos ordenadas. No se trata de falta de inspiración. Ella me alcanza cuando acudo a cualquier acto medianamente concurrido, a una cafetería o a un centro comercial. La inspiración me la prestan a diario también las redes sociales o lo que la gente le va contando a uno en cualquier lugar. Como digo,  la realidad es que ya todo está escrito.

De ahí el título de este artículo que viene a sintetizar todo lo que se ha venido contando aquí. La magistral frase que se atribuye a Epicuro y que tan lejos está de nuestra realidad cotidiana en esta sociedad en declive. Ya el maestro Luis Miguel Dominguín lo explicaba allá por el año 1953, puede que sin ser consciente de ello. Fue aquella mañana en la que muy temprano salió el torero del cuarto en el que aún yacía tras una noche de amor la famosísima actriz Ava Gadner. Ella, al ver que su amante se levantaba tan temprano, le preguntó "¿a dónde vas?", a lo que Dominguín respondió impasible: "a contarlo".

Esa es la clave: tenemos que contarlo todo, como Dominguín. Lo que comemos, lo que bebemos, lo que llevamos puesto, lo que vemos en televisión y, sobre todo, adónde vamos y lo que hacemos. Si no lo contamos es como si no hubiera existido y, lo peor, como si no pudiésemos disfrutarlo. De ahí que tengamos que dar todo lujo de detalles. Si es una comida o bebida todos los ingredientes y si la cocinó el autor o está en un restaurante. Si es un modelito (outfit en el argot) contaremos el origen de cada una de las prendas y su marca(*). Si salimos a correr (running en el argot) hay que indicar la distancia recorrida y, si lo hacemos rápido, el tiempo.

El maestro bajó al café de la esquina a contarlo. Ahora es mucho más fácil porque tenemos las redes sociales y sus sempiternos hashtag, es decir, una palabra o frasecita precedida del símbolo de la almohadilla (#): #instafood #frentealmar #quelistosoy #amigosparasiempre y así cualquier estupidez que se nos pase por la cabeza.

Un ejemplo, para los no iniciados, lo vi publicado (posteado en el argot) hace unos días. Bajo la foto de una tostada con huevos revueltos salpicados por algún tipo de hierba verde y un vaso de zumo, rezaba lo siguiente: El mejor desayuno frente al mar con tostadas de pan de catorce cereales huevos de granja con eneldo orgánico y papaya del Peloponeso #instafood #organicfood  #superfoods #beachbreakfast #loveforever #Benidorm. Pido disculpas por no poder reproducir los siete emoticonos que acompañaban el texto, sé que sin ellos puede carecer de sentido todo lo anterior.

Qué lejos quedó la máxima epicúrea, pero qué necesaria se hace en estos tiempos nuestros. Lo más preocupante es el vacío de las personas que necesitan materializar sus placeres privados mediante su publicación en tiempo real. La elegancia consiste en llevar a buen puerto la enseñanza del filósofo griego. No podemos pretender ser elegantes si necesitamos sacar a relucir la marca de la ginebra de nuestro martini o el nombre del diseñador de nuestro traje.

El ser elegante huye de toda esa parafernalia de detalles absurdos, frente a aquellos que buscan llenar su existencia al no tener en su interior más posibilidades que las de su propia mediocridad. Todo está escrito, perdón por repetirme.



(*) Nota: En caso de ser una marca poco glamurosa se indicará que la prenda es vintage.