sábado, 4 de octubre de 2008

La elegancia y las palabras de moda: el "infit"


No hay más que darse un paseo por un puñado de blogs -de los denominados de “moda”, claro está- para visualizar un buen número de modelitos de personas particulares que nos cuentan qué ropa lucen, dónde la han comprado e incluso cuánto les ha costado la composición –al más puro estilo mastercard-. Estos reportajes caseros se han popularizado extraordinariamente bajo la denominación anglosajona “outfit”. Mucho más adecuado que el castizo “modelito”, dado lo cosmopolita del término “outfit”.

Lo que casi nunca tiene cabida en estos modelos es ese mundo que hay detrás de un outfit. El “backstage” que diría cualquier fashionista irredento. Aunque a lo que yo me refiero no sólo se encuentra oculto entre la maleza de la falda/pantalón y top de turno, generalmente al socaire de unos pies estudiadamente desbalanceados hacia el centro de la figura –siempre me he preguntado el porqué de la pose-. No me refiero tampoco a aquel invento de post en cadena: “Vacía tu bolso y enséñalo en Internet", que tanto recelo de cercanía me produjo.

A lo que yo vengo a referirme es a este nuevo término que debería imponerse entre la bloguería fashionista imperante: el “infit”. En el infit se muestran tanto elementos que forman parte de las entretelas del modelito –el backstage, insisto-, como otros que son más visibles, pero nunca tienen el privilegio de ser protagonistas en el outfit al uso.

Verbigracia el ejemplo que les traigo. Personal e intransferible:

Gafas: Ralph Lauren.
Gemelos: Comprados en una tienda de Jeremyn Street (no recuerdo el nombre).
Ballenas: Hackett.
Libro: Biografía de Adolf Loos, Fnac.
Reloj: IWC, modelo Portofino automatic.
Teléfono: Nokia, modelo 5100.
Billetes: Banco Central de Costa Rica.

Como puede apreciarse es un cuadro ideal de lo que puede ser una mesita de noche, en el momento previo a la ceremonia diaria y matutina de engalanamiento o una vez finalizada la tendente a cambiar el atuendo. El infit refleja algo más que un modelito conseguido en la tienda de ropa rápida del momento. Se trata de una puerta abierta al universo fascinante del backstage de la persona. Una revelación personalísima y última de lo que se cuece detrás, no ya del outfit, sino de la percha que habitualmente es lo que interesa.

Tengo puestas grandes esperanzas en el infit, no sólo como término de moda, sino que, una vez eclosionado, se adueñe de los miles de post sobre el intrincado mundo del estilo se escriben a diario.

martes, 30 de septiembre de 2008

Los personajes y la elegancia: Barack Hussein Obama


Quienes lo conocen dicen que tiene la simpatía de Michael Jordan, el atractivo de Denzel Washington y la elocuencia de Martin Luther King. Casi nada. El carisma de Barack Hussein Obama es indudable. Lo cual significa que tiene todos los pronósticos a favor para ganar las elecciones presidenciales de los EE UU, conocido aquí como El Imperio del Mal Gusto. Porque a la gente, al público, a la población en general lo que le va es el carisma, el charme que se dice en idiomas.

Obama ha sabido jugar muy bien sus cartas. En las primarias demócratas era más de izquierdas que nadie. Como es afroamericano -ese eufemismo que emplean los norteamericanos para definir a los negros- estaba libre de toda sospecha. Desde que el iluminado de la progresía gringa, Michael Moore, publicó “Estúpido hombre blanco”, los que no forman parte de una minoría en los EE UU se encuentran sub iúdice, esto es, ser blanco es prácticamente sinónimo de ser racista, xenófobo y, sobre todo, neoliberal, que es el peor insulto inventado por la izquierda planetaria para señalar al enemigo, o sea al derechista irredento. Barack Obama no tiene que cargar sobre sus hombros con el lastre neoliberal de ser blanco.

El candidato de color -que es el eufemismo que usamos los hispanohablantes, cuando a mi siempre me enseñaron que el negro es la ausencia de color- iba a traer a las tropas de Irak al día siguiente de empezar a mandar. Probablemente le suene al amable lector esta promesa electoral. Se negaba a que se usara la bandera de los EE UU en el homenaje a las víctimas del 11-S. Por supuesto hablaba de subidas de impuestos a los ricos, de seguridad social universal y estaba absolutamente en contra de la venta libre de armas. En definitiva, apoyaba la programática clásica del izquierdista norteamericano, no muy diferente de la de cualquier progresista europeo al uso. Eso era lo que el militante radical demócrata, el más activo en las primarias, por cierto, estaba esperando. Las aguas templadas de Hillary Clinton no resistieron el envite del candidato afroamericano.

Ahora, Barack Hussein Obama, superada la prueba del izquierdismo políticamente correcto de las primarias demócratas, ya no tiene que ser tan progresista. Básicamente porque el americano medio no lo es, sino que es más bien conservador. En caso contrario, el mero hecho de enfrentarse a un “estúpido hombre blanco”, le daría la victoria. Por eso Obama ahora afirma que las tropas volverán de Irak “cuando la situación del país se encuentre estabilizada”. De ahí que ahora este Sidney Poitier del siglo XXI luzca orgulloso la bandera de su país en la solapa y se haya olvidado de las subidas de impuestos. Y así sucesivamente.

Con ese cambio de rumbo en el mensaje, Barack Hussein y sus asesores de imagen lo que continúan explotando es el indudable carisma del candidato. Más bien eso es lo que pretenden. Dado que las diferencias en cuanto a propuestas políticas entre John McCain y Obama prácticamente son matices, lo que importa es la imagen y ahí el afroamericano tiene todas las de ganar.

A la clase media norteamericana con aspiraciones Obama les parece todo un ídolo. Cualquiera con una mínima inquietud intelectualoide se vuelca con él. Porque McCain representa todo ese caudal de tópicos estadounidenses que tanto detesta la izquierda gringa, auspiciada intelectualmente por iluminados del calado de Al Gore, Michael Moore y Noam Chomsky, todos ellos, por cierto, multimillonarios a cuenta de su progresista discurso. Obama es el cambio, un caudal fresco lleno de afirmaciones políticamente correctas, preocupado por las minorías -por unas más que por otras, eso sí-, firme partidario de la ecología, con la mente abierta hacia los líderes tan injustamente valorados por la opinión pública mundial, como Hugo Chávez o Mahmud Ahmadineyad. Pero, sobre todo, es atractivo, simpático, elocuente y tiene ese carisma que hace imposible no votar por él.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Elegancia perdida: recuperando la esperanza


Cuando se regresa a casa temporalmente, como lo he hecho yo hace unas semanas, se lleva una mirada nueva, una visión como de refresco, nítida, sin empañar por la cotidianeidad que procura inhibirnos de lo que nos rodea. De ahí que a mi me hayan chocado particularmente una serie de aspectos de mi amada España, tanto para refrendar lo que escribí antes de mi partida, como para refutar algunos detalles.

Seguramente, al común de mis compatriotas residentes en España, no les haya llamado la atención durante este verano ver a doce señoras en menos de un kilómetro del paseo marítimo de turno llevando sandalias romanas doradas. Debe haber sido una de las prendas del verano. Con importantes ventajas para combatir la canícula y pretender un aspecto glamoroso, sin caer en la cuenta de que para usar ese tipo de calzado la percha tiene que admitirlo. Empezando por la pulcritud de los pies.

Una moda más como la que se resiste a abandonar la indumentaria masculina veraniega: pantalón pirata, chancla de piel negra y bandolera al hombro. La estampa del hombre empujando el carrito de esta guisa, mientras la señora, luciendo juanete con sus sandalias romanas doradas, habla por teléfono con alguno de los últimos modelos de pda ha sido, sin lugar a dudas, la más impactante de mi estadía por la Madre Patria.

Algo similar podemos decir del omnipresente minivestido tipo caftán, al cual con toda probabilidad las cadenas de ropa rápida han bautizado convenientemente para realzar, aún más si cabe, la rabiosa actualidad de la prenda. Claro que he de advertir que me he encontrado con la agradable sorpresa de ver a unas cuantas paisanas lucirla muy adecuadamente, creando una impresión de excelente estilismo, incluso recorriendo los pasillos del carrefour o mercadona más cercano.

Porque, para ser totalmente sincero, creo que he disfrutado visualmente más yendo al supermercado que en los cócteles, fiestas y otros eventos a los que he asistido. La vida anodina y el trasiego cansino por los lineales de esos nuevos centros del lujo doméstico –son tiempos de crisis- me han llevado a comprobar que en España todavía existe la esperanza. Mucho más allá de las “ocasiones especiales” y de la canalla adocenada que transita por los paseos marítimos y por las calles comerciales, eso sí.

Por entre los recovecos de la muchedumbre, emergen silenciosamente aquellos que no sucumben a la moda pasajera, sino que la emplean en beneficio propio. Sobresale cierto estilo difícil de encontrar de este lado de la Mar Océana, que dijeran nuestros antepasados cuando se lanzaron a conquistarla. Al igual que las ciudades siguen ahí, impertérritas. Con su majestuosidad tapada por los carteles de los comercios.

Estoy contento. Todo continúa ahí. Sólo hay que rascar un poco para sacar lo bueno a la superficie. No hemos perdido la elegancia del todo.