
Nos alcanza de forma irremediable a una de las fechas más comerciales del calendario. El ambiente se encuentra impregnado con su olor. Un olor intenso a suplemento de periódico lleno de “ideas para regalar”. Ya huele a rosas de invernadero. Tan inodoras ellas. A bombón en caja con forma de corazón. A mensajero portando vistosas cajas con cintas. Que todo el mundo mire forma parte del propio regalo.
Muchos pensarán que San Valentín debió ser un santo muy querido, pero lo que dice la Historia es que fue un mártir allá por el siglo III, sin mayor trascendencia en lo que a amores se refiere. Por tanto, podemos determinar que fue la lotería del santoral lo que hace que sea tan venerado por cientos de millones de adeptos al regalo forzoso. Aclamado por floristas y chocolateros. Adorado por supermercados y restaurantes en general.
Entiendo que en España existe un consenso acerca de lo poco elegante que resulta celebrar este Día de los Enamorados. Aunque me cuentan que los precios de las rosas continúan duplicándose para tan feliz evento. Parece que es de sentido común interpretar que el señalamiento de una fecha en el calendario para demostrar lo que se quiere a una persona no tiene mucha lógica. Dicho de otra forma, ¿es realmente necesario celebrar el amor un día concreto cuando es una experiencia que se vive durante todo el año?. Espero que mi apreciación no esté demasiado errada y que mi interpretación no choque con la norma consuetudinaria.
En este parte del Atlántico la cosa cambia. O eso pienso yo. Aquí no sólo se celebra el día de los que tienen una relación sentimental. San Valentín se ha visto agrandado en sus poderes y rebautizado en su onomástica. Es el Día del Amor y la Amistad. ¡Ahí es nada!. Más totalizador imposible. Así que ya no se trata sólo del ramo de flores a la novia o esposa, la corbata o el frasco de colonia al esposo o novio –supongo que al amante con mucha más razón-, el tema se amplía a los amigos. Entiéndase por amigo cualquier persona con la que uno tiene cierto nivel de contacto –no sólo físico- en su rutina vital. Sí, los compañeros de trabajo también son amigos. Por decreto del santoral.
Aquí, en esta Latinoamérica absolutamente fiel a los postulados comerciales del gigante norteamericano, la nómina de los regalos, felicitaciones, llamadas y demás demostraciones de cariño por imposición del calendario es absolutamente interminable. Y es que si uno no regala aunque sea un bomboncito a toda la oficina queda como un verdadero patán. Si se comete el tremendo error de no reservar en un restaurante y llevar a casa un ramo de rosas, la jornada podría terminar en principio de divorcio. Si no se envían varias decenas de correos –en su defecto una tarjeta digital lo más enternecedora posible- y se hacen las llamadas adecuadas, podrían perderse determinadas amistades.
Por el contrario el resto del año se pueden transigir cualquier tipo de licencias en lo que a la amistad o el amor se refiere. Desde no saludar a media oficina por la mañana, hasta insultar a la mujer de uno. Lo que cuenta es lo espléndido que sea el interfecto el Día de San Valentín. Lo que vale es el regalo, el tamaño de la caja y la cuenta del restaurante, atarragado de gente, por supuesto.
Algunos apelan con fuerza a la tradición. Sí, a esa que nació mediado el siglo XIX en los EE UU, por la cual se enviaban masivamente postales. Pero una tradición es otra cosa. Nace de la cultura, de la historia, de la voluntad de un pueblo por mantener sus raíces. Esta celebración de lo que nace es del afán por vender. Ni más ni menos.
Como comprenderán mis amables lectores, a mi todo esto me suena a fanfarria consumista. A compraventa de simpatías que luego no son tales. A apariencias de salón. A imposiciones emocionalmente comerciales. Con todo respeto a la presunta tradición, este año seré de nuevo una mala persona: ni amor ni amistad. ¿Me estaré volviendo un asceta?.


