
Existen en nuestra sociedad una gran cantidad de segmentos de población que se ven obligados a vestir uniforme, consecuencia de su actividad laboral, académica o deportiva. Así, nos encontramos con los cuerpos de seguridad y defensa. Militares, policías nacionales, municipales, autonómicos, etc. Son el clásico ejemplo del uniforme, el cual sirve para identificar a los que ejercen su empleo protegiendo al resto de los ciudadanos, velando por el cumplimiento de la legislación o defendiendo al país, entre otros.
Otros ejemplos los encontramos en el deporte, el mundo de la hostelería, que nada tiene que ver con la restauración, por cierto, los colegios o las líneas aéreas. La cuestión es que millones de personas visten de uniforme en el desarrollo de sus actividades cotidianas.
No quiero yo aquí realizar un ensayo sobre el uniforme como identificador de las personas en el ejercicio de su profesión, lo cual creo que es una necesidad básica de la sociedad, máxime cuando existe tanta confusión entre el término “libertad” y el de la “individualización”. Dicho de otra forma, afortunadamente existen los uniformes, porque en caso contrario nos costaría mucho delimitar quiénes son los policías y quiénes los delincuentes o quién es el turista y quién la azafata, lo cual ya ocurre en algunos casos, pero eso es harina de otro costal.
Ahora bien, fuera de esa uniformidad necesaria por razón del oficio, creo los uniformes no existen. Hay personas que piensan que vestir de una determinada forma para ir al trabajo es lo mismo que usar uniforme, pero no es así. Por ejemplo, existen no pocas profesiones en las que los hombres utilizan el traje y la corbata para trabajar. Pero eso no significa que haya que ir vestido de uniforme, como afirman muchas personas, seguramente desconocedoras de la diferencia entre vestir de forma adecuada y utilizar uniforme.
Volvamos al caso del traje y la corbata. No podemos dejar de lado el hecho de que muchas personas que visten así lo hacen por obligación. Se sienten incómodos, extraños, casi aprisionados por la corbata. Los reconocemos rápidamente. Se quitan la chaqueta a la primera de cambio en cuanto entran al restaurante o, incluso, acuden a almorzar dejando la citada prenda en la oficina. Otros se aflojan el nudo de la corbata y/o prescinden del botón superior de la camisa. Seguro que al amable lector no le faltan ejemplos de lo que digo o de otras prácticas rematadamente poco elegantes de los forzados usuarios del traje y la corbata.
Los hay en todos los estratos sociales y en todas las profesiones. En los bancos, hay cajeros que debajo de la camisa –generalmente monocolor- se atisba la camiseta de manga corta, algunas de ellas con estampaciones tipo: “Ahorra agua, bebe cerveza” y otras simpáticas ocurrencias juveniles que nos podrían llegar a sospechar acerca de la seguridad de entregar una importante suma de dinero a una persona con semejante atuendo. Igualmente hemos visto a ministros con el cuello de la camisa tres tallas superior al que necesitaban, lo cual es un problema de los altos y los bajos y que se corrige haciéndose uno las camisas a medida. Supongo que eso es mucho pedir.
No sé si los casos mencionados, dentro del ejemplo del traje y corbata, son una mayoría o una excepción, no creo que haya estadísticas del tema, pero se me antoja que son muchos. Precisamente todos éstos son los que han impuesto esa creencia de que lo suyo es un uniforme. Nada más lejos de la realidad. Algunos vestimos así por convicción. No vestimos de uniforme porque nadie nos lo ha impuesto y elegimos, casi siempre cuidadosamente, lo que nos ponemos. No nos sentimos iguales al resto porque existen diferencias abismales entre nuestra indumentaria y la de los demás. Aunque la principal diferencia está en la forma de llevarla.
Por tanto, hemos de concluir aseverando que los uniformes que nos pretenden endilgar definitivamente no existen sino en la mente de los que quieren continuar vistiéndolos a diario. Una vez más la elegancia perdida.


