
Como comprobamos el concepto “lujo” y su pretendida correlación con el concepto de la elegancia tiene muchos prismas sobre los que incide la luz cegadora de la homogeneización de los seres humanos, la cual se pretende enmascarar por medio de un barniz de exclusividad. Esta exclusividad no es otra cosa que la promesa de la elegancia transmitida por el simple hecho de utilizar un artículo muy caro.
Esa elegancia no es tal. Simplemente porque está al alcance de cualquiera. Entendiendo por “cualquiera” el que puede pagarlo, sea o no un ser cultivado, un ser que realmente comprenda lo que está comprando o el verdadero valor de las cosas, muy por encima de los guarismo que marcan la etiqueta. Millones de personas en nuestro planeta, sin embargo, se lo creen. Millones de personas realizan esfuerzos ímprobos por adquirir prendas de vestir, complementos o cualquier objeto que les permita lucir una remota exclusividad y los saque de la homogeneidad.
Al pasear por las calles o por los centros comerciales uno se percata de cómo la práctica totalidad de las personas con las que se cruza emplean el “lujo” para distinguirse de los que les rodean. Ni que decir tiene de ciertos círculos aparentemente “exclusivos” en los que la copia de los estereotipos que transmiten los medios masivos son la tónica general. Las imitadoras de Paris Hilton, quizá el mayor ejemplo de toda esta glosa sobre el lujo y la (no)elegancia, surgen por cualquier rincón del planeta y en todas los estratos económico-sociales.
Hoy el ser humano debe medir su elegancia más en el fondo que en las formas. Porque las formas, nos guste o no, nos están viniendo impuestas por modelos sociales, por campañas publicitarias y por ese presunto lujo que no es otra cosa que pagar más por lo mismo.


