sábado, 26 de septiembre de 2009

Las fotos y la elegancia. Un comentario de urgencia.


Hace tiempo que sabemos, al menos en este blog, que a la familia Rodríguez Espinosa le gusta hacerse fotos con gente famosa. Sin embargo, ahora hemos conocido que esta afición no conoce límites.

Como si de la visita al Papa se tratase, los Rodríguez Espinosa se han ido a visitar a los Obama, los cuales, a la sazón, vienen a ser como los santos pontífices de la progresía mundial. Claro que a estos el viaje se lo hemos pagado entre todos, con nuestra ilimitada solidaridad impositiva. Lo que espero que no hayamos que tenido que pagar es el vestuario elegido para la ocasión por los vástagos -esta palabra no tiene femenino... por ahora- de nuestro amado líder.

Porque hay que tener mal gusto para dejar que las hijas de uno vayan vestidas de esa guisa en tan magna ocasión. Aunque yo puedo estar equivocado y lo lógico es que uno vaya al Vaticano y su hijo de 12 años vaya con la equipación oficial del Rayo Vallecano. "Es que el niño es muy fanático del equipo del barrio", le dice el padre de la criaturita a Benedicto XVI, que no se entera de nada y sonríe mientras le ordena a la guardia suiza que saquen a aquellos impresentables del Vaticano lo antes posible.

Algo así debió suceder en el Metropolitan. Los Obama sonreían, quizá demasiado, mientras les hacían la foto con las niñas del presidente de... ¿Transilvania?. La verdad es que la cosa tiene poca gracia. ¿Qué imagen proyectamos como país si las hijas de nuestro máximo mandatario van vestidas como fantoches en un acto oficial?. ¿Acaso se puede confundir lo público y lo privado hasta el punto de hacernos creer que esta foto puede considerarse "normal"?. Y por continuar con las grandes incógnitas, ¿por qué Sonsoles eligió también el negro?, ¿por qué no lo acompañó con unos implantes de pelo largo liso con mechón blanco incluido para redondear el total look Adams que parecía ser la intención de los Rodríguez Espinosa?.

Entre esto y la revelación cósmica, que diría la Pajín, con la que nos premió Rodríguez al afirmar que "la culpa de la crisis es del cambio climático", uno empieza a pensar que el vestuario de las niñas lo eligió el propio padre, previa ingestión de algún tipo de psicotrópico.


La foto es de aquí.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La religión y la elegancia


Creo haber afirmado en diversas ocasiones en este mismo espacio que vivimos en una sociedad compleja. Tremendamente compleja. Tanto que parece que estamos siendo capaces de superar miles de años de nuestra Historia como especie y nos acercamos a una civilización sin la existencia de religión. Al menos sin que el hecho religioso colectivo tenga valor alguno.

Ejemplos de este experimento no han faltado, ni faltan, en nuestro mundo de hoy. Recordemos la abolición de lo religioso que proclamaron los regímenes comunistas en el Este de Europa, con la Unión Soviética a la cabeza. Bajo la máxima marxista que dictamina “la religión es el opio del pueblo” se eliminó la educación religiosa, se proclamó la enseñanza laica –la misma que hoy proclaman muchos admiradores del marxismo-leninismo- y ahí están los resultados. Eliminados los prejuicios morales del cristianismo y derribado el muro de Berlín, surgen las consecuencias del laicismo de estado: “el dinero es el opio del pueblo”, no hay más que mirar qué tipo de sociedades han quedado sobre los escombros de las dictaduras marxistas.

Curiosamente ninguno de los iluminados políticos ni de sus mamporreros mediáticos que hoy nos recetan laicismo educativo, cuando no anticlericalismo radical, parecen haber caído en la cuenta de aquello. Tampoco el público en general que se deja llevar por esta corriente fácil de la negación religiosa –entono el mea culpa otra vez-, al mismo tiempo que piden una mejor educación en valores para las nuevas generaciones. Como si los principios y los valores los explicasen en clase de matemáticas o de inglés, como si tuviésemos que exigir al profesor de conocimiento del medio que nuestro hijo no se dedique a insultar a sus compañeros durante el recreo. Quizá este sea el motivo por el que queremos huir de la religión, porque no queremos lastres ni remordimientos. Porque preferimos exigir al sistema antes que responsabilizarnos de lo que ocurre en nuestra sociedad.

Me resulta especialmente chocante escuchar estos días a los mismos que promueven que se deje a los hijos elegir cuando sean adultos si quieren o no religión en sus vidas, quejarse de los valores en los que se está educando a las generaciones que vienen. Me parece absolutamente lamentable que los mismos que tratan de cercenar cualquier síntoma de tendencia religiosa pública, se pregunten el motivo por el que los jóvenes adolescentes de nuestro país no respetan ni a sus padres. Por eso es por lo que prohibir está tan de moda, porque preferimos las leyes a los principios y la coacción policial a la moral.

Ahora lo moderno es ser agnóstico, cuando no renegar claramente de las creencias y los símbolos religiosos que nos han visto crecer. Claro que si hay que celebrar algún evento BBC (bodas, bautizos y comuniones), no les quepa duda a los lectores de que superaremos los convencionalismos antirreligiosos para hacerlo en sede apostólica. Porque una boda que se precie de verdad tiene que ser oficiada en los altares, generalmente platerescos, de nuestra vilipendiada Iglesia Católica, no en los juzgados o en la sala de plenos del ayuntamiento, con ese toque grisáceo que siempre los impregna.

Sin embargo, corren tiempos cargados de incertidumbre y en los que las personas necesitan agarrarse a la fe, esa que tanto molesta a algunos, para seguir adelante. Por eso estoy convencido de que la tendencia que con tanto ahínco han defendido las figuras públicas del progresismo y otros sucedáneos de la democracia, se está invirtiendo. La religión, con moderación, sin fanatismos, sin supersticiones arcaicas ni actitudes antediluvianas, va camino de convertirse en el asidero moral de nuestra sociedad.

lunes, 31 de agosto de 2009

La incertidumbre y la elegancia


En mayor o menor medida, casi todos estamos viviendo momentos de incertidumbre. Si la crisis es global, la incertidumbre es local. Muy local, muy personal. Sobre todo porque se siente tan cercana que no cabe la lectura grandilocuente a la que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación. Incluso los que menos afectados están por los acontecimientos, dado el carácter intocable de sus empleos, están viviendo horas de incertidumbre. Ni ellos tienen muy claro el motivo, pero se quejan como el que más, no vaya a ser que pierdan su condición de desgraciaditos oficiales del barrio.

La incertidumbre suele llegar avisando, pero siempre nos agarra desprevenidos. Mayormente porque el ser humano no se cree ese refrán que reza algo así como “cuando veas las barbas del vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. Así que una vez dentro llega la zozobra. Por eso hay que estar siempre preparado para lo peor y esperarse lo mejor. Frase genial que no sé dónde leí en cierta ocasión, pero que he hecho mía con el tiempo. Los norteamericanos a esto le llaman ponerse en el worst case scenario, frase fundamental -que a mi personalmente me fascina- para todos aquellos que quieran seguir subidos al tren de los idiomas hasta en los momentos más amargos.

Lo peor de la incertidumbre es que es más pasiva que activa. En otras palabras, la incertidumbre crece conforme las noticias menguan. El correo electrónico que no llega o la llamada que no se produce, por ejemplo, son los casos más claros de lo que digo. Por eso aquello de anticiparse a las crecidas del río se hace cada vez más necesario. Dicho de otra forma, es como echarse a culjanter por necesidad.

Claro que a lo mejor, si nos fijamos, si miramos a nuestro alrededor con una mirada un poco más perspicaz, puede que cualquiera de nosotros podamos resolver una situación de incertidumbre que afecta a otra persona. No hay más que descolgar el teléfono o que contestar el correo electrónico. Sí, ese que hemos marcado como no leído aunque lo hemos leído tres veces y no nos atrevemos a contestar por no dar una mala noticia. En estos días que vivimos, casi peor que una mala noticia es la ausencia de noticias, porque la consecuencia inmediata de esa dilación frívola es más incertidumbre.

Ante la incertidumbre no cabe más que la reacción seria y sensata. Viviendo en la incertidumbre se llega a comprobar que hay un sustrato que permanece, inamovible como una roca y sobre el cual se podrá siempre edificar. ¡Ay, de los cimientos arcillosos que nos impone la sociedad!. Por eso, mucho más allá de la queja, del llanto o del victimismo, lo que cabe es mirar hacia delante, seguir siendo el mismo y comprobar en primera persona de qué madera se está fabricado. De camino, algunos separamos el grano de la paja, que no es poca. Lo demás son zarandajas y perdón por ponerme serio a la vuelta de estas no-vacaciones.